Vivir lo nuestro de la India y Marc Anthony sonaba en los parlantes, Zoy soltó una risita cuando su amigo Franco tomó su mano y la hizo girar, para después atraerla a su pecho y tomar con cuidado su mano, moviéndola en cada movimiento que hacía. La salsa era su debilidad, y aún más cuando tenías un buen bailarían, su mejor amigo la había sacado ese sábado de la casa, tenía pensado ver alguna película y pedir pizza, pero cuando se presentó no pudo decirle no, y aunque quiso al ver la discoteca que pisaban, esas en donde ella y Napoleón solían venir.
— ¿Qué haríamos sin la salsa? —Franco aprovechó para hacerla girar varias veces hasta que volvió a tenerla cerca de su pecho, verla brillar era lo que quería, Zoy siempre fue una estrella, pero desde que Napoleón se fue de su vida dejó de vivir, y ahora le costaba encontrar a la verdadera chica que se perdió, que se fue con los recuerdos del hombre que por largo tiempo fue su esposo.
Zoy recostó su mentón en el hombro de su amigo, sonriendo al escuchar la letra de la canción, dejándose guiar por su amigo, aunque bailar ella lo podría hacer con los ojos cerrados. Cuando la canción terminó, la muchacha se dirigió hacia la barra para pedir una cerveza, su sorpresa fue mayor cuando sintió unas suaves manos y luego un beso en la mejilla, se echó hacia atrás al ver esos ojos, esa sonrisa y luego se fijó en los brazos. Ningún tatuaje, no era Napoleón, era Iyali.
Por un momento, los recuerdos la golpearon, aquellas interminables reuniones donde lo veía, siempre le pareció tan serio, estructurado, muy cerrado.
—Amor —Napoleón le suplicó mientras tomaba las manos de la joven, ella sonrió incomoda, pero por su esposo soportaba todo—. Es el cumpleaños de David, no puedo fallarle.
—No he dicho que lo hagas, al final sigue siendo tu familia.
Ambos asintieron, fue Napoleón quien llamó a la puerta, apareció la madre de él con una sonrisa en la boca y sus cabellos dorados, era una buena mujer.
—¡Zoy, Napoleón! —gritó emocionada, abrazando primero a su hijo y luego a su nuera, la apretó a su pecho y sonrió. Siempre repetía que había querido una hija y desde que Zoy llegó, eso era, una hija.
—Me da gusto verte, mamá, ¿ya llegaron todos?
—Falta David, quien dice, traerá su novia —murmuró no muy contenta dejándolos pasar—. Eso sí, quiero que quede claro, Zoy, tú eres mi hija, eres especial.
—Sabes que el cariño es reciproco, Mirta —le sonrió con ternura—. Pero, tampoco hagas menos a tu nueva nuera.
—Oh, no, no. Yo no soy capaz de eso, pero la chica siempre me lo hace sufrir —se quejó llevándolos al patio donde el padre de él estaba cocinando mientras Iyali acomodaba el licor, al verlos, una sonrisa tiró de sus labios.
Napoleón no se dio cuenta, él se dejó arrastrar por su madre hacia donde estaba de padre, dejando a Zoy a merced del gemelo malo. Iyali remangó la camisa celeste y luego metió sus manos dentro del pantalón de vestir n***o, le seguía causando una sensación rara el hecho de que se pareciera tanto físicamente al hombre que amaba, ahora que ambos habían dejado el cabello y barba crecer, fácilmente se podían confundir.
—Señorita Soto.
—Dime Zoy, somos cuñados —la joven se sentó y su cuñado al frente—. ¿Cómo has estado?
—Muy bien, gracias por preguntar —sonrió, pero era una sonrisa discreta con ojos brillantes, no se sabía si fingía—. He visto el capitulo piloto de tu programa, buen guion.
—Ah, pero si a veces los dioses se sientan a ver televisión.
—Ya ves, a veces queremos convivir con los mortales —una sonrisa tiró de sus labios y la joven negó, divertida. Había momentos donde su cuñado era tratable—. ¿Te gusta ese lugar? Escuché que el anterior trabajo era incomodo, una sarta de incompetentes con títulos.
—Hey, que había buenas personas.
—Claro, tan buenas que permitían el acoso a sus compañeras —siseó de mala gana.
—Veo que estás muy enterado.
—Eres parte de la familia, todos los comentarios me llegan.
—No tienes tanto poder, Iyali.
—No, pero si conocidos. —esbozó una sonrisa.
—Ah, mira tú. Por cierto, una compañera te vio hace poco con David, quiere que te presente.
—Así, dime, ¿es tan bonita como tú? —le preguntó con seriedad y Zoy dejó de sonreír.
—Iyali. —él alzó las manos con media sonrisa en la boca.
—Bien, me detengo.
—¿Zoy? —Napoleón llegó y bastante serio, se sentó a su lado y tomó su mano, ahí donde estaba el anillo, mostrándole que ella era su esposa, pero Iyali siempre hacia oídos sordos—. Papá te quiere saludar.
—Voy. Si me disculpan. —Antes de que se pusiera de pie, los gemelos lo hicieron, la joven se alejó, sabiendo que una pelea de esos dos significaba algo desgastante, para variar.
Se acercó a su suegro, quien le dio un abrazo suave.
—Tan bonita y talentosa como siempre.
—Me iré con el ego alto.
—¿Alguien más halagó tu belleza e inteligencia? —preguntó el hombre con media sonrisa mientras daba vuelta a la carne.
—Iyali.
—Ah, parece no entender que eres esposa de su hermano.
