Con el suave sonido del motor de mi Lexus LS resonando, observé con desdén el barrio decadente que se extendía a lo largo de la vieja calle con huecos. Era West Englewood, el barrio donde Boris, el idiota insensato, había intentado ocultarse de mi sentencia. El pequeño peón que había creído que podía jugar a dos bandas, filtrando información a los italianos mientras trabajaba para mí en mi negocio con los alemanes. Un acto de traición que le costó la vida. No había piedad para aquellos que se atrevían a desafiarme.
Creyó que podía escurrirse entre las sombras, pero yo siempre estaba un paso adelante. Mi red de información abarcaba cada rincón, cada callejón. Estudiaba a los hombres que trabajaban para mí, observando cada movimiento, cada gesto.
Nunca subestimé a mis enemigos, ni siquiera a los pequeños Boris. Así que, no lamentaba ni un poco el destino que le había impuesto en la casa de sus padres. El líquido escarlata que ahora empapaba cada rincón de esa casa decadente no era más que el recordatorio de las consecuencias de su traición.
Mi mano buscó instintivamente en la guantera el paquete de cigarros que solía mantener allí. Maldije al descubrir que estaba vacío. La nicotina no era una necesidad, pero a veces, en momentos como estos, lograba ofrecerme un atisbo de relajación que, por lo general, no encontraba desde hace más de 20 años.
A lo lejos, vislumbré una pequeña tienda de conveniencia de aspecto dudoso y decidí hacer una parada rápida. Ajusté la chaqueta de mi traje, a gusto con la presencia imponente que proyectaba, y entré al local. Mis ojos se deslizaron con el mismo desdén sobre el piso desgastado, los estantes viejos y las paredes manchadas.
Sin embargo, mi desdén encontró su límite al posarse en la figura detrás del mostrador. La dependienta, una pequeña cosita que emanaba un aura desconcertante de inocencia. La observé por un instante, atónito. Su rostro era diminuto, el cabello castaño dorado caía en ondas suaves desde la coleta que lo ataba, con dos mechones delicados enmarcando su hermoso rostro.
Sus ojos, dos perlas de un verde claro deslumbrante, capturaron mi atención de inmediato. Eran llamativos, resplandecientes en contraste con su piel pálida y labios rosados. Tuve que contener un gruñido de deseo ante la sorprendente belleza que se desplegaba frente a mí. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, y en ese momento, una certeza se apoderó de mí: ahora sería completamente mía.
Mis pasos resonaban en el silencio de la pequeña tienda mientras me acercaba a la belleza que estaba detrás del mostrador. Sus ojos, como los de una cierva asustada, se encontraron con los míos y noté cómo sus labios temblaban ligeramente. Era una respuesta predecible, y en mi mundo, miedo era sinónimo de control. Su fragilidad, ese temor palpable, me parecía perfecto. En mi mente, ya estaba trazando los límites de la dominación. La quería sometida, deseándome, aunque no lo admitiera. Mi intención era clara: quería arrastrarla a mi mundo, a las paredes oscuras de mi ático en el centro de Chicago.
Quería tenerla en mi cama las 24 horas del día, dispuesta a gritar mi nombre cuando lo deseara. No me importaba si eso me hacía parecer un bastardo egoísta. Nunca pretendí ser un caballero o un príncipe azul con las mujeres. En mi mundo, las cosas eran claras y directas. La fuerza y la sumisión, eso era lo que importaba.
—¿Tienes cigarros? —pregunté, dejando que mi mirada penetrante recorriera cada centímetro de su rostro. La respuesta me importaba poco ahora, solo quería escuchar su voz.
La pequeña Igrushka (juguete) balbuceó algo ininteligible, pero sus ojos no dejaban de clavarse en los míos, y eso me pareció apropiado. Me gustaba la idea de que mi presencia absorbiera toda su atención. Su mirada me pertenecía, aunque ella aún no lo supiera.
