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2357 Palabras
El alfiler pinchó la piel del costado de Elora, más no se quejó. El contacto del metal frío era una molestia menor comparada con el peso del encaje que caía sobre sus hombros o la responsabilidad de ser la esposa perfecta que Alistair necesitaba. Frente al espejo, su reflejo le devolvía a una mujer que apenas reconocía: una novia de veintidós años con miles de dólares de tul blanco, con los ojos claros y esa inexplicable conexión que sentía con él. Fue su prometida desde que abrió los ojos. Alistair era el único hombre que conocía, aquel del que se enamoró perdidamente y que la correspondía por igual. Alistair era un caballero con ella, tan elegante e implacable en los negocios que era un asedio para sus enemigos. Estaban profundamente enamorados y pronto serían uno contra el mundo, de la mano, con anillos iguales. —Vas a ser la mujer más envidiada de todo Nueva York, mi niña —susurró su nana, ajustando la caída de la falda mientras sus manos temblaban por la emoción—. Alistair es el hombre perfecto para ti. Se le nota en los ojos cuando te mira y no dudo que te va a hacer tan feliz que olvidarás lo que es la tristeza. Elora sonrió con el corazón abombado de amor y envió lejos ese cosquilleo de nervios que le recorrían la columna. El roce de la seda contra sus muslos era una caricia igual que los besos de Alistair. Moría porque la viera con ese fabuloso vestido, sonriendo, suya. —A veces despierto y me cuesta creerlo, nana —confesó Elora, alisando con las palmas el encaje sobre sus caderas—. Siento que el corazón se me saldrá del pecho cada vez que pienso en caminar hacia el altar y que me diga los votos de amor que estuvo ensayando toda la semana. ¿Crees que sea un buen padre? Anoche estuvimos hablando de la casa de los Hamptons y de cómo se vería una cuna en la habitación principal. Esta tan emocionado como yo de que tan pronto como nos casemos formemos una enorme familia. La anciana rio con los ojos empañados mientras le colocaba una pequeña peineta de brillantes. Nana era como su madre, o mejor dicho, era la madre que debía estar allí con ella, pero que la muerte le arrebató. Ojalá tuviera la oportunidad de pedir un deseo, porque sería volver a verla. Su padre la quería, pero no como su madre. —Será el mejor esposo y padre, Elora. Ese hombre tiene el mundo a sus pies, pero cuando habla de formar una familia contigo, parece un niño ilusionado y me ha dicho que espera que tenga tus ojos. No pasará un año antes de que tengamos un pequeño Windsor corriendo por estos pasillos. Tendrá los ojos más hermosos. Elora suspiró y cerró los ojos por un segundo, con esa gran sonrisa esperanzadora que le rtecordaba que estaba tomando la mejor decisión. Otros estarían enojados de ser obligados a casarse, pero ellos no tenían a Alistair. Imaginó la mano de Alistair sobre su vientre, el calor de una vida creciendo entre ellos, la seguridad de un hogar que finalmente fuera suyo y no una extensión de los negocios de su padre. Los nervios de la boda eran dulces, como el vértigo de un puente y sentía una esperanza que la hacía flotar. —Quiero darle ese hijo pronto, nana. Quiero que seamos nosotros tres contra el mundo —murmuró Elora, devota a él—. Sé lo mucho que lo ilusionaría. Nana, es que no puedo creer que Alistair sea tan perfecto. Me envió flores esta mañana con una nota. Nana estaba segura de que ese matrimonio sería lo ideal y que Elora sería la esposa más feliz sobre la faz de la tierra. Terminaron los ajustes. Elora se quitó el vestido con cuidado, casi con reverencia, y se puso la bata de satén. Sus pies calzaron las pantuflas acolchadas mientras caminaba por el pasillo de la mansión, todavía con la euforia de la prueba burbujeando en su pecho. Quería verlo. Quería contarle que el encaje de las mangas era exactamente como lo habían imaginado y susurrarle al oído que estaba lista para empezar esa familia con la que ambos soñaban. Bajó corriendo las escaleras que daban a su oficina, atravesando las flores que estaban alistando para la boda, llevándose por delante a la servidumbre y disculpándose. No veía la hora de ser su esposa, de que sus caricias solo fueran suyas, de que formaran