El Mercedes n***o de Elora se detuvo frente a la mansión y los neumáticos chirriaron sobre la grava húmeda. Nana la esperaba en la entrada, con los brazos cruzados y el rostro lleno de arrugas más notorias por la angustia. En cuanto Elora apagó el motor, la anciana corrió hacia la portezuela. Estaba angustiada por su ausencia, por lo que Alistair hizo y por el comportamiento de todos.
—El señor perdió la cabeza por ti toda la noche, Elora —susurró Nana, con la voz entrecortada y los ojos buscando heridas en ella—. Ha llamado a medio Nueva York. Incluso intentó que la policía saliera a buscarte. Estaba a punto de denunciar un secuestro.
Elora bajó del auto sintiendo el frío de la noche calarle los huesos. Casi soltó una carcajada al imaginar a Alistair movilizándolo todo por ella. Era una reacción propia de Alistair: control, orden y una necesidad obsesiva de saber dónde estaban sus posesiones. No era amor lo que sentía por ella, era que la idea de no controlarla o tenerla a su disposición le quemaba las venas.
—Es tarde, Nana —cortó Elora, caminando hacia la entrada sin detenerse—. Mañana te contaré todo. Solo quiero dormir.
Subió las escaleras y deslizó los dedos por el barandal. Amaba ese lugar. Alistair la compró y adecuo para ella. La complació adquiriendo lo que ella quería e incluso llamó a un diseñador de interiores para darle su toque. Cada espacio de esa mansión fue diseñado para ella, para complacerla, pero Elora se sentía en ese momento como que había adecuado su propia prisión.
En la habitación solo había silencio. Alistair no estaba la vista. Se quitó los zapatos y empezó a desabotonarse la ropa para ponerse el camisón de seda, pero no terminó antes de que él abriera la puerta de golpe. Fue tanta la fuerza que golpeó el tope de la pared. Alistair entró como un tornado de perfume y ansiedad desmedida.
Antes de que ella pudiera decir alfo, él la tenía atrapada entre sus brazos. La apretó con tanta fuerza que a Elora le faltó el aire. Sus manos, grandes y fuertes, recorrieron su espalda como si estuviera comprobando que no se había roto y que estaba entera. La preocupación afloraba en sus respiraciones entrecortadas y en la presión que ejercía sobre ella. ¿Realmente ella le preocupaba?
—¿Dónde demonios estabas? —gruñó contra su cuello—. Pensé que te había pasado algo, que alguien te había llevado. Siempre me dices a dónde vas. No vuelvas a hacerme esto, Elora. Prométemelo. Prométeme que nunca te irás, que nunca me dejarás.
Elora alzó la mano y le acarició la mandíbula. Sus dedos recorrieron el escaso vello que siempre se afeitaba y miró a sus ojos. Sintió el rastro de la barba de unas horas y el calor de su piel, un calor que hasta hora atrás la quemaba igual que un incendio.
—Eso no pasará —respondió, y la mentira le supo a ceniza en la boca—. Nunca me iré de tu lado, Alistair.
Alistair buscó sus labios con urgencia, con un hambre que en otro momento la habría hecho desfallecer, pero Elora giró la cara en el último segundo y el beso aterrizó en su mejilla. Alistair igual la besó, aunque ese no era el lugar que buscaba. Siempre era ella la que buscaba su toque, sus besos, sus gemidos. ¿Qué sucedía con ella?
—Estoy cansada, Alistair. Esta noche no —dijo, apartándose apenas un centímetro—. Quizá mañana.
Él la miró con los ojos oscurecidos, pero luego soltó una risa ronca, tratando de suavizar el ambiente.
—¿Qué es esto? ¿Estamos implementando la regla de no tener sexo antes de la boda? —preguntó, recorriendo con la mirada el cuerpo de Elora y clavando sus pulgares en sus caderas—. ¿Acaso tienes alguna sorpresa preparada para mí?
Elora forzó una sonrisa.
—Tengo muchas sorpresas para ti el día de la boda —aseguró, pensando en el despacho, en la palabra mansa y en el ala norte de la casa que él estaba reservando para su hermana.
Alistair le dio un beso rápido en la frente.
—Me ducharé y entraré en la cama contigo —dijo él, caminando hacia el baño—. Hoy fue un día de locos. Te extrañé, cariño.
Elora se sentó en el borde de la cama y escuchó el sonido del agua golpear los azulejos. El amor que sentía por él seguía ahí, enraizado en sus huesos, y eso era lo que hacía que la herida sangrara con más fuerza. Cada segundo que pasaba a su lado sentía que perdía un trozo de su vida. Unas lágrimas silenciosas se escaparon y rodaron por sus mejillas, pero se las limpió con el dorso de la mano en cuanto el agua del baño se detuvo. No debía llorar por él.
La puerta se abrió y Alistair salió envuelto en una nube de vapor. Tenía el cabello oscuro empapado y una toalla blanca anudada a la cintura. Elora casi dejó de respirar al verlo. Las gotas de agua resbalaban por sus pectorales, marcaban cada músculo, y se perdían en el borde de la toalla. Él soltó la toalla pequeña con la que se secaba el pelo y, sin decir palabra, la sujetó por la cintura.
