Capítulo 16

4220 Palabras
Esta mañana incluso el más leve sonido envía punzadas dolorosas a mi cabeza. Cuando fue a despertarme, pasado el mediodía, Anna enseguida advirtió que quizá me había pasado con la bebida la noche anterior. Pese a todo lo que me dio para disipar los síntomas de la resaca, algunos siguen ahí, torturándome. Descansé un lado de mi cara sobre la palma de mi mano, la vista fija en el plato vacío frente a mí. Este comedor es de lejos más abrumador que el del departamento; con una decoración excesivamente ostentosa y sillas para que toda una comunidad se reúna a la mesa. Hay dos chicas, aparte de mí, dando vueltas por ahí como si sacudieran el polvo de las cosas, y aun así me siento sola. Un golpe repentino a escasos centímetros me sobresaltó, haciéndome dar un respingo antes de elevar la mirada para averiguar su origen. Damon, ubicado a un costado, había dejado caer su mano con fuerza justo al lado de mi plato. —Finalmente. Hice una mueca. —Me duele la cabeza, por si te interesa. —¿La verdad? No, no me interesa. Le fruncí el ceño, siendo plenamente consciente de la vibra hostil que emana de él. Sé que no pudimos volvernos mejores amigos en una noche, en especial porque yo no fui lo que se dice receptiva, pero tenía la sensación de que ese había sido un paso en la dirección correcta. Apenas recuerdo lo que pasó anoche; hay fragmentos de imágenes y momentos dando vueltas en mi cabeza, sin coherencia o secuencia lineal. Francamente, no hay mucho en mi memoria desde que perdí la cuenta en la cuarta botella de esa cosa espantosa que decidí beber. Sin embargo, no creo que hayamos peleado al punto de merecer la frialdad con la que está tratándome. ¿Ni siquiera “buenos días”? ok, bien por él. Así será entonces. —¿Qué quieres, de todas formas? —Esta mañana estuve esperando a que te levantaras. No me quedó más opción que irme. Desearía que no trajera lentes oscuros, es imposible ver lo que está pensando. —¿Acaso es ilegal dormir aquí? Apretó la mandíbula. —Iré al grano; me retracto sobre eso de llevarte conmigo a donde sea que vaya, no creo que sea buena idea. Contraté a un guía turístico para que recorran juntos el país y toda esa mierda. Tampoco me parece bien que te quedes aquí viendo cómo Anna trabaja, así que… bueno, eso. Entreabrí los labios, genuinamente sorprendida, porque no me esperé que la idea de pasar tiempo conmigo le hubiera fastidiado sin que siquiera lo hubiéramos intentando realmente. —¿Un guía? ¿No crees que eso debiste consultármelo antes?—pero preferí alzar mis barreras e irme por el lado en el que sé que no me pondría vulnerable. —Normalmente hago con mi dinero lo que se me antoja. —Sí, pero estás actuando como si debieras deshacerte de mí; como si fuera una niña de la que preferirías no ocuparte. Y no es así. Vine porque me interesa conocer el país y despejar mi mente. No porque quisiera molestarte. Damon inhaló hondo. Continua pareciéndome un tempano de hielo. —Sé perfectamente por qué estás aquí. No lo hago por los motivos que tú crees. Aunque te parezca imposible, tengo buenas intenciones. ¿Podríamos, por favor, hacer esto sin pelear? Esto. ¿A qué se refiere exactamente? Suspiré, resignándome. —De acuerdo. Él asintió, por fin mostrando algún tipo de emoción al parecer satisfecho, y dio media vuelta para alejarse. —Espera, ¿tengo que vestirme, o algo así? —No, el recorrido empieza mañana. Y listo. Después de esa breve e inconsistente conversación no me dirigió nuevamente la palabra. Pasé todo el día en pijama, estudiando la enorme mansión. Thomas no me atendió cuando le llamé, y tras revisar mi historial descubrí que de hecho había intentado comunicarse conmigo durante gran parte de la madrugada, por lo que le dejé un mensaje contando todo lo que creía que se había perdido, incluyendo la parte en