2. El escándalo de los millones y los calzones

1357 Palabras
2. El escándalo de los millones y los calzones POV Darío El silencio que deja Lucía al cerrar la puerta es tan denso que casi puedo oírlo respirar. Por un instante, me quedo de pie frente a todos, sin saber qué hacer con las manos. La corbata que ella dejó sobre la mesa parece observarme. La maldita corbata. La misma que usé en mi primer aniversario de boda, y que ahora se convierte en el símbolo de mi desgracia pública. Trago saliva. Nadie habla. Los socios —los mismos que ayer me reían las bromas en el club de golf— evitan mirarme. Valeria, con el rostro descompuesto, intenta recoger las prendas del suelo. Una escena patética: ella, la mujer con la que me sentía invencible, arrastrando mi ropa interior frente al consejo directivo. —Reúnanse en mi oficina en una hora —digo, forzando el tono autoritario que me ha servido toda la vida. Pero mi voz suena hueca, como si hablara desde el fondo de un túnel. Nadie responde. Solo se escucha el zumbido del proyector apagándose. Camino hacia la puerta con la dignidad herida de un general derrotado. Antes de salir, miro de reojo el reflejo de la sala en el vidrio: Valeria sollozando, los socios murmurando, y yo… con el traje torcido, la cara roja, el rey destronado. El pasillo parece más largo de lo habitual. Mi asistente, Julio, me sigue sin decir palabra. Cuando el ascensor llega, su voz apenas se atreve a romper el silencio. —Señor Ortega… hay prensa afuera. —¿Qué? ¿Cómo demonios se enteraron? —Al parecer alguien filtró la reunión. Hay cámaras esperándolo en la entrada principal. Cierro los ojos. Por supuesto. El escándalo perfecto. Lucía no solo vino a humillarme; vino a sepultarme en público. —Saca el coche por el sótano. Voy a despejarme —ordeno. —No pienso regalarles titulares. En el estacionamiento subterráneo el aire huele a gasolina y furia contenida. Me aflojo la corbata, y recuerdo la que minutos atrás fue un trofeo de guerra. Valeria aparece detrás de mí, corriendo sobre sus tacones, con el maquillaje arruinado. —Darío, por favor… no imaginaba que ella se atrevería a hacer esto. —¿Ah, no? —me giro hacia ella. —¿Y qué esperabas que hiciera, Valeria? ¿Que te enviara flores por acostarte conmigo? Ella retrocede un paso. Me duele verla así, pero no tanto como mi propio orgullo. —No me culpes por todo —dice entre sollozos. —Tú también lo quisiste. —Sí —respondo con un suspiro. —Pero no pensé que fueras tan torpe como para dejar un pañuelo con tus iniciales en mi casa. Valeria me mira con una mezcla de rabia y humillación. —Si quieres echarme la culpa, hazlo. Pero recuerda que yo arriesgué mi carrera por ti. —Y la mía también, aparentemente. —Abro la puerta del coche con fuerza. —Lárgate a tu oficina. Y por amor a Dios, evita las r************* por unas horas. Ella intenta decir algo más, pero ya estoy dentro del auto. Cierro la puerta y dejo que el sonido sordo del golpe sea el punto final. Conduzco sin rumbo fijo durante media hora. La ciudad se mueve frente a mí como una película en cámara lenta. Los semáforos, los peatones, los letreros… todo parece irreal. Me detengo frente a un semáforo y, por costumbre, abro el correo del teléfono. Maldita costumbre. Ahí están los mensajes: “Video filtrado en redes: esposa de Darío Ortega humilla a su marido en plena junta.” “El imperio Ortega en crisis matrimonial.” “El escándalo de los millones y los calzones.” Cierro el teléfono de golpe. Quisiera lanzar el aparato por la ventana, pero el maldito dispositivo vale más que mi dignidad ahora mismo. Respiro hondo. “No, Darío. No puedes perder la compostura. No tú.” Regreso al edificio por el acceso privado. Julio me espera con la cara del que acaba de ver un c*****r. —Señor… la señora Lucía envió un correo al comité ejecutivo. —¿Qué correo? —Anunciando su renuncia y… la demanda de divorcio. Siento un peso en el estómago. Lo peor no es el divorcio. Es el nombre de Manuel en copia del correo. Ese abogaducho, siempre con su aire sereno, siempre mirándola como si fuera una joya antigua que nadie más sabe apreciar. No tardo en imaginarlo esperándola afuera, abriéndole la puerta del auto, ofreciéndole el brazo. Y Lucía sonriendo. Libre. Triunfante. Aprieto los puños. —Que alguien bloquee sus accesos, sus correos, todo. —Ya lo intentamos, señor. Pero ella retiró su firma de autorización hace dos semanas. Silencio. Lucía. La perfecta, la meticulosa. Había planeado todo desde antes. —Esa mujer… —murmuro entre dientes— siempre fue más lista de lo que aparentaba. Subo a mi oficina. El cristal refleja la ciudad entera y, por primera vez, me siento fuera de ella. Como si ya no me perteneciera. Me sirvo un whisky, uno caro, del que guardo para celebraciones. Pero al probarlo, me sabe a derrota. El teléfono vibra. Es mi madre. —¿Qué hiciste, Darío? —su voz retumba por el altavoz. —¡Todo el mundo está hablando de ti! —No creas todo lo que dicen los medios, mamá. —¡Vi el video, hijo! ¡Esa pobre mujer! —suspira. —Siempre supe que Lucía valía más que tú. Cuelgo sin responder. Las madres siempre tienen el mal hábito de tener razón. A mediodía, el consejo se reúne. Intento mantener la compostura, pero la tensión se palpa. Uno de los socios, Gómez, se aclara la garganta. —Darío, el mercado reaccionó mal. Las acciones bajaron un 3% esta mañana. —Por un video —respondo con sarcasmo. —Maravilloso. Tal vez debería pedirle a Lucía que haga la campaña publicitaria del año. Nadie se ríe. La ironía no funciona cuando estás al borde del abismo. —Debemos manejar la crisis con cautela —dice Gómez. —Si el escándalo continúa, el consejo puede solicitar tu retiro temporal. Los miro uno por uno. Durante años me obedecieron sin cuestionar. Ahora apenas sostienen mi mirada. —Entendido —digo con voz helada. —Pero si alguno cree que puede manejar esta empresa mejor que yo, que dé un paso al frente. Silencio. Nadie se mueve, aunque todos lo desean. Cuando termina la reunión, salgo por la puerta lateral. Necesito aire. Afuera, los fotógrafos aún esperan. Las luces de las cámaras parpadean como relámpagos. Los reporteros gritan mi nombre, preguntan por Lucía, por Valeria, por el divorcio. Uno de ellos alcanza a gritar: —¡Señor Ortega! ¿Es cierto que su esposa lo dejó en la ruina? La palabra “ruina” me golpea en el pecho. No respondo. Camino entre ellos con la barbilla en alto, como si todavía tuviera poder. Pero sé que la imagen que quedará en los noticieros será la de un hombre huyendo. En casa, el silencio es peor. El perfume de Lucía aún flota en el aire, mezclado con el olor del mármol frío. Camino por el pasillo hasta el dormitorio. El clóset está medio vacío. Sus vestidos, sus perfumes, sus tacones… todos desaparecieron. Solo queda su tocador con una nota doblada sobre el espejo. La abro. “No te preocupes, no te quitaré más de lo que ya perdiste solo.” —L. La dejo sobre la mesa. Miro mi reflejo: el traje arrugado, la mirada cansada, las sombras bajo los ojos. Un hombre que construyó un imperio y no supo cuidar su casa. Cae la noche. El teléfono vuelve a vibrar. Valeria. —Darío, los medios me están acosando. No puedo salir de casa. —Bienvenida al infierno, querida —digo con cansancio. —Yo llevo horas aquí. Cuelgo. Me sirvo otro whisky y me dejo caer en el sillón. El cristal del ventanal refleja la ciudad encendida. Por primera vez en mi vida, la veo desde abajo, aunque siga en el piso más alto. Cierro los ojos. Mañana será otro día. O tal vez, el principio del fin.
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