Abrí mis ojos de un parpadeo, encontrándome nuevamente en la oscuridad de esa oscura habitación carente de vida, las luces estaban apagadas. Aunque sentía mi cuerpo menos cansado, la confusión envolvía mi mente, aturdiéndome como la primera vez que recobré la conciencia en este lugar siniestro. Con mi mano derecha, toqueteé mi muñeca izquierda. Suspiré con alivio al comprobar que era libre de la intravenosa. Sin embargo, mi alegría fue opacada por el rugido hambriento de mi estómago. Una mueca de dolor cruzó mi rostro. Como me era de costumbre, ignoré el hambre, tenía cosas más importantes en las qué pensar.
Cosas importantes, como recordar el tiempo que llevaba en este confinamiento. No sabía ni siquiera qué día era. Sin embargo, sí podía recordar perfectamente las amenazas de ese hombre, sus fríos ojos grises como el acero inoxidable, su acento ruso que causaba vibraciones entre mis piernas, y su boca dominante robándome el aliento. Sacudí mi cabeza cuando mis pensamientos comenzaron a volar hacia otro sentido. Si alguna vez creí que cualquier otra situación sería mejor que vivir con Amelia y Bob, ya no estaba tan segura.
Otro rugido de mi estómago volvió a recordarme que soy humana y que necesito comer. Pero esta vez no pude ignorarlo, así como no pude ignorar el leve aroma a comida en la habitación. Me senté y estiré mi mano en busca del interruptor para encender la luz de la lampara. Al cuarto iluminarse con la tenue luz, mis ojos se iluminaron al ver sobre la mesita de noche, un plato de cerámica blanca que contenía una atractiva comida junto a un vaso con jugo de naranja. No me pasó desapercibida la pequeña nota blanca junto al plato que decía en finas letras cursivas:
“Come toda la comida, o habrá consecuencias, Игрушка (Igrushka-juguete).”
¿Por qué para todo había un castigo o consecuencia? Ese hombre simplemente era un bárbaro pervertido y egoísta. No, Ivy, él es mucho más que un simple bárbaro pervertido, me recordé a mí misma, sintiendo la seriedad de mi realidad. Ese hombre era un mafioso, y ningún sexy acento ruso, ni sus profundos y atractivos ojos grises, ni todas esas sensaciones que circulan por todo mi cuerpo cuando me toca, podían lograr ignorar la verdad.
Me comí toda la pasta con carne que había en el plato, y bebí hasta la última gota de jugo. No porque temiera al castigo si no lo hacía—aunque yo sí temía al castigo—, sino porque necesitaría energía para escapar de ese oscuro lugar. Luego de comer, probé a salir de la cama. Tan pronto como mis pies tocaron la fría cerámica negra, los levanté de inmediato. ¿Había estado tanto tiempo envuelta en las cálidas sábanas que ya me había desacostumbrado al frío? Dormí mucho tiempo en el piso de mi habitación porque Amelia y Bob no se preocuparon en conseguirme una cama.
Finalmente logré superar el frío y salí de la cama, aun envuelta en las sábanas de seda. Rodé los ojos, otro problema qué resolver. Decidí resolver la situación, consiente de que sería como robarle al diablo. Alcancé su armario de ropa hasta encontrar una camisa que no fuera de color n***o. Me metí dentro de la enorme camisa de algodón gris oscura, que me llegaba hasta las rodillas, y luego de desenredar las largas hebras de mi cabello con las manos, salí de la habitación.
El pasillo estaba muy silencioso, se extendía ante mí como si fuera interminable, con paredes de relieve pintadas de un gris profundo que absorbían la luz. Cauta, caminé por ese vacío, sintiendo una extraña combinación de temor y curiosidad. Por supuesto que pensé que en cualquier momento el fantasma ruso podría aparecer, pero necesitaba conocer el lugar en donde estaba confinada, y aprovechar cualquier oportunidad.
