3. Ivy

1602 Palabras
Abrí los ojos al escuchar el sonido de un pájaro cantando cerca de mi ventana. Por un momento, en medio de mi bruma mental, pensé que la idea de un ave en este barrio horrible parecía sorprendente. Siempre me ocurría lo mismo al despertar, tenía por lo menos 5 minutos en los que mi cerebro no funcionaba correctamente y podía decir cualquier cosa extraña. Sin embargo, la claridad volvió a mi mente, recordé lo que sucedió la noche anterior mientras trabajaba en la tienda, y dejé de respirar un segundo. Rememoré claramente el hombre de aspecto exótico y peligroso que entró inicialmente por cigarrillos, luego me besó de una manera dominante y despertó mi primer orgasmo. No, eso no solo era ser “dominante”, ese hombre era una fuerza incontenible, un vendaval de oscuridad que amenazaba con arrastrarme a un abismo del cual no estaba segura de poder regresar. A pesar de mi instinto de huir, algo en su aura me mantenía hipnotizada, como una presa que no puede escapar del depredador que la tiene en su mira. Me sentí asustada, pero una pequeña parte atrevida de mí admitió que me gustó de alguna desconcertante manera. Quizá solo era un hombre ruso al que le gustaban los tatuajes, quizá era un abogado, dada su vestimenta elegante. Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos infantiles e ingenuos. Ese hombre era peligroso, y punto. Un golpe en la puerta de mi habitación me hizo saltar. —¡Prepara el desayuno! —gritó Amelia desde afuera. Suspiré aliviada cuando ella se limitó a gritarme y no a entrar. Ya estaba lo suficientemente nerviosa y asustada como para tener que lidiar con Amelia. Me levanté de la cama y me aseé rápidamente para ir a preparar el desayuno, yo sabía que la próxima vez que se acercara a mi cuarto sería para golpearme. ꧁꧂ Durante las noches podía escabullirme a mi trabajo para no tener que estar en casa, pero durante el día debía improvisar. La mayoría de los días, me escondía en la biblioteca pública, y si quería tomar un poco de sol, visitaba el Parque Millennium, aunque mi piel tercamente permaneciera siempre de ese pálido color. Ese día me decidí por la biblioteca. Compré mis doritos favoritos, una botella de agua y me acurruqué en el piso del pasillo de fantasía. Me adentré en las páginas del libro "Alicia en el País de las Maravillas" de Lewis Carroll. Me gustaba la idea de huir a un mundo diferente del mío, un mundo en el que yo sería libre, un mundo en el que no tendría que preocuparme por el dinero. Cuando me acabé los doritos y el agua llegué a la mitad de la historia. Me levanté, dejé el libro en su lugar y decidí buscar otro. Mientras recorría pasillos, llegué al pasillo de historia mundial, en el que, por coincidencia, di con un libro de historia rusa y otro de tatuajes de la mafia rusa y su simbolismo. Miré de un lado a otro en el pasillo, temerosa de que alguien mal interprete mi intención, o de que, en el peor de los casos, mi propio “Fantasma de la ópera” ruso apareciera y me reprendiera. Tomé los dos libros rápidamente y caminé rápidamente hacia la sección de lectura en la parte de atrás de la biblioteca. Para mi suerte y comodidad, estaba vacía. Me senté en una mesa de la esquina y abrí el libro de historia rusa. Estuve por lo menos una hora inmersa en su historia, jamás pensé que sería tan interesante. Quería continuar la historia de rusia, pero miré por el rabillo del ojo el libro de tatuajes. Suspiré. Mi curiosidad era más fuerte que mi miedo a lo desconocido, tal parecía. Lo abrí con las manos levemente temblorosas, sintiendo como si de repente, estuviera inmiscuyéndome en el pasado privado de ese hombre, en vez de solo estar a punto de leer un simple libro. El único tatuaje que recordaba era el que vi en su cuello cuando me acorraló contra el estante de cigarrillos, así que busqué el diseño. Mi dedo tembloroso señaló la imagen de una navaja entrelazada en la piel del cuello de un hombre, justo el tatuaje que había visto en el cuello de ese hombre. Rápidamente busqué la explicación. Mi pulso se aceleró al leer las palabras que describían el significado detrás de ese tatuaje: "Ha matado en prisión y está dispuesto a hacerlo nuevamente". ¿Ese hombre estuvo en prisión? No, eso no era lo peor, ¿él era un asesino? Aún peor… ¿Él era parte de la mafia rusa? Me pareció que el cerebro hizo “click” cuando recordé sus últimas palabras antes de irse: "Mañana, a la misma hora, pequeña Igrushka". El recuerdo me paralizó y una oleada de miedo y escalofríos me envolvió. Ese hombre, parecido a una versión retorcida y más peligrosa del “Fantasma de la Ópera”, había aparecido y me estaba reclamando como a Christine Daaé. El miedo se apoderó de mí mientras me preguntaba por qué él quería volver por mí. ¿Quería hacerme daño por no estar a la altura de sus expectativas besando? ¿O simplemente hacía desaparecer a quienes veían su rostro? Mis ojos se humedecieron, me sentía tan confundida y asustada a la vez. ¿Acaso nunca tendría un descanso de aquella vida tan difícil que me había tocado vivir? Tomé una decisión, debía huir de la ciudad, no solo por causa de él, sino también de la jaula en la que vivía con Amelia y Bob. Tal vez, en algún lugar lejano, podría encontrar una oportunidad para comenzar de nuevo, lejos de la oscura sombra que se cernía sobre mí. No podía permitir que mi vida se extinguiera a los 21 años por culpa de un ruso peligroso que despertaba alucinaciones con sus besos y manos dominantes. No podía permitirme estar cerca de ese hombre nuevamente. Revisé mentalmente mis escasos recursos: apenas unos 1500 dólares ahorrados, que, por seguridad, confiaba a la señora Reina. Sabía que la huida no sería fácil, pero la alternativa era demasiado aterradora. Empacaría lo esencial, y finalmente dejaría atrás todo lo que me ataba a esta vida miserable. ꧁꧂ Fue difícil enfrentar a la señora Reina y decirle que ya no podría seguir trabajando en su tienda. Aunque omití contarle la verdadera razón de mi renuncia, la señora Reina, con su habitual sonrisa amable, fue en busca de mi dinero ahorrado y me lo entregó sin hacer preguntas incómodas. Al recibir el dinero, noté un par extra de billetes de 100$. Intenté devolvérselos, pensando que había cometido un error, pero ella insistió en que era un regalo para mí, deseándome suerte en mi nueva travesía. Siempre la llevaría en mi corazón. Corrí de vuelta a casa, evitando perder tiempo en una ducha porque temía perder la oportunidad. Amelia y Bob estaban sumidos en su rutina de alcohol y televisión en la sala, así que aproveché la distracción para comenzar a guardar mis pocas pertenencias. Guardé tres conjuntos de ropa, lo mejor que quedaba en mi pequeña mochila desgastada, y escondí el dinero en el interior de mi zapato. Detuve mi respiración junto a la pared que me separaba unos pasos de la salida, escuchando atentamente para asegurarme de que Amelia y Bob seguían distraídos. Cuando creí que era seguro, me dirigí rápidamente hacia la puerta, pero fui brutalmente interrumpida al sentir un tirón en mi cola de caballo y ser arrojada contra la puerta. Un dolor punzante recorrió mi brazo y hombro derecho con el que choqué contra la dura madera. Sabía que por la fuerza no podía ser Amelia. Al abrir los ojos, me encontré con la furia roja en los ojos de Bob. Amelia apareció junto a Bob, y en sus ojos se reflejaba el mismo odio que los de su esposo. Me paralicé contra la puerta al ver cómo sacaba el cinturón de su pantalón. —¡Dónde está el dinero, zorra! —gritó Bob, levantando el cinturón amenazadoramente. Su aliento apestaba a licor barato, y su figura desaliñada no hacía más que aumentar el miedo que ya me embargaba. Amelia avanzó hacia mí con determinación y me abofeteó con tal fuerza que la sangre brotó de mi nariz. Mis lágrimas se mezclaron con la sangre, pero no podía darles mi dinero. Era lo único que tenía, y entregarlo significaba condenarme a quedarme, quizás incluso a morir a manos de aquellos monstruos o del hombre ruso. —No tengo nada, por favor, déjenme ir—imploré, sintiendo el terror recorrer cada centímetro de mi ser. Amelia, más astuta de lo que imaginaba, miró mi bolso y comprendió la verdad. —Si tienes la intención de escapar, debes tener dinero—masculló y me arrancó el bolso, destrozándolo en su frenética búsqueda. —¿Dónde lo escondes, maldita? —rugió Bob, golpeándome con su cinturón en la cintura. El dolor ardiente me hizo gritar, y supe que no resistiría otro golpe suyo. Desesperada, me quité el zapato, dejando que los billetes cayeran al suelo. Amelia los recogió con avidez, y justo cuando Bob se preparaba para golpearme de nuevo, ella lo detuvo. —Ya es suficiente, Bob. No vale la pena matarla—Amelia me miró con desprecio—. Eres una carga, pero ahora no tendremos que soportarte más. Bob me arrastró por el cabello hacia la calle y me arrojó fuera, dejándome en la oscuridad de la noche con el cuerpo adolorido y el alma tan rota como nunca la tuve en mi vida.
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