DILE QUE YA NO DUELE

4310 Palabras
—Me gustaría que se llamara Cristóbal —Zoy soltó en voz baja y Napoleón dejó de acomodar los cuadros en la repisa, se giró viendo los ojos brillosos de su ahora esposa y las mejillas rojas, el mayor se quitó la chaqueta y se acercó con cuidado, como si temiera hacerle daño. ¿Hijos? En algún momento de su vida se lo había planteado, pero al ver como él y su gemelo se llevaban e incluso teniendo dos padres amorosos. ¿Y si se repite la historia? No quiere estar en medio de dos niños que compiten por el amor de su padre, no... O tal vez sí, Zoy era una mujer sensible y buena, seguramente sería una madre estupenda, una madre que los protegería y haría de todo para que se llevaran bien, para que se amaran. Tal vez si era una opción tener bebés, uno de ambos, uno del amor de su vida. — ¿Quién, mi amor? —Nuestro primer hijo, Napoleón —los ojos del tatuador brillaron con intensidad, se acercó envolviendo sus manos alrededor de la cintura de la joven, alzándola y llenándola de besos. Un hijo, uno suyo. Napoleón se sentó de golpe y sintió su corazón hacerse chiquito, ahogó un gemido y Amanda se despertó viendo a su esposo romper en llanto, verlo llevarse las manos al cuello y sujetar con fuerza, lo llamó tantas veces, pero Napoleón terminó poniéndose de pie y pegando su frente a la pared. Así eran todas las noches, una tras otras, él recuperando los recuerdos y al mismo tiempo matándolo lentamente, algunos no eran recuerdos, algunos eran deseos donde el hombre que amaba se veía con la mujer que amaba y un niño que nunca nacería, al menos no del vientre de Zoy. Seguía frecuentando los lugares que sabía que ella visitaba, pero mantenía una distancia prudente, lo que menos quería era enfrentarla, o que ella pusiera una orden de alejamiento y ahí sería difícil. Ya tenía suficiente con verla en sueños y despertar sin ella, como para alejarse por completo. No había visto a Iyali, pero en la última reunión de la familia había escuchado que se encontraba al sur del país, al menos por un tiempo lo tenía lejos, Napoleón quería acercarse, de la forma en la que su gemelo lo hacía, ¿Cuándo habían cambiado tanto los papeles? ¿en qué momento? Pero, tenía un plan, como si volviera a tener 17 años, y aunque sonaba estúpido, quería intentarlo, por un momento, solo por un momento y poder tocar su mano, dios santo, necesitaba ese roce para enfrentar cada infierno que pasaba en las noches. Esa noche le dijo a Amanda que se quedaría con Davide, así mismo le pidió a su hermano que mintiera, éste nuevamente lo apoyo, y él se vistió como Iyali. Ocultando desde los huecos de las perforaciones hasta los tatuajes, aquellos que se asomaban por la camisa blanca. Peinó su cabello hacia atrás como algunas veces su gemelo lo llevaba, y luego se puso encima el abrigo beige por el frío que estaba haciendo. Sabía dónde estaría ella, así que sería una sorpresa, lo demás, solo ocurriría. Espero en el taxi en el que había llegado, vio el bar tomando color hasta que, por fin de un carro bajo ella con un grupo pequeño de compañeras, iba sonriendo, un traje oscuro, tacones y encima un abrigo. Se veía deslumbrante, la había visto en vivo, en un programa de la Tv, habían sido invitados por el éxito de la novela en emisión. Se veía hermosa, maldición, ella era hermosa. Napoleón disfrazado de Iyali, esperó unos minutos hasta que por fin bajó, caminó con lentitud y alzó el mentón, esperaba no ser descubierto. Avanzó, ingresó al lugar y fue directamente a la barra, pidió un whisky, esperó hasta que sintió unos toquecitos, él se giró y tuvo que fingir sorpresa al ver a Zoy frente a él, con media sonrisa. —Vuelves y no me dices, que mal eh —ella bromeó y Napoleón por dentro ardió de celos. Ellos se escribían, ¿desde cuándo? ¿por