Después del depósito, Luca decidió desaparecer convenientemente con la excusa de “revisar la señal satelital del enrutador” (traducción: irse al sofá con sus audífonos a ver anime). Damien y yo nos quedamos solos, vigilando las cámaras… o al menos pretendiendo hacerlo. Estábamos tan cerca, sentados en ese sillón incómodamente angosto, que si uno respiraba hondo, el otro lo sentía. Y Damien respiró hondo. Muy hondo. —¿Sabes? —dije, sin mirarlo—. Esto de secuestrar gente, amenazar millonarios, cobrar depósitos… es como un nuevo tipo de foreplay. Él ladeó la cabeza, esa maldita sonrisa torcida asomando apenas en su rostro. —¿Así que eso te excita? —murmuró, inclinándose un poco más—. Interesante. —Un poco. —Me encogí de hombros—. Bueno, eso y verte así de mandón. —¿Mandón? —repitió, com

