EL SABOR DE TU BOCA

3267 Palabras
CAPÍTULO SEIS: EL SABOR DE TU BOCA Su corazón debió golpear demasiado fuerte cuando lo vio sentado ahí, afuera del edificio donde vivía. Quiso controlarse, aunque siempre creyó que el amor que le tenía era uno drogado, cada vez que ella que lo veía sentía que florecía le dolía tanto tenerlo tan lejos, ¿se hacía él alguna idea? Zoy sujetó con firmeza la cartera y soltó un largo suspiro cuando los ojos del hombre la atraparon, había tristeza en ellos. —Zoy... —¿Cómo sabes ola dirección de mi casa? —preguntó. —Averigüé. —contestó poniéndose de pie—. Yo... —¿En qué te puedo ayudar? —Yo, quiero —titubeó, guardó silencio por largos minuto hasta que por fin habló—. ¿Podríamos entrar y hablar? —Yo, por supuesto —murmuró, aunque sabía que después se arrepentiría por dejarlo entrar. Abrió la puerta del edificio y se hizo a un lado para que él pudiera pasar, inhaló su aroma y se molestó consigo misma por aquel efecto que tenía aun sobre ella. Ambos ingresaron al ascensor en silencio, ella presionó el número y ni siquiera se miraron, la joven se abrazó por la fría presencia de él, se preguntó entonces, ¿Cuándo se había llegado a ese punto? Sí parecía que fue ayer cuando ellos llegaban a su casa, muertos de amor, sin soltarse de las manos. La joven cerró los ojos y se recostó en las paredes del ascensor, mientras se dejaba envolver por lo que una vez la hizo feliz, muy feliz. —Dime, anda, responde amor —dijo con voz risueña mientras la perseguía, Zoy se carcajeó mientras corría lejos de él, descalza. El piso estaba frío, pero era agradable para aquella temporada de verano, desde donde estaban podían ver la pileta con agua fresca, ahí donde últimamente pasaban tiempo. —¡No! —gritó la joven corriendo y saliendo de la cocina con dirección a la pileta, se carcajeó mientras en el camino iba quitándose la playera blanca que usaba como vestido, quedando en ropa interior, a unos pasos del agua, se giró y Napoleón la miró— Está bien, si tenemos hijos, le pondremos..., Cristóbal. —¿Qué pasa con esos nombres? —Me gusta el tuyo, si tenemos un hijo, me gustaría que llevara ese —y con esa respuesta, se lanzó al agua, y Napoleón también, buscándola y aferrándola a su cuerpo. Cuando lograron salir, ambos se miraron con una sonrisa en la boca, divertidos por lo que estaba sucediendo. Ay, Napoleón. Zoy pasó sus dedos por el rostro bello de su esposo, luego por su boca y ninguno de los dos lo aguantó, se besaron con hambre, sus manos estaban en todos lados del cuerpo del otro, sintiéndose presos por el deseo. Sí, en silencio ellos añoraban un bebé, querían un niño. —Te amo —susurró sobre sus labios el hombre mientras ágilmente quitaba el brasier de la joven, ella sonrió sonrojada, era algo muy común en ella, que él adoraba. Su chica, suya. Zoy abrió los ojos cuando la realidad la golpeó, la muchacha vio a Napoleón frente a ella, preguntándole si estaba bien, asintió y salieron, la joven introdujo la llave e ingresaron. Al instante, Eros se lanzó hacia Zoy ladrando feliz, ella le dio cariños y luego se hizo a un lado para que pudiera pasar, el perro al ver a Napoleón, le ladró y el hombre alzó las manos, cauteloso. La joven se sorprendió, porque Eros nunca había sido un perro que atacara a otras personas, al contrario, siempre fue bastante amable. —¡Eros! —gritó la joven y el perro retrocedió, sin dejar de mostrarle los dientes. —Es bastante bravo tu perro. —Al contrario, nunca había tenido un comportamiento así. —murmuró tirando del perro para que Napoleón pudiera entrar, cuando ya el ambiente estaba más calmado, la joven y él avanzaron hacia la cocina. — ¿Quieres café? —Inquirió Zoy yendo a la cocina, seguida por Napoleón que miraba la casa con curiosidad—. ¿O té? —Yo..., café está bien —asintió, Zoy preparaba el café lo vio quitarse la chaqueta y dejar al descubierto los tatuajes que cubrían sus brazos, se fijó en lo largo de su barba y de su cabello, los dos pendientes que llevaba en sus orejas..., seguía viéndose guapo. Dejó ambas tazas en la mesa y luego encendió la calefacción y puso algo de música, no quería que el ambiente este tenso, tartamudeó un par de veces, dejó caer la azucarera y casi se cae al suelo. Estaba nerviosa, ansiosa, cada paso que daba era en falso. —Es hermoso —inquirió viendo al perro ir hacia su bandeja y comer lo que Zoy le había echado, Napoleón se sentó y tomó la taza de café, dando un largo sorbo y sonriéndole. Después de eso ambos se quedaron en silencio, por largo rato, hasta que fue Zoy quien rompió el silencio, evitando su mirada. — ¿Qué pasa, Napoleón? ¿Qué hace aquí, que haces en mi casa? —aquella pregunta lo tomó por sorpresa dio un corto sorbo y se acomodó viéndola. —Los últimos días he tenido un intenso dolor de cabeza..., y los recuerdos me golpean con fuerza dejándome tirado y sin poder ganar la batalla —con cuidado se puso de pie y metió sus manos dentro de los desgastados pantalones negros, miró por la ventana de la gran ciudad y por un momento tuvo recuerdos vagos, risas y un patio lleno de flores, de plantas y una pileta. —Y esa solía ser nuestra casa —aunque la joven lucía triste, trató de que en su voz no se notara la evidente tristeza, el hecho de pasar tantas horas en el hospital, tratando de hacer que el hombre que amaba la recordara, la había agotado, había dejado el trabajo y también sus responsabilidades—. Te dije que quería un jardín y ese mismo día me llevaste para comprar todo lo necesario, fueron largas semanas sentados ahí, arreglando todo y luego estábamos sentados, abrazados mientras yo leía algo y tú dormías. >>Estás son algunas de las fotos de nuestro matrimonio —Napoleón se fijó en los cuadros colgando, en ella con un largo vestido blanco y riendo a carcajadas, y él, viéndola con amor, era él. El cabello peinado hacia atrás y un traje oscuro, aun podía ver el inicio de algunos tatuajes, no era Iyali, era él. Miró otra fotografía donde ambos estaban afuera de la casa, él la tenía cargada en sus brazos y Zoy reía con los brazos envueltos alrededor de su cuello, como si fuera el lugar donde ella partencia. —Yo...lo siento, no recuerdo nada —Napoleón pasó sus manos por su cabeza con un malestar intenso, escuchó a Zoy hablar y sin poder evitarlo alzó el tono de su voz—. ¡Cállate! La vio temblar y luego asentir, retirándose de ahí, alejándose y aunque quiso disculparse terminó huyendo como el cobarde que era. No podía recordarla, no podía hacerlo, tampoco podía obligarlo a vivir a la casita cuando no sentía nada y no conocía a la mujer que se hacía llamar su mujer. Napoleón sacudió la cabeza ante esos recuerdos y luego se acercó a Zoy, viéndola titubear. —Yo no sé con quién debo hablar... y tú siempre has estado ahí, yo. —No hagas eso, Napoleón —la muchacha lo detuvo, poniéndose de pie con molestia—. Tú solo me buscas cuando nadie está para ti, ¿sabes cómo me siento yo? ¡Destruida! El hombre al que amé tanto me olvidó, se casó, y avanzó. Estoy aquí yo, sin poder avanzar porque tengo la esperanza de que vuelva