qué? —Llegué hasta unas horas, estaba cansado y vine hacía acá —respondió, lento, como lo había practicado—. ¿Cómo estás? —Bien, pero tú te ves raro —ella susurró inclinándose hacia él—. ¿Pasa algo? —No, ¿por qué? —Actúas diferente —ella se sentó a su lado, cruzó las piernas y pidió una cerveza—. Por ejemplo, porque Iyali odia el Whisky, siempre, siempre, pide vino. Atrapado, ¿Cómo? —¿Cuándo lo supiste? —Napoleón tiró de la corbata y Zoy cambió su expresión facial, molesta, asqueada. —Desde que ingresaste a este bar, porque Iyali sigue el sur, ha quedado atrapado en su hotel por la tormenta —señaló—. Era imposible que en dos horas ya estuviera aquí, tan tranquilo. —Pareces saber mucho de mi hermano. —Más que tú, evidentemente —contratacó—. ¿Qué haces fingiendo ser él? ¿Cuántas veces lo has hecho? —¿Qué? Era su primera vez, o eso creía. —Ya no creo en tus mentiras, Napoleón y ya no veo a Iyali como el lobo en el cuento de la caperuza —susurró, fingiendo una sonrisa mientras volvía su mirada al grupo de amigos, que seguramente, por su rostro, debía asumir que conocían a su hermano—. ¿Qué haces vestido como Iyali? —Quería verte, estar cerca de ti. —Pero ¿qué te pasa? ¿A caso no te das cuenta lo enfermo que suena eso? —Ella lo enfrentó, ahora sí, enfurecida. —¿Por qué dejas que Iyali esté cerca de ti? —Eso no debe importante —contestó—. Por el amor que te tuve, por favor, aléjate o sino tomaré represalias legales. —Ah, mira, ya te escuchas como Iyali. —Tal vez porque siempre tuvo razón sobre ti, Napoleón. Pero ella no siguió hablando, su celular sonó y se puso de pie, saliendo del bar, él dejó unos billetes y salió atrás de ella, se desabrochó unos botones al sentirse ahogado, se preguntó entonces, ¿Cómo aguantaban usando una camisa todo el día? La escuchó hablar con su hermano, hasta que por fin cortó y se giró notando su presencia, él la miró fijamente, estaba atado de manos, el amor hacia Zoy iba en aumento y ahora no podía divorciarse, Amanda tenía un retraso, bien podía estar ya embarazada. Se sintió perdido, ¿ese sería su final? —No queda nada del que me enamoré, cuando despertaste, tus ojos dejaron de verme con amor, sigo sin reconocerte. —Soy yo, estoy aquí, atrapado en una vida que unos días parece mía y otras no —susurró roto, avanzando, la joven se abrazó, había dejado de sentirse fuerte frente al hombre que tanto amó—. Sigo aquí. —Es que yo ya no te veo, Napoleón. —¿Ya no me amas? —Mi esposo murió hace casi cuatro años para fiestas, llevaba una playera blanca y unos brillosos —susurró—. Los médicos dijeron que su estado era crítico, me dijeron que perdiera las esperanzas y fue una tarde cuando él murió. —Zoy... —Tú no eres él, aunque quisieras —ella secó sus lagrimas y pasó por lado, Napoleón trató, pero terminó tirando de ella para abrazarla y luego besarla, tan fuerte, como si lo estuvieran trayendo a la vida. Sujetó su rostro, ella se sacudió, pero luego cedió, y él pudo disfrutar de beso. Se sentía un miserable por pensar en él, pero no podía evitar estar cerca de ella, y desearla de mil maneras. Zoy disfrutó por cortos segundos el beso porque luego cayó en cuenta de lo que sucedía, si, era Napoleón físicamente, pero ya ni besarlo era la misma sensación. El nudo en su estómago subió violentamente hasta su garganta, jadeó, separándose y rompió el llanto. —¿No se lo diremos a nadie? —Zoy cerró los ojos, lloraba desconsoladamente mientras Napoleón la sujetaba, pero los recuerdos ya habían llegado, ¿Cuál fue la razón de llevarla a ese momento en particular? —No, lo diremos para tu cumpleaños —la voz de su antiguo Napoleón. —Tengo miedo de perderlo. —No vamos a perder a nuestro hijo, cariño, ten eso por seguro. Abrió los ojos de golpe encontrándose con los ojos preocupados de Napoleón, ella