La sala de juntas olía a madera nueva y a café que llevaba demasiado tiempo intentando ser él mismo. Era el tipo de lugar donde se firman contratos y, si las cosas van mal, también se firman excusas en tamaño ejecutivo. Hoy, sin embargo, la mesa tenía más miradas encima que un influencer en rebajas: los investigadores, abogados y todos los implicados se sentaban como si el destino corporativo dependiera de quién agitara menos el abanico.
—Lo que pasa en la sala de juntas no debería salir de la sala de juntas —dijo Ana, con la voz de quien ha pasado horas traduciendo jerga legal a sentido común—. Pero ahora mismo tenemos razones para pensar que algo sí salió... y no por error.
Valentina dejó el bolso en la silla y se apoyó ambos codos sobre la mesa con la despreocupación estudiada de quien se aprende el libreto del sarcasmo como defensa personal.
—Si la sala tuviera Twitter —bromeó—, ya tendría más followers que algunos políticos. Pero vamos al punto: ¿qué nos falta para atar esto?
Diego proyectó en la pantalla el diagrama de accesos: camaras, terminales, horarios. Sus dedos iban y venían por el ratón como si tocara un piano de datos.
—Nos faltan pruebas de la mano que movió la caja —dijo—. Tenemos rastros, facturas, transferencias y la foto impostora. Pero necesitamos a quien accionó la palanca final: el que ordenó que la "copia final" saliera de la empresa.
Héctor añadió, con su costumbre de hablar como si describiera un gadget de ciencia ficción:
—También nos falta saber quién dentro del perímetro se sintió cómodo dejando huellas. Quien deja un anillo o una inicial en una foto no lo hace por olvido; lo hace por soberbia.
Valentina sonrió; esa línea daba para titulares catárticos.
—La soberbia tiene firma y el ego, tarjeta VIP —dijo—. Y las tarjetas VIP a veces pagan por silencio. Otros, por desgracia, pagan con dignidad.
Lucía, siempre práctica, tenía la lista de entrevistas que debían hacerse. Marta, la asistente de Alejandro, estaba citada; Santiago también; y había un par de técnicos de seguridad que necesitaban explicar por qué una terminal crítica había registrado sesiones fuera de horario. La fiscalía quería todo ello mañana, bien dispuesto y sin sorpresas.
—¿Y si la sorpresa no es sorpresa? —preguntó Rojas, sin humor—. A veces lo que creemos invento es perfectamente planeado.
Rosa, que había ido sumando valor con cada visita, apoyó la mano sobre la mesa como quien planta bandera.
—Si alguien cree que el miedo compra lealtades, se equivoca. El miedo compra silencio temporal; la verdad compra testimonios —dijo. Sus palabras llegaron como mantenimiento gratuito para la moral.
Mientras la reunión avanzaba, Alejandro permanecía en un segundo plano, con el ceño fruncido como si estuviera intentando desprogramar un mal hábito. Había pasado de “ordeno” a “me exijo”, y esa transición le sentaba como un café amargo: necesario pero difícil de tragar.
—Tengo que revisar el acceso a la sala —dijo de pronto—. No podemos decir que esto vino de fuera cuando hay manos con llaves dentro.
Ana asintió. —Y también verificaremos cualquier entrega de catering, mensajería o mantenimientos recientes. Nadie entra y sale sin registrarlo. Eso nos dará una lista clara.
Se repartieron tareas y salieron en formación casi militar. Valentina se quedó un segundo más y observó la mesa como quien revisa el menú antes de pedir.
—Una observación —dijo—. Si alguno se pone a negar todo porque su apellido suena muy bonito con el logo de la empresa, que recuerde: negar mucho suena a culpa con acento de lujo.
La frase, otra vez, obtuvo sonrisa y silencio. A veces la ironía es más efectiva que la acusación directa; hiere sin manchar la toga del jurista.
La jornada siguiente fue un carnaval de entrevistas y comprobaciones. Marta compareció ante Ana y contestó con la calma de quien cree que la transparencia cura. Dijo que la tarde del incidente había salido a hacer diligencias —compras para un evento corporativo— y que la caja no le pertenecía. Sus huellas, por el momento, no estaban en los listados de manipulación. Pero el audio de una cámara de pasillo registró sus pasos a una hora en la que, según ella, ya estaba en casa.
—Esto no es prueba concluyente —dijo Ana—. Es una pieza. Pero las piezas forman algo cuando encajan.
Santiago declaró que había ido al garaje por motivos administrativos y que la caja le fue entregada por un conducto sin nombres. Su voz sonó quebrada en momentos; la incomodidad era visible. Alejandro lo observaba sin expresión clara: no quería que el acto de mirar se convirtiera en juicio.
Mientras, Diego y Héctor seguían con su trabajo detectivesco con paciencia de orfebre. Recruzaban logs, pedían backups, pidieron al proveedor del software de seguridad las actualizaciones recientes. Fue Héctor quien, mientras revisaba una cámara de seguridad antigua, encontró algo que hizo que su pulso acelerara un milímetro.
—Mirad esto —dijo, y proyectó un fotograma ampliado—. La cámara del pasillo no solo registró a Marta salir; también captó a alguien más. Una espalda que se mueve y una mano que pasa por encima de la mesa. Hay reflejos; no son claros… pero la mano tiene un anillo con cierto relieve.
