Gian Marco sonaba en los altavoces del equipo de su casa, sonrió abriendo los ojos viendo a Napoleón durmiendo, su cabello caía en su frente con gracia cubriendo los tres lunares que tenía en su frente, en forma de triángulo que él tanto ocultaba, aunque siempre pasaban desapercibida por pequeñas que eran. Pasó sus dedos por su piel blanca llena de pecas, por las que se quejaba.
Sus largas pestañas cubrían aquellos ojos que habían sido su guía por largos años, esos bellos ojos que la capturaron desde la primera vez y no la soltaron.
Su Napoleón.
—Me da miedo cuando te levantas y te quedas mirándome —susurró con la voz ronca abriendo los ojos, Zoy soltó un quejido alejándose de aquellos ojos intimidantes—. ¿Capturada por mi belleza?
—Dudo mucho que te parezcas a Dorian —dijo ella con suavidad y Napoleón sonrió inclinándose para tomarla y colocarla encima de él, desnuda. La recorrió con la mirada y se quedó por largo tiempo en sus pechos que tenían pequeñas manchas oscuras, lunares, que él le parecían los más hermosos.
— ¿No? yo soy más guapo y tengo a la chica más caliente —ella se carcajeó cuando él enterró su rostro en medio de sus pechos donde, beso ahí y fue subiendo hasta que la joven echó la cabeza hacia atrás, enterró sus uñas en su piel llamándolo seguido, Napoleón la levantó con cuidado quitando las sábanas que se interponían entre ambos, buscó su mirada y Zoy siseó blanqueando los ojos.
Él la vio acostada, sonriendo y tomó su mano riendo, la voz del pelado y su nueva canción sonaba con fuerza así que le dio un número más de volumen. La tomó de su mano y la pegó a su pecho, se miraron por largo tiempo, moviéndose con lentitud. La hizo dar varias vueltas causando una carcajada a la joven, él sonrió pegando su pecho a su espalda, moviéndose, pero no con malicia, sino con ternura.
Besó su cabeza y estuvieron bailando hasta que sus estómagos sonaron, riendo y bailando salieron a desayunar sin soltarse, él pasando sus dedos por el anillo en su mano, esa pequeña piedra que le decía que en poco tiempo tendría a esa mujer a su lado, que sería su compañera de vida, la madre de sus hijos y su amante en las largas noches de lluvia.
Él la ayudó alistar sus maletas y cuando pasaron por ella, tomó su maleta y su mano. No quería dejarla ir, y Zoy tampoco quería soltarlo, no hacía más que responder y alargar aquellos calientes besos
—Será solo una semana y luego podremos darnos unas merecidas vacaciones antes de la boda —Napoleón sonrió pasando sus manos por la cintura atrayéndola a su pecho—. No hagas esa cara.
— ¿Qué cara? —El rubio se echó a reír y se inclinó besando con dulzura sus besos—. Voy a extrañarte pequeña, pero después de la boda te tendrá para mí.
Ella rio entre dientes y sus amigas bufaron tocando el claxon del carro, Zoy sonrió apenas y su prometido la apegó a su pecho, se inclinó besando su frente y luego la miró con aquellos bonitos ojos grises.
—Te amo.
—Te amo, cariño. Una semana y vuelve. —acarició con dulzura su rostro y luego se alejó viendo a su prometida subir al carro. La joven se colocó los lentes oscuros y sacudió su mano en dirección de su novio, que sonreía. Suspiró deseando que los días pasaran volando para volver, para verlo y para unir su vida a la de él.
El viaje a Yacila fue más largo de lo planeado, sus amigas estaban emocionadas ya que solo dos veces habían venido a esa playa, y porque no estaba con tanto movimiento. La música de Maroon 5 sonaba en los altavoces, Brisa cantaba con su masticado ingles mientras Pierina se quejaba, ella, sin embargo, disfrutó de ver como dejaban atrás la ciudad, para dejar solo cerros hasta que a lo lejos pudieron ver el mar darles la bienvenida.
Rio porque miles de recuerdos la golpearon, cuando sus padres solían vivir ahí, cuando ella pasaba más tiempo en el agua que en su propia cama, pero luego los problemas llegaron cuando apareció una mujer con un niño, asegurando que era hijo del padre de ellos, aun Zoy podía recordar como ojos de su madre se rompieron en mil pedazos, incluso los de ella y sus hermanos.
Su padre siempre fue alguien respetando, amoroso ¡Él amaba a su madre! ¿Cuándo había dejado de hacerlo? ¿Cuándo rompió ese lazo?
Zoy estaba herida, su padre lo negaba, diciendo así mismo que ni siquiera la conocía, que él nunca podría engañarla porque su amor hacia Alana era enorme, pero su madre no le creyó...
—Los hombres son así, Zoy—dijo Alana con la voz quebrada—, su amor hacia el mar es más grande, la libertad que le da nunca una familia podría dársela. Ellos pescan por temporada, ellos aman en verano y en invierno de ti se olvidan.
—Mamá...
—Tus hermanos se quedarán hasta que podamos resolver esto —la joven calló y sintió su corazón romperse, esa noche partieron a la ciudad y no volvieron a esa playa por la amargura, no pasó mas de un mes hasta que su padre demostró que ese niño no era suyo, y también la mujer confesó que al ver que era un hombre con dinero, quería sacar algunos billetes.
Su padre volvió a conquistar a su madre, ganándose su confianza, aunque él no hubiese hecho nada, desde entonces, su amor fue más fuerte. Eso le recordó que, ella no debía recibir menos que el amor que su padre le daba a ella, a su madre y hermanos.
—Creo que aquí es —Zoy salió de sus pensamientos y bajó la mano hacia su cartera apretando, viendo como las olas rompían en la orilla, viendo como la gente corría y se lanzaba al agua gritando que estaba fría. Vio las casas a unos metros de la playa, vio el puerto lleno de pescadores y los barcos brillando bajo un intenso sol. Miró los restaurantes alrededor, los perros corriendo en la orilla del mar y las inconfundibles rocas a unos metros, alzándose con violencia y sonrió.
— ¡Dios! ¿Por qué dejaste este paraíso?
—Porque para mi mamá este lugar fue testigo de lágrimas innecesarias.
Murmuró viendo como su padre había llegado antes, ya que él tenía que firmas unos documentos, y también su hermano Cleyton lo acompañaba, la joven sonrió al verlos.
— ¡Zoy! —Su padre la envolvió en sus brazos y la joven tartamudeó sin saber que hacer, pero agradeció que sus amigas la alejaran para abrazarlo y decirle que era un lugar hermoso, él sonrió orgulloso viendo la playa—. Yacila es hermosa, aquí fuimos felices por muchos años.
—Papá, quisiéramos dejar nuestras maletas y luego salir un rato.
— ¡Por supuesto! ¡Síganme! —agradeció que la gente alrededor solo la miraran, preguntándose quien era y que hacían con aquel hombre que era casi dueño de todo, agradeció que nadie le preguntara porque todos tal vez aun recordaban como ella y su madre se fueron una noche como ladronas de ese lugar. Aunque se limpió el nombre de su padre, se quedó en habladurías.
—Me sorprende que Napoleón no esté aquí.
—Debe dejar todo listo para su ausencia mientras estamos de luna de miel —los ojos de Zoy brillaron, ni sus hermanos, ni su padre estaban de acuerdo con que su hija se casara tan joven, pero, Zoy era una muchacha inteligente, sabría que hacer. Así que solo les quedaba apoyarla.
Zoy levantó la mirada y se sorprendió al ver una casa de dos pisos, blanca y con un jardín, se sorprendió por lo hermosa que estaba y aún más cuando entraron. Miles de fotos llenaban las paredes, muchas de ella desde pequeña y otras de su padre son sus hermanos, Zoy ingresando a la universidad, Nikita con su traje de piloto, Jorge con cara de mal humor mientras su primera sobrina estaba en sus brazos y otra de Cleyton con su uniforme militar. Sonrió feliz, porque ese lugar le hacía bien a su padre y aunque su madre no lo acompañaba, él trataba de traer todos los recuerdos.
Sonrió y se inclinó para dejar un beso en su mejilla, el hombre la miró con los ojos cristalizados.
—Gracias por amarnos tanto.
—Estás chiquita, bebé, ¿si quieres casarte? —ella soltó una carcajada y asintió.
Dejó la maleta con cuidado a un lado y rodeó con la mirada el lugar, aspiró el olor del mar, y se trasportó a tantos momentos donde fue tan feliz. A veces tenía miedo de que su matrimonio con Napoleón fracasara, a veces se levantaba en las noches recordando a su mamá llorando, pero esa angustia pasaba cuando se veía feliz con Napoleón, cuando veía los ojos llenos de amor de su prometido.
El miedo era normal, pero ella estaba segura de que no perdería a su gran amor.
Tragó fuerte y forzó una sonrisa siguiendo a sus amigas escalera arriba, se sorprendió cuando encontró su habitación, todo intacto y sus ojos picaron, pareciera que no había pasado tantos años. Su papá se disculpó diciendo que estarían en el puerto, que lo buscaran para llevarlas a pasear en lancha y las chicas asintieron emocionadas. Zoy se puso un bikini rojo y encima unos pantalones cortos, tomó los lentes y las sandalias bajando las escaleras donde sus amigas ya la esperaban.
Salieron de la casa recorrieron la playa, tanto Brisa como Pierina caminaron al agua para gritar por lo fría que era, pero así era Yacila. Fría como el corazón de los pescadores. Zoy sonrió tomando unas fotos para enviarlas a su prometido y madre, ambos respondieron de inmediato y luego lo guardó siendo guiada por sus amigas.
Se carcajearon y las tres salieron del mar para quitarse los pantalones y blusa, luego corrieron al agua riendo, lo hicieron más fuerte cuando las olas las golpearon causando que Pierina cayera de golpe, y terminara jalando a las demás.
—Ahora empiezo a creer en las leyendas del mar —dijo Brisa con la mirada puesta hacia adelante, Zoy quitó el cabello de su rostro sin comprender a su amiga—. Solo Poseidón podría caminar por estas tierras y verse tan jodidamente caliente.
— ¿Las clases de historia hicieron efecto? —bromeó Zoy y siguió su mirada, las tres amigas terminaron con la boca entreabierta, siendo golpeadas por las olas y viendo una lancha llegar a la orilla.
En la lancha iba un hombre alto, rubio por algunas mechas que escapaban de la gorra y unos lentes, aunque era delgado, tenía un cuerpo muy bien trabajado. Reía a carcajada mientras varios pescadores se acercaban para ayudarlo a empujar la lancha, pero parecían estar ahí solo para escuchar al hombre. El pescador se quitó los lentes oscuros, sin darse cuenta pegó sus dedos a los pantalones y los bajó hasta que estos cayeron a su cadera, a una marcada V que robó suspiros a las dos mujeres que seguían de rodillas en el agua.
El hombre saltó de la lancha cayendo en la orilla, jaló y luego mostró la pesca, Zoy se sorprendió al ver a su padre acercarse, abrazarlo, jalarlo y bromear. Para después levantar la mano en dirección a ellas, ninguna se movió, ni cuando el desconocido se giró, para ese momento, Zoy le pareció demasiado conocido, incluso para la distancia.
—Pensé que los pescadores eran cholitos.
—El papá de Zoy fue pescado y ta bueno —defendió Pierina poniéndose de pie con cuidado, ayudando a sus amigas—. ¡Mira esa tableta! ¿Hay aquí un gimnasio?
—Será porque aquí no hay —siseó Zoy al reconocerlo. ¿Pero qué hacia aquí?
— ¡Hija! ¡Ven! —sus amigas se sorprendieron cuando el hombre que las había dejado muda sonrió con amargura, lo vio pasar su mano por su cabello y esperarlas. Las tres se acercaron con timidez y el hombre mayor envolvió su mano alrededor de la de su hija mayor—. Zoy, mira quien nos trajo de los tribunales, nada más y nada menos que...
—Iyali —dijeron las tres al verlo sin gorra, sin pañoleta ni lentes. Napoleón en otra versión, pensaron sus amigas.
—Señorita Zoy. —esbozó una corta sonrisa mientras se inclinaba para dejar un beso en la mejilla de las amigas y de ellas, Zoy siempre estaba incomoda alrededor de él, pero su padre desde el primer momento le agradó más Iyali, que Napoleón.
—Miren nomás, ¿está Napoleón contigo? —preguntó Pierina.
—Eh, no, yo vine solo por una invitación del padre de Zoy —expresó mirando hacia el mar—. Hace un tiempo le comenté que me encantaba el mar, y hace unos días me invitó, he estado aquí disfrutando de un paraíso ajeno.
Él la miró, corto, pero al hablar se estaba dirigiendo a ella.
El hombre que estaba frente a ella era el mismo demonio y ahora tenía miedo de estar en su mira, Napoleón siempre le dijo que debía tener cuidado con él, su cuñado no era alguien con quien debía hacer bromas, o estar cerca.
Después del cortó saludo, Zoy se alejó diciendo que quería disfrutar del agua antes de la boda, aquello solo le cambió el rostro al hombre. Pierina era quien más se había dado cuenta del interés de Iyali, pero al ver que aquel tema le incomodaba a su amiga, lo había dejado por la paz.
Zoy se sumergió en el agua dejando atrás la voz ronca de Iyali, los comentarios y la intensa mirada, dejó atrás haber sentido la suavidad de su boca en su mejilla, pero sus amigas no. Desde que se habían despedido porque lo habían llamado, no habían dejado de preguntar.
¿Qué hacía él? Ella no se atrevió a decirle a Napoleón, sabía como se ponía y era capaz de dejar el trabajo tirado por venirse averiguar que estaba haciendo ahí, pero, a la distancia ella podía ver como su hermano Cleyton y su padre se llevaba bien con su cuñado, verlos sentados, atentos a lo que decía el abogado.
—Él está aquí y tu prometido allá.
—Iyali es sexy —dijo Brisa.
—Se parece a mi novio, así que, ¿te parece sexy mi novio? —Zoy la miró riendo y la otra negó.
—Vamos, Napoleón e Iyali son sexys, nadie lo niega. Uno es el futuro marido de nuestra amiga y el otro el cuñado soltero, ¿nos hará caso?
—¿Se meterían con alguien con él? —Zoy lo señaló con el mentón de la boca—. Es traicionero, rompe corazones y peligroso.
—Eso dice Napoleón —susurró Brisa.
—¿Qué? —Zoy la miró—. ¿Crees qué dudaré de las palabras de mi novio?
—Hey, calma —Brisa la miró—. Napoleón e Iyali no se llevan, así que, ¿se pueden tirar mierda mutuamente?
—Napoleón no es así.
—Bueno, ya, basta —Pierina finalizó la discusión.
—Está muy cambiando. —Brisa volvió hablar—. Digo, cuando está en las fiestas, tiene un carácter horrible, no se acerca a nadie y ahora, hasta pesca ¡Pesca!
—Si por cambiado quieres decir que esta como para comer y llevar ¡Pues si! —Bromeó Pierina causando la risa en todas—. Igual, ese terreno no lo piso.
—Ni yo —Brisa aseguró—. Ay, que buenos genes los de los Ocampos, ¿David está soltero?
—Vamos, necesitas conocer más hombres.
Las tres amigas rieron y volvieron a la casa.
Iyali dio una calada al cigarrillo que tenía entre sus dedos, miró hacia la casa de Zoy y la vio cruzar con una sonrisa en la cara, ignorando que, a unos metros de ella, él la estaba observando como un completo acosador. Relamió sus labios y bajó los escalones de su casa y sentándose, a los minutos la volvió a ver salir, esta vez con un pequeño vestido veraniego, el cabello recogido en una alta coleta y unos lentes en el puente de su nariz, ocultando aquellos ojos rasgados que siempre lo hicieron perderse.
Ella estaba tan cerca, quiso acercarse, pero nuevamente vio el anillo en su dedo, por más basura que fuera Napoleón, él no podía intentar nada, no era justo. Su corazón dolía cada que esa mujer estaba cerca y peor, cuando estaba con su gemelo.
Lo amaba, podía verlo en sus ojos, unos que nunca lo verían con amor. Cuanta envidia sentía por su hermano. En dos semanas se casaría y ella definitivamente saldría de su radar, y aquella pequeña esperanza se iría para siempre.
Sus ojos volvieron otra vez a la mujer que amaba, quien reía hablando por celular y pasaba sus manos por algunas mechas que caían en su rostro de manera graciosa. Hablaba con él, con Napoleón.
¿Pero qué diablos le sucedía?
Se quedó recostado en una de las palmeras, sintió la arena caliente entre sus dedos e hizo una mueca mirando hacia arriba, el sol cada vez estaba más intenso y él que tenía que ir a pescar, lo hacía en la madrugada, pero cuando no había pesca; se quedaba por días en alta mar.
—Amor, calma, estoy lejos. No, no necesito que vengas, sabes que está mi padre y hermano. Napoleón, calma, amor... —murmuró y él regresó la vista a la mujer, la vio quitarse los lentes, sonrió al verlos más achinados que nunca. Zoy apagó el celular, acomodó sus cosas sentándose en el suelo, ignorando el mundo, porque si realmente estuviera ahí; ya se hubiera dado cuenta que tenía a Iyali observándola.
—Debes olvidarte de todo para que el mar empiece hacer efecto —le dijo con la voz ronca, Zoy se sobresaltó y se puso de pie viéndolo frente a ella. Su cuñado bajó la mirada a la blusa trasparente que daba un vistazo de sus pechos, bajó hasta la estrecha cintura y luego a sus grandes caderas.
Siseó bajito y se removió incomodo, dio un paso hacia ella y Zoy retrocedió. Sonrió viéndola.
— ¿Tienes miedo?
— ¿De ti? Para nada —él bajó la mirada a su mano viendo el anillo de compromiso, sonrió con amargura, maldito suertudo. ¿Por qué había aceptado esa invitación? Tal vez porque creyó que solo sería hombres, porque necesitaba olvidarse de que la mujer que amaba se casaría en dos semanas.
Dos semanas.
¿Cómo haría después para sobrellevar tal dolor? Madre mía, ni siquiera podría hacerlo.
—No huyas de mí, señorita Zoy. No soy el malo. —bromeó y ella retrocedió, él sacudió la cabeza y se inclinó enredando sus manos alrededor. La respiración de ella se cortó y sus ojos se oscurecieron.
Zoy abrió los ojos por el recuerdo que había tenido, cerró los ojos, tenía tanto que asimilar, tanto que no podía tragarlo de golpe, ¿Cómo lo haría? Ahora sería peor, tal parecía que había estado casada con un..., desconocido.
Dios.
Dios.
Debía ser justo con ella. ¿Iyali mentía o decía la verdad?