ese hombre que tanto amo. —Yo —se sorprendió y avergonzado desvió la mirada—. No debí venir aquí. —No debiste haberme visto ese día en la discoteca, no debiste... —He de decirte que tú serías mi esposa —susurró y Zoy se sorprendió, pero rápidamente se recompuso, Napoleón se puso la chaqueta, se acercó dejando un beso en la frente de la muchacha—. Lamento molestarte, no volverá a suceder. Y salió, volviéndola a dejar. No más, no iba a permitir que Napoleón volviera a ser un caos de su vida, que ella siguiera esperándolo como una tonta, porque el hombre que tanto amó; no volvería. Zoy se derrumbó ante el dolor que siento en ese momento, terminó cayendo en el suelo sosteniendo en sus manos el cuadro donde estaban los dos, después de haber comprado su corazón. Largó un gritó que lo tenía atorado en su garganta, la muchacha no pudo con tanto dolor hasta que cayó dormida en el frío piso de su departamento, recordándolo mientras en susurros decía su nombre. —¡Toma la foto ya, David! —gritó Napoleón sosteniendo a una risueña Zoy que se movía como un gusanito en brazos de su esposo, loa felicidad era palpable. Ella sujetó su rostro, besándolo, suave como si pensara que la felicidad pudiera durar tanto, pero no era así, nunca lo era. La joven lo abrazó con fuerza y luego escuchó risas, sabiendo que ya, la foto había sido tomada. Napoleón no la soltó, riendo y sosteniéndola en sus brazos, la cargó mientras la llevaba hacia la casa, lentamente la puso en el suelo y admiraron el trabajo de meses, ese que tanto habían anhelado. Su casa. Por la cual habían trabajado tanto, estaba tal como la imaginaron, atrás suyo, la familia de ambos ingresó, viéndola y felicitándolo, incluso Iyali, ese día no querían amargarse el día. Ambos se sostuvieron de la mano avanzando por cada espacio sin amueblar, así que, lo primero que hicieron, fue tomar la foto instantánea que David les tomó, Zoy sacó el retrato que le había obsequiado su cuñado, puso la foto y ambos la colgaron en la entrada, para que todos vieran la felicidad que sintieron. En la madrugada, cuando todos se habían ido, la pareja durmió en el suelo, en mantas y almohadas, pero felices. Durmieron muy poco, porque se la pasaron hablando sobre las cosas que comprarían, donde colocarían cada cosa, incluso en la madrugada, estando con ropa de dormir y una linterna, fueron iluminando y señalando que cosas irían en cada lugar. Estaban cansados, aun más cuando al otro día, tenían que trabajar, pero la felicidad que sentían en ese momento era indescriptible. Zoy entreabrió los ojos saliendo de esos sueños, porque la temperatura había bajado, se puso de pie y se miró al espejo, viendo los ojos hinchados, las lagrimas bajando y la nariz yéndose en agua. Suspiró, el camino se desnudo para darse una ducha, quitarse todos esos males que sentía. Napoleón cerró la puerta con cuidado, sacó las llaves de la moto y manejó en dirección a la casa que estaba a nombre de ambos, él, titubeando manejó y se detuvo a las afueras, estaba tan bien cuidada, como sí personalmente alguien viniera a limpiarla. Él tenía la copia de una llave, el día que Zoy ya no pudo más, le dio una, supo que esa misma semana abandonó ese lugar. Él abrió las rejas, notando el hermoso patio que tenía, las flores brillando, como si todos los días alguien a cuidarlas, a darles amor. Él ingresó la llave, hizo un clip y se abrió. Empujó la puerta y encendió las luces y todo golpeó, él solo estuvo ahí por unas semanas, el tiempo que Zoy lo cuidó, hasta que él