10. Raíces
POV Lucía
El avión desciende sobre un mar dorado de tierra y sol. Desde la ventanilla, el paisaje mexicano se extiende como una pintura: campos de agave, montañas azuladas y caminos de polvo que parecen perderse en el horizonte.
Hace calor, pero un viento tibio se cuela por la manga de mi blusa y me recuerda que estoy viva.
A mi lado, Alexander Moreau revisa documentos en su tableta. No habla, pero su presencia es tan sólida que llena el silencio.
Viajamos a Jalisco, donde la fundación financia un programa de microcréditos para mujeres que cultivan y transforman productos locales.
Él me pidió que lo acompañara. Dijo que quería ver “cómo late el proyecto fuera de los números”.
Yo acepté. Quizás porque necesitaba ver también cómo late la vida fuera de los titulares. Mi pequeño niño no se puso necio. Aceptó quedarse con mi madre, sin llorar, ni hacer berrinche. Es un niño tan bueno, que aún no entiende porque su padre solo le llamado un par de veces desde la separación. Eso, no se lo he podido explicar y espero que Darío recapacite y lo entienda.
Cuando bajamos, el aire huele a tierra húmeda y a flores. Una camioneta nos espera. Al subir, los caminos se vuelven más estrechos, las casas más sencillas, los colores más vivos.
Mujeres con trenzas y sombreros saludan desde los portales. Y yo, que pasé años entre oficinas frías y reuniones en inglés, siento algo nuevo: pertenencia.
—¿Estás bien? —pregunta Alexander, sin apartar la vista del camino.
—Más de lo que imaginé. —Y es verdad. Tal pareciera que estoy viviendo otra vida.
—México tiene una manera especial de recordarle a uno lo que importa —dice, casi para sí mismo. Aunque tomo el comentario para mí.
Lo miro de reojo. Tiene el rostro relajado, distinto al hombre de traje que conocí en los salones de la capital. En él hay algo silenciosamente noble. Una fuerza sin arrogancia.
No, no me he enamorado de él, como sugiere mi amiga Elena o como lo ha insinuado Manuel, quien luce serio cuando lo menciono.
No, el amor no es así. Pero encontrar a alguien que ve tu potencial solo por tus acciones, eso es algo refrescante en mi vida.
Además, él sabe que yo aún no soy libre y de él...no sé nada. No me atrevo a preguntar por su vida personal. Eso queda de lado. Por ahora somos socios en un maravilloso proyecto, del cual ambos tenemos altas expectativas.
No...el amor no entra en esta ecuación.
*****
La comunidad nos recibe con una mezcla de timidez y entusiasmo. En una pequeña explanada, un grupo de mujeres nos espera con manteles bordados y botellas de agua fresca.
Una de ellas, Doña Alma, nos cuenta su historia:
—Con el primer préstamo, compramos una máquina para moler el agave. Ahora vendemos nuestra miel en Guadalajara. Nunca pensé que pudiera firmar un contrato con mi nombre.
Alexander la escucha con atención genuina, sin interrumpirla. Yo observo el brillo en los ojos de esas mujeres, tan distinto al brillo del dinero. Es el brillo del orgullo. Y entiendo, sin que nadie me lo diga, por qué estoy aquí.
Cuando llega mi turno de hablar, me dirijo al grupo:
—Sé lo que es empezar desde el suelo, sin respaldo y con miedo. Pero también sé que la fuerza de una mujer no se mide en lo que tiene, sino en lo que construye con lo que le queda.
Las mujeres asienten. Una niña me mira con los ojos grandes y sonríe. Y en ese instante, siento que mi historia ya no me pertenece solo a mí.
*****
Al caer la tarde, Alexander y yo caminamos por el campo. El cielo se tiñe de cobre, los insectos zumban como un coro distante.
—Hablas con el corazón —dice él, sin mirar atrás.
—Solo hablo de lo que sé.
—Eso es lo que te hace distinta. No necesitas adornos para convencer.