Finalmente, movió los labios.
—Sí tenemos cigarrillos, señor—su voz, era suave como una caricia.
Me maravillé ante su voz. Había inocencia, ingenuidad, dulzura, y muchas otras cosas que nunca creí apreciar en una mujer. Su timidez estaba volviéndome loco; apenas podía contener la urgencia de tomarla allí mismo, sobre el mostrador, para mi propio placer.
—¿Qué marca prefiere? —preguntó.
Ella inclinó su cabeza y mencionó tres marcas diferentes de cigarrillos. Sin reservas, extendí mi mano hacia ella y sujeté con firmeza su mandíbula, obligándola a encontrarse con mis ojos de nuevo.
—Mírame cuando hablas, Igrushka. Sería lamentable perderse un segundo de la vista impresionante de tus ojos.
Vi su mandíbula moverse cuando tragó saliva lentamente, sin apartar su mirada de mí. De repente se apartó, y aunque el gesto no me agradó, mantuve la calma mientras la observaba alejarse hacia el estante de cigarrillos. En ese instante decidí que no iba a contenerme más. Sin dudar, la seguí de inmediato, acorralándola contra el estante. Era tan pequeña, apenas llegaba a mis hombros, y eso me excitaba más. La pequeña Igrushka dejó caer los tres paquetes de cigarrillos al suelo, sorprendida por mi proximidad.
—No hay necesidad de estar tan nerviosa, Igrushka —le advertí, dejando que mi voz ronca resonara en el pequeño espacio de la tienda—. No te haré daño... al menos, no más de lo que desees.
La confusión y la anticipación brillaron en sus ojos mientras mordía su labio inferior. Antes de que pudiera reaccionar, la acorralé aún más contra el estante. Mi mano se deslizó suavemente por su mejilla mientras mi pulgar liberaba su labio inferior del mordisco nervioso.
—No luches contra esto, Igrushka —susurré con voz ronca, y en ese momento, la besé con una intensidad que dejó poco espacio para la resistencia.
Nuestros labios se fundieron en un encuentro salvaje que dominé por completo. Atrapé sus pequeñas muñecas y las confiné sobre su cabeza, atándolas con una de mis manos. Mi mano libre se deleitó en las suaves curvas de su figura, deslizándola hasta alcanzar uno de sus pechos y presionar lo suficiente para que mi pequeña Igrushka jadeara entre mis labios. El mundo se desvaneció por un instante, dejándonos atrapados en la vorágine de mi deseo.
Mi mano no se detuvo ahí, bajó hasta chocar contra la tela de sus jeans desgastados. Sin liberarla del dominio de mis labios, alcancé su punto más dulce. Al rozar la pequeña protuberancia, mi pequeña Igrushka saltó un poco y volvió a jadear. Mis labios abandonaron sus labios cuando pasé a concentrarme en la piel cremosa de su cuello, mientras mi mano se movía sobre su ya hinchada cereza.
—Oh, no… por favor—me suplicó. Por el gemido que lo acompañó, supe que ella no sabía lo que estaba pidiendo.
Volví a sus labios, pasando mi lengua por cada espacio de su boca, guardando en mi memoria la sensación y su dulce sabor. No dejé de mover mi dedo hasta que mi pequeña Igrushka gritó en mis labios. El placer de su liberación casi me hace obtener la mía propia, algo que jamás me había pasado.
Aparté mis labios, y liberando sus manos, atrapé su pequeño cuello entre mis manos. Su respiración agitada y sus ojos dilatados eran un deleite para mis sentidos.
—Mañana a la misma hora, pequeña Igrushka—advertí con firmeza, mi voz resonando en el pequeño espacio de la tienda—. Asegúrate de estar aquí cuando aparezca.
Sus ojos seguían mostrando la mezcla de confusión, temor y saciedad.
—Por tu bien—añadí, antes de dar media vuelta y marcharme.