El golpe de varias maletas contra el mármol del vestíbulo marcó el regreso de Alistair. Elora apenas tuvo tiempo de dar un paso hacia la entrada antes de que él la rodeara con sus brazos, atrapándola en un abrazo que olía a viaje, a oficina y a ese perfume de bergamota que siempre la desarmaba. Elra se fundió en su abrazo, aprovechando que estaban ambos solos, por fin.
Alistair la besó con una pasión que rozaba el hambre. Presionó sus labios contra los de ella con un fervor que parecía querer borrar las cuarenta y ocho horas de ausencia. Para Alistair fue casi una tortura tantas horas sin ella, y aunque pareciera insólito para alguien que quería a su hermana, Elora ocupaba gran parte de sus deseos y pensamientos, y le dolía no tenerla cerca.
Alistair no sabía qué quería. Esa era la realidad.
Una parte de él sabía que anhelaba a Sienna por el hecho de que no la había probado, que no había presionado sus labios contra los de ella por primera vez, pero la parte que estaba acostumbrado y que quería a Elora, no veía una vida sin ella. Por eso las veía a las dos viviendo juntas, compartiendo con ambas en un bello poliamor, sin saber que para las mujeres esa idea era repulsiva.
—Te extrañé muchísimo, Elora —susurró contra su boca y su aliento cálido le quemó la piel—. Estos días fueron un calvario sin ti. Estuve enterrado en negocios, pero lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que le hacías falta en mi cama.
Elora se tensó entre sus brazos por el recuerdo de la última noche grabada a fuego en su mente. Alistair parecía otro hombre cuando Sienna estaba lejos. No parecía ese hombre ansioso por su hermana, ni que la empujaba lejos para quedarse con ella. Esos momentos eran los que extrañaría, cuando sentía que era todo suyo.
—La otra noche no parecía que me extrañaras tanto —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.
Alistair se separó apenas lo justo para sujetarle las mejillas con ambas manos y la obligó a mirarlo. Sus ojos brillaban con una sinceridad que casi resultaba dolorosa. Sus ojos eran preciosos, con la clase de mirada que la desnudaba. Una pena que no esos ojos no la vieran solo a ella, o que esos ojos no le pertenecieran.
—Solo hice un bien menor por tu hermana, preciosa —aseguró—. Estaba en shock por el accidente, pero no te compares con ella, nunca lo hagas. Es a ti a quien amo, Elora. Solo a ti.
Elora quería creerle. Deseaba con cada fibra de su ser volver a ser la jovencita que confiaba ciegamente en cada una de sus promesas, la que contaba los minutos para vestirse de novia y ser suya, pero no podía creerle después de ver como la empujó a la habitación de huéspedes para quedarse con ella en su propia cama.
Se derritió bajo el calor de sus manos y esa sonrisa que Alistair usaba como un arma de precisión, y se odió a sí misma por eso, por creerle, por confiar, por seguir cegada por el amor que sentía por él. Deseaba arrancarse el sentimiento que burbujeaba en su pecho cada vez que él la tocaba y matar las mariposas en su estómago que revoloteaban cuando la besaba. Casi le creyó, hasta que un ruido en el descanso de las escaleras rompió el hechizo.
Sienna bajó corriendo los peldaños, con el cabello rubio revuelto y una energía que rompió la burbuja. Casi empujó a Elora para lanzarse de lleno contra el pecho de Alistair, colgándose de su cuello con una familiaridad asfixiante.
—¡Alistair! ¡Te extrañé tanto! —chilló Sienna al hundir la cara en su hombro—. Estos días fueron horribles sin ti en casa.
Alistair soltó una risa incómoda y trató de apartarla con suavidad.
—Solo fueron dos días, Sienna.
—No importa, te extrañé igual —replicó ella, separándose lo justo para clavarle una mirada brillante y una sonrisa ensayada—. Y amé tu regalo. Es lo más hermoso que he visto.
Sienna se llevó la mano al cuello y tiró del escote de su vestido para enseñarles el collar. El diamante azul en forma de corazón brilló bajo las luces del vestíbulo y los pequeños diamantes blancos ascendían por su piel como gotas de hielo. Elora abrió los ojos de par en pa y sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Recordó el momento en que le rogó a Alistair por esa joya. Se lo pidió como su algo azul para la boda, un amuleto para su nueva vida. Le había suplicado que lo comprara, aunque él le dijo que costaba un millón.
Alistair frunció el entrecejo.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Alistair, y su voz perdió toda la calidez anterior—. Sienna, ¿dónde lo obtuviste?
Sienna sacudió la mano, restándole importancia, con una sonrisa triunfal y las manos acariciando los pequeños diamantes.
—No te hagas el modesto, Alistair. Recibí el paquete justo después de que te fuiste —comentó y arrastró la mano por su pecho—. Es el mejor regalo que alguna vez me han dado.
Elora miró a Alistair, con la respiración entrecortada y el corazón martilleando contra sus costillas. Alistair parecía confundido. Había escrito la nota él mismo. Le pidió a paquetería que se lo entregara a Elora en las manos. ¿Cómo pudo pasar eso?
—¿Qué es todo esto, Alistair? ¿Qué significa?
—No se lo envié a ella, Elora. Te lo envié a ti —aseguró él y volvió a sujetarla del brazo—. Debió ser un error en la entrega.
—Ningún error —intervino Sienna, cruzándose de brazos y haciendo que el diamante azul resaltara aún más—. La tarjeta decía claramente que era para mí. Estoy enamorada de este collar.
Elora había aceptado que le quitara la cama o la mesa del comedor, pero ¿ese collar? Alistair sabía lo especial que era para ella. Podía quitarle todo, pero no ese maldito collar.
—¿Cómo fuiste capaz? —espetó Elora a Alistair, zafándose de su agarre con brusquedad y pegándose el brazo al pecho—. ¡Eres un mentiroso! Primero le das mi cama, luego mi lugar en la mesa, ahora esto. ¿Por qué me sorprende que también le dieras mi collar?
—¡Te juro que lo compré para ti! —rugió Alistair, perdiendo la compostura. Se giró hacia Sienna con los ojos encendidos en furia. La deseaba y una parte de él la necesitaba para calmar esa hambre que sentía por su cuerpo, pero Sienna había escalado demasiado rapido—. Quítatelo inmediatamente. Ese collar es de tu hermana.
Sienna retrocedió un paso y apretó la joya contra su pecho.
—No lo haré —aseguró, sin importarle nada más que hacer daño—. Dile la verdad a Elora, Alistair. Dile que me lo enviaste a mí.
—Te compré muchos obsequios, Sienna, tal como te dije —dijo, justo cuando comenzaron a entrar las diferentes bolsas y cajas de regalo que ordenó para ella—, pero ese collar no es tuyo.
Sienna miró la montaña de bolsas y cajas que el servicio acababa de dejar sobre la mesa del vestíbulo. Era hermoso, era casi un desfile de joyas y bolsas, pero ella no quería eso. Con un movimiento de su brazo, barrió todo al suelo. Las cajas rebotaron en el suelo, las joyas se salieron y las bolsas se hundieron.
—¡No quiero nada de esto! —gritó Sienna—. Solo quiero este collar. Y si yo no lo tengo, no lo tendrá nadie.
Alistair dio un paso hacia ella, tratando de contenerla.
—Sienna, por favor, cálmate.
—¿Piensas que soy una ladrona? ¡Porque no lo soy! —le gritó en la cara—. Yo vi la tarjeta. Solo tienes que decir la verdad de una vez.
Alistair la miró a los ojos. Sentó cosas por ella, cosas que lo hacían un títere, pero no dejaría que lo llamara mentiroso sin razón.
—Di la verdad, Sienna —insistió Alistair, casi suplicante.
—La verdad es que me lo enviaste, y lo amo, y no lo voy a entregar —sentenció ella, con los ojos fijos en los de Elora.
Alistair se volvió hacia Elora, con el rostro desencajado por la frustración. No golpeaba mujeres, y no comenzaría allí.
—Elora, créeme. Lo compré para ti —imploró casi en una súplica—. Sabía lo mucho que lo querías para la boda.
Elora no respondió. Se limitó a mirarlo, viendo a través de él. En ese momento, su mano derecha entró rápidamente en el vestíbulo.
—Señor, lo llaman con urgencia —dijo el hombre, con el teléfono en la mano—. Es el negocio de Japón. No pueden esperar.
Alistair se debatió entre la disputa y el teléfono. Miró a Elora, luego a Sienna, y finalmente apretó la mandíbula.
—Deja el mensaje —ordenó al principio, pero su hombre insistió.
—Es crítico, señor.
