—¡No, no, no! ¡Eso no se pica así! —grité, arrebatándole el cuchillo a Luca como una mamá gallina en modo ataque. —¿Perdón? ¿Y tú en qué programa de cocina saliste, MasterChef en rehenes? —contestó él, riéndose. —Uno tiene que saber defenderse. Nunca se sabe cuándo te van a secuestrar y obligar a pelar papas por tu vida —dije, dramática, mientras hacía un corte perfecto. Damien, en silencio, sacó un sartén y lo colocó sobre la estufa. Sin decir palabra. Como siempre. Estaba vestido con una camiseta gris pegada y unos pantalones deportivos que no ayudaban en nada a mi concentración. Gracias, universo. Gracias por ponerme a cocinar con el dios del sarcasmo y la tensión s****l no resuelta. —¿Qué estás haciendo tú? —le pregunté, acercándome. —Sofriendo cebolla —dijo seco, sin mirarme.

