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2588 Palabras
Elora pasó la palma de su mano sobre la tela de su vestido, alisando una arruga inexistente antes de entrar al comedor. Lo sucedido la noche anterior era solo un borrón después de quedarse dormida. Alistair volvería a ser el mismo una vez más y todo volvería a la normalidad. Después de todo ella era la prometida. A medida que se acercaba al comedor podía escuchar los murmullos bajos de los sirvientes sirviendo y el leve tintineo de la platería mientras ponían la mesa. Al llegar a la mesa, Alistair estaba allí, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono y una taza de café humeante a su lado. Elora sonrió porque estaba solo. Quizá la noche anterior había dormido en el sofá. Pensó mal de él, Alistair no era mala persona. Elora caminó hacia su silla habitual, justo a la derecha de su prometido, pero se detuvo cuando la empujaron. Sienna le pasó por un lado, empujándole el hombro, y se dejó caer con naturalidad en el asiento de Elora. Comenzó a preguntarle a Alistair sobre la noche anterior, que se había levantado y no estaba en la cama y que se sentía mejor esa mañana. Alistair le preguntó por sus costillas y ella sonrió con naturalidad y se tocó el cabello. Elora se quedó paralizada, con la mano suspendida en el aire. Sienna se inclinó hacia Alistair, invadiendo su espacio personal, y él alzó la vista del teléfono para dedicarle una sonrisa mientras hablaban con tanta naturalidad que parecían recién casados. —¿Cómo estás? —preguntó Alistair, dejando el móvil sobre el mantel y enfocando toda su atención en ella. —Aún me duele un poco la cabeza —respondió Sienna, casi en un ronroneo seductor—, pero extrañé acurrucarme a tu lado. Envidio a mi hermana, ella te tendrá todas las noches. Alistair se rio por lo bajo y se recostó en su silla. Miró a Sienna esa mañana, sin ninguna herida o raspón, y solo pensó en que su belleza no podía ser arrancada por un simple accidente. —Soy una excelente almohada humana, hay que admitirlo —comentó a la ligera—. Mi esposa será la mujer más feliz. Las entrañas de Elora se retorcieron cuando lo escuchó. ¿Su esposa? ¿Ya ni siquiera tenía nombre ese lugar? Sienna se mordió el labio inferior, mirando fijamente a los ojos de Alistair. Le gustaba ese leve coqueteo que había entre ellos cuando se miraban. Sienna arañó el brazo de Alistair y le sonrió coqueta. —¿Y en qué otra cosa eres bueno? Él no apartó la mirada. Se centró en los labios de su cuñada y sonrió, participando abiertamente en el coqueteo. Alistair volvió a reír, pero al levantar la vista, se encontró con Elora parada al final de la mesa, observándolos con el rostro rígido. Su expresión cambió al instante y recuperó esa máscara de cortesía perfecta. —Elora, mi cielo, no te quedes ahí. Siéntate con nosotros —animó y señaló la mesa—. Te estaba esperando. Elora los miró a los dos. —Creo que no me esperabas a mi —dijo refiriéndose a Sienna. Sienna hizo un ademán y se rio. —No seas celosa, hermanita. Solo atendía a tu prometido mientras no estabas —respondió—. Era su linda anfitriona. Elora respiró profundo y se tragó todo lo que podía decir. En su lugar sintió como el aire le quemaba la garganta. Caminó hacia el lugar donde estaba Sienna y se detuvo junto a ella. —Ese es mi lugar —dijo firme—. Alistair fue muy específico al pedir que me sentara siempre a su lado en cada comida. Sienna no se movió. Enroscó un mechón de su cabello rubio en el dedo y miró a Alistair con un puchero infantil. —Nunca me he sentado tan cerca de la cabecera —susurró con esos ojitos de cordero a medio morir—. Además, cuando estoy cerca de ti me siento mejor, Alistair. Me das seguridad. Luego giró la cabeza hacia su hermana, quien la miraba como si fuese un insecto en su bota. Estaba realmente enojada por ello. —¿De verdad te importa si me siento con él solo por hoy? —preguntó sacando el labio inferior—. No te lo voy a robar, Elora. No seas tan insegura. Pensé que con todos los años que llevas con Alistair sabrías lo que significas para él, ¿o lo estás dudando? Alistair miró a ambas y luego fijó su atención en su prometida. Su tono era condescendiente, como si Sienna lo mereciera más. —Claro que no le molesta —interrumpió Alistair—. Tu hermana es una persona amable y bondadosa, Sienna. Sé que no le importa sentarse al final de la mesa por una vez, ¿o sí, Elora? Elora corrió su mirada de Sienna a Alistair. —Ese no es mi lugar —insistió, apretando los puños. Sienna se llevó las manos a la boca y comenzó a hipar de forma exagerada. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas y se frotó el pecho por lo mucho que le dolía ser la causante de las peleas. —Perdóname, Alistair. Los estoy haciendo pelear y esa nunca fue mi intención. Me sentaré al fondo de la mesa, no quiero causar problemas —dijo Sienna, haciendo el amago de levantarse. Justo cuando se impulsaba, Alistair le colocó una mano sobre la suya y la detuvo con una simple orden: —Siéntate. Elora vio las manos de ambos unidas sobre el mantel y a Alistair defendiendo lo indefendible. ¿Cómo podía ponerla por encima de ella? Alistair la miró con una frialdad que la dejó muda. —Siéntate, Elora. Vamos a desayunar —dijo en casi una orden—. Después de todo, solo es un lugar para comer. No seas difícil. Sienna se limpió una lágrima con el dorso de la mano y miró a Elora con una chispa de triunfo que desapareció en un parpadeo. Elora tragó grueso y caminó hacia la otra punta de la mesa. Se sentó sola, viendo cómo el servicio ponía sus platos favoritos. Durante el desayuno, tuvo que observar cómo Alistair y Sienna cuchicheaban. Hablaban de viajes y del gusto de ella por los obsequios caros. Alistair le dijo que cuando regresara traería cosas para ella. —¿Te vas de viaje? —preguntó Elora, interrumpiendo el murmullo de ambos—. ¿Antes de la boda? Alistair asintió sin dejar de mirar a Sienna. —Sí. Solo serán dos días —comentó masticando—. Estoy seguro de que atenderás bien a tu hermana mientras no estoy. Elora se quejó entre dientes, casi imperceptible. —Habla más alto, Elora. Desde aquí no podemos escucharte —se burló Sienna con una sonrisa dulce—. ¿Qué dijiste? —Dije que te cuidaré bien —respondió Elora y clavó el tenedor en su plato—, como siempre he hecho por ser la mayor. —Eso espero —dijo Alistair casi como una advertencia. Alistair se levantó cuando su mano derecha entró al comedor para informarle que el auto y las maletas estaban listos. Sienna lo siguió de inmediato hasta la puerta principal como su prometida. Elora se levantó también, pero mantuvo la distancia. Sienna se le colgó del cuello a Alistair e ignoró el protocolo. —Buen viaje —le deseó y rozó su nariz con la de él antes de besarle la mejilla—. Quizá en el próximo pueda acompañarte. —Son negocios, Sienna. Te aburrirías. —Contigo jamás me aburriría, Alistair —respondió mientras le arreglaba la corbata azul intenso—. Me divertiría. Él le sonrió y Sienna aprovechó para besarle la mejilla una vez más para dejarle su labial marcado antes de soltarlo. Alistair miró a Elora y, por un breve segundo, el remordimiento cruzó su rostro. Caminó hacia ella y le sujetó las manos, entrelazando sus dedos justo donde brillaba el anillo de compromiso. —No olvidaré lo que me pediste. Te lo traeré —prometió él. Se inclinó para besarle los labios, pero Elora giró la cabeza. El beso terminó en su mejilla, fría y distante. Alistair notó la rigidez, pero se limitó a encogerse de hombros y salió de la mansión. No tenía tiempo para lidiar con unas Elora caprichosa en ese momento. Sienna lo despidió con la mano hasta que el auto desapareció. En cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió. Sienna giró sobre sus tacones blancos y se acercó a Elora. La máscara de fragilidad se había esfumado y solo quedaba la mujer que lo quería todo. —Actúas muy bien —soltó Sienna con desprecio. —Tú también —respondió Elora sin pretender ser la buena—. Dime la verdad sobre por qué viniste aquí anoche. Sienna se tocó el pecho con fingida ofensa y sonrió. —¿Acaso no confías en tu hermanita? —No esperó respuesta y dio un paso hacia ella—. Admítelo, Elora. Es a mí a quien quiere. Tu misma lo dijiste. Fantasea con tenerme en su cama como anoche. Sienna pasó junto a ella y dejó un rastro de su perfume dulce y el vacío amargo en el estómago de Elora. Le asqueaba su hermana. Horas más tarde, Elora hundió las yemas de los dedos en la piedra fría del banco del jardín, con la mirada perdida en la línea donde el cielo se fundía con el gris del horizonte. El viento removía los mechones sueltos de su cabello, pero ella no se movió. Nana se acercó con un fardo de toallas blancas bajo el brazo, las dejó caer sobre el césped y se sentó a su lado, interrumpiéndola. —¿Qué sucede, mi niña? —preguntó y buscó sus ojos. Elora no dejó de mirar al frente. El peso del secreto le oprimía la garganta como un collar de espinas. Quería poder contárselo a Nana, pero sabía lo que le diría: «No seas tonta, no la dejes ganar». —Quizá casarse con Alistair sea un error, Nana —soltó, y las palabras vibraron en el aire—. Siento que cometo un error. —¡Por supuesto que no! —exclamó alarmada. La última vez estaba emocionada por la boda—. Ese hombre te adora. Imposible que sea un error. Ha dedicado cada minuto de su vida a ti. Elora giró la cabeza lentamente para observarla. —¿Y si me estoy equivocando? ¿Si realmente él no me quiere como yo creía? —preguntó con lágrimas en los ojos. Nana le sujetó las manos con ternura y le transmitió el calor que Elora ya no sentía en su propio cuerpo. —Eso no es cierto. Yo lo vi crecer, lo vi amarte en cada etapa, desde que eran unos niños y les dijeron que estaban destinados. Sácate esas ideas de la cabeza. Ese hombre está loco por ti. Elora apretó los labios y le dijo que ya no sentía ese amor de Alistair por ella. Quería decirle lo que había escuchado en el despacho, la forma en que él la llamó mansa y cómo planeaba usarla, pero no pudo. El sacrificio por su hermana estaba en marcha y las palabras se quedaron atrapadas en su pecho. —Tomé una decisión y no puedo retractarme —dijo Elora. —Lo que sea que hayas pensado o decidido, puedes cambiarlo —insistió Nana, estrechándole los dedos—, pero escúchame bien: lo que sea que estés tramando, no lo hagas por Sienna. Si estás pensando en dejar a Alistair, hazlo por ti, porque tú lo deseas. Elora abrió los ojos y un escalofrío subió por su piel. —¿Cómo lo sabes? —Conozco a esa jovencita —respondió Nana, inclinándose hacia ella con un brillo de advertencia en la mirada—. Sienna es capaz de casi cualquier cosa por tener lo que quiere, y desde que la conozco quiere lo que es tuyo. Conocí a su madre. Son tal para cual. Hay cosas de ellas que es mejor no creer para poder vivir en paz. Cuídate, Elora. Esa visita de anoche no fue una casualidad. Elora quiso preguntar más, quiso saber qué horrores ocultaba el pasado de la madre de Sienna, pero no lo hizo. Su decisión era el precio para que su hermana no terminara en manos de un carnicero y para que no se lanzara de otro balcón. Le daría a Alistair, aunque eso significara entregarse ella misma al vacío. Mientras tanto, en el vestíbulo de la mansión, el repartidor dejó un paquete pequeño sobre la mesa. Sienna, sentada en un sillón individual mientras fingía leer una revista de moda, se puso en pie en cuanto vio la bolsa de una tienda de joyería fina. Una sirvienta recogió el paquete para subirlo a la planta alta. Sienna se levantó e interceptó a la sirvienta en el primer descanso de la escalera. —Dámelo —ordenó, extendiendo la mano imperiosa. —Es para la señora, señorita Sienna —respondió la empleada mientras protegía la bolsa contra su pecho. Sienna se carcajeó y le arrebató la bolsa de un tirón. Antes de que la mujer pudiera reaccionar, Sienna la empujó con el hombro, haciendo que la sirvienta perdiera el equilibrio y cayera sobre los peldaños de la escalera. Se golpeó la parte trasera de la cabeza y se raspó las manos, pero a Sienna solo le importaba una cosa. —Yo soy la nueva señora —siseó Sienna, mirándola desde arriba—. Obedéceme o te irá mal, sirvienta. Lárgate. La empleada corrió hacia la cocina a medida que las lágrimas pujaban por salir. Con el paquete en su poder, Sienna subió a la habitación principal, se encerró con llave y lanzó la bolsa sobre la cama. Sacó la caja de terciopelo y la abrió con dedos ávidos. Bajo la luz de la lámpara, un diamante azul en forma de corazón brilló. Era enorme, rodeado por pequeños diamantes blancos que ascendían por la cadena de platino. Era una pieza hermosa, como la de la vieja película del mar. Era el regalo perfecto. Sienna sacó la nota que venía adjunta y la leyó con los dientes apretados: . "Para mi amada Elora. Ya te entregué mi corazón, así que este es solo un obsequio para demostrarte lo mucho que te amo. Alistair." . Sienna arrugó el papel hasta convertirlo en una bola y apretó el collar en su puño con tanta fuerza que el metal se le clavó en la palma. En un arranque de furia, lanzó la joya contra el piso. —¡Maldito, Alistair! ¿Cómo es posible que sigas queriéndola? ¿Después de todo lo que hice para tenerte me pagas así? Respiró incesante, sin dejar de sentir el odio quemándole las entrañas. Ella estaba allí, se había metido en su casa, en su cama, y él seguía enviando pruebas de amor a la hermana perfecta. Eso tenía que terminar antes de la boda. Para cuando acabara la semana, Alistair tenía que aborrecerla. Se peinó el cabello rubio frente al espejo y recuperó la compostura. Recogió el collar del suelo y se lo colocó sobre el escote del vestido. El diamante azul resaltaba contra su piel, reclamando un lugar que no le pertenecía. Sienna sonrió a su reflejo y ajustó el cierre de la cadena. Alistair sería suyo, el collar sería suyo, y ese compromiso no llegaría vivo al final de la semana.
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