A partir de aquí, coge otro rumbo, años diferentes...
Espiaba a través de mi ventana al joven misterioso que tenía como vecino. A la hora de la tarde salía a leer a su jardín. ¿Sabrá que tenía una admiradora? Sonreí como tonta al observarlo. Liberé un suspiro acostándome sobre la cama, con la mirada hacia el techo.
Porque mi padre no me dejaba juntar con él, siempre me decía que era mala persona, al igual que su padre. Volví a espiarlo con mi ceño fruncido. Yo no lo veía mala persona.
—Hija, llevaré a tu madre al hospital, hazte cargo de regar el jardín, sabes cómo es ella con las plantas. —me asusté al notar a mi padre detrás de la puerta.
Me levanté y los acompañé hacia planta baja. Mi madre padecía leucemia, y sabíamos que le quedaba poco tiempo. Al verla una lágrima se deslizaba por mi mejilla, pero me mantenía fuerte, ese momento llegaría tarde o temprano.
Cuando ambos se alejaron con el coche, me quedé observando la calle desolada con agonía, ese día cuando mi padre vuelva sólo en el coche y me dé la noticia de que mi madre no resistió, sé que me desmoronaré, mi corazón hará un vuelco. No seré la misma.
—Lamento lo de tu madre. —volteé asustada, casi tropezando conmigo misma al escuchar una voz masculina detrás de mí.
Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza al notar que era Edward Stein, el vecino que mi padre tanto me impedía acercar. Era perfectamente irreal, alto, ojos azules, pelo remolinado y aspecto de chico malo. Aparentaba ser más grande que yo, definitivamente. Apenas era una adolescente para él. Hice una mueca. Era una niña, de seguro tenía millones de jóvenes a su alrededor.
—¿Estas bien, Isla? —percaté que estaba mirándolo embobada, sacudí mi cabeza y sonreí con torpeza.
—Si, solo que... me asustaste. —torció una sonrisa y escondió una mano en su bolsillo.
—Lo siento no era mi intención.
—¡No te preocupes! —dije rápidamente—. ¿Qué leías? —agachó la mirada al libro que sostenía con el libro.
—El resplandor de Stephen King —me mostró la tapa y asentí—. No es de tu tipo, ¿verdad? —Tu eres mi pasatiempo en las tardes, pensé.
—Temo que no. —hizo una mueca divertida y se cruzó de brazos.
—Entonces, señorita Dumont. ¿Cuál es su pasatiempo o que le gusta leer? —sonreí intimidada. Sus ojos eran penetrantes.
—Los juegos del hambre. —abrió sus ojos.
—¿Es recomendable? —se me insinuó, pero retrocedí por inercia.
—Si. —se alejó un poco y volvió a mirarme fijamente.
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis.