9. Orion queda fuera

1187 Palabras
9. Orion queda fuera POV Lucía Tres días después de la gala, todavía me llegan correos de felicitaciones y mensajes de desconocidos que dicen sentirse inspirados por mi historia. Los leo con gratitud, pero con cautela. No me interesa convertirme en una figura pública; solo en una mujer que logró sobrevivir a sí misma. Estoy en mi oficina improvisada —una esquina del departamento, con vista al jardín— cuando el teléfono suena. El nombre en la pantalla me toma por sorpresa: Alexander Moreau. Cuando intercambiamos contactos, no pensé que recibiría una llamada suya. —Buenos días, señor Moreau —contesto, intentando sonar más tranquila de lo que estoy. —Buenos días, Lucía. Espero no interrumpirte. —No en absoluto. ¿Todo bien? —Todo excelente. De hecho, quería verte para hablar de algo que puede interesarte. —¿De negocios? —¡Por supuesto! —responde con un tono suave que despierta mi curiosidad. —¿Tienes tiempo para un café esta tarde? Acepto sin pensarlo demasiado. Quizá porque su voz tiene esa mezcla de seguridad y calma que invita a confiar, incluso cuando no se debería. ***** El café elegido está en la terraza de un hotel discreto, uno de esos lugares donde el lujo se esconde tras la simplicidad. Alexander ya está allí, revisando algo en su tableta. Cuando levanta la mirada, sonríe con naturalidad. No hay teatralidad, solo presencia. —Lucía Montalvo —dice al ponerse de pie. —Me alegra que hayas venido. —Hacer negocios con usted suena atractivo —respondo sin dobles intenciones, tomando asiento frente a él. Un mes atrás, me habría sentido intimidada por un hombre como él: poderoso, sereno, con esa mirada que parece leerlo todo sin necesidad de preguntar. Ahora, en cambio, siento curiosidad. —Te lo diré sin rodeos —empieza. —Estoy lanzando una fundación para impulsar proyectos liderados por mujeres empresarias en América Latina. —¿Y quieres que participe? —Más que eso. Quiero que seas parte del consejo directivo. Lo miro, intentando procesar la magnitud de su propuesta. —¿Por qué yo? —Porque tienes credibilidad. Inspiraste a mucha gente con tu historia, pero más allá de eso, porque sabes lo que significa empezar desde cero con dignidad. Eso no se enseña en Harvard. Su sinceridad me desconcierta. No hay halago, hay respeto. Y eso me desarma más que cualquier elogio. —Aprecio la confianza —respondo—, pero necesito pensarlo. No quiero ser solo una imagen. —Eso es exactamente lo que me gusta de ti —dice, sin apartar la vista. —No vendes apariencias. Tomas decisiones. Sus palabras se quedan flotando entre nosotros, acompañadas por el aroma del café y el murmullo distante de la ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me ve sin las etiquetas que me impusieron. ***** POV Darío El informe llega esa misma tarde. Un sobre sellado, sin remitente. Dentro, una carpeta con fotos, recortes de prensa y un documento con membrete de Moreau Capital Group. El asesor las deja sobre el escritorio. —Ella está acercándose a Moreau —dice. —Y él no da pasos sin motivo. —¿Qué tipo de acercamiento? —Personal, profesional… quizá ambos. Moreau es competencia directa. Si la pone de su lado, podría usarla para desprestigiarte. —Eso no va a pasar —respondo, cerrando el sobre. —¿Qué planea hacer? —Nada todavía. Esperar. Los hombres como Moreau creen en la ética. Y los hombres como yo… sabemos que la ética tiene precio. Sonrío de lado. No me importa si Lucía cree haber ganado su independencia. Aún tiene mi apellido en papeles, y el poder que aprendió de mí. Lo olvidará tarde o temprano: en los negocios, la lealtad no se firma con amor, sino con miedo. ***** POV Lucía Acepté la invitación. No por ambición, sino porque el proyecto de Alexander es diferente. Su equipo está formado por mujeres que dejaron grandes corporaciones para crear empresas con impacto social: agricultura sostenible, educación tecnológica, microcréditos para madres solteras. Proyectos reales, con propósito. El primer día de trabajo en la fundación Moreau Women’s Initiative me recibe con una energía que no recordaba: gente sonriendo sin agenda oculta, ideas que nacen de la colaboración, no de la competencia. Alexander me muestra el espacio con la naturalidad de quien no necesita impresionar a nadie. —No quiero que esto sea una estructura jerárquica —dice mientras caminamos entre escritorios. —Quiero que sea un ecosistema. —Suena utópico. —Lo decían también de construir una fortuna sin destruir a otros. —Sonríe apenas. —Y mira, aquí estamos. Nos detenemos frente a una sala con muros de cristal. Una vista panorámica de la ciudad se extiende más allá. Por un instante, siento que estoy en el lugar correcto. ***** Más tarde, durante una reunión con el equipo, alguien menciona un posible patrocinio de Orion Holdings. El nombre me provoca un leve escalofrío. Miro a Alexander, que nota mi reacción. —¿Todo bien? —pregunta. —Sí. Solo… conozco a quien dirige esa empresa. —Ortega —dice con naturalidad. —Tu esposo. —¿Y aun así consideras asociarte con él? —Los negocios no siempre permiten elegir con quién se trata, pero sí cómo se trata. —Te sorprenderías —respondo, con un deje de ironía. —Hay gente que no distingue entre trato y traición. Alexander se queda en silencio unos segundos. —Entonces confío en tu criterio —dice finalmente. —Si tú dices que no, Orion queda fuera. Lo miro, sorprendida. Pocos hombres en su posición delegan decisiones tan grandes. Y sin embargo, él lo hace sin titubear. Sin exigencias. Solo respeto. ***** POV Darío Leo el correo con incredulidad: “Estimado señor Ortega: lamentamos informarle que la Fundación Moreau ha decidido no concretar el acuerdo de patrocinio con Orion Holdings.” Golpeo el escritorio con el puño. Sabía que detrás de esa decisión estaba Lucía. Esa mujer que antes me escuchaba en silencio, ahora me cierra puertas en público. El asesor me observa, midiendo cada palabra antes de hablar. —Podemos revertirlo. —No —respondo. —No voy a rogar. —Entonces, ¿qué hará? —Lo que siempre hago. Buscar otro camino… y esperar el momento perfecto para mover la ficha correcta. ***** POV Lucía Esa noche, mientras reviso los primeros avances de la fundación, recibo un mensaje de Alexander: “Gracias por tu honestidad hoy. No todos tienen el valor de decir no, incluso cuando cuesta. Te admiro por eso.” Lo leo dos veces. No hay insinuación, solo respeto. Pero algo en esas palabras me hace sonreír. No porque me adule, sino porque me recuerda lo lejos que he llegado. Cierro la laptop, me sirvo una copa de vino y me asomo al balcón. El viento mueve mi cabello y, por primera vez, no pienso en el pasado. Pienso en lo que viene. Y aunque no lo sepa aún, ese “viene” acaba de comenzar a escribirse… en el mismo momento en que Alexander Moreau decidió creer en mí.
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