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Perdona, pero te vas a arrepentir

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Descripción

Valentina Cruz nunca ha sido el tipo de mujer que cabe en una etiqueta: inteligente, mordaz y con humor para defenderse del mundo. Hasta que una noche la acusan de malversación, los medios la convierten en la villana y la envían a prisión —y quien parece haber apretado el interruptor es Alejandro Vargas, el implacable empresario que creía conocerla.

El malentendido es un pegamento que borra matices. En prisión, Valentina no llora: afila su sarcasmo y prepara una defensa que no solo pase por tribunales, sino por la verdad. Pero una prueba de embarazo lo complica todo: ¿protección o arma? ¿Redención o venganza?

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Capítulo 1 — El día que me convirtieron en titular
La vida de Valentina Cruz siempre había sido un poco como su café matutino: intensa, con exceso de azúcar y, cada cierto tiempo, derramada sobre la agenda. Esa mañana, con un zapato medio puesto y el pelo en guerra civil, pensó que el universo por fin había decidido devolvérsela en especie. No contaba con que lo haría a gran escala. —¿En serio viniste así? —dijo Lucía desde la puerta del coche, mirándola con una mezcla de horror y resignación. —Es moda de emergencia —respondió Valentina, recolocándose la bufanda como si fuera un turbante improvisado—. Hoy reivindico la justicia para los pies impares. Lucía no rió. Ella era del tipo de amiga que te diría la verdad aunque te mordiera con cariño; además, trabajaba en logística y tenía una habilidad sobrenatural para intuir cuándo el mundo se iba a descomponer. Hoy, sin embargo, parecía haber acertado. En la entrada de la empresa, las sirenas no eran sólo sonido—eran espectáculo. Un enjambre de cámaras, micrófonos y voces con prisa que se alimentaban de la posibilidad de un escándalo. Gritos, flashes, titulares preparados como si esperaran ordenar la mercancía. Valentina sonrió una vez, esa clase de sonrisa que no pide permiso: afilada, socarrona y con la improbabilidad de quien no se cree villana aunque la pinten así. —¿Qué será? —murmuró—. ¿Desvío de fondos? ¿Las plantas del piso nueve cobraron más luz de la que gastaron? Un policía la interrumpió con la amabilidad burocrática de quien ha leído el mismo guion mil veces. —Señora Valentina Cruz, queda usted detenida por presunta malversación de fondos. El mundo siguió. Y esa fue su crueldad: la gente continuó con su vida, los pies de los demás siguieron encontrando el suelo, mientras a ella le colocaban unas esposas que olían a metal y a decisiones ajenas. —¿Puedo preguntar algo? —dijo Valentina, cuando el oficial pronunció las palabras de rigor. —Todo lo que diga será usado en su contra —respondió el oficial con la certeza del que tiene un texto para leer. —Perfecto —replicó ella con una calma que le sentaba mejor que cualquier traje—. Porque todo lo que ustedes digan, también podría ser usado en mi contra… siempre que alguien se moleste en leerlo entre líneas. La frase flotó, punzante. Un fotógrafo la convirtió en ángulo y la opinión pública comenzó a armar su versión fragmentaria: ejecutiva ambiciosa; traición interna; caída inminente. Era el mismo país que se enfurecía y olvidaba en un solo scroll. La prensa la esperaba como quien acude a una función gratuita. Ella, con la dignidad de quien sospecha guion y no tragedia, lanzó otro comentario volado hacia la cámara. —Si van a inventarse una historia, por lo menos que tenga buenas risas. Yo cobro derechos. La frase fue un tiro certero; alguien en la retaguardia rió de esa risa que suena a mezcla de incredulidad y desafío. Lucía apretó el puño; ella prefería las soluciones prácticas. Valentina, en cambio, prefería transformarlo todo en algo que luego pudiera contar con un punto cómico. Y allí, en medio del tumulto, lo vio: Alejandro Vargas. Era una estatua con traje —profesional, preciso, implacable— y su mirada tenía la eficacia de un diagnóstico. No había sorpresa en su rostro; sólo la determinación pura de quien ya había tomado partido. Ellos habían cruzado palabras en una reunión, discutido por un proyecto, compartido silencios que nunca llegaron a la intimidad. No eran enemigos, estrictamente; tampoco confidentes. Eran dos líneas paralelas que la vida, caprichosa, había decidido enfrentar en pleno centro. Valentina lo fijó con la misma indiferencia con la que uno mira un semáforo cuando está en verde: no lo desafió, pero notó el riesgo. —Bonita función —murmuró sin levantar la voz—. Me pregunto si el papel principal ya se lo preordenaron. La mirada de Alejandro no cambió. Solo observó. Y esa observación, fría como un espejo de hotel, fue suficiente para dejarle claro que alguien más ya había escrito su parte. La comisaría fue un set de movimientos mecánicos: fotos, huellas, formularios con frases hechas. Todo el proceso le aburría y la entretenía en partes iguales. Ella coleccionaba ironías como si fueran estampillas y esa tarde añadió una nueva a la serie. Sentada en la sala blanca donde la esperanza parecía haber olvidado su número de teléfono, Valentina revisó mentalmente quién podía tener interés en quitarle la voz: clientes, competidores, alguien con rencor o con ganas de ascender. Y, claro, siempre estaba la posibilidad de que alguien hubiera decidido montar una obra con actores improvisados y ella, sin pedir permiso, se había convertido en protagonista. Cuando Lucía consiguió entrar, traía documentos que olían a verdades a medias. —Nos han cambiado fechas, Valen. Hay transferencias recordadas como si fueran normales. Esto es manipulación— dijo con la voz de quien no sabe gritar, pero sí organizar ejércitos. —No te preocupes —replicó Valentina—. Si me pintan como villana, me aseguraré de que la obra tenga un giro final interesante. Y si hay aplausos, al menos me llevaré la ovación. Lucía no sonrió. Pero la posibilidad de armar un plan calmó su gesto. Fueron minutos de estrategia no planificada: llamadas, nombres, un abismo de explicaciones posibles. El sistema tenía fisuras y alguien había pasado la mano por ellas para que parecieran parte de la tapicería. Mientras la custodiaran la llevaron a un vehículo, Valentina notó un pequeño detalle que le hizo fruncir el ceño: una cámara escondida detrás de un cartel publicitario que grababa la entrada con la familiaridad de quien repite una escena. No era coincidencia; alguien quería registrar su caída. Dentro del coche patrulla, la puerta se cerró con un chasquido que sonaba a punto y seguido. Ella apoyó la frente contra el vidrio y dejó que la ciudad se convirtiera en una película borrosa. Pensó en la lista de personas que sabía manipular balances, quién tenía acceso a firmas digitales, quién tenía algo que ganar al verla desaparecer profesionalmente. —Te daré un consejo gratis —murmuró a su acompañante, con esa sorna que la definía—: nunca confundas el talento con la audacia; la primera te hace admirar, la segunda te hace peligroso. La frase flotó en el aire, de esas que se quedan registradas en la memoria como etiquetas. El teléfono de Alejandro vibró en algún lugar de su rutina impecable. No era buena señal. Por una cosa del destino, un mensaje sin remitente llegó a su bandeja, simple y directo: *“¿Estás seguro de conocer a la persona que acabas de encerrar?”* Alejandro parpadeó. No le gustó lo que entreveía el texto. No era cuestión de orgullo. Había algo en esa pregunta que olía a trampa—o a verdad oculta. Mientras la noche caía y las luces de la ciudad imitaban a un público expectante, Valentina fue conducida a una celda cuyo eco permitía pensar mejor. Su mente, lejos de venirse abajo, se activó en modo supervivencia: verificar aliados, reconstruir movimientos, preparar frases y, si hacía falta, inventar un plan de fuga con el estilo de quien compra boletos para una función imprevista. Antes de que la puerta se cerrara del todo, Lucía le pasó un papel doblado. Solo cuatro palabras escritas con la velocidad del nervio: **No confíes en quienes aplauden primero.** Valentina sonrió. Era la mejor consigna para una mujer pintada como villana: recordar que el aplauso de hoy puede ser la mano que te empuja mañana. Y mientras en alguna oficina Alejandro releía el mensaje anónimo y miraba una foto recortada, la ciudad seguía su espectáculo nocturno sin saber que, aquella vez, no todo era lo que parecía. En la oficina de Alejandro, entre papeles, apareció una carpeta marcada con la palabra **VALENTINA** en letra de imprenta, y debajo, una nota doblada que decía únicamente: *“Mira la hora de los correos. No todo fue como te contaron.”* Alejandro dejó caer la carpeta. Por primera vez, su certeza titubeó. ¿Qué vieron los ojos que le enseñaron a juzgar? ¿Y cuánto tiempo había pasado desde que alguien comenzó a reescribir la verdad?

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