A la mañana siguiente, el ambiente en la cocina era… espeso. No espeso como un chocolate caliente reconfortante. No. Espeso como cuando metes la pata y tu mamá no ha dicho nada… todavía. Luca silbaba despreocupado mientras revolvía huevos en el sartén, como si no nos hubieran gritado ayer como si fuéramos niños de secundaria sorprendidos fumando en el baño. Yo estaba sentada en la barra, con mi unicornio en brazos, intentando parecer inocente. Spoiler: no funcionaba. Y Damien… Damien estaba ahí, de pie, como una estatua de piedra tallada con ira y músculos. Con los brazos cruzados. Con el ceño fruncido. Mirando los huevos como si los estuviera juzgando. —¿Café? —ofreció Luca, amable como siempre. Damien gruñó. Sí, gruñó. Eso fue todo. —Tómalo como un sí —dijo Luca, sirviéndol

