CAPITULO 18

1005 Palabras

Damien dejó el plato frente a mí como si acabara de firmar su sentencia de muerte. Un par de tortillas calentitas, frijoles bien servidos (y con mantequita, no sé cómo, pero lo hizo bien). El aroma era celestial. Pero lo que salió de su boca fue digno de un cavernícola malhumorado: —Traga. Lo miré, arqueando una ceja. —¿Siempre tan romántico o solo cuando cocinas? —Si no te gusta, no comas. Mejor, así no me debes nada. —¿Y si quiero deberte una cena gourmet y besos apasionados también? Damien me fulminó con la mirada. —Eres insoportable. —Gracias, chef. Tomé la tortilla con elegancia (o al menos eso intenté) y empecé a comer. La verdad, estaba bueno. Lo detestaba por eso. ¿Cómo podía ser tan bueno en todo y al mismo tiempo tener el alma de un cactus? —¿Sabes? —dije entre bocado

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