se inclinó y golpeó con fuerza su mejilla, tan fuerte que hizo que la nariz de él sangrara por el impacto. Quería que sintiera un poco de lo que sintió y siente. —Vete al diablo, Napoleón. —¡Zoy! —¡Que me dejes en paz! —gritó con fuerza estirando el brazo para que un taxi parara y así fue, el taxista sintió tanta pena al verla rota llorando, abrazándose. Con las justas la pobre mujer había balbuceado su dirección, y ahora estaba rota en pedazos. Bajó, se dio un baño y envuelta en la toalla se tiró a la cama, sintiendo ese dolor instalado, nadie sabía, solo pudo decírselo a Napoleón, cuando él estaba en coma, sin escucharla. No salió en los siguientes días, no habló con nadie, porque, aunque lo de Napoleón era pasajero, lo de Cristóbal no. Era una herida que estaba abierta, pero ella fingía lo contrario, para no doler. Su celular vibró en una llamada cuando ella volvía a la cama, contestó y lo vio, Iyali. I—¿Por qué no has contestado mis llamadas? —preguntó, iba caminando, serio—. Me preocupas, creí que querías que nos vieras ni bien llegara. —Iyali, ahora no... —Estoy afuera del edificio, ¿podemos hablar? No puedo dejarte así, con los ojos hinchados. No puedo. Ella asintió y cortó la llamada, se puso un buzo encima y un pantalón largo de algodón, ella misma bajó abrirle, él traía una bolsa negra, ambos se miraron fijamente y la joven rompió en llanto. El hombre preocupado tiró de ella para abrazarla, desesperado, ¿Qué le había pasado? ¿Napoleón había hecho algo? Ella lloró y lloró, hasta que ambos se quedaron en el suelo sentados, mientras él la abrazaba con fuerza, tratando de calmarla o darle el alivio de que podía llorar por horas, sacar eso que tanto le dolía. Ni siquiera cuando Napoleón la olvidó vio tanto dolor como en ese momento. —Te has ensuciado la ropa —susurró con la voz quebrada, Zoy. —No importa. —contestó pasando sus manos por su cabello—. ¿Cómo estás? —Subamos, te debo un café por escucharme llorar. —No te preocupes —ella acarició su mejilla para quitar las lágrimas que bajaban. —Insisto. —asintió y ambos subieron el ascensor en silencio, salieron y ella ingresó seguida por él, de inmediato, Eros saltó hacia Iyali, quien lo acarició y soltó cortas risas, melodiosas para el oído de Zoy. —Te he traído un regalo, Eros —le dijo y de la bolsa negra sacó un pequeño peluche, el perro, que era pequeño aun, ladró y tomó el juguete, corriendo de un lado a otro, Zoy soltó una risa. Él llenaba de felicidad ese hogar—. ¿Y mi café? —Ah, pero si el señor es apurado —Iyali le regaló una corta sonrisa. Ambos compartieron un café en el balcón, una preciosa vista al parque, vinieron tres tazas más de café, e Iyali no preguntó—. ¿Quieres saber por qué lloré tanto? —No estás en la obligación de decírmelo. —Pero quiero, necesito compartir este dolor —susurró y eso preocupó a Iyali—. Un mes antes del accidente, Napoleón y yo descubrimos que estábamos esperando un bebé. Un balde de agua fría fue para él, tartamudeó, no sabía como actuar hasta que Zoy colocó su mano en la de él, tratando de calmarlo. —Yo... —Tenía su habitación lista, Napoleón me dijo que no dijéramos nada hasta mi cumpleaños —contó con la voz rota, nunca dejaron de verse a los ojos—. Estábamos felices, le compramos su ropita y le pusimos Cristóbal. Todo iba bien, hasta el día del accidente, ese día yo perdí al amor de mi vida y a mi hijo, a mi alma, fue un abortó, no soportó y tuvieron que hacerme un degrado. —¿Por qué no dijeron nada? —Yo lo pedí, era lo mejor —susurró—. Busqué apoyó en Napoleón, creí que cuando despertaría, ambos estaríamos de duelo, le haríamos una tumba y cada mes le llevaríamos flores. —Pero él no volvió... —He sido cautelosa y me he tragado ese dolor, quería que Cristóbal estuviera ahí, mío y cada mes visito su tumba. No pude salvarlo, ese día no pude. —No, no te eches la culpa —Iyali se acercó tomando su rostro ya que ella había empezado a llorar—. No fue tu culpa, el bebé, no era su momento. —Él sería un recuerdo viviente de Napoleón, entonces la perdida no dolería mucho —susurró con la voz rota, él la abrazó, la joven se aferró a él, sufriendo—. Pero tal parece, alguien quería verme sufrir de muchas maneras. —¿Nadie más lo sabe? —Ahora tú. —susurró. —Me gustaría ver su tumba, Zoy, si tú quieres —le dijo, alejándose para limpiar sus mejillas—. ¿Puedo? —Podemos ir ahora, me gustaría...hablar con él. —Claro que sí, vamos. Ve y cámbiate —asintió e Iyali se pasó las manos por su cabello, sintiendo una punzada en su pecho. La mujer que tanto amaba había perdido a su hijo y al hombre que amaba, ¿Cómo debería sentirse? Porque aquella criatura era su sobrino, ahora, al verla situación, recordó que años atrás dijo que podría tener rencilla, no querer aquella criatura por el hecho de ser hijo de Napoleón. Pero ahora, podía sentir aquel dolor cosquilleante y deseó tanto tenerlo en sus brazos, protegerlo, como ahora protegería a su madre. Viajaron en silencio, pero él nunca soltó su mano, los llevaron hasta el cementerio y ambos bajaron e Iyali cerró la puerta de su carro. Ella lo guió hasta el lado de las animas, de los ángeles y ahí vio una pequeña tumba hecha de cristal. Ambos ingresaron e Iyali se fijó en las fotos que decoraban el lugar, una del ultrasonido, otra de Zoy y Napoleón sosteniendo la foto donde se veía el pequeño punto. Otra de Napoleón besando su panza, otra de su habitación y así, e incluso pequeños juguetes. Luego bajó, leyendo en la lápida. "Para el pequeño ángel que no se quedó tanto tiempo. Papá y mamá te amamos. En memoria de Cristóbal Ocampos Soto" Gimió, sintiendo el dolor recorrerlo, abrazó a Zoy y ella se sacudió por el dolor. —Este Napoleón nunca podrá recordar cuanto amó a Cristóbal. —Pero tú sí. Quédate con eso. —susurró—. Necesitas hablarlo, Zoy, o dolerá siempre. —¿Cómo, por donde empiezo? —Gateando, no necesitas correr —estuvieron por dos horas ahí, le habían llevado flores e Iyali había pasado por una juguetería, le había dejado un pequeño peluche y en una cartita le había puesto. "Tu tío Iyali te quiso conocer y amar como lo merecías" Después fueron a un restaurante de la ciudad, Zoy no había comido y ni bien el primer plato se puso, el apetito volvió, no necesitaron hablar mucho, pero la joven sintió el apoyo por completo y lo agradeció muchísimo. Su corazoncito se sintió mejor después de haber compartido su carga. —¿Hija? —Zoy dejó a un lado los cubiertos cuando la voz de su padre la sorprendió—. ¿Napoleón? —Iyali, señor Soto —corrigió rápidamente mientras se ponía de pie y el padre de Zoy sonrió. Él si le agradaba—. ¿Cómo ha estado? —Bien, pero que sorpresa encontrarlos —su padre se acercó para besar la mejilla de su hija—. ¿Está todo bien? —Sí, papá. Somos amigos. —Me alegro, Iyali siempre me pareció buen chico, bueno, ¿buen hombre? —sonrió el anciano e Iyali le regaló una corta sonrisa. —¿Aprueba usted nuestra amistad? —Sí la saca de su casa para que coma, por supuesto que la apruebo. —Papá —ella chilló y los hombres rieron. —Bueno, los dejo. Ve a visitarnos Zoy, y tú también, Iyali —se despidió, les dio una mirada y se alejó. Nuevamente los dos, volvieron a sentarse. —Una invitación, ¿ahora somos una especie de mejores amigos? —Cierra la boca —Iyali ocultó una sonrisa mientras se llevaba la copa de vino a la boca. (***) Amanda siempre fue la amiga de la prima de los hermanos Ocampos, la primera vez que conoció a los gemelos se sintió cautivada por la labia de Iyali, pero cuando vio a Napoleón fue diferente, él era diferente. La forma en como hablaba, como sus ojos brillaban y reían, estuvo