La noche era tan densa que se sentía como una sábana húmeda sobre la piel. Estábamos solos en la cocina de aquella casa de seguridad medio destartalada, sentados en el suelo junto a la puerta trasera, con una cerveza tibia en la mano y el zumbido de los monitores de vigilancia como único testigo. Damien no decía nada. Solo miraba al vacío, con ese ceño fruncido que parecía haber nacido con él. No lo podía evitar. Esa cara de misterio me provocaba tanto como me frustraba. —Nunca te he preguntado por qué estás en esto —solté, sin mirarlo directamente. Jugueteaba con la botella entre mis dedos. Él ni se inmutó. Seguía con la mirada clavada en el suelo, como si las baldosas le fueran a contar un secreto. —¿Y por qué lo haces ahora? —dijo al fin, sin sarcasmo, solo cansancio. —Porque estoy