mismo la dejó, con todo y empezó de cero. Miró las paredes de colores pasteles, llenas de cuadros, fotografías de ambos, de la familia, libros, revisas, muchos dibujos con la firma de él. Napoleón subió las escaleras y fue abriendo las puertas de las tres habitaciones hasta llegar a la que fue de ambos, era amplía, muy bonita, con una vista preciosa y entendió porque la había elegido. Su corazón dolió, por alguna razón. Él, silencioso fue hasta la cama y se sentó, viendo en la mesa de noche una fotografía instantánea, era Zoy durmiendo, y él salía a mitad de foto, sonriendo, feliz. La había tomado seguramente cuando la muchacha dormía, seguramente le había producido ternura, ¿Qué sabía él? Si solo veía a un hombre enamorado de su esposa, uno que físicamente se parecía a él, pero que no era él, ni Iyali. Había buscado a ese hombre por todos lados, en todos sus recuerdos, pero no lo halló, ¿Cómo podría? Parecía haber tenido loa felicidad infinita pero entonces, ¿Por qué por tres años nunca la recordó? Siempre creyó que la felicidad que ambos mostraban en fotos era mentira, pero no, todo era tan real que dolía, que le empezaba afectar. Revolvió en el cajón que creyó que era suyo, o lo fue, ahí había agendas, dibujos, pequeñas cartas escritas por él y luego, una pequeña cadena. La abrió y pudo ver una foto de Zoy, ella parecía haber sido la mujer de su vida... —¿Qué haces aquí? —la voz ronca vino del umbral de la puerta, la reconoció y por eso no giró—. Creí que no tenías llave de este lugar. —También soy dueño. —Se venderá y se va a repartir las ganancias entre tú y mi hermana. —Cleyton avanzó y miró fijamente a su excuñado—. Sonó la alarma, y vine lo mas pronto posible, pensé que era una ladrón, pero solo eras tú, lo cual me sorprendió. —Yo también me sorprendí de venir aquí. —Es mejor que te vayas, Zoy suele venir las tardes y lo que menos quiero es que te cruces con ella. —Yo...—Napoleón guardó la foto sin que él se diera cuenta. Se puso de pie y dio una rápida mirada. —¿Es verdad que no recuerdas nada o simplemente te cansaste del matrimonio? —la pregunta lo ofendió, Napoleón lo miró mal, pero el hermano mayor de Zoy ni siquiera se inmutó, era un hombre grande. —Nunca mentiría con algo tan serio —siseó—. Tampoco creo que me haya aburrido de un matrimonio, los recuerdos en este lugar me dicen que aquel Napoleón fue tan feliz... —Hablas como si no hubiese sido tú, te recuerdo que son dos idiotas con tu cara, no tres. —No quiero pelear, Cleyton. —Yo sí —siseó apretando los puños—. Has roto a mi hermana de mil maneras, que yo quiero romperte a ti de esas mismas maneras. —No voy a entrar en tu juego. Me voy. Pero Cleyton no lo dejó avanzar, cuando le lanzó el primer puñete, arrojándolo al suelo y fue hacia él, con la ira acumulada de tres años, y aunque Napoleón se defendió, su excuñado era más rápido, más fuerte que cada golpe dolía cada vez más. Por los gritos, el ruido, la policía no tardó en llegar, Cleyton alegó diciendo que creyó que un ladrón había entrado, mientras que Napoleón guardo silencio, no levantó acusaciones y dijo que era culpable por ingresar a la propiedad, sin notificar a la dueña. Como era de esperar, Amanda y Zoy llegaron, las dos corrieron hacia los hombres. —¡Ese hombre es un salvaje! Mire como ha dejado a mi esposo —gritó Amanda tomando le rostro de Napoleón, él hizo muecas mientras se removía lejos de los toques de su ahora esposa. —¿Qué hacías en mi casa, Napoleón? —Aquello tomó por sorpresa a Amanda, quien miró