La levantó con facilidad y la sentó sobre la cómoda de madera. Separó sus piernas con los muslos y se encajó en medio de ellas, presionando su cuerpo caliente contra el de ella. A Alistair le urgía el heredero; quería asegurar su linaje antes de que el anillo matrimonial estuviera en su dedo. Elora lo miró a los ojos y vio como el fuego en la mirada de Alisair buscaba solo una cosa.
Le besó el cuello con avidez y pasó la lengua por el borde de su barbilla hasta capturar sus labios. Elora correspondió el beso por instinto y sintió cómo el tirante de su blusa de seda caía por su hombro; hombro en el que Alistair clavó sus dientes. Alistair sujetó las muñecas de Elora y las colocó sobre sus pectorales húmedos, obligándola a sentir el latido acelerado de su corazón.
Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro de ella. Tiró con una posesión que le arrancó un gemido a Elora. Alistair rio contra su boca y pasó su lengua entre ellos, urgando, excitando.
—Dudo que lleguemos así hasta la boda —susurró él.
Metió las manos bajo sus muslos, apretó su trasero y la elevó más hacia él. Elora sintió la erección golpeando contra ella y arrastró las uñas por los costados de Alistair hasta llegar a su espalda, marcando la piel. Su boca siguió trabajando en la suya, mientras las uñas abrían surcos en su espalda. Empujó su cadera contra su erección y se frotó pecho contra pecho a él. Estaban al borde, a punto de romperse, cuando tres golpes en la puerta los detuvieron.
Alistair gruñó en la boca de Elora, e intentó ignorar el ruido molesto, pero la voz de Nana llegó desde el pasillo.
—¡Elora! —llamó la anciana con urgencia.
—Déjalo. Te necesito —rugió Alistair sin soltar a Elora.
—Es su hermana —agregó Nana detrás de la puerta.
Elora abrió los ojos y empujó a Alistair por el pecho. El calor del momento se evaporó al instante y las palabras de Alistair volvieron a ella. Estuvo a punto de romper una promesa que se hizo a sí misma. No podía permitirse ser su mujer cuando Alistair no tenía corazón para ella y solo la usaría. Bajó de la cómoda de un salto y se ajustó el pijama, mientras Alistair se ponía un pantalón de deporte, visiblemente irritado y bastante excitado.
Bajaron las escaleras.
Al llegar al vestíbulo, la imagen los detuvo al instante.
Sienna estaba parada bajo el dintel de la puerta abierta. Afuera, la tempestad rugía, iluminando el cielo con relámpagos. Estaba empapada, con el camisón pegado al cuerpo y una maleta pequeña en la mano. Temblaba tanto que sus dientes castañeteaban y el vello de su brazo estaba erizado por el frío.
—¿Sienna? —preguntó Elora—. ¿Qué sucede?
En cuanto Sienna vio a Alistair soltó la maleta. El cuero golpeó el suelo y su corazón se aceleró. No llevaba camisa y ella moría de frío. Ignoró a Elora por completo y se lanzó al pecho de Alistair, Le rodeó el cuello con los brazos y hundió la cara en su cuello húmedo.
—Tuve una horrible pelea con mis padres, Alistair. No sabía a dónde ir —sollozó Sienna, mojando el pecho de Alistair con sus lágrimas y el agua de la lluvia—. No me abandones, Alistair. Dame refugio solo por esta noche. Eres todo lo que tengo.
Alistair miró a Elora por la impresión, sin embargo, la rodeó con los brazos, protegiéndola del frío. Sobre el hombro de Sienna miró a Elora. Su expresión era indescifrable, pero sus manos no soltaban a la hermana menor. Elora tragó saliva y sintió el amargo sabor de la confirmación. Ahí estaban, los dos juntos bajo su techo, y Elora supo que lo que acababa de ver en los ojos de su prometido no era protección, sino el cumplimiento de su deseo más oscuro.
Sienna murmuraba cosas mientras se aferraba con más fuerza al hombre. Le suplicaba que no la soltara, que no la dejara ir, que estaba tan cómoda en sus brazos, que estaba feliz de tenerlo.
El pecho de Alistair se infló de arrogancia. No cualquiera podía decir que era merecedor de la atención de las hermanas Novak. Siempre le pareció que le era indiferente para Sienna, pero era todo lo contrario, lo que lo aferraba aun más a ese deseo primitivo.
Alistair apartó a Sienna de su pecho y la sujetó por los hombros para obligarla a sostenerle la mirada. El hipo de la chica era errático, ruidoso, y sus labios estaban manchado de labial corrido.
—Cuéntame qué pasó, Sienna —pidió.
—Papá... —logró articular entre espasmos. Se retorció porque parecía dolerle—. Estrellé el auto cerca de la entrada. Estaba furioso. Solo gritaba por el costo de la reparación, ni siquiera me preguntó si estaba bien. No le importo, Alistair. A nadie le importo.
Alistair palideció y sus manos bajaron por los brazos de Sienna, buscando rastros de sangre o golpes.
—¿Estás herida? ¿Quieres que llame al médico? —preguntó, ignorando por completo la presencia de Elora a pocos metros.
—Solo estoy cansada —susurró Sienna y sus rodillas cedieron—. Me duele mucho la cabeza... no puedo sostenerme.
Antes de que Sienna tocara el suelo, Alistair la rodeó con sus brazos y la cargó como su fuese una pequeña niña. Ignoró a Elora o lo que ella pensaba de la situación y subió las escaleras. Ignoró el peso o la lluvia que seguía goteando del camisón de la chica. Al entrar en la habitación principal, la dejó sobre la misma cama que, minutos antes, pretendía compartir con Elora.
Elora los siguió y se quedó de pie en el umbral, viendo cómo las sábanas de hilo que ella misma había elegido se empapaban bajo el cuerpo de su hermana. Sienna se encogió sobre el colchón, temblando y se aferró a las muñecas de Alistair.
—Tengo mucho frío —se quejó en un hilo de voz.
Alistair tiró de la manta y la cubrió hasta la barbilla. Sienna estiró el brazo y atrapó la mano de Alistair, tirando de él hacia el borde del colchón. Se frotó contra su pecho, como un gatito callejero al que le dieron un poco de leche, y buscó su calor con una familiaridad que hizo que a Elora se le subiera la bilis a la garganta.
—Me siento mejor cuando estás cerca —murmuró Sienna y exhaló aliviada—. Tu calor me gusta... me hace sentir bien.
Sienna cerró los ojos, pero cuando Alistair hizo el amago de incorporarse para mirar a Elora, la chica clavó sus uñas en los antebrazos de él. El gesto fue rápido, posesivo.
—No te vayas. No me dejes sola —suplicó sin abrir los ojos.
Alistair suspiró y miró a Elora de reojo. Bajó la voz e intentó mantener un tono razonable. Alistair sabía lo que estaba haciendo, no era ningún tonto. Sabía que meter a la hermanita menor de su prometida en su propia cama era inapropiado. Sienna usaba el supuesto accidente para apelar a la piedad de Alistair, sin embargo, Elora que casi acababa de volver de la casa familiar, sabía que era mentira. Sienna estaba mintiendo, y fue en ese momento que se preguntó en qué otra cosa le mintió la mujer.
—Sienna, debo llevarte a la habitación de invitados —susurró y le apartó el cabello de los ojos—. Esta es la cama de Elora.
Sienna abrió los ojos apenas un milímetro. Dos lágrimas perfectas rodaron por sus mejillas mientras giraba la cabeza para mirar a su hermana mayor. Sus ojos eran cristalinos, dolorosos.
—¿Puedo quedarme en tu cama esta noche, hermanita? No creo que pueda moverme —preguntó, cargada de una fragilidad falsa.
Alistair trasladó la pregunta a Elora con la mirada.
—¿Te importa si se queda aquí? Está en shock por el accidente.
Elora apretó las manos a los costados de su cuerpo, sintiendo el frío del pasillo en sus pies descalzos. ¿De verdad le creía?
—Alistair, no hay ningún accidente.
Sienna se quejó más y más lágrimas cayeron.
—Me duele mucho el costado. Creo que me reventé las costillas.
Alistair abrió grande los ojos.
—Llamaré al doctor.
—No, no —suplicó ella—. Solo quiero quedarme aquí contigo. Si me cuidas mañana estaré mejor. Lo prometo.
Alistair miró a Elora.
—Que se quede aquí esta noche.
—¿Y dónde dormiré yo, Alistair? —preguntó.
—Puedes pedirle a Nana que te aliste otra cama, solo por esta noche —respondió, como si fuera la solución más lógica del mundo—. No quiero moverla en este estado.
—¿Y tú? ¿Dormirás conmigo en la otra habitación?
Sienna apretó más las uñas en el brazo de Alistair y su cuerpo sufrió un espasmo. Alistair volvió su atención a la cama y acarició el hombro de la hermana menor sobre la manta.
—Me quedaré con ella, si no te molesta —dijo en voz baja—. No quiero que se despierte sola y entre en pánico.
Elora respiró profundo y sintió cómo el aire le quemaba los pulmones. No hubo gritos ni reclamos. Solo los miró tan felices que tuvo náuseas. Se tragó las lágrimas, dio media vuelta y cerró la puerta de la habitación sin despedirse de Alistair.
Dentro, Alistair soltó un suspiro de alivio y se acomodó mejor en el borde de la cama. Sienna, hundida en la almohada de Elora, dibujó una sonrisa imperceptible contra el pecho del hombre.
Elora caminó por el pasillo hasta la habitación de invitados. Se metió bajo las mantas frías y se hizo un ovillo, encogiéndose hasta que sus rodillas tocaron su pecho. En la oscuridad, solo podía pensar en la imagen de Sienna apoderándose de su lugar, de su cama y de su hombre, mientras ella se quedaba sin nada a lo que aferrarse. ¿Todavía creía que podía pelear con ella por él?