Los presentes se acercaron a la pantalla. La mano se veía apenas, en un brillo lateral, pero había una particularidad: el diseño del anillo tenía un grabado que coincidía con el logo de una subcontrata que figuraba en las facturas encontradas: no Alvarado & Asociados, sino una pequeña compañía cuyo gerente, recordaron, figuraba entre los contactos de Sergio.
—¿Es posible que se haya querido dejar pista para desviar la atención? —preguntó Lucía.
—Sí —contestó Diego—. Es exactamente lo que haría alguien que quiere sembrar caos y luego señalar con el dedo a quien convenga.
Valentina terminó su café y, como si decidiera presentar el movimiento más televisivo del día, lanzó uno de esos dards que ya eran su marca.
—Si la culpa fuera perfume, algunos la venderían a granel. Pero el olor no tapa huellas.
No fue la única frase punzante del día. En la rueda de interrogatorios, cuando un técnico de seguridad intentó explicar que “alguna vez hay errores de sincronización”, Valentina le clavó su ironía favorita:
—Los errores de sincronización existen, pero los errores que coinciden con transferencias bancarias y firmas digitales son más bien ilícitos con diploma.
El hombre se sonrojó; tenía la incomodidad de quien sostiene el paraguas cuando empieza a llover billetes.
A media tarde, una novedad: la cadena logística confirmó que la caja metálica había pasado por manos de un mensajero que trabajaba para una subcontrata. Su declaración apuntó a una entrega nocturna en un depósito cercano, no a la sala de juntas. El patrón repetido de rutas paralelas hacía que la hipótesis de una operación coordinada siguiera solidificándose.
Ana solicitó formalmente el listado completo de accesos a la sala de juntas: tarjetas usadas, horarios, cámaras cercanas y cualquier mantenimiento reciente. Fue entonces cuando apareció la nota que nadie esperaba: en la lista de accesos de los últimos seis meses había una entrada que no correspondía a un empleado físico ni a un visitante habitual. Era un acceso con credenciales virtuales, lanzado desde una IP interna, pero con la marca de una sesión remota programada—algo que, por seguridad, solo el administrador podía hacer y que, por protocolo, debía dejar registro manual. Ese registro manual no existía.
—Alguien creó una sesión remota y la programó para el momento justo —dijo Diego—. Fue una ejecución con firma; lo hizo un usuario con privilegios elevados.
La sala quedó helada. No es lo mismo sospechar que ver la matemática del engaño en una tabla blanca. Si alguien dentro tenía privilegios y los usó para fingir accesos o abrir puertas, la profundidad de la traición crecía.
—Eso significa que tenemos a un administrador interno con manos en la tecla —murmuró Rojas—. Y no hace falta decir que eso cambia prioridades.
Valentina miró el techo un instante, como midiendo si ahí también había oídos.
—Si el enemigo es de aquí —dijo—, nuestra ventaja es que respira igual que nosotros. No nos asusta. Nos da información.
La frase era valiente y un poco temeraria, pero también certera: conocer la dimensión del problema permite desplegar la estrategia correcta.
Cuando la jornada llegó a su final, Ana pidió que cerraran accesos y que nadie tocara los sistemas hasta que llegara personal forense. Marta y Santiago quedaron suspendidos en un acto de incertidumbre que les pesaba en la voz. Alejandro, exhausto, pidió tiempo para reorganizar la empresa desde dentro. Nadie se fue con la sensación de triunfo. La verdad todavía era un cofre con llave forzada.
Y justo cuando todos recogían papeles y tomaban un último sorbo de café, el teléfono de Ana vibró con un mensaje que hizo que se les helara la sangre por un segundo: un archivo adjunto con una foto de la sala de juntas desde arriba, tomada desde una cámara oculta. En la imagen, sobre la mesa, había una carpeta abierta con la etiqueta **CONFIDENCIAL**… y dentro, entre papeles, se adivinaba un sobre con la misma tipografía de la nota anónima que habían recibido semanas antes.
El remitente era desconocido. El mensaje, escueto: *“La sala habla. Escúchala.”*
Ana dejó el móvil en la mesa y miró a los demás, cuyos rostros eran un mapa de cansancio y alerta.
—Eso no es una amenaza —dijo con voz dura—. Es una advertencia. Alguien quiere que miremos hacia la sala de juntas. O alguien quiere que pensemos que miremos.
Valentina se levantó, se puso el abrigo y, con esa sonrisa que había aprendido a usar como escudo y espada, lanzó su última línea del día:
—Que nos digan dónde mirar no nos exonera de mirar también por nosotros mismos. Si la sala habla, que hable toda. Yo prefiero que lo haga con testigos.
El grupo asintió. Salieron en silencio, con la convicción nueva de quien sabe que la batalla se desplaza del tablero técnico al terreno humano: confianza traicionada, lealtades en duda y un enemigo que jugaba a despistar con reflejos y cámaras. La sala de juntas, que tantas reuniones había contenido, ahora parecía una caja fuerte con cerradura rota.
Esa noche, cuando Ana revisó el archivo enviado por el anónimo, detectó en los metadatos una firma oculta: un certificado digital que había sido emitido a nombre de un proveedor de seguridad que trabajaba para la empresa... y cuya persona de contacto figuraba como S.M. Ana dejó el portátil. La inicial volvió a aparecer, y con ella, la pregunta que les quemaba: ¿cuánto más cerca estaba el traidor de lo que estaban dispuestos a aceptar?