Alistair soltó un gruñido de rabia y apretó los puños. Miró a las dos hermanas con una advertencia en la mirada.
—Volveré en un momento —dijo y arrastró el dedo acusador entre ambas—. Sienna, quítate ese collar ahora mismo. Y si no quieres entregárselo a tu hermana, lo devolveré a la joyería.
Alistair salió del vestíbulo siguiendo a su mano derecha y dejó tras de sí un silencio venenoso. Elora y Sienna se quedaron solas en medio del caos de regalos esparcidos por el suelo, retándose con la mirada, mientras el diamante azul seguía brillando en el cuello equivocado. El silencio se volvió tan afilado como el diamante que Sienna lucía con descaro. No tenía razones para no creerlo. ¿Cómo Sienna podía querer lo mismo que ella? Alistair no mentía. Elora extendió la mano, con la palma hacia arriba y los dedos rígidos.
—Dámelo, Sienna. Sabes perfectamente que ese collar no es tuyo.
Sienna se rio a carcajadas hasta casi perder el aliento. Se acarició la joya con la yema del dedo y disfrutó del destello azul.
—¿Cómo eres capaz de creerle al hombre que te engaña en tu propia cara? —preguntó Sienna con una sonrisa venenosa, sin dejar de tocar el collar—. Es obvio que me lo envió a mí. ¿O acaso crees que mintió cuando me dijo que me quería, justo antes de que yo intentara saltar de aquel balcón? Tu misma me lo dijiste.
Elora tensó la mandíbula hasta que le dolieron los oídos. El aire parecía haberse agotado en la estancia y se respiraba veneno.
—Alistair es incapaz de enviarte eso porque fui yo quien se lo pidió —siseó Elora—. Es mi algo azul para la boda.
—Para la boda que tendré con él, querrás decir —replicó Sienna, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. No olvides que soy yo quien se casará con él. Te está sacando de su vida tan lento que ni siquiera te das cuenta, hermanita. Te sigues arrastrando por un hombre que te sacó de su mesa y su cama por mí. Ya te reemplazó en su cama y ni siquiera te extrañó.
Elora no respondió, pero sus ojos ardían. Sienna inclinó la cabeza, observándola como si fuera un insecto bajo un microscopio.
—Está sucediendo igual que con tu madre —soltó Sienna con crueldad, mientras una sonrisa se deslizaba por su rostro.
—No hables de mi madre —advirtió Elora, con la voz vibrando de furia contenida—. Ella era una mujer buena.
—No lo dudo. —Sienna se encogió de hombros, burlona—. Pero su cadáver aún no se había enfriado en la tierra cuando mi madre ya la había reemplazado en la cama de nuestro padre. Son iguales de tontas, Elora, y el mundo no es de los tontos.
—Tampoco de las zorras —escupió Elora.
Sienna tensó la mandíbula, y el brillo de triunfo en sus ojos fue reemplazado por un odio puro. ¿Cómo carajos la llamó?
—Retráctate —ordenó Sienna.
—No lo haré —dijo Elora y colocó su dedo acusador en el centro de su pecho—. Tú y tu madre son un par de zorras a las que les encanta meterse con lo ajeno. No tienen la fuerza para cavar su propio lugar, así que usurpan el de los demás. ¿No te cansas de arrastrarte por Alistair? Te di mi cama, mi silla, mi hombre. ¿Te conformas con mis migajas? Porque veo que sí. Todo lo que fue mío ahora es tuyo. Migajas, como la perra que eres.
Sienna alzó la mano con rapidez para golpearla, pero Elora fue más rápida. Le sujetó la muñeca en el aire y la apretó con una fuerza que hizo que Sienna soltara un gemido de sorpresa.
—Ni se te ocurra volver a tocarme —amenazó Elora, clavándole los dedos en la piel—. Alistair me defendía porque creía en mi mansedumbre, pero no me conoces.
Sienna recuperó la sonrisa, una especie de mueca retorcida mientras escuchaba los pasos de Alistair bajando las escaleras. El CEO bajaba hablando con su mano derecha, con la voz autoritaria resonando en el piso superior. Sienna miró de nuevo a su hermanita con más odio que amor, y era entendible. En el corazón de Sienna no había espacio para el amor, solo para la obsesión enfermiza.
—Tengo a Alistair metido en el bolsillo —susurró Sienna al oído de Elora—. Es mío. ¿Quieres apostar a ver a quién le creerá?
En un movimiento relámpago, Sienna cambió su expresión. Sus ojos se llenaron de un terror fingido y soltó un grito que desgarró el silencio del vestíbulo. Retrocedió un paso y se sostuvo la mano.
—¡Suéltame! ¡Por favor, no me hagas daño! —gritó con las lágrimas saliendo—. ¡Te regresaré el collar, pero no me golpees!
Sienna se zafó del supuesto agarre de Elora y retrocedió de forma errática, como si hubiera sido empujada. Tropezó con sus propios pies y se desplomó de espaldas contra la gran mesa de cristal donde aún quedaban algunos de los obsequios esparcidos.
El estruendo fue ensordecedor. El cristal templado se hizo añicos bajo el peso de Sienna, y los fragmentos volaron por el aire, clavándose en sus manos y en su espalda. Alistair bajó los últimos peldaños de dos en dos, con el rostro desencajado al ver la escena.
Sienna estaba en el suelo, rodeada de vidrios rotos, gritando de dolor y llorando mientras se sujetaba los brazos sangrantes.
—¡Sienna! —Alistair se agachó a su lado y apartó los cristales con las manos desnudas. Se giró hacia Elora con la mirada encendida en furia—. ¿Qué pasó? ¿Qué hiciste, Elora? ¡Es tu hermana!
—Nada —logró decir Elora, sintiendo que el mundo se volvía irreal—. Yo no hice nada. Ella se lanzó sola.
—¡Fue por el collar! —chilló Sienna entre sollozos, hundiéndose en el pecho de Alistair—. Se puso como loca porque no se lo regalaste. Me empujó para matarme. ¡Me duele mucho, Alistair!
—¡Eso nunca pasó! —gritó Elora, dando un paso hacia ellos y haciendo que Sienna se encogiera como si pensara que la volvería a tocar o terminar lo que empezó—. ¡Se tiró a propósito sobre la mesa! Tienes que creerme, Alistair. Me conoces. No hago daño.
—¿Cómo voy a herirme yo misma de esta manera? —preguntó Sienna y miró a Alistair con ojos suplicantes mientras la sangre manchaba su vestido y Elora quedaba como la mala de la historia—. Por favor, créeme. Tengo miedo de ella. Me quiere matar por ti.
Elora intentó acercarse para explicar la manipulación, pero Sienna se arrastró por el suelo, refugiándose en los brazos de Alistair y sollozando como una niña pequeña que busca protección. Alistair vio el pánico en los ojos de Sienna y como temblaba en sus brazos, y se preguntó si en verdad conocía a Elora. ¿Podía ser capaz de atentar contra su hermana por un puto collar?
—¡Mantente lejos! —le gritó Alistair a Elora. Su voz fue un latigazo que la hizo retroceder y la señaló casi amenazante—. ¡No te acerques a ella! ¿Es que no te bastó con lo que hiciste?
—¡Alistair, escúchame! —rogó Elora, con las lágrimas asomando por fin en sus ojos—. Yo no hice nada. Lo hizo ella sola.
—¡Prepara el auto ahora mismo! —le rugió Alistair a su mano derecha, ignorando las súplicas de su prometida y levantó a Sienna para llevarla al hospital—. La llevaré al hospital.
Alistair cargó a Sienna en brazos y Sienna se refugió en su pecho sangrante. Ella, en un último gesto de teatro puro, se arrancó el collar de diamante azul y lo lanzó a los pies de Elora con desprecio, antes de colgarse del cuello de Alistair y esconder el rostro en su hombro, gimiendo de dolor. Elora miró el collar en el suelo.
—Por favor, cree en mí —susurró mientras Alistair pasaba por su lado sin siquiera mirarla—. Por favor. No soy un monstruo.
Él solo se detuvo un segundo en el umbral de la puerta.
—No tengo tiempo para ti, Elora. Quédate en casa y aléjate de tu hermana. No quiero volver a verte cerca de ella.
La puerta de la mansión se cerró. Elora se quedó sola en el vestíbulo, rodeada de cristales rotos y regalos destruidos. El corazón estaba tan adolorido que casi se lo arrancó. Se agachó lentamente y recogió el collar del suelo. Lo apretó contra su pecho mientras el diamante azul le enfriaba la piel. Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras se hacía la pregunta que más temía: ¿Alistair realmente la había querido alguna vez, o siempre fue la sombra de la mujer que acababa de llevarse en brazos?