| 2 |

2258 Palabras
El viento silbaba en el balcón, pero lo único que Elora escuchaba era el llanto exagerado de su hermana. Al ver a Sienna allí, tan frágil bajo la luz de la luna, el rencor que Elora había sentido en el despacho de Alistair se transformó en algo distinto. Ya no era odio, era la necesidad de protegerla como la hermana mayor. No compartían todo el ADN, pero crecieron juntas y gran parte de Elora sentía cariño por ella, por la pequeña Sienna. Elora se acercó un paso más, extendiendo las manos con las palmas abiertas. Sienna tenía los brazos abiertos, como si fuera a volar, aunque todos sabían que si caía no volaría. —Sienna, mírame —pidió Elora. Su voz era suave, carente de la furia que la había impulsado a conducir hasta allí y que mermó casi hasta extinguirse al verla—. No lo hagas. No vale la pena. Sienna giró el rostro. Tenía la piel lívida y los ojos hinchados. Sus labios se separaron para silbar el rencor que sentía por Sienna. —¿Qué sabes tú? —sollozó su pregunta casi dolorosa—. Tú vas a casarte con el hombre perfecto. Tú amas a Alistair y él te adora. Vas a tener la vida que siempre soñaste, los hijos, la casa, todo lo que me pertenece. Tienes la vida que yo merezco. No sabes de dolor. En cambio, a mí me arrojan a los lobos. Papá me vende a Vakov como si fuera ganado para pagar sus deudas. ¡Zero me va a destruir! Elora sintió una punzada en el pecho. La ironía era tan cruel que casi le impedía respirar. Alistair no la amaba; amaba una imagen mansa y legal mientras suspiraba por la mujer que estaba a punto de saltar al vacío por él. Sienna llevaba años mirando a Alistair con una devoción que intentaba ocultar tras su envidia. Lo quería solo para él y una parte de ella pensaba que Elora no era mujer para él. —Alistair no me ama, Sienna —soltó Elora, y la verdad sonó extrañamente liberadora al ser pronunciada en voz alta. Sienna frunció el ceño, confundida, aferrándose con más fuerza a la idea de acabar con su vida si su familia no aceptaba sus demandas. —¿De qué hablas? Si él... —Lo escuché. Quiere mi docilidad, quiere los hijos que le daré, pero es a ti a quien desea. Él confesó que te quiere en su cama, que ha estado esperándote por años. —Elora tragó saliva e intentó ignorar el nudo en su garganta—. Tú lo amas, ¿verdad? Siempre ha sido él. Por eso te comportas de esa manera conmigo. Lo quieres. Sienna le sostuvo la mirada y más lágrimas cayeron. Esa fue su confirmación. Sus hombros temblaron bajo el fino camisón y se abrazó. Sienna respiró profundo y se lamió las lagrimas de la boca. —Él es todo lo que siempre quise —susurró apenas por encima del ruido del viento—, pero él es tu prometido, Elora. Es tu felicidad. Elora negó con la cabeza, con una sonrisa triste asomando en sus labios. Su buen corazón, ese que Alistair confundía con mansedumbre, estaba tomando el control. Si ella se casaba con Alistair, los tres serían miserables: ella viviendo una mentira, Alistair deseando a otra y Sienna sufriendo en manos de un mafioso. Su hermana podía ser una berrinchuda, pero ellos debían estar juntos y Elora no era nadie para impedir su felicidad. —No puede ser mi felicidad si su corazón te pertenece —dijo. Dio el paso y tomó las manos heladas de su hermana—. Escúchame. No tienes que morir, y no tienes que ir con Vakov. Sienna la miró con una chispa de esperanza. —¿Qué quieres decir? —Intercambiaremos los lugares —propuso Elora. Su mente trabajaba rápido, trazando el plan—. Tu boda con Zero será pronto, el mismo día que la mía. Puede haber dos bodas simultáneas en la catedral. Los velos largos, los vestidos de seda... nadie lo notará hasta que sea tarde. Tú entrarás al altar de Alistair. Tú serás la esposa que él siempre ha querido tener. Te daré lo que quieres. Sienna abrió los ojos de par en par, bajando por fin un pie hacia el suelo del balcón. Una vez dentro del balcón, su madre se levantó del suelo y su padre la cobijó bajo su brazo. Sienna se limpió las lágrimas con rapidez y negó con la cabeza reiteradas veces. —¿Y tú? Elora, si yo voy con Alistair, tendrías que ocupar mi lugar. Tendrás que casarte con Malakai Vakov. ¡Es un monstruo! No puedo dejar que hagas eso por mí. Elora le apretó las manos, dándole calor. —Yo soy fuerte, Sienna. Puedo lidiar con Vakov el tiempo suficiente para encontrar una salida y desaparecer. Alistair es un buen hombre para ti, él te cuidará —aseguró, mientras sus pulgares la acariciaban—. Solo quiero irme de Nueva York y empezar de nuevo donde nadie me conozca como una transacción. Sienna se desplomó en los brazos de Elora, llorando aliviada. Elora la estrechó con fuerza, acariciándole el cabello mientras miraba hacia el horizonte de la ciudad. Sienna estaba segura de que ellos serían felices, de que ella sería la mujer que Alistair buscaba, y sobre Malakai, no podría con ella. Era fuerte, y él lo vería. —¿Le dirás a Alistair? —preguntó Sienna. Elora la soltó. —No lo sé. Sienna se limpió las lágrimas. —No le cuentes. Si lo haces tardaré mucho en casarme con él. Mientras me corteja, me lo propone y lo organizo, pasarán meses. —Sienna se lamió los labios—. Si no te importa, hermanita, quiero todo lo tuyo. Quiero tu vestido, tu pastel, tu iglesia, lo quiero todo, comenzando por Alistair. Quiero que sea a mí a quien vea caminar hacia el altar el fin de semana. Por favor, Elora, te lo imploro. Sienna le sostuvo las manos con fuerza. —No querrás que vuelva a subir al balcón ¿verdad? Elora le quitó el cabello de las mejillas mojadas. —Claro que no —respondió—. Se hará como quieres. Te… daré mi vestido, mis flores, todo lo que planeé para que le gustara a él. Lo hacía por Sienna. Lo hacía porque su hermana merecía al hombre que amaba, y porque ella misma prefería el riesgo de un mafioso desconocido antes que la humillación de un marido que la miraría a ella mientras pensaba en otra. Sienna sonrió grande y se pasó el dedo corazón por las mejillas. —Antes de la ceremonia, cambiaremos lugar y subiremos a los autos —susurró Elora—. Sé valiente. Por las dos. Sienna volvió a abrazarla y se aferró a los hombros de Elora, tiritando no solo por el frío de la noche neoyorquina, sino por la magnitud de lo que acababa de escuchar. Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero como era la hermana buna, debía seguir fingiendo. —No, no, no, no puedo hacer esto, Elora —sollozó Sienna, con la voz ahogada—. Malakai Vakov… Todos dicen que no tiene alma. Dicen que por eso lo llaman Zero, porque los mata a todos. Si vas en mi lugar, él te destruirá cuando se dé cuenta del engaño. Elora le acarició el cabello. Miró hacia las luces de los rascacielos, imaginando a Alistair en su despacho, trazando planes para una vida donde ella era solo el envoltorio y Sienna el contenido. No solo era un sacrificio lo que estaba haciendo, sino que lo hacía por amor. —A veces el amor es dejar ir —susurró Elora—. Alistair es un buen hombre para ti. Te ama. —Elora sonrió triste y sintió el peso de su propia desilusión—. Yo no puedo casarme con alguien que me mira y ve tu rostro. Sería agónico. Prefiero arriesgarme con un extraño que vivir una mentira con el hombre que creía amar. Sienna alzó la vista, con los ojos empañados. —Pero, ¿cómo vamos a fingir tanto tiempo? —Fingiremos porque no tenemos otra opción —dijo Elora, ayudando a su hermana a ponerse en pie—. Durante estos días, tú seguirás llorando por tu compromiso con Vakov y yo seguiré siendo la novia perfecta de Windsor. Nadie puede sospechar. Elora la condujo hacia el interior de la habitación, lejos del borde del balcón. Cerró las puertas de cristal del balcón, dejando fuera el viento rugiente de Manhattan. Su madre se acercó a Sienna y la abrazó con fuerza, mientras le repetía que no lo hiciera de nuevo. Su padre la envolvió con una manta y le dieron té caliente. Arthur miró a Elora y mientras su esposa se encargaba de consolar a Sienna, se acercó a Elora para hablarle de algo. —¿Estás segura de que te quieres casar con ese hombre? Es malo. Elora tenía miedo, pero confiaba en su poder. —No tengo miedo, papá. Puedo lograr que Malakai me quiera. —No se trata de querer, Elora. Esto es un convenio, y tu hermana era el pago de una deuda. No te tratará como a una esposa, sino como a una esclava, y cuando salgas de esta casa no tendré poder. Eso debía asustarla, pero no lo hizo. Se llenó de más valor. —Puedo con ello. —Miró a Sienna—. Haré lo que sea por ella. Elora estaba tan confiada de que lo hacía por amor, que no vio la chispa de triunfo que cruzó la mirada de su hermana cuando pronunció aquellas palabras. Estaba demasiado ocupada tratando de recomponer su propio corazón, convencida de que estaba salvando la vida de la única persona que le quedaba en el mundo. —¿De verdad lo harías por mí? —susurró Sienna desde el borde de la cama, temblorosa—. ¿De verdad te sacrificarías así? ¿Te casarías con Zero para que yo pueda tener a Alistair? —Haría lo que fuera por ti, Sienna. No dejaré que ese mafioso te ponga una mano encima. Te mereces ser feliz con el hombre que amas. Alistair te quiere a ti, y yo solo quiero que esta farsa termine. Sobre el hombro de su hermana mayor, sus ojos se abrieron, secos y brillantes de pura codicia. Una sonrisa lenta y cruel curvó sus labios, una que Elora no pudo ver. La culpa que había fingido tener hacía un instante se evaporó, reemplazada por la satisfacción de haber conseguido exactamente lo que quería. Sienna sabía como convencer a Elora de hacer lo que ella quería, de fingir se la víctima, de conseguir el amor de su padre, e incluso de lograr que su madre se metiera en la cama de su padre un mes después de la muerte de la madre de Elora. Madre e hiha eran expertas manipuladoras y durante esa semana se encargaría de que Elora no solo saliera de la vida de Alsitair, sino de la de todos. Sienna había pasado años envidiando cada joya, cada vestido y cada mirada que Alistair le dirigía a Elora, y ahora, su hermana se lo entregaba en bandeja de plata por "buen corazón". Estúpida. —Eres un ángel, Elora. No sé qué haría sin ti —dijo Sienna, fingiendo un hipo de llanto mientras, a espaldas de su hermana, contenía una carcajada de victoria—. Te quiero muchisimo. —Yo también te quiero mucho, Sienna. Se separó apenas unos centímetros, lo justo para mirar a Elora con una máscara de preocupación perfecta. —Falta una semana. —Sienna se humedeció los labios, ocultando su ansiedad por tomar el lugar de la futura señora Windsor en la cama que compartió con su hermana—. Tenemos que ser perfectas. Alistair no puede sospechar nada. Si se entera de que lo sabemos, o de que planeamos el cambio, lo arruinará todo. —No sospechará —aseguró Elora, secándole una lágrima inexistente a su hermana con el pulgar—. Preocúpate porque pronto tu sueño se hará realidad. Yo me encargaré de saber todo lo que pueda de Malakai para poder lidiar con él. Sienna asintió con entusiasmo, volviendo a abrazarla. Mientras Elora cerraba los ojos, sintiendo el peso del sacrificio sobre sus hombros, Sienna cerraba los suyos imaginando el anillo de diamantes de Alistair en su propio dedo y esos besos que la harían temblar de placer y deseo. Había labrado ese futuro piedra por piedra, y sonrió con su madre al conseguir lo que ambas querían. Con lo único que no contaba era con que Alistair también la deseara, lo que solo lo hacía mucho más fácil. No le importaba que Elora terminara en las manos de Zero, el carnicero de la Cofradía, abusada o golpeada. Si su hermana era tan estúpida como para creerse su actuación del balcón, se merecía cualquier destino que la mafia le tuviera preparado. —Te quiero tanto, Elora —mintió Sienna, mientras su mente estaba decorando el ala norte de la mansión Windsor—. Rezaré mucho por ti, para que ese hombre no te haga cosas malas. Elora le dio un último beso en la frente y salió de la habitación, sintiendo que había salvado algo de su vida. Mientras caminaba a su auto para volver con Alistair, no sabía que acababa de entregarle su vida entera a un monstruo para salvar una víbora.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR