22

2146 Palabras
El chofer estacionó frente a una gran mansión, no puedo expresar el glamour y elegancia que transmitía. Chequee si había traído lo necesario en mi bolso y baje del coche. Llevaba un vestido tubo hasta la rodilla, color rojo, con unos tacones a tono. Antes de tocar la puerta, sentí interferencia en mi audífono. —Dumont, habla Félix. Escucha, debes quitarte los audífonos. No debemos levantar sospechas. Si algo sucede toca uno de tus aretes, lleva un sensor, que ante tres toques sabremos tu situación, te rescataremos en caso extremo. —No creo que pase nada relevante. —Sigue nuestras órdenes. —Tal vez logré investigar algo en su oficina —murmuré. —¡No! Sigue el protocolo acordado —ordenó con fiereza. Quité mi audífono y lo guarde. Toque el timbre y en menos de unos pocos segundos la puerta se abrió, encontrándome con su rostro contorneado y una sonrisa encantadora. Me miró de pies a cabeza con admiración y tomó de mi mano para darle un suave beso. —Te ves deslumbrante —murmuró. Mis piernas temblaban, estaba flaqueando. "Resiste" —Cambiaste mucho —admití asombrada al ingresar al interior de la mansión. Edward se adelantó a mí después de cerrar la puerta, hizo un mohín y giro a mí con elegancia. —Es mi imperio —arqueé una ceja. A cuestas de negocios sucios. —Ya veo. —Tú también cambiaste mucho, en especial por tu desviación a los negocios de la mafia —pasé la mano por mi cintura para chequear que el micrófono oculto estuviera ahí. Fingí una sonrisa. —Fue el camino más fácil —deduje con frialdad. Este asintió analizando mi respuesta y sonrió. —¿Tu padre? —lo miré rápidamente. ¿Encima tenía el descaro de preguntar? —¿Dije algo malo? —Murió. —Lo siento, no sabía —sonreí para tapar mis ganas de abofetearlo —Espero que te agrade cenar en la terraza, mande a preparar todo. —Que considerado —hablé mordiéndome la lengua para no tirarle toda mi mierda, apretaba mi bolso para descargarme con él y no con el sujeto. Me ayudó a sentar corriéndome la silla y luego se sentó enfrente de mi clavándome la mirada. Cielos, así no podía fingir, lo tenía demasiado cerca. —Vaya, cada día te pones más hermosa, Isla —agaché la mirada, no puedo creerlo. Sentía arder mis mejillas. Debes recomponerte. —Edward. ¿Quieres negociar o no? —esquivé la conversación, él amplió una sonrisa y elevó sus manos. —Vaya, no tan rápido, primero disfrutemos de la cena. —quería resoplar del fastidio pero lo notaría. Rebosé una frágil sonrisa y asentí. —Como gustes. —tomé un poco de vino para mojar mi garganta. —Cuéntame de ti —alcé la mirada—. ¿Tobías es algo más que un socio? —¿Por qué lo preguntas? —Porque se preocupa mucho por ti. —pasó la mano por su mentón. —Nos conocemos de hace años. —me limite a decir. Asintió. —Aún no olvido cuando eras mi novia. —tragué saliva y volví a tomar vino. —No quiero recordar eso —lo miré molesta—. ¿Por eso quisiste que viniera sola? ¿Para aprovecharte de la situación? —Claro que no, Isla —sonó molesto—. Soy un hombre de negocios, preferí que estuvieras sola porque tu socio es algo evidente con sus celos. Una mujer muy formal se acercó a nosotros dejando los platillos. Edward asintió con su cabeza y la mujer abandonó el lugar. Me estaba sintiendo muy incómoda. Levanté la mirada a él y me analizaba concentrado. —¿Puedes dejar de mirarme así? —¿Así cómo? —Como si fuera una maldita presa. —sonrió con encanto y probó el primer bocado. —Lo siento, es que soñé con esto hace mucho tiempo. —¿Soñar? —A qué se refería con eso. Carraspeé. —De verte nuevamente —se removió en la silla y apoyó sus codos sobre la mesa—. No supe más nada de ti, ni siquiera contestabas mis llamados. —Tal vez porque no quise saber más nada de ti, ¿no? —arqueó sus cejas y bajó la mirada. —Ya no eres esa dulce jovencita. —me reí sutil. —Jamás volveré a ser esa niña, ahora soy mujer de negocios. —asintió pensativo. —Ya veo —hizo una mueca y volvió a mirarme con seriedad—. Hablemos de negocios. —Te escucho. —Estoy interesado en tu mercancía. —No te arrepentirás. —jugué con mis pestañas. —No hagas eso, con esa mirada —bufó—. En serio. —Tengo excelente cantidad. —cambié de tema. —Bien, necesito ese cargamento dentro de unas semanas, mandaré mis hombres a retirarlo, es un lugar ideal para el encuentro. —Te costará caro. —me sonrió con una mirada oscura. —Eso no es problema, el dinero me sale hasta por las orejas. —bromeó. Mordí mi labio y tomé otro sorbo de vino, Edward seguía cada movimiento, con dedicación y sutileza. —Cuéntame del tráfico de mujeres. —entrecerró sus ojos. —No creo que sea un tema para hablarlo con una mujer. —Me importa poco si soy mujer. —guiñé mi ojo. Edward quedó helado ante mi postura. —Lo siento, pero no puedo. —blanqueé mis ojos. —Está bien, Stein —rebosó una sonrisa triunfadora—. Necesito ir a la toilette. —se puso de pie rápidamente—. Solo dime donde queda. —Piso de abajo, pasillo, cuarta puerta. —asentí con la cabeza y me dirigí a esa dirección. Llegué al pasillo y me quedé perpleja ante la inmensidad del lugar y su decorado tan minimalista. Volteé para corroborar que nadie estuviera detrás de mí y observé con sigilo cada rincón y había cámaras de vigilancia. Ingrese al baño y apoyé mi espalda en la puerta, cerré mis ojos y liberé un largo suspiro. "Tranquila Isla, sigue el protocolo, cumple" Maldición, quería investigar. Stein no quiso hablarme de ningún negocio que no sea el interés de la mercancía de anfetaminas. Me puse el audífono. —¿Alguien? —Vas bien Dumont. —escuché la voz de Félix. No sé por qué, pero me sentí tranquila en ese instante. —Stein no habla. —escuché un resoplido. —Lo único que hace es coquetearte. —arqueé una ceja. —¿Estás celoso? —me burlé. —No, Dumont —inmutó en un tono seco—. Solo que necesito información. —apoyé mi cabeza contra la pared. —Debo buscar la manera de ingresar a nueva información —en ese momento se me encendió la lamparita—. ¿Puedes hacer algo con las cámaras? —Isla. —Félix, por favor. —imploré. —Cielos mujer, está bien, déjame ver qué puedo hacer. —bajé la tapa del inodoro y me senté, moviendo mis pies con nerviosismo. —Apresúrate. —Listo. Escucha, no te quites el audífono, te estoy localizando, te guiaré hacia su oficina —asentí—. Sal de ahí y camina por el mismo pasillo, la segunda puerta es su oficina. —¿Tan fácil? —sonreí abriendo la puerta del baño y espiando los lados. —Tranquila, te diré si viene alguien, tengo todo bajo control. —suspiré tranquila y caminé hacia donde me había dicho. Me detuve en la puerta y al intentar abrirla, me di que estaba cerrada. No desistí y quite una invisible de mi cabello y me acuclillé para destrabarla. —Félix. —dije nerviosa. —Estoy aquí. —No te quedes callado, háblame, de alguna manera me tranquiliza los nervios —¿Yo confesé eso? Félix enmudeció—. ¡Félix! —Rápido Dumont —ordenó. Vaya manera de quitar nervios. La puerta por fin se abrió. Corrí hacia un escritorio y noté varios papeles sobre él. Tomé uno de ellos y lo leí con rapidez. —Son contratos. —susurré. —¿De qué? —Compra de mujeres árabes —asentí al recordar aquel árabe en la fiesta del hotel—. Abdul Jalil —deduje. —Que más. —Esto está en alemán. —Ponte el lente visual, le haré una captura —saqué de mi bolso un estuche donde tenía un lente de contacto, me lo coloqué con cuidado y miré hacia el papel—. Bien, ahora sal de ahí, Stein se aproxima. —sentí un frío subir por mi columna. Salí de ahí y cerré la puerta, puse nuevamente el seguro y corrí hacia el baño nuevamente. —Me quito el audífono. —Isla, ya vuelve, es suficiente —sonreí ante su orden. Escuché unos golpes en la puerta y me sobresalté. —¿Isla te encuentras bien? —escuché la voz suave de Stein. Me quité el audífono y lo guardé en mi bolso. —Ahora salgo. —contesté. Abrí la puerta encontrándome a Edward con sus manos en los bolsillos recargado en la pared, se veía espectacular. —Me preocupé —se acercó a mí de una manera poco grata, me escabullí y lo miré seria. —Creo que ya es hora de volver. —hizo una mueca. —¿Tan temprano? —Lo siento, pero debo hacer cosas mañana. —asintió desganado. —Bien. * Edward me acompañó hacia la puerta, me despedí de él con un apretón de manos, pero me sostuvo tan fuerte que no me dejó avanzar. —Acepta una cita conmigo. —tome aire de mis pulmones desde lo más profundo. —Debo pensarlo. —contesté a secas. —Isla, entre nosotros quedaron cosas inconclusas. —me solté de él. —Dije que lo pensaré, Edward. El mordió su labio con su mirada puesta en mí. Lo que Edward no cambió, es la manipulación que impone para que se cumplan sus caprichos. Se acercó a mí con lentitud y una mano se deslizó por mi mejilla. Ese contacto me estremeció por completo, su mano suave y grande tomó de mi nuca y la empujó hacia él. Me sentía impotente. —No hagas esto. —inmuté intentando soltarme de él. Sabía lo que venía y la verdad no quería, temía de mi misma y hasta donde podía sostener mi firmeza y frialdad. Edward solo rebozó una frágil sonrisa y se aproximó a mí con prudencia. —¿Por qué te fuiste? —abrí mis ojos ante su revelación tan promiscua. —¿Por qué remueves el pasado? —se detuvo y retrocedió un poco pudiendo relajar mis músculos. —Tu resentimiento hacia mí te impide a ser consciente de quién fue la que se largó antes de haberme escogido —di unos pasos hacia atrás. Quería confesarle él porqué, quería largar todo lo que sabía pero estaría poniendo en riesgo a todos, incluyéndome. Tragué mi rabia y decidí caminar hacia el coche—. Harás lo que mejor te sale hacer, huir. —planté mis pies y apreté mis manos con tanta fuerza que mis huesos sonaron. Continúa caminando, Dumont. Subí al coche y sin apartar la mirada de mis manos fruncidas, le ordené al chofer que arrancara. Tenía tanta ira que no pude evitar pegar un chillido como una niña caprichosa. —Me aturdes —pegué un grito llevando las manos a mis labios al notar que el conductor era el castaño ojos azulados—. Conté hasta cien para no bajar y matar a Stein. —Félix. —logré decir con agitación. —Sí, soy yo. —Como llegaste hasta aquí. —Tobías me ordenó estrictamente que te buscara, iba hacerlo él, pero la rabia lo consumió y si Stein lo reconocía, iba a ser un caos. —¿Tobías estaba contigo? —agaché la mirada avergonzada. La confesión que le hice a Félix, que su voz me calmaba era una aberración. —Llegó después de tu confesión acerca de que mi voz te calmaba. —alcé la vista y congeniamos miradas a través del espejo retrovisor. —Estaba nerviosa no sabía lo que dije. —comenzó a reír. —¿Qué tiene de malo? —Todo. —Isla, no eres un robot —se puso serio—. Además, yo sé que entre nosotros no es más que sexo —asentí rápidamente, aunque no me sentí a gusto ante su declaración. ¿Por qué? Si Félix era un idiota como todos, no tendría por qué afectar. Quité esa molestia de mis pensamientos y continué mirando la ventanilla. Hoy sí me sentí a gusto de mi trabajo—. ¿Aceptarás? —volví a él distraída, sin comprender el sentido de la conversación—. Sobre la cita. —No. —concluí tajante. Sería darle una oportunidad a ese canalla de que yo estoy disponible para él. Ni pensarlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR