45

922 Palabras
Liora Despierto… pero no en mi habitación. El aire es distinto. Más limpio. Más vivo. Me incorporo lentamente, desorientada, con el corazón latiendo como si hubiera estado corriendo… o huyendo. Lo último que recuerdo es caer contra la pared. El miedo. La presión en el pecho. La sensación de que todo dentro de mí se rompía otra vez. Pero ahora… Ahora estoy aquí. Un prado infinito se extiende frente a mí, cubierto de hierba alta que se mece con una brisa suave. El verde es tan intenso que casi duele mirarlo. La luz de la luna cae sobre todo como un manto plateado, iluminando cada rincón con una calma que no entiendo… pero necesito. Escucho agua. Un murmullo constante, hipnótico. —¿Hola? —mi voz suena pequeña—. ¿Hay alguien? Nada. Solo el viento. Solo ese maldito silencio hermoso. Camino. No sé hacia dónde. Pero mis pies parecen saberlo. Encuentro un sendero entre los árboles, desgastado, como si hubiera sido recorrido mil veces antes. Lo sigo. Sin pensar. Sin cuestionar. Como si algo dentro de mí estuviera guiando cada paso. El sendero se abre en un claro. Y ahí está. La cascada. El agua cae con fuerza, brillante bajo la luna, rompiéndose contra las rocas en una danza salvaje y perfecta. Pero no es eso lo que me detiene. Es ella. Sentada sobre una roca, junto al arroyo… Una loba blanca. Perfecta. Imponente. Hermosa. Su pelaje brilla como nieve bajo la luna. Sus ojos… turquesa. Profundos. Antiguos. Conscientes. La reconozco al instante. No hay duda. No hay confusión. Es mía. Y yo soy suya. —Selena… —susurro. La loba levanta la cabeza. Me mira. Y algo dentro de mí… encaja. Como una pieza que llevaba demasiado tiempo perdida. Una paz abrumadora me invade. Por primera vez en años… No tengo miedo. Me acerco lentamente. —¿Qué haces aquí?… ¿Dónde estamos? —mi voz tiembla—. Te he extrañado tanto… Selena no se mueve. Pero su presencia lo llena todo. Cuando habla… no lo hace con palabras. Es en mi mente. En mi pecho. En cada rincón de mí. —Estamos donde siempre he estado —resuena su voz dentro de mí—. En lo más profundo de tu mente. Trago. —¿Aquí…? —Enjaulada. La palabra cae pesada. —Como tú. El aire cambia. La calma sigue ahí… pero ahora tiene grietas. —Lo siento —continúa—. No pude protegerte. Cierro los ojos. Niego. —No… no. Está bien. —mi voz se rompe—. Me alegra que no estuvieras conmigo. Si te hubieran tocado… si te hubieran hecho daño… No termino la frase. No puedo. Me siento a su lado. El agua sigue cayendo. Constante. Indiferente. —No podría haberlo soportado —susurro. Selena gira ligeramente la cabeza. Su mirada es firme. Fuerte. —Es mi deber protegerte. Su voz ya no es suave. Es verdad. —Con lo que somos… habría podido salvarnos. Aprieto los dedos contra la hierba. —Entonces… ¿por qué no lo hiciste? Silencio. Pesado. —Porque tú no me dejaste. Levanto la cabeza de golpe. —¿Qué? —Me encerraste. La palabra duele más que cualquier golpe. —No intencionalmente… pero lo hiciste. Mi pecho se oprime. —Te he buscado… te he necesitado… —Y al mismo tiempo —continúa— has querido esconderte de lo que somos. Ahí está. La verdad. Desnuda. Incómoda. Imposible de ignorar. —Nos persiguieron por lo que somos —respondo, casi defensiva—. Nos arrebataron todo. Mi familia… mi hogar… todo. La imagen del fuego vuelve. Las cenizas. Los gritos. —Nos destruyeron por ser diferentes. Selena no retrocede. No suaviza. —Nos destruyeron porque el mundo teme lo que no puede controlar. Su mirada se endurece. —Y tú estás dejando que ganen. Eso golpea. Fuerte. Directo. Sin anestesia. —No quiero liderar —digo, honesta—. No puedo. Estoy rota. Las palabras salen solas. —Tengo miedo todo el tiempo. No puedo respirar sin sentir que algo va a pasar. No soy fuerte. Selena se levanta. Y entonces la siento. Su poder. Su presencia. Su verdad. —Yo sí. El mundo parece vibrar. —Yo no tengo miedo. Da un paso hacia mí. —Y soy parte de ti. Mi respiración se corta. —Sanarás —afirma—. Y mientras lo haces… yo te protegeré. Sus ojos brillan. —Nadie volverá a tocarnos. Algo dentro de mí… responde. No miedo. No dolor. Otra cosa. Más oscura. Más fuerte. —Arrancaré la garganta de cualquiera que lo intente. Mi pulso se dispara. Pero no huyo. No puedo. Porque en el fondo… Le creo. —Eso es demasiado… —susurro—. No sé si puedo ser eso. Selena se acerca más. —No tienes que serlo ahora. Pausa. —Pero lo serás. El aire comienza a temblar. El mundo se distorsiona. —¿Qué está pasando? —pregunto, alarmada. Selena empieza a desvanecerse. No. No. No otra vez. —Espera —me levanto—. No te vayas. Su voz llega… más débil. Pero firme. —Siempre estoy aquí. El prado se rompe. La cascada desaparece. Todo se vuelve borroso. —Pero no sé cuánto más podré alcanzarte si sigues rechazándome. Mi corazón se acelera. —¡Selena! —Vendrá un momento en que me necesitarás de verdad. Oscuridad. —Y entonces… romperé tus cadenas. Silencio. —Solo espero que estés lista cuando eso ocurra. Y entonces… Desaparece. Y yo… Caigo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR