—Vaya, no lo aparentas —se cruzó de brazos—. Te gano por tres años —vaya, no me equivocaba cuando dije que parecía mayor, tan solo soy una niña para él. Mordí mi labio al recordar que si mi padre me viera hablando con el hijo del Señor Stein, sería castigada, eso implica nada de celular ni de salir con amigas—. Pareces nerviosa.
—Solo que me olvidé hacer unas cosas que me fueron mandadas. —mentí, Edward hizo un juego con sus cejas y se acercó a mí sigilosamente.
—Tu padre no quiere que estés cerca de mí, eso lo sé —tomó un mechón de mi cabello con suavidad—. ¿Temes de mí? —me quedé petrificada ante su cercanía.
—No es eso, solo que no confía en ti, eres mucho mayor que yo.
—¿Teme que te corrompa? —entrecerré los ojos. No estaba entendiendo.
—¿A qué te refieres con eso? —él tomo mi rostro con ambas manos, una sonrisa misteriosa y estremecedora formó en sus labios.
—Puedo mostrarte el mundo de otra faceta, lo divertido. —abrí mis ojos. Mi padre no lo aceptaría. Me alejé de él como si tuviera una peste.
—No quiero tener problemas. —extendió sus manos.
—No te obligo, solo tú serás la que sabrá elegir —se aproximó juguetón—. Sé que mueres por descubrir mi mundo —retrocedió unos pasos sin despegar su mirada de la mía—. Si cambias de opinión, sabes dónde buscarme. —sonrió sobrante y caminó nuevamente a su casa.
Me quedé intacta en el sitio. ¿Qué acababa de suceder?
*
Mi padre volvió algo cansado, mi madre fue internada de nuevo y él debía volver al hospital. Pedimos una pizza y nos sentamos a cenar.
—Siento tanto hija querida que pases por esto. —pasó sus manos por la cabeza con frustración.
—Papá, sabes que no debes sentirlo. Yo soy consciente de que mamá algún día no estará entre nosotros. —bajé la mirada, devastada.
—Haré todo lo posible para que tú tengas un futuro digno. —tomó mi mano con dulzura.
—No pienses en mí ahora.
—Tu eres mi tesoro, no soportaría que te suceda algo —sonreí y tomé un sorbo de jugo. Mi padre miró la hora de su reloj y se puso de pie—. Debo marcharme. Escucha hija, cierra todo y llámame cualquier cosa. —asentí con ansiedad.
Mi padre tomó unas cosas de mi madre y salió de la casa casi a los trotes.
Cerré la puerta rápidamente y pegué la espalda en ella liberando un suspiro. Corrí a mi habitación y me puse un jean, playera blanca y mi chaqueta de cuero, me peiné un poco y me observé en el espejo.
¡Qué estaba haciendo! ¿Quería hacerlo? Pues sí, un poco de diversión no le hacía mal a nadie.
Salí por la puerta trasera de la casa y me crucé al jardín de los Stein. Estaba sobrepasada de nervios. Me paralicé en medio del patio al notar que alguien se acercaba.
—Viniste. —su voz me estremeció.
Giré a él y sonreí.
—Pues... tengo algo de curiosidad. —amplió una sonrisa y tomó de mi mano.
—Pues vamos —lo seguí por detrás casi a las corridas. Subió a su motocicleta y se me quedó observando, ya que me quedé inmóvil—. ¿Qué sucede?
—Es que nunca hice esto —extendió su mano.
—¿Confías en mí?
—Creo que sí. —dudé.
—Te protegeré —sus palabras me convencieron. Tomé de su mano, subí a su gigantesca motocicleta y me aferré a su cintura.
Noté que Edward detuvo su motocicleta frente a un club y me ayudó a bajar con educación.
—Pues, señorita Dumont, esta noche sabrá lo que es la diversión. —sonreí dudosa y tomé de su mano para caminar juntos hacia el lugar que aparentaba ser ilegal, ya que estaba bastante desapercibido por su fachada abandonada.
Al ingresar, noté muchas personas bailando, con luces de neón que alumbraban el sitio. Había una música que perforaba mis oídos y mucho olor a cigarrillo y m*******a. Edward se detuvo frente a una puerta. Al abrirla nos encontramos con un grupo de personas sentadas en sillones, donde parecían estar tentados de la risa. Al notar nuestra presencia callaron.
—Vaya, Stein trajo una compañía. —dijo un tipo más o menos de la misma edad de Edward.
—Matías. —lo saludó con un abrazo.
—Ella es Isla Dumont, quiere conocer nuestro mundo.
—Vaya, eres nueva en esto. —se acercó a mí con una amplia sonrisa.
—Creo que sí. —dije con una voz tan finita que casi no se escuchó.
—Pues, debes probar esto —me entregó una bolsita con polvo blanco, sabía perfectamente lo que era. Miré a Edward asustada, él se acercó y le quitó la bolsa a su amigo y la dejó sobre una mesa de cristal.
—No queremos atormentarla, solo que esté a gusto, vamos despacio. —le advirtió.
—Demonios, de veras te gusta. —bromeó su amigo incitando a los demás que se unieran a su conversación. Todos posaron su mirada en mí como si fuera una presa apetitosa, me sentí terriblemente incomodada. Edward bajó su mirada a mí y me hizo una mueca.
—Mejor vamos a un sitio más tranquilo. —murmuró.
Tomó de mi mano y salimos de la enorme habitación para continuar subiendo escaleras. Concluimos en la terraza del edificio abandonado. Nos sentamos sobre una tapia que no tan alta y me observó silencioso.
—Lamento lo de hace un rato, mis amigos son algo especiales. —sonreí.
—No te preocupes, creo que me vieron la cara de niña. —él tomó mi mentón y lo posicionó para que lo mirara.
—Eres muy hermosa Isla, aún no creo que estés aquí conmigo. —sentía mi cuerpo tembloroso.
—¿Por qué no lo crees?
—Siempre te veía haciendo las cosas de la casa, ayudando a tu madre y nunca pude acercarme a ti, tu padre siempre fue algo reacio.
—Y no sé por qué. Tú no eres mala persona. —miró al frente con el ceño fruncido.
—Hay cosas que no se pueden cambiar. —confesó.
—¿Qué quieres decir? —volvió a mí con una frágil sonrisa.
—Somos de mundos diferentes.
—Mi padre es un simple vendedor de joyas, no veo que mundo tan distinto al tuyo sea. —él se me quedó analizando unos segundos.
—¿Vendedor de joyas? —dijo sobresaltado. Me tomó por sorpresa su expresión.
—¿Dije algo malo?
—No, solo que me sorprendí.
—¿Tu padre que hace? —lo note tenso de repente.
—Es dueño de una casa de instrumentos.
—Vaya. —asintió inquieto. Me tomaba la atención que se estuviera comportando tan nervioso, como si algo le incomodara.
*De regreso a casa, Edward me acompañó, el viaje de vuelta fue en silencio. No sé qué le había pasado.
—Si dije algo que no te agradara, lo siento. —me disculpe, pero tan solo tomó de mi rostro y me besó. Cerré mis ojos y enredé mis brazos en su cuello.
—Me gustas, de hace tiempo. —sonreí con amplitud y lo abracé como una niña.
—Tú también Edward —escuché que suspiró para luego apartarse.
—Espero que tu curiosidad permanezca —asentí sonriente—. Buenas noches. —besó mis labios con un corto beso y se alejó.
—Buenas noches. —murmuré extasiada.
Él se detuvo en mitad de camino y giró a mi.
—Isla, esto es entre tú y yo.
—No te preocupes, es nuestro secreto. —rebosó una sonrisa y continuó con su camino.
Llegué a mi habitación y caí rendida a la cama con los brazos extendidos mirando el techo. No podía sentirme más feliz. Edward Stein se fijó en mí, gustaba de mí.
¡Dime que estoy soñando!