Tobías me acompañó hasta mi piso y se me quedó analizando. Estuvo en todo el viaje callado y pensativo. Félix no volvió conmigo.
—Habla Tobías. —me queje ya me incomodaba la tensión entre ambos.
Se cruzó de brazos.
—Hay dos cosas que quiero preguntarte.
—Dime. —trague saliva.
—¿Aun sientes cosas por Stein? —mantuve silencio—. Cuando fuiste al toilette. ¿Qué te pasó? —miré a un costado al solo recordar lo que sucedió aquel rincón en la oscuridad junto a Félix, me estremeció.
—¿Importa? —contradije.
—Sí, claro que si, Tania te regañará.
—Lo sé, pero tendré todo bajo control. —fingí una sonrisa.
—Sé que me mientes.
—Basta, Tobías —pegué unos golpecitos en su hombro—. Estoy cansada. —de pronto observé por el pasillo a Feuerstein caminar hacia nosotros con sublimidad.
—Vaya Tobías —este volteó y blanqueó sus ojos—. Felicitaciones, hiciste un gran trabajo. —se tomaron de las manos.
—Gracias Feuerstein. —el energúmeno me lanzó una mirada intimidante y volvió a mi amigo.
—Tania quiere hablar con nosotros. —me tensé.
Ingresamos al piso y nos dirigimos a la habitación oculta, donde era todo muy amplio y enorme de lo que aparentaba. Tenía un cuarto de seguridad aparte con clave, donde estaban todas las armas y cosas secretas. En medio había una mesa de cristal con sillones ejecutivos, gran variedad de herramientas para el espionaje y hasta un coche blindado especial de la CIA en caso de emergencias.
Nos sentamos en los sillones y miramos la pantalla led que tenía el enorme logo de la CIA.
—Contáctanos con Tania Connor —dije con firmeza.
El satélite nos derivó de inmediato a ella y de pronto se vio plasmado en el gran aparato. Su rostro no era muy agradable.
—Primero que nada, voy a felicitar a Tobías y Félix que se desempeñaron mucho logrando un excelente trabajo —me miró furiosa—. Isla —enmudeció—, que demonios pasó contigo —Félix me miró de reojo—. He puesto mi total confianza en ti y la noche fue un desastre. —tragué saliva.
—Connor, yo...
—¡Dumont! Si no haces bien tu trabajo abortas la misión. —abrí mis labios.
No podía permitir esto, me estuve preparando todos esos interminables años para derribar a Stein. ¿Iba a flaquear por emociones absurdas?
—¡No! —pegué manotazos en la mesa y me puse de pie.
Sentí como la ira y resentimiento ante aquel sentimiento se vio plasmado en mi rostro, captando la sorpresa de mis dos compañeros. Miré con desafío la pantalla.
—Destruiré a Stein por la memoria de mi familia. —espeté.
No iba a dejar que un maldito sentimiento me haga perder la oportunidad de venganza, de poder destruir a Stein con mis propias manos, de verlo sufrir.
—Espero que lo hagas Dumont. Stein está en caminos turbios y tememos que este en algo peor —un frío subió por mi cuerpo, debía dejar de pensar en sentimientos y pensar con la cabeza.
Asentí.
—Lo haré.
*
Al salir de la oficina, me adelanté a pasos pesados pero Tobías arrebató mi antebrazo y me hizo girar a él.
—Isla, dime que te sucede. —miré detrás de sus hombros a Félix que nos analizaba detenidamente.
—¡Nada!
—Siempre quisiste esto y lo estás echando a perder. —me solté de su agarre y lo enfrenté.
—Jamás quise esto, nunca lo quise. Mi padre me obligó a entrar en esto —apunté con mi dedo su pecho—. Tú lo sabes mejor que nadie. —reñí.
Negó confundido.
—No te reconozco.
—De qué hablas. —dije filosa.
—Estás rara Isla, no debes dejar que los sentimientos de adolescencia vuelvan. —lo empujé.
—¡Odio a Stein, él me usó, me enamoró y quiso destruirme! Cómo puedes pensar que aún siento cosas por él.
—¡Basta! Parecen dos niños discutiendo —volteamos a Félix que estaba erguido en su lugar—. Debemos cumplir con la misión les guste o no —miré a Tobías—. Destruiremos a Stein, si no lo mata Isla lo hará Tobías o yo.
—Me largo. —dijo Tobías furioso.
—Bien. —musité.
Al sentir el portazo, decidí ir a mi habitación.
—Isla.
—Déjame Feuerstein, déjame en paz de una vez. —reñí.
Proseguí con un portazo y me quedé parada en medio de la habitación amarrando mi cabello con ambas manos.
"Qué está pasándome"
Me desnudé y me di una ducha, necesitaba quitar mis frustraciones. Cuando abrí mis ojos pegué un chillido al ver a Félix mirándome con fascinación.
—¡Qué haces aquí! —le grité nerviosa. Se deshizo de su playera sin quitar su mirada de mí y luego quitó sus pantalones y bóxer por lo que no pude evitar bajar la mirada.