—Y tú no necesitas prometer para que te crean —respondo, y él sonríe con cierta sorpresa.
Nos detenemos junto a una cerca. El viento levanta polvo y hojas secas. Por un segundo, nuestras miradas se cruzan. No hay tensión romántica todavía, pero sí una corriente silenciosa, algo que ambos percibimos y ninguno nombra.
—Lucía —dice suavemente—, cuando fundé esta organización, pensé que estaba ayudando a otros.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que ellos me están enseñando a ayudarme a mí mismo.
Su sinceridad me toca. No sé qué responder, así que solo sonrío. El sol se oculta tras los cerros, y el mundo se tiñe de un dorado profundo.
No necesito más palabras.
*****
POV Darío
La noche cae sobre la Ciudad de México como un telón pesado. En el piso 42 del edificio de Orion Holdings, el whisky brilla sobre la mesa, reflejando la luz de la ciudad.
Frente a mí, Miguel Ferrer, un viejo conocido del mundo financiero, revisa los papeles con la paciencia de un depredador.
—Los movimientos están listos —dice. —Si transferimos los fondos al consorcio canadiense, la auditoría no podrá rastrearlos a tiempo.
—Perfecto. Quiero resultados antes de fin de mes.
—¿Y Lucía?
—¿Qué hay con ella?
—Está ganando visibilidad. Moreau la ha puesto en el mapa internacional. Tarde o temprano se convertirá en un problema.
Sonrío con calma.
—Deja que disfrute su momento. Cuanto más alto suba, más visible será su caída.
—Estás jugando con fuego, Darío.
—El fuego es lo único que purifica —respondo, sirviéndome otro trago.
Desde el ventanal, la ciudad se extiende infinita. Y por un segundo, la imagen de Lucía me atraviesa: su voz serena, su determinación. Pero la descarto enseguida.
No me ablandaré por ella ni por nadie. Ni siquiera por mi hijo. El poder no se comparte. Se recupera.
*****
POV Lucía
El día siguiente comienza temprano. El cielo es una paleta de azules y naranjas, y el olor del pan recién hecho llena el aire. Nos reunimos con el equipo para revisar los avances del proyecto.
Las mujeres muestran los primeros resultados: productos empacados, etiquetas, registros. Alexander observa cada detalle con la curiosidad de quien admira lo simple.
Durante el desayuno, una de las mujeres me dice:
—Gracias por venir, señora Montalvo. A veces los que tienen dinero mandan ayuda, pero nunca vienen a vernos.
—No soy diferente de ustedes —respondo. —Solo tuve que recordar quién era.
Alexander me mira en silencio. Sé que me observa más allá de las palabras. Su mirada no es de deseo, sino de reconocimiento. Como si viera en mí algo que él mismo había perdido.
*****
Esa noche, en el hotel del pueblo, el aire es cálido y tranquilo. Desde mi ventana se escucha música lejana, guitarras, risas. La vida simple, esa que siempre ignoré por estar demasiado ocupada siendo “la esposa de”. Ahora la encuentro hermosa.
Abro mi libreta y escribo:
“No quiero volver a tener miedo de empezar. Las raíces también pueden crecer después del incendio.”
Cierro los ojos y me dejo envolver por el sonido del viento. Por primera vez en mucho tiempo, no siento vacío. Siento esperanza.
*****
POV Alexander
En su habitación, al otro lado del pasillo, también hay una luz encendida. No la busco, pero la veo desde mi ventana:
Lucía, sentada junto a la mesa, escribiendo. Concentrada, luminosa, fuerte.
Levanto mi copa, solo para mí. Brindo en silencio. Por las mujeres que renacen. Y por las historias que empiezan sin prometer nada… pero lo cambian todo.
*****
POV Lucía
Antes de dormir, miro el cielo estrellado de Jalisco. Pienso en lo que queda por hacer, en los caminos que aún debo recorrer.
Y aunque el futuro aún es incierto, algo dentro de mí sabe que lo mejor está por venir.
Tal vez, esta vez, la vida sí tenga segundas oportunidades.