por años atrás suyo y estuvo ahí cuando Zoy llegó a la vida del hombre que tanto amaba. Lo vio amarla, lo vio sufrir y también lo vio casarse con Zoy, ¿Cómo avanzar cuando tu corazón se queda con él? No se puede, trató de luchar, de avanzar, pero luego él estaba sin recuerdos. Él estaba en su bar diciéndole que se sentía confundido, que no recordaba a su esposa, que no la amaba, lo intentó y no pudo. Lo hizo reír otra vez, soñar y amar, ¿por qué nadie se daba cuenta de eso? Ella hizo feliz al hombre que todos culpaban, y nuevamente se vio perdida, aquellos sentimientos que creyó muertos: revivieron. Era su esposo. Su hombre. Pero ya no era el Napoleón que reía a carcajadas en la cama, el hombre que en el altar le dijo que, sí mientras colocaba la argolla en su dedo, el hombre que juró amarla. ¿Pueden existir dos hombres en el mismo cuerpo? No. No pueden, pero a Amanda la había amado el Napoleón confuso, el que no recordaba. La joven se puso de pie y se encerró en el baño, apretó los labios y se metió a la ducha tratando de ahogar sus gemidos. No podía más, había el beso que le había dado a Zoy, él mismo terminó por confesarlo. había permitido que durmiera en su cama, que la besara y fingiera una sonrisa, pero en las noches el pasado lo golpeaba, diciéndole que la dejara y fuera tras la mujer que amaba y ahora ella se encontraba con un retraso, ya no sabía si era lo adecuado ser padres. ¿Qué vida tendría aquella criatura? Un padre confundido que siempre estaría persiguiendo a su primera esposa y una madre con el corazón roto. Las semanas pasaron lentas y le confirmaron el embazado, pero seguía sin decirle a Napoleón, ella quería interrumpir el embarazo, pero no encontraba el valor. Ella había decidido dejarlo y a veces, quedarse esperando una oportunidad. —Amor, voy a preparar el desayuno —lo escuchó decir y aquello fue una puñalada en su corazón, le respondió y luego salió del baño. Se puso un vestido fresco, unas sandalias bajas y su chaqueta. Napoleón estaba ahí, riendo porque había llegado su hermano y los hijos de sus primos, llevaba la camisa azul remangada dejando a la vista sus tatuajes, sus ojos brillaban viendo a sus sobrinos y Amanda sabía que estaba haciendo mal al ocultarle la noticia del bebé, frente a sus ojos estaba el hecho de que, él sería un buen padre. —Hola, Amanda —David le sonrió con ternura y la joven asintió, Napoleón vino hacia ella dejando un beso en sus labios, uno tan frío que la terminó rompiendo—. ¿No te quedas a desayunar? —Oh, no chicos. Me olvidé de decirte que quedé con mis amigas —forzó una sonrisa que David no creyó, Napoleón asintió besando otra vez su boca para después alejarse. La joven esperó al taxi que había pedido, le dio la dirección y soltó el aire que no sabía que detenía, apretó los labios y pestañó varias veces para alejar las lágrimas que habían empezado a bajar, y la música que sonaba no ayudaba. No lo hacía. Cuando bajó del taxi entró al pequeño restaurante y la vio, vestía de blanco y sonreía mientras hablaba por teléfono, esa sonrisa, era de alguien que estaba siendo feliz otra vez, ¿por qué ella siempre triunfaba y Amanda no? Era injusto. Ambas se sentaron en silencio admirando la vista, Amanda pudo ver los ojos aguados de Zoy, quiso odiarla más, pero era tan joven y sabía muy bien que amabas sufrían por el mismo hombre. —Siempre te consideré una mujer buena e inteligente, pero terminaste acercándote a mi marido—empezó Amanda con la voz dura, Zoy elevó los ojos con dureza y culpabilidad—. Fui tan ciega, sabía que tarde o temprano sucedería algo así, el amor que ambos se tienen jamás se morirá y un ejemplo es el hecho de que te busca, todo Piura lo sabe... —Yo no le he dado una oportunidad a Napoleón, me he alejado todas las veces, pero él siempre ha vuelto. Nunca le he dado pie, estoy a nada de denunciarlo —habló después de un rato Zoy, Amanda se sorprendió ante las palabras—. No sé que hacemos aquí y no entiendo porque me citas, cuando yo no tengo la culpa. —Es cierto. Lo que yo sufro no es ni la mitad de lo que tú sufriste. —Pero no menos doloroso —señaló la joven. —No puedo dejarlo Zoy, lo amo demasiado, no me pidas que lo abandone porque me mataría —Amanda odió cuando su voz se quebró, cuando sus ojos se aguadaron y tuvo tanto miedo—. No puedo ver un futuro donde Napoleón no este, yo lo saqué de la miseria cuando estaba perdido con recuerdos sin brillo, no puedo dejarlo, no puedo. —Amanda... —la aludida vio el dolor en los ojos de Zoy y sabía que le dolía, pero iba hacer egoísta, no podía pensar en los demás cuando nadie había pensado en ella. —Lucharé con uñas y dientes por mi matrimonio, por nuestro hijo —Amanda acarició su vientre y Zoy entreabrió los labios, bajando su mirada. Ella estaba embarazada de Napoleón. Dios. Dios. —Si es todo, Amanda, me retiro. —¿No me felicitas? —Amanda no era mala, era el dolor el que hablaba. —Felicidades, toda la salud para aquella criatura. —Y se fue. Amanda pasó por una tienda de bebé, miró todo y al final, decidió quedarse, compró un conjunto celeste y pidió que lo envolvieran, volvió más temprano, descubriendo a toda la familia de su esposo, e incluso Iyali, quien hablaba seriamente con Davide. —Amanda, has vuelto —Mirta besó la mejilla de su nuera—. Querida, ¿estás bien? —Por supuesto —le sonrió alejándose, fue hasta donde estaba Napoleón, golpeó con suavidad su hombro—. Tengo un regalo para ti. —¿Para mí? ¿Qué es? —Napoleón soltó una risita y recibió el regalo, muy feliz. Lo abrió, sacó la ropita y las exclamaciones no tardaron en llegar. Napoleón se quedó viendo la ropa por largos minutos—. ¿Seré papá? Había emoción, pero no tanto, no la que ella esperaba, la que anhelaba. Napoleón fue rápido, soltó una carcajada estruendosa y la levantó, riendo, pero ¿por qué ella sentía que era falso todo eso? Uno a uno dio las felicitaciones, incluso Iyali, aunque él parecía no estar sorprendido, eso hizo que Amanda tuviera dudas. —¡El primer Ocampo! La celebración duró hasta tarde, Amanda ahora ya estaba feliz, así que en un momento de descanso fue a la cocina encontrándose con Iyali en una llamada. —Dile a Eros que lo llevaré a pasear —dijo con voz amable—. Ajá y a ti a comer, ¿pescado o carne? Hubo un silencio y él soltó una risita, al notar la presencia de Amanda, se despidió y todo rastro de sonrisa se había ido. —¿Estás enamorado, cuñado? —No es algo que te importe, ¿o sí? —Yo...—tartamudeó avergonzada viéndolo servirse una copa de vino—. Solo te vi sonreír, tú nunca sonríes. —Sigue siendo algo que no te importe, Amanda. ¿O yo voy por ahí preguntándote por qué citaste a la señorita Soto? —inquirió y ella se quedó fría—. Las vi, sorpresa para mí, ¿sabrá Napoleón de eso? —¿Qué te pasa? —Ve con cuidado, Amanda, por el bien de mi..., sobrino —miró su vientre—. Lo único bueno de ese hombre, es aquella criatura inocente. Dio un corto sorbo y luego salió de ahí, cuando la joven salió de la cocina, ya no estaba Iyali. Se fue a sentar con Napoleón, éste le sonrió entrelazando sus manos. —Creo que Iyali tiene novia. —Quien será la pobre ingenua. —Mencionó alguien llamado Eros. —¿Eros, dices? —Napoleón la vio fijamente y Amanda asintió, confundida. ¿Por qué parecía de golpe triste? —. ¿La conoces? —No, amor, ni siquiera se el color favorito de ese cretino. —Debe ser n***o, como su alma. —Lo más probable, alguien como él no podría tener alguien bueno en su vida —susurró Napoleón—. Nadie podría amar ese caracter que tiene. —Seguramente, fue grosero en la cocina.
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