—No ha coqueteado, no me malinterprete, pero me pone algo incomoda a veces como habla.
—Desde chico ha sido así, bastante directo —explicó—. Mientras que Napoleón era sensible y el popular, Iyali era el directo, detestaba los animales y nunca tuvo un amigo real.
—Físicamente solo se parecen.
—Mira que un tiempo, Napoleón se pintó el cabello —sonrió el viejo—. Odiaba que lo confundieran, supongo que por eso también marcó su piel, desde niños se detestaron.
—¿Por qué?
—El amor corrompe las almas más limpias, Zoy, el amor hizo que desde niños ellos se odiaran.
La joven salió de sus recuerdos, confundida porque justo verlo, recordó aquel momento, donde entendió porque Iyali siempre tenían un recelo hacia Napoleón.
— ¿Es lo que merezco de mi pequeña Zoy? —la chica soltó una carcajada y se acercó dejándose abrazar por el que había sido su cuñado, forzó una sonrisa cuando Iyali tardó en soltarla, luego lo vio recorrerla con la mirada y se sintió incomoda.
—Creí que odiabas estos lugares —Zoy miró hacia la pista ahí donde ahora Franco bailaba con una chica, sonriéndose y murmurándose al oído. Tomó su cerveza y dio un largo sorbo para después observar la copia del hombre que tanto amaba.
—De vez en cuando me saco el palo del culo, niña —Iyali sonrió pasando sus dedos por un buen cortado cabello rubio, ningún detalle se le escapaba, mientras que Napoleón era más natural—. He leído tu nombre por todos lados, ¿Es verdad que eres un prodigio para tu edad?
— ¿Es verdad que te has puesto de novio y no me las has presentado? —atacó la joven viendo como la sonrisa en el coqueto hombre se iba—. No pareces tan feliz, mucho menos estando con una mujer tan hermosa como ella.
—Solo eso tiene mi querida novia, belleza —afirmó y Zoy se removió, deseando terminar con aquella plática ya—. Mi hermano tuvo tanta suerte, se casó con la mujer más bella, inteligente y humilde. Tienes todo lo que un hombre quiere, todo Zoy.
—Lo hace sonar como si ya no existieran mujeres así, y te equivocas —la joven quitó las mechas húmedas de su frente, Iyali fue más rápido y le tendió un pequeño pañuelo y ella pudo secar la humedad en su rostro, cuello y brazos—. Existe muchas, pero todos sabemos por las cual tú brincas.
—Que feo se escucha eso eh, das entender que soy mujeriego —Iyali lo era, y nunca fue un secreto para Zoy, cuando Napoleón los presentó ella pudo ver el hambre en la mirada de su cuñado, lo competitivo y perfeccionista que era, lo apreciaba, aunque más de una vez prefirió huir de sus miradas.
— ¿Y no lo eres? Al menos ahora estás de novio y no puedes andar por ahí, brincando como niño de quince que empieza a notar el deseo hacia el sexo femenino.
— ¿No puedo? —Iyali sonrió y Zoy negó escuchándolo, este sonrió tirando de su brazo para acercarla a su pecho, se inclinó recogiendo el aroma de su piel y pudo entender porque Napoleón estuvo tan loco por la niña.
—Iré con mi amigo, nos vemos luego.
—Dalo por hecho señorita Soto. —ya no habló con él, pero si lo vio, podía sentir cada mirada suya, recorriéndola y admirándola bailar, se sentía inquieta y nerviosa, Iyali siempre le pareció un tipo de cuidado, de mucho cuidado y se lo dijo más de una vez a Napoleón quien respondía que lo ignorara, que Iyali era así de molesto.
—La copia no ha dejado de mirarte, nunca me pareció alguien de confiar —Franco la acercó a su cuerpo con suavidad, escuchando la voz de Marc Anthony retumbar en la discoteca, la joven aprovechó que le hizo dar una vuelta para ver a su ex cuñado observarla, con curiosidad.
—Él fue el causante de muchas peleas con Napoleón, y muchas de ellas terminaron en semanas sin hablarnos —el muchacho le sonrió cuando la canción terminó la guio hacia la mesa, la esperó para que tomara su cartera y ambos salieron, escuchando a su espalda el nombre de Zoy.
— ¡Zoy!
— ¿Iyali? —La muchacha envolvió su brazo alrededor del de su amigo, quien la acercó a su cuerpo con recelo—. ¿Qué sucede?
—Quería invitarte a comer, recuerdo muy bien que te encanta Sol de Colan —la joven parpadeó, y si era su favorito, pero no solo de ella. Fue el primer lugar donde Napoleón la llevó.
—Eh..., creo que no.
—Vamos Zoy, éramos muy buenos amigos ¿qué sucede?
—Porque mañana tenemos que salir, cumplimos un mes más de relación —señaló Franco rodeándola con un brazo, sonriéndole con picardía a Iyali quien borró la sonrisa de inmediato.
—No sabía que tenías pareja.
—Bueno, es algo tarde amigo —Zoy se despidió y fue guiada por Franco a su carro, dentro de este ambos soltaron un suspiro y miraron hacia donde estaba el ex cuñado de Zoy—. Él es muy raro, la forma en la que te mira. Tú le gusta morenita.
—Así es él, no le des importancia.
—Ten cuidado morenita —Franco besó sus mejillas dejándola afuera de su casa, la joven se despidió y avanzó sacando las llaves, pero su sorpresa fue mayor al ver un bulto sentado en sus escaleras.
—Napoleón...
—Zoy..., Zoy yo recordé.