8. Alexander Moreau
POV
El salón del Gran Hotel Imperial brilla como un escaparate de lujo. Candelabros de cristal, arreglos florales que huelen a jazmín y champaña, flashes que capturan sonrisas de portada. Es el tipo de evento que antes frecuentaba con Darío, solo que esta vez nadie me acompaña.
Y no lo necesito.
La recepción del Foro Internacional de Liderazgo Femenino reúne a empresarias, filántropas y figuras públicas. Hay risas, cámaras, conversaciones sobre innovación y sostenibilidad. Todo tan perfecto que parece un escenario. Y, por primera vez, yo no soy la sombra en la foto, sino parte del retrato.
Camino entre las mesas, saludando con cortesía. Algunos me miran con genuina admiración; otros, con curiosidad disfrazada.
“Ahí está la mujer que dejó a Ortega.”
“Esa que lo destruyó sin levantar la voz.”
Me acostumbré a esos murmullos. Ya no me duelen. Porque detrás de cada comentario hay algo que antes me faltaba: respeto.
—Señora Montalvo —me detiene una voz femenina. —Soy Marina Duval, de la revista Forbes Latinoamérica. Quisiera hablar con usted sobre un proyecto de mujeres inversionistas.
—Encantada —respondo con una sonrisa.
Mientras conversamos, noto que alguien nos observa desde el otro extremo del salón. Un hombre. Alto, de porte impecable. Traje oscuro, sin corbata, una elegancia silenciosa que no necesita gritar riqueza para imponerla. No aparta la mirada, pero tampoco invade.
Es una observación calma, medida, como si me estudiara sin prisa. Y, aunque intento ignorarlo, algo en esa presencia me perturba.
No por incomodidad… sino por reconocimiento. No lo conozco, pero su mirada me resulta extrañamente familiar. Como si hubiera estado esperándola.
*****
POV Darío
Los números están mejorando. Eso me repite el asesor cada mañana:
“Las inversiones en Orion Holdings están rindiendo. Las pérdidas de imagen se están equilibrando. La confianza está regresando.”
Pero sé que es solo la superficie. Los socios aún desconfían, los auditores siguen trabajando, y la prensa continúa atenta a cada paso.
Sigo siendo un titular andante, pero con un nuevo disfraz. Y lo acepto. El amor, los remordimientos, las culpas… todo eso quedó atrás.
Ahora solo me interesa el resultado.
Firmo documentos, asisto a reuniones, estrecho manos que antes me evitaron. Y cada vez que escucho el nombre de Lucía —porque aún aparece en los noticieros, en entrevistas, en paneles— no siento nostalgia.
Siento impulso. Su éxito se ha vuelto combustible para mi retorno.
“Ella inspira”, dicen. Yo reconstruyo. En el fondo, somos dos versiones del mismo instinto: sobrevivir.
*****
POV Lucía
La cena de gala empieza con un discurso sobre equidad y liderazgo. El presentador anuncia mi nombre entre los nuevos reconocimientos del año:
“Por su valentía al enfrentar adversidades personales y convertirlas en oportunidades de crecimiento, el comité reconoce a la empresaria Lucía Montalvo.”
Los aplausos me toman por sorpresa. Camino hasta el escenario entre luces cálidas y murmullos. Recibo la placa, sonrío, agradezco con pocas palabras. Nada de dramatismos. Solo gratitud.
Cuando bajo, una copa de vino aparece frente a mí. Una mano firme la sostiene.
—Permíteme felicitarte —dice una voz grave, de timbre sereno, con ese acento apenas extranjero que hace que cada palabra suene medida. — Te observé durante tu discurso. Fue… auténtico.
Lo miro. Es él. El hombre del otro lado del salón. De cerca, su presencia es aún más impactante:
Cabello oscuro con ligeros reflejos plateados, mirada profunda, un leve rastro de barba que suaviza el rostro de quien está acostumbrado a mandar.
Pero lo más intrigante no es su elegancia, sino la calma que proyecta. Una calma que no depende del poder, sino de quien ya lo posee.
—Gracias —respondo, aceptando la copa. —Pero solo dije lo que cualquier mujer debería poder decir sin miedo.
—No todas lo hacen con esa serenidad.
—No siempre fui así.
—Nadie lo es hasta que la vida nos entrena —dice, con media sonrisa.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Y entonces él se presenta.
—Soy Alexander Moreau. Dirijo Moreau Capital Group.
El nombre me resulta familiar. He leído sobre él: inversiones, filantropía, tecnología, hoteles. Un hombre que construyó un imperio sin herencias, con reputación impecable y una discreción poco común en los multimillonarios.
—Lucía Montalvo—respondo.
—Lo sé —dice con honestidad. —Tu entrevista me hizo pensar en algo que suelo olvidar: que a veces, la verdadera riqueza no está en lo que poseemos, sino en lo que dejamos atrás.
No sé qué responder. Solo sonrío, sorprendida por la manera en que sus palabras resuenan en mí. No como adulación, sino como verdad.
*****
POV Darío
La foto de Lucía y Moreau circula en redes esa misma noche. No están abrazados ni posando juntos, pero basta con verlos en el mismo encuadre para que los portales de farándula titulen:
“¿Nuevo interés en la vida de Lucía Montalvo?”
“Del divorcio a los negocios: Lucía y el magnate Moreau coinciden en gala internacional.”
Muerdo el borde del vaso con rabia. El asesor me observa desde su escritorio.
—¿Problemas, señor Ortega?
—Ninguno —respondo, aunque mi voz suena tensa.
—Moreau… es un competidor. Filántropo, pero también inversionista agresivo. Si se acerca a ella, podría implicar algo más que una simple coincidencia.
—Déjalo. Que juegue a salvar al mundo.
—¿Y si decide involucrarse en los temas financieros de Ortega Construcciones?
Me detengo.
—¿Por qué haría eso?
—Porque Lucía aún tiene participación en algunas filiales menores. Si él la asesora, podrías perder más terreno.
El asesor espera mi reacción. Y aunque mi rostro permanece tranquilo, por dentro ya estoy calculando.
—Entonces averígualo —digo finalmente. —Todo lo que puedas sobre ese hombre.
*****
POV Lucía
La gala termina. Las luces se apagan una a una mientras los invitados se despiden.
Alexander Moreau me acompaña hasta el vestíbulo. Su conversación es ligera, pero inteligente. Habla de arte, de negocios, de viajes, sin presumir nada.
Es… raro.
En su mundo, los hombres como él suelen ser lobos disfrazados de caballeros. Pero él parece moverse con la naturalidad de quien no compite con nadie.
—¿Volverás a México por mucho tiempo? —pregunto.
—Depende de los proyectos —responde. —Aunque… hay cosas que hacen que uno quiera quedarse.
Sus palabras flotan entre nosotros. No me atrevo a interpretarlas. No todavía. Cuando llega mi auto, él me abre la puerta.
—Fue un placer, Lucía.
—El placer fue mío.
—Espero que esto no sea una despedida.
—Espero que tampoco —respondo, sin entender del todo por qué lo digo.
Mientras el auto arranca, miro por la ventana.
Alexander sigue de pie, con las manos en los bolsillos, observando la noche como quien ya sabe que algo acaba de comenzar.
Y tal vez… tiene razón.