3. Recuperando mi voz

1269 Palabras
3. Recuperando mi voz  POV Lucía Despertar sin el sonido de su voz es una sensación extraña. Durante años me acostumbré a oír a Darío hablando por teléfono antes de que saliera el sol: órdenes, cifras, nombres de gente que jamás conocería. Ahora, lo único que escucho es el canto lejano de los pájaros y el murmullo del tráfico matutino colándose por la ventana entreabierta. Estoy en el departamento de huéspedes de mi amiga Elena, aunque ella no lo sepa aún. Llegué anoche tarde, con la mente en blanco y la adrenalina aún corriendo por mis venas. No dormí enseguida. Después de que Mateo se durmiera, me quedé mirando el techo, tratando de recordar en qué momento exacto dejé de ser feliz. El reloj marca las ocho. La ciudad ya despertó, pero yo sigo sintiendo que camino en una realidad paralela. Me levanto despacio, camino hasta la cocina y pongo agua a calentar. El aroma del café recién hecho me golpea como una caricia, recordándome que, a pesar del caos, todavía hay placeres pequeños que pertenecen solo a mí. Sobre la mesa, mi teléfono vibra sin descanso. Decenas de notificaciones: mensajes, llamadas perdidas, titulares de noticias que no necesito leer para saber de qué hablan. “Escándalo en Ortega Construcciones.” “La esposa del magnate desenmascara infidelidad frente a accionistas.” “Venganza de alto nivel.” Cierro el aparato. No quiero saber más. Ya hice lo que debía hacer. Y aunque el país entero probablemente esté comentando mi coraje —o mi locura—, siento algo que no experimentaba hace años: libertad. El timbre suena. Me sobresalto, pero cuando abro la puerta, la figura de Manuel me recibe con su serenidad habitual. Camisa blanca, sin corbata, un aire de calma que contrasta con el caos que dejó a su paso la noche anterior. —Te traje desayuno —dice, alzando una bolsa de papel con café y croissants. —Pensé que no habías tenido tiempo de comer nada. —Eres un santo —respondo, apartándome para dejarlo pasar. —Mateo sigue dormido, así que me levanté por café. Él sonríe apenas, esa media sonrisa suya que parece contener mil cosas que no dice. Se sienta frente a mí, sirve el café con naturalidad. Durante unos segundos ninguno habla. Solo el sonido de la porcelana, el aroma del pan recién horneado y la tensión suave de lo que quedó pendiente entre nosotros. —¿Dormiste? —pregunta al fin. —Intenté. No lo logré del todo. —Era de esperarse —dice, sin levantar la mirada. —Lo que hiciste ayer fue… —se detiene. —Histórico. —O suicid@ —respondo con una sonrisa irónica. —Supongo que alguien quiere mi cabeza. Él ríe bajo, y por primera vez en días, comparto su risa. —Digamos que ambas cosas pueden coexistir. Mientras comemos, Manuel me explica los pasos siguientes: la separación de bienes, la demanda de divorcio, los movimientos legales que ya están en marcha. Lo escucho en silencio. Cada palabra suya suena sólida, tranquilizadora, como si me devolviera un poco de control sobre mi propia historia. —Lucía, quiero que entiendas algo —dice de pronto, con tono más serio. —Esto ya no es solo un escándalo mediático. Darío intentará contraatacar. Y lo hará donde más duela: tu hijo. —Ya lo imaginaba. —Lo conozco. No soporta perder. —Ni que lo dejen —añado, y el aire se espesa con la verdad que ambos conocemos. Guarda silencio unos segundos y luego, con suavidad, pregunta: —¿Te arrepientes? Lo pienso. Recuerdo la cara de Darío, el pánico en los ojos de Valeria, el murmullo de los accionistas. Recuerdo el temblor que me recorría el cuerpo mientras hablaba, la sensación de vértigo y poder al mismo tiempo. Y respondo, sin dudar: —No. —Bien —dice él, y en su voz hay algo parecido a orgullo. A media mañana salimos a caminar los tres. Necesito aire. Mi hijo de cuatro años piensa que estamos jugando a las escondidas con su padre. No lo saco de su error. El cielo luce claro, pero hay una brisa fría que despeina mi velo interior, ese que siempre me cubrió de apariencias. Las calles están llenas de gente, pero nadie me reconoce. Un par de mujeres comentan el escándalo a mis espaldas sin saber que hablan de mí. La ironía me arranca una sonrisa. —Debería firmar autógrafos —bromeo. —O abrir una consultoría de divorcios estratégicos —añade Manuel, divertido. Reímos los dos, y por un instante el peso de todo lo ocurrido se disuelve. Caminamos hasta un pequeño parque. Las hojas caen como en cámara lenta. Manuel se sienta en un banco y me invita a hacerlo también. —¿Qué piensas hacer ahora? —Respirar. —¿Y después? —Todavía no lo sé —admito. —Supongo que encontrar quién soy cuando no soy “la esposa de Darío Ortega”. Él asiente, como si entendiera más de lo que dice. —Esa mujer ya existe, Lucía. Solo estaba esperando que la dejaras salir. Sus palabras me atraviesan con una ternura inesperada. Por un momento, quiero decir algo más, pero el sonido de una notificación interrumpe la calma. Miro la pantalla: un mensaje de mi madre. “Hija, no puedo creer lo que hiciste, pero estoy orgullosa. Te vi en las noticias. Llama cuando puedas.” Sonrío. Mamá siempre supo leer entre líneas. Al volver al departamento, me siento frente al espejo. Durante años evité mirarme demasiado. Siempre tuve miedo de encontrar a una mujer cansada, envejecida por el peso de un matrimonio que solo brillaba hacia afuera. Pero la que me devuelve la mirada ahora es distinta. Hay una luz nueva en mis ojos, una chispa que no veía desde mis veintes. Me recojo el cabello, aplico un poco de perfume y me observo sin disfraz. Lucía Montalvo, treinta años, madre, esposa… exesposa. Y por primera vez, mujer libre. ***** Por la tarde, Manuel regresa con documentos. Los firma, los revisa, los guarda en su maletín. Antes de irse, se detiene frente a mí. —No tienes que hacerlo sola, ¿sabes? —dice en voz baja. —Lo sé. Pero necesito aprender a hacerlo. —Entonces déjame acompañarte mientras lo haces. Sus ojos se quedan en los míos. No hay promesas, ni insinuaciones. Solo una comprensión silenciosa. Y eso, después de todo, es suficiente. ***** Cuando la noche cae, preparo una copa de vino y salgo al balcón. Desde allí, la ciudad parece otra. Las luces parpadean, las sirenas suenan a lo lejos, y yo… simplemente respiro. Pienso en Darío. En cómo debe estar tratando de limpiar su imagen, en las llamadas furiosas, en la vergüenza. Durante años viví girando en torno a su órbita, como un satélite fiel. Ahora siento que por fin salgo de su gravedad. El viento me despeina, pero no me importa. En el fondo, sé que no todo está resuelto. Vendrán batallas legales, titulares crueles, juicios y miradas inquisitivas. Pero por primera vez, no temo la guerra. Porque aprendí algo ayer, en esa sala llena de trajes caros y mentiras: que el poder no está en gritar más fuerte, sino en atreverse a hablar cuando nadie espera que lo hagas. Y yo hablé. Brindo en silencio, alzando la copa hacia la ciudad que me vio caer… y volver a levantarme. Por mí, por Mateo, por la mujer que aprendió a no esconderse. Y mientras la noche avanza, me descubro sonriendo. No por lo que perdí, sino por lo que finalmente recuperé: mi voz.
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