A los pies de mi cama, de pie, se encontraba Ramnusia. –¡¿Qué?! –Sí, esto esperaba –murmuró ella. De verdad, Ramnusia estaba allí, conmigo, en mi apartamento. El símbolo y la invocación habían surtido efecto en el mundo terrenal y en el mundo de los sueños. Y claro, porque yo misma era el amuleto. Levanté las mantas y observé mi vestido blanco, manchado de rojo. Menudo panorama. ¿Qué iba a hacer yo ahora con una diosa metida allí? –¿Y bien? ¿Qué haremos hoy? –preguntó Ramnusia, comenzando a caminar hacia mi living–. Hace tiempo que no estoy por este mundo. No quería ser descortés, pero eso no iba a suceder. –No, Ramnus. Eso no sucederá. Tú debes quedarte aquí. Puedo tratarte de tu, ¿verdad? –Sí, sí. –No creo que el resto de los humanos se tomen muy a la ligera ver a un dios hoy e