una familia. Llegó a la puerta del despacho. El pomo de bronce estaba frío y la madera mal encajada dejó escapar una línea de luz y el sonido de una conversación privada que la detuvo. —No es negociable. —La voz de Alistair se filtró por la rendija, arrastrada, con esa intensidad propia de él y esa seguridad que a Elora siempre le había parecido atractiva—. Elora es la que firmará el contrato. Es la que llevará el apellido Windsor ante la prensa. Elora agrandó su sonrisa al escucharlo. Habían hablado de eso muchas veces. La quería en la empresa con él, como su socia, como su mujer, y la prepararía para ello. Con la sonrisa aún congelada en los labios apretó el pomo. El roce de su bata contra la pared hizo un ruido que le pareció ensordecedor, pero dentro nadie se percató. —¿Y Sienna? —la voz de un hombre desconocido, áspera, devolvió la pregunta—. Sé lo mucho que le interesa la señorita. —¿Sienna? —susurró Elora en la puerta. Hubo un silencio que se podía cortar con un cuchillo. —Sienna es parte del plan —confesó Alistair. El CEO se sirvió un trago y el hielo sonó en el vaso—. Una vez que la boda termine y Elora esté instalada en el ala norte, traeré a Sienna para que viva con nosotros. Quiero tenerla cerca. Elora cumplirá sus funciones sociales, me dará un heredero y estará en cada revista de esta ciudad, pero es a su hermana a quien quiero en mi cama. El corazón de Elora dio un vuelco parecido a un auto golpeado en la carretera. La mano que sostenía el pomo tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo que Alistair dijo le dejó un amargo sabor en la lengua. La imagen de la cuna en los Hamptons se hizo añicos, reemplazada por una imagen visceral de Alistair tocando a su hermana con la misma devoción que ella creía recibir. Sus dedos se tensaron sobre el satén hasta que sus nudillos blanquearon y ni siquiera entendía en qué momento sucedió todo. —Sienna es una bastarda, Alistair. Tu padre no lo permitirá —insistió el otro hombre—. ¿Quieres un heredero bastardo? —Mi padre aceptará lo que yo diga mientras mi capital mantenga a flote sus empresas, y sobre el hijo…. Elora me lo dará, y no será un bastardo. —Alistair rio como si acabara de encajar las piezas en su cabeza, desprovisto de cualquier emoción—. Elora es mansa. Hará lo que se le diga. Y Sienna... bueno, sabe lo que siento por ella. Lleva siete años esperando este momento tanto como yo. El hombre con él rio. —¿Por eso tantos obsequios? ¿Ya la hiciste tu amante? —Aun no, pero no faltará mucho. —Alistair bebió de su vaso—. Una vez que nos casemos, enviaré a Elora de viaje a Europa. Que gaste la fortuna de mi familia, mientras me divierto con la suya. Elora dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus pies. El estómago se le revolvió y la cabeza le dio vueltas. El peso del vestido, que antes le parecía una promesa de felicidad, ahora era una roca que amenazaba con hundirla a través del piso. —Espero que nada de lo que te dije salga de estas paredes —connotó Alistair—. Sería incapaz de romper el corazón de mi esposa. Elora tiene que tener la vida soñada a mi lado. No era un sueño para Elora, era la peor pesadilla que alguien pudiera tener. La estaba usando para llegar a la que en verdad quería, a la que le robaba el aliento. Elora solo fue el reemplazo, la que le calentó la cama para que se divirtiera con alguien más. Elora retrocedió hasta chocar con la escalera y justo en ese momento la puerta del despacho se abrió. Alistair salió ajustándose los puños de la camisa, con esa elegancia natural que siempre había hecho que el pulso de Elora se acelerara. No titubeó ni un segundo cuando la vio, al contrario, le sonrió con la misme emoción. Al verla allí, en bata y con las mejillas aún encendidas por la prueba del vestido, su expresión se transformó. No hubo rastro de la frialdad con la que acababa de negociar la estancia de su hermana; en su lugar, sus ojos se suavizaron con un brillo que Elora siempre había jurado que era adoración y le sonrió con calidez. —Preciosa —susurró, acortando la distancia y extendiendo sus manos hacia ella—. ¿Qué haces aquí abajo? ¿Sucede algo? Alistair la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia su pecho como un gesto de protección. Sus manos, cálidas y seguras, se posaron en la base de su espalda, acariciándola con una delicadeza que quemaba. Elora se quedó rígida, sintiendo el aroma de su perfume a bergamota unido con el rastro metálico del whisky. Alistair buscó los ojos que ella le negó un segundo y vio sus lágrimas. Al instante se preocupó pensando que algo andaba mal. —¿Sucede algo? ¿Por qué esas lágrimas? Elora gritaba por dentro. Deseaba decirle la verdad, que no se casaría con él para dejarlo revolcarse con su hermana, pero estaba tan enamorada de él que no veía una vida sin él. Alistair era su vida y pensó que quizá podría hacerlo cambiar de opinión. —Es por… el vestido —susurró ella—. Me pone sentimental. —Ah, cierto. ¿Cómo fue? —preguntó, inclinándose para buscar su mirada. Le apartó un mechón de la cara con el pulgar. Fue un gesto tan tierno que a Elora le provocó un escalofrío—. Nana dice que estás espectacular. Casi me dan ganas de adelantar la ceremonia a esta misma noche y poder verte de blanco. No puedo esperar para que seas oficialmente mi esposa, Elora. Él se inclinó y presionó sus labios contra los de ella. Fue un beso lento, posesivo, tan dulce. Elora lo habría correspondido con fervor apenas cinco minutos antes, pero el contacto de su lengua se sentía como el rastro de una serpiente. Alistair la estrechó más y soltó un suspiro contra su boca. Realmente parecía amarla, parecía el hombre que soñaba con esa cuna en los Hamptons, y eso era lo que más dolía. Su cariño era real, pero su traición también lo era. —Todo... todo salió perfecto —logró responder Elora. Su voz sonó pequeña, quebrada, pero Alistair lo atribuyó a los nervios prematuros del altar—. También quisiera adelantar la boda. —Estás temblando —le dijo al notarlo. Rodeó su rostro con ambas manos y su mirada recorrió sus facciones—. No tienes por qué estar nerviosa. El sábado será el inicio de todo lo que planeamos. Te voy a dar la vida que te mereces. Te lo prometo. Le dio un último beso en la frente, como un gesto de despedida cargado de una promesa de futuro que ella sabía que era una mentira. Lo amaba demasiado, y eso era lo que más dolía. —Tengo que terminar esta reunión. Te veo en la cena, ¿de acuerdo? —Alistair le dedicó una última sonrisa, esa que siempre la hacía sentir segura, antes de volver a entrar al despacho y cerrar la puerta tras de sí—. ¿En qué estábamos? Elora se quedó sola en el pasillo. El sabor de Alistair seguía en sus labios, amargo y falso. Se limpió la boca con el dorso de la mano, sintiendo que el aire de la mansión se volvía irrespirable. No podía quedarse allí. No podía ser la mansa Elora que él esperaba. Debía solucionarlo, debía contarle a su padre lo que sucedía. Esa misma noche, el motor de su auto roncó en el trayecto hacia la casa de su padre. Elora conducía con los nudillos blancos sobre el volante, decidida a denunciar la malversación emocional de Alistair, pero al frenar frente a la mansión Novak, sus planes se estrellaron contra una realidad más cruel y dolorosa. Sienna estaba en lo alto del segundo piso, con los pies descalzos sobre la barandilla de piedra del balcón. Su camisón blanco se ondeaba con el viento gélido de Nueva York, haciéndola parecer un fantasma a punto de desvanecerse. Elora saltó del asiento y la miró. —¡Baja! —rugió Arthur Novak desde el balcón. Su voz, siempre autoritaria, temblaba por primera vez—. ¡Es una orden! —¡Hija! ¿Qué estás haciendo? —preguntó su madre, de rodillas en el piso pulido, con el rostro empapado en lágrimas. Elora corrió escaleras arriba hasta la habitación de Sienna. El frío le caló los huesos, pero no tanto como la mirada de su hermana. —¡Bájate, Sienna! —gritó Elora—. ¡Hablemos! —¡No hay nada que hablar! —gritó, y su voz se quebró al final, mientras las lágrimas caían—. ¡Prefiero terminar destrozada en el suelo antes que dejar que ese monstruo me toque! ¡No voy a casarme con el carnicero! ¡No voy a ser la mujer de Zero! Sienna se tambaleó y un grito colectivo arruinó la noche. —¡Si no me buscan otro esposo, si no me sacan de este contrato, juro que salto! —amenazó Sienna, llorando y con los brazos abiertos—. ¡Si no me caso con Alistair me mato!
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