Estábamos enredados, sudados, con las sábanas como campo de batalla y mi cabeza sobre su pecho. Su corazón aún latía como tambor de guerra. Yo podía quedarme ahí toda la noche. Pero algo no me dejaba. Un nombre. Una sombra. El Pastor. Me incorporé un poco, recargando el mentón sobre su pecho. Él no abrió los ojos, pero sabía que yo lo estaba mirando. —¿Puedo hacerte una pregunta? —solté, como quien lanza una daga con cinta adhesiva. —Si es sobre lo que acabamos de hacer, te adelanto: quiero repetirlo. —murmuró con voz ronca, casi sonriendo. —No. No es eso. Silencio. Sus dedos seguían acariciando distraídamente mi espalda. Pero su cuerpo se tensó. —¿Entonces qué? Lo miré. Firme. Seria. —¿Por qué vinimos aquí, Damien? —¿Aquí...? —Sí. A esta villa. A Grecia. Si sabías que e