a su esposo, pero este ni siquiera la volteó a mirar, avergonzado—. Disculpe oficial, mi hermano mayor es quien está a cargo de la casa ya que vive cerca, por cuestiones de seguridad y porque anteriormente se habían metido por ser una casa no habitable. Al ver un desconocido, solo actuó, el señor, dejó claro que no quería la casa, y la puso únicamente a mi nombre. —Por supuesto, la casa de los Ocampos Soto, que ahora legamente es de Zoy Soto Miranda —murmuró el oficial viendo el documento que Zoy le había tendido—. Tiene razón, aunque fue suya, usted no tiene porque ingresar a propiedad privada señor Ocampos. —No voy a levantar cargos por allanamiento —siseó Zoy sin mirarlo—. Pero, espero no vuelva aparecerse por ahí. —Ya ha escuchado señor Napoleón. —Yo... —Mi hermano no volverá a pisar esa casa, oficial —la voz fuerte de Iyali resonó, se acercó vistiendo de n***o y sosteniendo un maletín, le dio una rápida mirada a Amanda y luego sus ojos se concentraron en Zoy—. Señorita Soto. —¿Qué haces aquí? —Soy el abogado de la familia y cada que te mandas con una tontería, tengo que limpiarlo —escupió con seriedad—. Mi hermano no volverá a pisar esa casa, él renunció a ella hace años, aun cuando la señorita Soto dijo que al venderla repartiría las ganancias, legalmente le pertenece solo a ella. Así que, Napoleón, entrega la llave, por favor. Napoleón ni siquiera miró a su esposa, apretó los labios, con el dolor invadiéndolo y terminó por sacar la llave y dejarla en la mesa. El único objeto que unías sus sueños a la realidad era esa llave y ahora debía entregarla, ya encontraría otra manera. (***) Cuando llegaron a su casa, Amanda pasó de largo con lagrimas en los ojos, diciéndole que esa noche ni se le ocurriera dormir con ella, así que el hombre pacientemente espero y se acosó en el sillón del cuarto de estar. Aquella casa era tan diferente a la que tuvo con Zoy, incluso hasta las fotografías, en todas se veía tan estructurado, ya hasta parecía Iyali, la mayoría de las fotos que colgaban en las paredes eran suyas con traje, con Amanda, y siempre en lugares ricos, cocteles que te quitaban mucho dinero. No tenían ni una sola foto donde ambos estuvieran con ropa sencilla, tendidos en la cama o jugando en el patio, cierto, ellos no tenían patio, ni flores, ni un San Pedro. Nada. ¿Por qué ahora se le daba por comparar? Eran dos mujeres completamente diferentes. —Se veía hermosa, ¿no? —preguntó Iyali sentándose después de haber cortado una llamada con su padre. —¿Quién? —Zoy. —Aquello lo molestó, pero trató de que no se notara. —Te gusta andar de lo que amo, ¿no? —No tenía conocimiento de que amabas a Zoy, hace tres años cuando le dijiste que no la amabas, que no querías compartir tu vida con ella, creí que era verdad... —Y lo es. —¿Entonces? —¿Entonces por que andas atrás de ella? —Iyali sonrió mostrando la dentadura blanca, su cabello muy bien peinado, una barba recortada, un traje pulcro. El hijo perfecto. —Zoy siempre estuvo en mi radar, tiene cualidades que admiro en una mujer, pero era tu esposa, tampoco soy tu enemigo, pero... —¿Pero? —valientemente preguntó. —Pero ahora ya no estás casado con ella, ahora puedo acercarme a ella. —No es de hermanos ¡No serías capaz! —Yo la vi primero ¡Tú lo sabías, Napoleón! —gritó Iyali—. Ese día, yo la había visto antes, tú lo sabías, pero no te importó. ¿Por qué debería importarme ahora lo que te ocurre a ti? —Eres un infeliz. —No tanto como tú, hermanito.
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