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2234 Palabras
El olor a cloro le revolvió el estómago en cuanto cruzó las puertas automáticas del hospital. Elora sabía que no tenía por qué sentirse culpable. Ella no había empujado a su hermana, ni había roto esa mesa, pero el silencio de Alistair y la ausencia de noticias la habían empujado hasta allí. Llevaba un ramo de flores frescas en la mano, como un gesto de cortesía que Sienna no merecía, pero que Elora sentía necesario para mantener las apariencias. Poco a poco comenzaba a conocer a su hermanastra. No era la persona que ella creía, ni era la dulce hermanita indefensa. ¿Acaso fingió el suicidio para que ella cediera y se casara con Alistair? Podría todo ser una gran mentira de Sienna, sin embargo, Alistair estaba complacido con la idea de quedarse con ella. Hasta un favor sentía que le estaba haciendo porque igual a ella no la quería. Al llegar al pasillo de la tercera planta, localizó el número de la habitación gracias a una enfermera y se detuvo antes de tocar. A través de la rendija de la puerta, la voz de Alistair llegó hasta ella. Sonaba decepcionado de ella, lo que le heló la sangre. —No sé qué hacer con ella —decía Alistair, y Elora pudo imaginarlo frotándose las sienes con los dedos corazón como solía hacerlo—. Lo que te hizo es impropio de ella. Nunca había tenido esas actitudes, nunca se había comportado como una loca. —Seguro estaba celosa, Alistair —respondió Sienna con voz débil, casi angelical, y sujetó la mano de su amado—. Mi hermana es muy territorial y lo del collar la sacó de quicio. Por favor, perdónala. No quiero que estés enfadado con ella por mi culpa. —No, Sienna. No puedo perdonarla así nada más. Te hizo daño. —Hubo un silencio que Elora sintió como una roca en su pecho—. Quizá esto de casarnos sea un error. Quizá debería cancelar el matrimonio. No reconozco a la mujer con la que me voy a casar. Elora ahogó un grito detrás de la puerta, pero fue la respuesta de Sienna lo que más le dolió porque pensaba que era inocente. Sienna estaba abogando por ella misma, porque sin boda, no sería suya. —No digas eso —insistió Sienna rápidamente, apagando el fuego con las manos—. La quieres. No dejes que un error cambie lo que sientes. Dame tiempo. Hablaré con ella y la haré entrar en razón. Sienna no podía permitirse que Alistair cancelara la boda. Si él lo hacía, su propio plan de ser la señora Windsor se desmoronaba. Tenía que asegurar que Elora llegara al altar, costara lo que costara. Alistair por su parte solo veía bondad en los ojos de Sienna, de la pobrecita hermana herida que no conocía la maldad. —Eres demasiado buena, Sienna —susurró Alistair, y el sonido de sus manos sujetando las de la chica llegó hasta el pasillo—. ¿Cómo puedes ser tan noble después de lo que te hizo? Sienna agrandó su sonrisa. —Amo a mi hermana —mintió Sienna, y Elora pudo sentir la sonrisa hipócrita a través de la madera—. Haría lo que fuera por ella, incluso ayudarla a que se case contigo. Te quiero muchisimo, Alistair, y sé que eres lo mejor para mi hermana. Sé lo mucho que la quieres. Además, soy la madrina. Ya tengo listo mi vestido. Elora escuchó el roce de la tela y supo que Alistair se había inclinado para besarle la frente a Sienna. Soltó las flores en el suelo, viendo cómo los pétalos se aplastaban contra el linóleo frío. Quería entrar y gritarles que se merecían el uno al otro, que su traición era perfecta, pero el pacto con Sienna era su única salida para salvar a su hermana de Zero y a sí misma de la calle. Respiró hondo, se tragó el nudo de lágrimas y empujó la puerta. Sienna sonrió en cuanto la vio, con una venda impecable rodeando sus palmas y su cabeza. Alistair, sentado en la silla junto a la cama, se puso rígido y recuperó su máscara de frialdad. —¿Qué haces aquí? —preguntó Alistair sin levantarse. —No llegaron a casa anoche. Estaba preocupada —respondió Elora, manteniendo la mirada baja—. ¿Cómo estás, Sienna? —Le pusieron varios puntos de sutura por tu culpa —rugió Alistair, levantándose de golpe. Su voz retumbó en las paredes blancas—. Te alteraste por un maldito collar y casi la matas. Sienna le sujetó la mano a Alistair, fingiendo calma. —Tranquilo, ya lo hablamos. Está bien, la perdono. Alistair no se calmó. Clavó sus ojos en Elora, señalándola con el dedo mientras Elora solo quería que el sauelo se abriera y la engullera. ¿Cómo era posible que Alistair estuviera tan cegado? —Ella aún no te ha pedido disculpas, Sienna —dijo Alistair y se volvió hacia Elora con un gesto autoritario—. Discúlpate con tu hermana ahora mismo. Casi la matas por un puto collar. Elora soltó el aire acumulado en sus pulmones y sintió cómo el orgullo luchaba por salir. Había ido al hospital para librarse de culpas que no le pertenecían y porque después de todo quería saber cómo estaba Elora, pero no pediría disculpas por algo que no hizo. —¿Disculparme? ¿Por qué debería hacerlo? Yo no la empujé. —¡Tu hermana está en esa cama por tu culpa! —gritó Alistair y dio un paso hacia ella—. Lo menos que mereces es disculparte. —No hace falta, Alistair —murmuró Sienna, aunque sus ojos brillaban con desafío hacia su hermana. Pensó que le tomaría más tiempo conseguir el interés y la protección de Alistair. No fue así—, pero me gustaría una disculpa. Me haría sentir mejor. Alistair se cruzó de brazos y Elora fulminó a Sienna con la mirada. ¿Una puta disculpa? ¡Debía ser una puta broma! —Ya escuchaste. Discúlpate. —No —sentenció Elora y se cruzó de brazos, desafiante—. No voy a disculparme por algo que no hice. ¡Se lanzó sola! Alistair dio un paso hacia ella, intimidándola. Alistair era más alto, poderoso, adinerado, fuerte, y ella solo era la chica que despreciaba. No tendría oportunidad si él la ponía contra la pared. —O te disculpas ahora, o no habrá boda —amenazó Alistair, con la mandíbula tan tensa que las venas de su cuello se marcaron. Elora sintió el vértigo del abismo. Si no había boda, Sienna se suicidaría o terminaría en manos de Zero, y quizás eso no era lo peor que le pudiera pasar. Quizá debía dejarla que Zero la destruyera, pero hizo una promesa. Si no había boda, su padre la echaría de casa por arruinar el contrato con Windsor. No era nadie sin el apellido de su padre o el de su prometido. Tenía que ceder. Sienna sonrió desde la cama, disfrutando del momento. —Y la quiero de rodillas —añadió Sienna cruel—. Solo así sabré que en verdad estás avergonzada y apenada por lo que me hiciste. Elora abrió la boca para protestar y decirle que se fuera al infierno, pero Alistair señaló el suelo imperativo. —Hazlo. Fue lo más vergonzoso que Elora hizo jamás. No solo la destrató, la humilló y la rebajó a arrodillarse en el hospital por una bastarda, sino que todo rastro de cariño desapareció. Sintió el frío del suelo del hospital atravesando la tela de su falda mientras sus rodillas lo golpeaban. El sabor amargo de la bilis le inundó la boca y sus ojos subieron a una Sienna que estaba orgullosa de su trabajo. —Perdóname, Sienna —susurró, con la vista fija en las sábanas blancas y con la bilis burbujeando en su garganta—. Por favor. —Y promete que no volverás a hacerle daño —ordenó Alistair desde arriba, mirandola como solía ver a las cucarachas. Elora se mordió la lengua con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre llenó su boca. Sus dientes se rasparon entre sí y sus uñas se clavaron con tanta fuerza en sus palmas que sangró. —No volveré a hacerlo —articuló entre dientes—. Lo prometo. Elora extendió la mano hacia Alistair y esperó que él la ayudara a levantarse, que tuviera un ápice de la piedad que solía mostrarle, pero él se giró y volvió a sentarse junto a Sienna, dándole la espalda. —Te perdono solo porque te quiero muchísimo, hermanita —dijo Sienna, con una dulzura venenosa mientras sonreía. Elora se levantó sola y las piernas le temblaban. Se limpió el polvo de la falda mientras ahogaba un quejido. —Te veré en casa —dijo Alistair sin mirarla—. Volveremos. Elora se dio la vuelta para salir, con el pecho ardiendo. Justo cuando su mano tocó el pomo, la voz de Sienna la detuvo. —Y la próxima vez que me visites en el hospital, tráeme flores. Elora respiró profundo, empujó la puerta y salió al pasillo. No se detuvo hasta llegar a su auto. Una vez dentro, con las ventanas cerradas, el grito que llevaba contenido estalló. Golpeó el volante una y otra vez hasta que sus nudillos sangraron. Las lágrimas que empujó lejos brotaron como flores en primavera. Lloró con una rabia que le nubló la vista, gritando hasta quedarse sin voz. Había sido humillada, pisoteada por el hombre que amaba y por la hermana que intentaba salvar. Fue expuesta como si fuese una paria, por algo que no hizo y por alguien malévolo. Arrancó el motor y salió del estacionamiento quemando neumáticos, directo a la mansión que en ese momento era su prisión de cristal. Elora entró en la mansión con los nudillos todavía palpitando y la visión borrosa por el llanto. Nana la esperaba en el vestíbulo, con la angustia marcada en cada línea de su rostro. Al ver el estado de Elora, la anciana dejó caer el paño que sostenía y corrió hacia ella. —¿Cómo está Sienna? ¿Pudiste hablar con Alistair? —preguntó Nana, sujetándola por los hombros y buscando sus ojos con desesperación—. ¿Le dijiste que tú no la empujaste? ¿Te creyó? Elora no pudo responder con palabras. Se quebró en los brazos de la única persona que siempre le había dado un afecto sincero y Nana la abrazó contra su pecho. Los sollozos le sacudieron el cuerpo, ruidosos y violentos. Nana dejó que sacara todo, comenzando por una decisión que tomó de camino a “casa”. —Todo se terminó, Nana —logró articular entre espasmos de dolor—. Alistair no me quiere. Nunca me quiso. Prefirió a mi hermana. Me obligó a arrodillarme parta disculparme. Nana retrocedió un paso, con los ojos aterrados. —¿A qué te refieres? Cuéntamelo todo, Elora. No puede ser. —No hay nada que contar. Ya no importa —respondió Elora, secándose la cara con brusquedad y dejándose la piel irritada—. Lo mejor que puedo hacer es subir, empacar mis cosas e irme lejos. Empezaré de nuevo, sola, lejos de Alistair y de mi padre. Lejos de este nido de víboras. ¿Vendrías conmigo, Nana? Te necesito. Nana no dudó. Le sujetó las manos con determinación. —Eres mi adoración, Elora. Por supuesto que cuentas conmigo. Si tienes que irte, me iré contigo. No voy a dejarte sola en esto. A Elora se le quebró la voz. —Gracias, nana. —Ve a buscar tu pasaporte y tus cosas personales —ordenó la anciana mientras se ponía manos a la obra—. Yo prepararé una maleta rápida con lo esencial. Nos iremos antes de que él regrese del hospital. No tienen por qué encontrarnos aquí. Elora asintió y una chispa de adrenalina se mezcló con debilidad. —Nos vemos en la salida en una hora. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la gran escalera de mármol. Subió los dos primeros peldaños, pero de pronto, las escaleras se movieron. Un mareo le nubló la vista y el estómago se le revolvió violentamente. Se tambaleó y se aferró al pasamanos. —¿Elora? ¿Estás bien? —preguntó Nana desde el pie de la escalera. Podía verla como se balanceaba de un lado al otro. Elora no respondió, pero sintió un flujo caliente bajando por su entrepierna y empapando la tela de su ropa interior. Temblando bajó la mano y se tocó. Al retirarla, sus dedos estaban cubiertos de rojo. Sangre. Mucha sangre, espesa y oscura. El pánico fue lo último que sintió antes de que sus rodillas cedieran. El conocimiento se le escapó como agua entre los dedos. Su cuerpo golpeó los escalones y su cuerpo rebotó en los peldaños hasta quedar tendida en la base de la escalera, inconsciente. —¡Ayuda! ¡Ayúdenme! —gritó Nana, cayendo de rodillas al lado de Elora—. ¡La señora está sangrando! ¡Llamen una ambulancia! El vestido claro de Elora comenzó a teñirse de un carmesí profundo mientras Nana gritaba desesperada. —Por favor, Dios —suplicó la mujer al ver la sangre comenzar a manchar el piso—. No me la quites. Por favor, Dios, no te la lleves.
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