Finalmente, llegué a la sala, donde la paleta de colores no varió en lo absoluto. Muebles elegantes y minimalistas ocupaban el espacio, cuidadosamente dispuestos para crear una imagen de simplicidad lujosa. El mobiliario n***o se fusionaba con las paredes, dando la impresión de que todo formaba parte de una única entidad monocromática.
En un extremo de la sala, una pared de vidrio se extendía, ofreciendo una vista alucinante de lo que supuse sería el centro de Chicago. Las luces de la ciudad centelleaban en la distancia, creando un espectáculo hipnotizante. Aunque sentí la tentación de asomarme y perderme en esa vista, una pequeña voz en mi interior me advirtió que no lo hiciera. No podía perder el tiempo disfrutando de un lugar que no era ni sería mío nunca.
Pasé de largo hasta llegar a otra habitación, la cocina. El espacio estaba totalmente equipado, extendía una invitación silenciosa. Electrodomésticos relucientes contrastaban con los tonos oscuros que predominaban en el resto del lugar. Un ligero reflejo en las superficies pulidas añadía un toque de brillo, rompiendo la monotonía del n***o.
Por un segundo sentí envidia de ese hombre. ¿Cómo se podía ser tan cruel y disfrutar no solo de un físico diabólicamente hermoso, sino que también de una vida lujosa? Un ladrido me sacó de mis pensamientos, era el dulce perrito con apariencia del temible can Cerbero que, según la mitología griega, custodiaba la entrada al inframundo. Tenía sentido, después de todo, su dueño no estaba lejos de ser un Hades, y este apartamento, un inframundo.
Cuando el perro me alcanzó en el mesón isla de la cocina, me incliné para acariciar sus orejas y por debajo del hocico.
—¿Quién es un lindo perrito? Aun no sé tu nombre—alcancé el lado inferior de su collar, en donde había una placa plateada con el nombre de “Pavel” —. ¿Tú también eres un perrito ruso? Aun así, me entiendes, ¿cierto? Eres tan hermoso.
El perro se presionó contra mi pecho, buscando más cariño. Ojalá pudiera quedármelo, pero no podía, le pertenecía al Fantasma-diablo-Hades-ruso que me había secuestrado.
—Tú también me gustas—le dije a Pavel, recibiendo como respuesta una lamida pegajosa—. Pero tengo que irme de aquí.
Me levanté del piso y salí de la cocina. No fue difícil llegar al elevador de brillantes puertas negras que parecían impenetrables. En ese momento me di cuenta, el fantasma no había aparecido, lo que significaba que no estaba en el apartamento. Intenté dar un paso hacia el elevador, pero Pavel se interpuso en mi camino. No había amenaza en sus dientes ni mirada, más bien parecía preocupado de que me fuera y lo dejara solo.
Suspiré. Volví a inclinarme para estar a su altura.
—Me metería en un enorme problema si te llevara conmigo, ¿lo entiendes? Sería como un secuestro porque no eres mío.
Pavel me lamió la cara otra vez, y mi decisión de no llevarlo se fracturó un poco. Mientras veía sus oscuros ojitos caninos, me pregunté qué tan mala persona sería si libero a un inocente perrito de las garras de un monstruo.
Listo, tomé la decisión, me llevaría a Pavel. Busqué con urgencia la correa del perro en la sala, encontrándola rápidamente sobre la mesita de centro. La até al collar de Pavel y luego lo miré con la seriedad que ameritaba esa decisión.
—Espero que seas consiente de lo que estoy haciendo por ti, amigo. Tu dueño nos picará en pedacitos y nos tirará al fondo del mar de china, si nos encuentra.
Pavel solo ladró, sonriendo con la lengua afuera. Me derretí por lo tierno y dispuesto que se veía a venir conmigo. Sin embargo, cuando subí al ascensor sentí un nudo en mi estómago. Era consciente de que, si aquel hombre me encontraba, no solo me castigaría por escapar, sino que también podría acusarme de robar a su perro.
Me llené de valor y presioné el botón para bajar. Mientras las puertas se cerraban, pude obtener una ultima vista del lujoso apartamento. Suspiré, también consiente de que jamás volvería a pisar un lugar así en mi vida. Aunque el fantasma parecía ser la aventura romántica y excitante que había imaginado en mis lecturas, yo sabía que mi vida distaba mucho de ser una novela de romance. La realidad era cruda y peligrosa; ese hombre podía lastimarme de verdad… Aunque también me había proporcionado algunos de los mejores orgasmos que jamás había experimentado.
Sacudí la cabeza, intentando liberarme de los pensamientos impuros que él había sembrado en mi mente. Estaba decidida a escapar, consciente de que ese hombre estaba manipulándome, lavando mi cerebro con sus encantos peligrosos.
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Mientras el ascensor descendía, me pregunté a dónde podría ir cuando estuviera libre. Ahora no era solo yo, también tenía a Pavel. La realidad me golpeó cuando me di cuenta de que no había pensado correctamente antes de robarme el perro de un mafioso pervertido que amenazaba con hacerme cosas obscenas. Pero lo hecho, hecho estaba. Siempre encontré la forma de sobrevivir, y eso no cambiaría ahora.
La idea de buscar a la señora Reina, la dueña de la tienda de conveniencia donde trabajaba antes, cruzó mi mente. Sin embargo, el temor de acercarme a la casa de Amelia y Bob, que estaba cerca de la de la señora Reina, me hizo reconsiderar. También pensé en Letty, en la posibilidad de esperar a que su turno comenzara para pedirle ayuda, pero sería egoísta de mi parte involucrarla en mis problemas, además, ella también necesitaba dinero, no podría darme, y yo tampoco podría pagarle en mucho tiempo. Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando el ascensor se abrió en el vestíbulo del apartamento, un salón lujoso adornado con decoraciones que aparentaban ser de oro me dio la bienvenida.
Salí lentamente del ascensor, aferrándome a la correa de Pavel, temiendo que el fantasma ruso pudiera acechar. En lugar de eso, solo encontré a un hombre elegantemente vestido detrás de un mostrador, evidentemente el recepcionista. La incertidumbre persistía, pero al menos, por el momento, no veía rastro del peligroso mafioso.
Confirmado que el fantasma ruso no estaba a la vista, continué mi camino hacia la salida, pasando por un espacio lujoso con sillones blancos, alfombras persas, pinturas abstractas y plantas de flores en macetas. Sentía la mirada curiosa y acusadora del recepcionista sobre mí, ¿tan mal me veía? Miré mis pies descalzos mientras avanzaba, consciente de la ausencia de mis viejos converses, probablemente desechados por ese maligno mafioso. Me encogí de hombros, no valía la pena llorar sobre la leche derramada.
—¡Hey, niña! ¿¡Cómo entraste aquí!? —me gritó el recepcionista.
Me congelé por un momento, pero tuve que obligarme a reaccionar rápido. Intenté caminar más rápido, pero Pavel, claramente con ganas de pelea, se detuvo a ladrarle al hombre detrás del mostrador. Jalé de la correa del perro, sintiendo el pánico crecer cuando vi al recepcionista avanzar hacia nosotros.
Afortunadamente, Pavel me obedeció cuando insistí en hacerlo avanzar.
Finalmente, salimos del edificio, pero no me detuve ahí. Corrí con Pavel hasta ocultarnos en un callejón. Acaricié la cabeza de Pavel en busca de calmar su ira, y asegurándome de que el recepcionista no pudiera encontrarnos. La adrenalina palpitaba en mis venas mientras me aferraba a la pequeña victoria de haber evitado ser detenida.
En ese momento llegué a la conclusión de que, mi única salida era volver a West Englewood y pedirle dinero a la señora Reina.