Félix se puso frente a mí y me acorraló contra la pared fría y apretó mis muslos, di un pequeño gemido, lo miré molesta y excitada a la vez.
—Teníamos algo pendiente, ¿recuerdas? —su expresión seria me ponía histérica.
—¿Así quieres conquistarme? —me burlé llevando mis manos hacia su tonificado pecho.
—Funciona bebé —susurró rozando mis labios mojados con los suyos. Hundí los míos en ellos, enredándonos uno contra otro. Rasguñé su espalda y subí mis piernas a su cadera.
—Por qué haces esto. —dije entre tartamudeos.
—Por qué es mi misión.
—No siento nada. —hice mi cabeza hacia atrás permitiendo acceso a mi cuello.
—No hables, disfrútame que estoy a tus pies. —confesó.
¿A mis pies?
Me deje llevar, Félix era demasiado sensual, tenía experiencia ya que sus movimientos y su manera de actuar eran como de un profesional.
Abrí mis ojos y noté que dormía con profundidad. Debía admitir que jamás me fije en él, desde que lo conocí lo vi como alguien más por más belleza indiscutible tuviera. Me posicioné boca arriba en la cama y miré el techo.
Mis pensamientos volvieron a interrumpir, en Edward y de lo que había dicho. Fue alguien muy importante en mi pasado.
¿Por qué diría algo así? Si tan solo fui su pasatiempo o mejor dicho una artimaña.
—El sigue pensando que nunca escuchaste la charla de su asqueroso padre y él —hice una mueca. Seguía cautivada ante esos ojos azulados—. ¡Basta Isla, deja de pensar en eso! Debes seguir con lo tuyo.
*
Abrí mis ojos, volteé a mi lado y Félix no se encontraba. Despedí un suspiro de alivio al no verlo.
—¿Me buscabas? —di un respingo en la cama al verlo totalmente desnudo saliendo del baño con su cabello mojado.
—¿Por qué te paseas así enfrente de mí?
—¿Te importa?
—Es una falta de respeto. —mentí.
Me resultaba incómodo e intimidante que me mirara con esa perversidad. Hizo una mueca burlesca e hizo caso omiso a mi queja y se sentó en la cama para ponerse su bóxer. Me quedé apreciando su espalda contorneada.
—Me gusta cuando me miras con deseo. —giró su cabeza a mí con una sonrisa triunfadora. Me reí con sarcasmo.
—Oh sí, no te imaginas cuanto te deseo. —me puse un batón.
Salí de la habitación y me dirigí a la cocina donde me encontré con Simona preparando el desayuno. Me senté en la barra y tapé mi rostro con las manos.
—Buenos días, Isla.
—Hola Simona. —dije formal.
—Hoy debes prepararte, tienes una cita con Stein. —mencionó Simona. Levanté la vista.
—¿Qué?
—Al parecer le diste buena impresión, quiere hacer trato con nosotros. —me asusté al sentir la voz masculina. Verdaderamente era mi sombra.
—¿Tobías está informado? —hizo una mueca.
—Stein exigió una cita sólo contigo. —me puse de pie escandalizada.
—¿Está demente? ¿Sin mi socio?
—Debemos seguirle la corriente, Dumont. —inmutó con irritación. Elevé mis manos y liberé un suspiro.
—Maldito Stein.
—Quejarte no te salvará de hacer tu trabajo. —lo mire de reojo. ¿Por qué me trataba tan mal?
Idiota.
—Haz tu trabajo y déjame en paz Feuerstein —puso sus ojos en blanco y desapareció. Gruñí a lo bajo y volví a mi desayuno. Quien se creía para tratarme como quería.
*
Estaba preparando mi vestimenta, podía decir que me temblaban las manos. Tendría que hacer mi trabajo sola y debía investigar qué tramaba este imbécil. Encontrar alguna evidencia.
—Isla. —voltee a Simona que estaba detrás de la puerta.
—Dime.
—Hay algo para ti —fruncí mi ceño y la seguí por detrás. Me encontré a Félix con su laptop muy concentrado en el sofá, volví a Simona que volteó a mí y me señaló un ramo gigante de rosas rojas como el color de la misma sangre. Abrí mis ojos y tomé ese ramo entre mis brazos y busqué la tarjeta.
"Un presente para ti, ansío verte esta noche. E.S"
Tragué saliva y miré a Simona que estaba de igual manera que yo.
—¿Quién las manda? —preguntó intrigada.
—Edward. —musité casi en un murmullo.
—Vaya. —volví a mirar las rosas horrorizada.
—Deshazte de ellas, no quiero tener nada de ese sujeto. —Simona asintió, tomó las rosas y las llevó hacia la cocina.
Me quedé parada en el lugar unos segundos. La noche se hará difícil, tenía que estar a solas con Stein.
Giré lentamente la mirada a Félix que no había omitido palabra alguna, ni había notado mi presencia.
"Qué extraño era, algo incierto y misterioso, dándole ese toque de irresistible."