8. Sergei

1358 Palabras
Observé con regocijo cómo Sasha golpeaba a Bob en la pierna con un bate de hierro. El eco del hueso roto se mezcló con el gemido ahogado que salió de la sucia boca del hombre. —¡Strike uno! —vitoreó Luka con un silbido de entusiasmo. El taller estaba envuelto en casi completa oscuridad, solo una pequeña lámpara colgaba del techo, iluminando el escenario en el que Bob y su mujer yacían. Bob pendía del techo, sus muñecas atadas a una cadena de hierro, mientras Amelia estaba sentada en una silla de madera, con las muñecas y tobillos atados. La mujer estaba inconsciente, víctima del vicioso uso del fierro ardiente por parte de Sasha, que había quemado gran parte de su piel. Bob no tuvo tanta suerte, su rostro irreconocible tras los brutales golpes de Sasha con su bate preferido de hierro. —Todavía me sorprende la diversidad de las herramientas que tiene Sasha—bromeó Luka, inclinándose hacia adelante, donde estaba el respaldar de su silla, ya que se sentó al contrario—. Una vez lo descubrí pidiendo más “Juguetes” por internet. No conocí a nadie más dedicado. —Por favor, ya paren, no puedo más—Bob gimió. Me levanté de la silla de hierro, pateándola con fuerza antes de caminar hacia él. Coloqué mi mano alrededor de su cuello, cortando su respiración. —¿Alguna vez tuviste compasión con Ivy? No lo hiciste, pedazo de mierda—liberé su cuello y me dirigí hacia Sasha—. No lo mates aún, tortúralo más. Rompe cada hueso. Yo soy quien lo va a matar. A la mujer déjala viva. Sasha asintió en acuerdo, sin cuestionar, y se encaminó hacia sus artefactos de tortura, sacando un cinturón de cuero. La ira ardió en mi cuerpo al recordar la marca en la cintura de Ivy. —¿Qué tan mal quedó la chica? —preguntó Sasha. Yo sabía que no se trataba de curiosidad, Sasha lo preguntó porque quería dejar peor a Bob. —Desgarra su piel—me limité a contestar. Inmediatamente, Sasha asintió y comenzó a azotar a Bob con el cinturón. El placer de ver su sufrimiento se vio interrumpido por el vibrar insistente de mi teléfono. El número correspondía al contacto de la recepción del apartamento donde yo vivo. Me aparté un poco del escenario de tortura y respondí. —Señor, Kuznetsov—el balbuceo del recepcionista me irritó todavía más que los gritos de Bob—. Una niña apareció en el vestíbulo. Salió de su ascensor privado. Además, se llevó a su perro. Maldición. —¿¡Cómo carajos la dejaste irse!? —ladré. El recepcionista, conocedor de las consecuencias mortales de molestarme, no se atrevió a defenderse ni a inventar excusas. —Lo siento—murmuró. Mis pensamientos se sumieron en las profundidades más oscuras mientras contemplaba con anticipación lo que le haría a Ivy una vez que la atrapara. Cada rincón retorcido de mi mente se llenó de ideas perversas sobre infligirle un castigo brutal a mi Igrushka insolente. Solo pensar en ello hacía que mi m*****o se hinchara, ya que, aunque estaba furioso, el deseo de someterla y hacerla pagar por cada desafío me embriagaba. No era recomendable acercarse a mí en ese estado de furia, pero si Ivy resultaba lo suficientemente fuerte como para escapar, podía aguantar ser follada. La idea de poseerla durante ocho horas seguidas, de hacerla aguantar mi furia y deseo incontrolables, estaba en la cima de mis fantasías con Ivy. No importaba lo mucho que se resistiera, sé perfectamente cuándo una mujer me desea, cuándo nació para obedecer órdenes mías. Cuando mi ira amenazaba con volverse verdaderamente mortal, recordé que Ivy no estaba sola. —¿Dijiste que se llevó a mi perro? —Sí, señor—contestó el recepcionista rápidamente. Al confirmar esto, mis músculos se relajaron un poco. Mi pequeña Igrushka no estaba sola; sabía que Pavel destrozaría la garganta de cualquiera que se acercara a ella. Sin embargo, el error de Ivy fue llevarse al perro, ya que Pavel tenía un chip GPS en su cadena. Sonreí al darme cuenta de que la caza de Ivy sería más fácil de lo que ella imaginaba. ꧁꧂ Mi pequeña Igrushka demostró ser más rebelde de lo esperado. Su negativa a doblegarse a mis deseos añadía un matiz intrigante a mi determinación. Mis expectativas, acostumbradas a la obediencia, se veían desafiadas por una presa que no se rendía fácilmente. La rebeldía de Ivy, lejos de desanimarme, avivaba mi deseo de someterla. Mientras manejaba de regreso a Chicago, encendí la pantalla en el tablero del auto. Con una rapidez de práctica, mis dedos teclearon algunos comandos, y un punto rojo destelló en la pantalla, indicando la ubicación en tiempo real de Pavel. El chip GPS ofrecía la certeza de que Pavel estaba moviéndose, pero no garantizaba la seguridad de Ivy. Mi mente, acostumbrada a la crueldad del mundo, comenzó a tejer escenarios oscuros sobre el estado de Ivy. La incertidumbre se infiltró en mis pensamientos, y por un breve momento, la anticipación de lo desconocido se instaló en mi ser. ¿Si Ivy resultara muerta, eso me afectaría realmente? Al observar nuevamente la pantalla, noté que Pavel se movía rápidamente. La conclusión era clara: estaban tomando el tren. De acuerdo a la dirección en la que se movían, señalaba que Ivy volvía a West Englewood. Cuando llegué a la estación de tren, detuve el auto y bajé, compartiendo la ubicación de Pavel en mi teléfono antes de salir. No habían pasado muchas horas desde que saqué a Ivy de aquel basurero, y ahora ella me desafiaba regresando. Crucé la calle que separaba la entrada al metro y aguardé. No faltaba mucho para que la pequeña rebelde apareciera. Mientras esperaba, mi mente divagó en el momento en que tuviera que hablar con Sasha y Luka sobre Ivy. Cuando comenzamos juntos este negocio, decidimos que no podíamos involucrarnos con mujeres más allá de dormir con ellas por una noche, y que no había secretos sobre eso. Pero pensar en la idea de Sasha o Luka poniendo sus ojos en ella me llenaba de un sentimiento abrasador de celos que me consumió. Por un segundo me descoloqué, los celos jamás habían sido un problema para mí; ninguna mujer pudo doblegarme de esa forma. No necesité seguir debatiendo en mi mente, pues Ivy apareció. Desde una distancia prudente, la observé mirar de un lado a otro, aferrada a la correa de Pavel. Mi ira se intensificó al notar la forma en que iba vestida, solo con una camisa que claramente me pertenecía y descalza. Pero la furia alcanzó su punto álgido cuando vi a un hombre acercarse a ella. Aunque el perro le ladró, no fue suficiente para mí. Cegado por la ira, los alcancé, saqué mi arma y disparé directo a la cabeza del hombre. Sin detenerme a mirar el cuerpo sin vida ni a reparar en el grito de miedo de Ivy, me aproximé a ella y la cargué en mi hombro. Era mía, la pequeña Igrushka que nadie más podía reclamar, e Ivy tendría que aceptarlo quisiera o no. Crucé la calle y abrí la puerta trasera del auto, dejando que Pavel se acomodara. —¡Por favor, no le hagas nada a Pavel! —gritó Ivy, golpeándome con sus débiles manos en la espalda. Por un segundo me pareció leal de su parte tratar de salvar a Pavel—. ¡No me mates, por favor! La arrojé al asiento del copiloto, ignorando sus suplicas. Di la vuelta al auto y entré, cerrando la puerta con fuerza. Aunque por un momento el ruido hizo que Ivy cerrara la boca, pronto retomó sus lamentos. Giré hacia ella, cubriendo su cuello con mi mano sin lastimarla u obstaculizar su respiración. —Cierra la boca, Ivy—le gruñí—. Y abróchate el cinturón. No quiero escuchar ni una palabra más de tus tonterías. Ivy gimoteó, asintiendo sumisamente. Cuando la solté, con un movimiento rápido, se colocó el cinturón de seguridad. Mantuve mi mirada fija al frente, encendí el auto y arranqué.
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