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2633 Palabras
—Este es el mundo de la mafia. —afirmé con asombro ante ver el gran piso que era solo para mí, algo totalmente ilógico, todo tan costoso que hasta me daba temor tocarlo. Dejé la maleta a un costado y caminé curiosamente. —Hola señorita Dumont. —pegué un chillido al ver una joven vestida con uniforme sosteniendo una amplia sonrisa. —Tú. —Seré la que mantenga este lugar limpio. —me crucé de brazos y asentí con desconfianza. —No me has dicho tu nombre, querida. —asintió alegre. —Simona Everett —se aproximó a mí—. Tania me mandó. —respiré con normalidad al escuchar eso. —Perfecto Simona, supongo que sabes todo lo que debes hacer. —me senté en el sofá amplio y tapé mi rostro con las manos. —Así es —volteó hacia la enorme entrada—. Creo que no necesitará esa maleta. —la miré con seriedad. —Es mi ropa, Simona. Que pretendes que use este tiempo. —hizo una mueca. —Acompáñeme. —entrecerré mi ceño y la seguí por detrás con asombro. Ingresamos a una habitación, donde las luces se encendieron automáticamente. Vaya. Qué entrada. Sonreí fascinada. La joven se detuvo frente a un enorme armario y lo abrió de par en par. —Nueva identidad, nueva imagen. —dijo. Dejé caer mis labios ante la variedad de vestidos y ropa muy exuberante, elegante y extravagante. —Cielos —miré a Simona—. Definitivamente no necesitaré esa maleta. —ambas sonreímos. Sonó el timbre del piso de repente, fruncí el ceño y tomé el arma que tenía en mi chaqueta. Corrí hacia la puerta y la abrí de golpe quedando helada ante esa presencia. Por un momento maldije verlo. —¿Qué rayos haces aquí? —espeté con indiferencia. Sonrió con arrogancia e ingresó sin siquiera pedir permiso. —Vaya, Tania se esmeró en serio. —Oye, te hice una pregunta. —ni siquiera giró a mirarme. —¿Recuerdas que seré tu sombra? —tomó un adorno de cristal que estaba sobre un estante de caoba. —¿Y eso qué? Lárgate —carcajeó y me observó con desdén. —Lo siento tanto Dumont, pero debemos compartir espacio. —me quedé petrificada en el lugar. —Debes estar bromeando. —afirmé con rudeza. ¿Tendré que soportar a Feuerstein aquí en mi mismo espacio? Quería golpearlo por invadir mi lugar, mi trabajo. Por entrometido y por hacerme sentir ese dolor en el pecho que hacía años no sentía. —Cambia esa cara de velorio Dumont, seré tu sombra, estaré, pero ni siquiera notarás mi presencia. —caminé hacia el centro del salón con la mirada penetrante de Félix siguiéndome. Busqué alrededor del lugar encontrando la cámara que seguramente todos observaban en la oficina. —Tania, me las pagarás, ¿te estás vengando acaso? —escuché la risita de Félix, sé que lo estaba disfrutando. —En fin, ahora iré a conocer mi nueva habitación. —Ve y no salgas de ahí por horas —mencioné indiferente mientras miraba el mar de lejos. Se rió de nuevo y se marchó. —Señorita Dumont. —Simona, dime que debo hacer hoy. —masajee mis sienes con las manos. —Presentarse con la mayoría de los negociantes, en especial con Stein —sentí un golpe en el pecho. Sentía como mi cuerpo entraba en calor, vería después de tantos años al putrefacto de Stein—. ¿Se siente bien? —Espero que no te pongas así cuando veas a Stein, porque sino todo se irá a la mierda por tus sentimientos, Dumont. —esa voz me estaba irritando escucharla. Le clavé la mirada. —Cierra ese maldito hocico —contesté tajante y volví a Simona—. Tú me ayudaras a elegir un vestido. —tomé de su mano y la llevé hacia la habitación. * —Usted es tan hermosa. —musitó la joven al verme. Me acerqué lentamente al espejo con mucha inseguridad y hasta yo quedé deslumbrada al verme. Era otra persona. El vestido n***o largo incluía un tajo prominente, dejando ver la mayoría de mi pierna y el escote dejaba apreciar mi busto. Era yo en otro cuerpo. —Vaya. —deslicé mis manos por la cintura entallada. —¿Dumont? —volteé de un salto casi tropezando con los tacones. Félix estaba deslumbrando con su esmoquin n***o entallado dejando apreciar su cuerpo tallado. Simona dejó caer sus labios al verlo. —¿Vendrás conmigo? —me puse rígida, no quería demostrar que estaba embobada al verlo. —¿Pensabas que me quedaría aquí? —fruncí mis hombros—. Además debo corroborar que no cometas estupideces. —arqueé una ceja. —Soy Isla Dumont, no hago estupideces cuando estoy en mi trabajo. —Veremos. —jugó con sus cejas y continuó caminando. Miré a Simona que mordía su labio. —Espera, ¿te gusta Félix? —murmuré. —Es demasiado lindo. —intenté tapar mi carcajada con la mano. —Es un idiota, no puedo creerlo. —negué con la cabeza. Ella frunció sus hombros con inocencia. * Subimos al coche con Félix y nos mantuvimos en silencio. Observaba con atención al chofer que seguramente era otro mandado de Tania. Tenía mis manos entrelazadas y me sudaban. Félix estaba atento a cada movimiento y actitud mía, si notaba mis nervios me dejaría en claro que no servía para esto. Tomé suficiente aire y continué mirando la ventanilla. El coche se detuvo y noté que estábamos frente a un hotel donde se apreciaba a muchas personas de etiqueta, mafiosos, políticos y todo tipo de persona interesada en negocios ilegales. —Bien, tu bajaras y recuerda, sin emociones —me observó con sus enormes ojos azules —Tobías está dentro, te está esperando —asentí con seriedad y bajé del coche pero una mano me ayudó a bajar, levanté la vista y era un hombre de traje que tenía su ceño fruncido. —Gracias. —sonreí con encanto y este se me quedó observando fascinado. Vaya, esto funcionaba. Continué con mi camino y pude jurar que muchas miradas se posaron en mí. En este momento necesitaba a Tobías, me sentía un bicho extraño entre todos los mafiosos. —Vaya, estás deslumbrante. —sonreí al saber que era al que esperaba, volteé con lentitud y ahí estaba. —Tobías. —¿Lista? —me armé de valor y miré alrededor. —Muy lista —tomé de su brazo y caminamos entre la multitud—. Deberíamos estar atentos a las cámaras, cualquier movimiento extraño lo captarían. —Tobías observó hacia los lados en busca de las mismas. —El lugar está infestado de ellas, así que debemos ser cuidadosos. —asentí con la mirada al frente y reflejando una radiante sonrisa. De pronto sentí una descarga en mi muñeca. —Lo veo y no lo creo —me queje a lo bajo observando mi reloj de muñeca. —Qué sucede —preguntó Tobías a lo bajo, casi en murmuro. Feuerstein me había mandado una coordenada, levanté la vista del lente y miré hacia esa dirección. Por un momento sentí como mis piernas perdieron estabilidad, casi perdiendo el control de mi misma. Tobías me aferró a su cuerpo y me miró—. Isla. —lo contemplé rápidamente. —Dime que no es Stein. —cerré mis ojos. El levantó su vista y volvió a mi compasivo. —Temo que sí, Isla, debes recomponerte —zarandeó mis hombros—. Sé que es difícil, pero debes hacerlo, demuestra la mujer estructurada que eres. —me puse rígida y lo miré con firmeza. —Tienes razón. —de pronto sentí un carraspeo, me tensé en un instante pero me vi obligada a voltear. —Usted debe ser la Señorita Dumont. —acepté su apretón de mano y sonreí con presión. Volví la vista al mismo lugar, pero había perdido de vista a Stein, no logré captarlo con definición. Maldita vulnerabilidad, no quería verme obligada a darle la razón al energúmeno de Félix. Miré al viejo con mirada vil. —Un placer. —Soy Adolfo Abad. —tenía un acento francés y su fachada era de esmoquin de los más costosos y finos. —Supongo que estará al tanto de nuestros negocios. —miré a Tobías que pasó una mano por mi cintura, el viejo captó ese gesto y volvió a nosotros. —Por eso estoy aquí presentándome, son el centro de conversación esta noche. —trague saliva. Quería decir que Stein estaba al tanto de que estaba aquí, en busca de su trasero. —Será un placer hablar de nuestro negocio Sr. Abad. —impuse amable. —Por favor Señorita, Adolfo —fingí una sonrisa—. En fin, me contactaré con ustedes. —ambos asentimos y el viejo desapareció entre la gente. —Viejo asqueroso no quitaba la mirada de tus senos. —evité tirar una carcajada y quité su mano de mi cintura. —Recuerda que eres mi socio, no mi pareja. —lo embestí con mi rigidez. Tobías ya estaba acostumbrado de mis malos tratos así que solo sonrió de costado y me guio hacia la barra de cocteles. —Un árabe está mirando a esta dirección. —dijo mientras recibía los tragos. Voltee disimuladamente y por mi mala suerte se acercaba. Tenía el kafiyyeh puesto, era una prenda que usaban los hombres sobre la cabeza. Para ellos demuestra orgullo por la identidad árabe. —Dumont y Bessen, soy Abdul Jalil —dijo con seriedad e hizo su saludo árabe, que es poner su mano en el pecho, a la altura de su corazón y hacer una mínima reverencia. Lo imitamos. —Un placer. —forcé una sonrisa nuevamente. —Quede irradiado ante su belleza. —Gracias por el halago. —el árabe se me quedó mirando con esos ojos cautivadores y remarcados. La verdad era muy atractivo. —Vaya, te me perdiste Abdul, te estaba buscando. —esa voz me estremeció por completo, trague saliva y miré a la par del árabe a un tipo alto, con esmoquin n***o y con un perfume que penetró mis fosas nasales. Decidí ir subiendo mi mirada y me detuve al llegar a esos ojos azules, esos malditos ojos azules. Había cambiado demasiado. Su rostro de jovencito ya no existía, aparentaba un hombre hecho y masculino con muchas experiencias vividas. Su mirada sombría y altanera no era la misma de aquel adolescente que fingía ser más sereno. —No pude evitarlo, la belleza de la Señorita Dumont es indiscutible —el árabe miró a Tobías e hizo una reverencia. —Mis respetos, ¿no me estoy sobrepasando con su esposa o sí? —No soy su esposa —advertí con torpeza. Edward alzó la mirada con una ceja elevada—. Somos socios y muy buenos amigos. —tomé del brazo de Bessen que estaba rígido y callado. —No quita que sea celoso. —confesó de repente con una voz tan frívola que me estremeció. —Todos seriamos celosos al notar que recibe tantos halagos. —musitó Stein de manera aduladora. Su voz era tan sensual y a la vez sombría. Carraspeé y extendí mi mano con firmeza ante él. —Un placer Stein. —él sonrió de costado con esa arrogancia de siempre y presionó mi mano con suavidad sintiendo una descarga tan vigorizante, que deshice el gesto rápidamente. —Me da alegría volverte a ver. —enmudeció con su mirada puesta en la mía. —¿Se conocían? —preguntó Tobías fingiendo intriga. —Isla fue una persona muy importante en mi pasado. —volví a él y me quedé helada ante su confesión. —Importante. —afirmé con ironía. Él frunció su ceño borrando esa maldita sonrisa encantadora. —¿Dije algo malo? —miré a Tobías. —Necesito ir a la toilette. —¿Estás bien, linda? —acarició mi mejilla captando la mirada recelosa de Edward. —Sí. Caminé rápidamente hacia los baños, estaba haciendo mal mi trabajo. Tania me matará. No pude actuar con compostura por ese maldito Stein. Una mano tomó de mi brazo con fuerza y me arrastró hacia un rincón oscuro. Alcé la mirada distraída y me topé con unos ojos azules. —Qué demonios estás haciendo. —me solté de un tirón. —Nos pueden ver Félix. —¿Por qué no le sacaste información a Stein? —Déjame —gruñí—. Yo soy la que está haciendo el trabajo más difícil. —sonrió con malicia. —Yo sabía que tus emociones emergieron. —lo empujé para alejarlo de mí. —¡Deja de decir estupideces! —sostuvo de mis muñecas y me acorraló contra la pared, sintiendo su aliento a menta—. ¿Qué haces? —Estoy cansándome de ti. Si no empiezas a trabajar como la gente, te consideraré una mala profesional. —Tú no eres nadie para calificar mi trabajo. —Debes sacar de tu cabeza a Stein. —hice un mohín al sentir como una mano se deslizaba por mi cintura descubierta. —Cuida tus manos y tus intenciones —rió a lo bajo. Sentí como su mano se incorporaba debajo de mi falda por encima de mi ropa interior—. ¿Quieres sexo? —me burlé. —Me vuelves loco. —dejé escapar un gemido y me aferré a su cuello. —Alguien podría vernos. —reí con excitación. Félix besó mi cuello y luego subió a mis labios, pidiendo permiso a que su lengua jugara con la mía. —¿Me detengo? —susurró. —No, sigue. —mordí su clavícula. —Si continuo te lo haré aquí mismo. —me apretó a la pared aún más. —Creo que es mala idea. —Lo sé —ambos nos alejamos sintiendo las respiraciones agitadas e incontrolables—. Oh cielos —se quejó en la oscuridad. —¿Ahora qué te pasa? —Tengo una erección —tomó mi mentón y me volvió a acorralar contra la pared—. Tú y yo aún no terminamos, pero debes ir a hacer tu trabajo. —Como hacerlo si estoy... —este rió. —Mojada y muy excitada —dijo, y lo empuje fastidiada. —Cada día, te odio más. —gruñí y caminé de nuevo al salón dejando al imbécil y sensual Feuerstein detrás. ¡Maldita sea Dumont! Haz tu trabajo. Me aparecí y me sorprendí al notar que Tobías charlaba con Stein como los más cercanos. Por un momento agradecí que estuviera aquí, estaba facilitando mi trabajo. La mirada de Edward captó también la atención de Tobías, que entrecerró sus ojos. —¿Qué te pasó? —lo miré. —¿Por qué lo dices? —aún tenía ese calor y necesidad de volver a Félix. —Estas —se burló—, pareces una lunática toda despeinada. —abrí mis ojos y acomodé un poco mi cabello. —Tuve un imprevisto en el baño. —volví a mirar detrás de mis hombros y congenié con la mirada de Félix sonreírme con malicia. —Parece agitada señorita Dumont. —puse mis ojos en blanco y volví a él con una sonrisa. —Estoy bien —dije cortante—. Tobías, creo que ese trago me hizo mal, no me estoy sintiendo bien. —Tobías abrió sus ojos y tomó de mi brazo. —¿Quieres irte, ahora? —me miró alarmado. —Por favor. —esquive la mirada de Stein que me era muy intimidante. —Bueno, Bessen, fue un placer, creo que me has convencido del negocio con Dumont, los llamaré. —miré a Tobías asombrada. Como puede ser que no pude hacer mi trabajo. Al final esa mujer sin escrúpulos que tanto me decía no existía.
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