la que Damon admite que se ha fugado desde hace mucho a un bar en el que nadie nunca esperaría encontrárselo. Luego me quedé un rato sentada sobre el alféizar de una ventana, con la vista perdida en el hermoso paisaje del exterior. Dado que no me apetecía hacer algo que incluyera actividad física, opté por consumir toda la tarde hablando con mis padres y con Olive, poniéndolos al corriente de lo que pasa en mi “emocionante” vida (como ahora les parece porque convivo con un multimillonario). Acabé la última charla tendida sobre mi cama, llegando a la conclusión de que, como me sentía mejor, podía hacer el esfuerzo de ducharme y ponerme un conjunto de ropa más decente. A la hora de la cena sólo estábamos Elizabeth y yo dentro del comedor, en lo que alrededor de cinco personas se turnaban para pasarnos todo lo que podríamos necesitar. Fue un poco raro verla sentada, siendo atendida justo como yo. Vagamente recordé a Damon hablar sobre ella, sobre su relación. No estoy segura de qué habrá dicho, pero al menos admitió que fueron novios. Supongo que así eran las cosas para ella en ese entonces. Pensé que me lanzaría alguna otra advertencia, pero se limitó a evitar mirarme a toda costa. Cuando intenté pasar por su lado, fuera de la habitación, alargó un brazo para detenerme por la muñeca. —No sé qué hiciste, pero te lo agradezco. Damon no quiere pasar más tiempo del necesario contigo, y como ya había dicho que alguien lo acompañaría a ciertos lugares, te reemplazaré yo. No se me ocurrió qué decirle. ¿Tendría que sentirme aliviada, sorprendida, enfadada? Porque desde que nos encontramos más temprano sólo he estado confundida. —Y como a ti te encanta ser su mascota; corriendo tras él todo el día, debes estar muy contenta ¿no? Tiré de mi brazo para liberarme, saliendo de allí antes de que pudiera replicar. En Elizabeth veo a una chica desesperada y dolida que se niega a aceptar que la vida como la conocía no volverá. Prefiere fingir que otras personas y circunstancias ajenas a sí misma tienen que ver con que Damon no pueda perdonarla, y actúa de una forma realmente patética al no saber lidiar con ello. Aunque se equivocó e hirió a una persona que probablemente se preocupaba por ella, no merece cargar con el peso de mendigar segundos de su atención por el resto de su vida, siempre anhelando más, pero, sinceramente, eso es algo que se está haciendo ella misma. Olive, desde luego, está pletórica por saber que ando con el grandísimo Damon Walsh en una de sus propiedades exclusivas. Llenó nuestro chat de motivos por los que Thomas me ama, considerando que está “desviándome” los beneficios de tener a un mejor amigo como ese. Comenzó a preguntarme de diferentes maneras si podría presentárselo, o si me parece que ella sería su tipo. Le dije que con dos minutos en la misma habitación que él se le olvidaría que alguna vez le pareció lindo. Y ella aseguró que se sentiría sumamente privilegiada si pudiera estar a solas con él más de cinco segundos. En fin. Traté de que su nueva fase de también-idolatro-a-Damon no me estresara y respondí pacientemente a todas sus preguntas sobre el tipo de alfombra que ponen en casas como esta o la rapidez con la que alguien acude a mí si de casualidad necesito que le suban a la calefacción. Cuando pasé por la sala principal noté que Damon estaba ahí, rodeado de otro montón de personas, y supuse que acababa de llegar. Elizabeth estaba de pie en las cercanías, hablando con una chica mientras ambas reían. Nadie me prestó atención, y yo caminé hasta mi destino: la cocina. Temí que hubiera alguien ahí, pero estaba desierta, así que extraje yogurt del refrigerador y me senté a comerlo en el silencio de la habitación. Cada zona es tan grande que no se escucha nada de la habitación contigua. Y los electrodomésticos son tan sofisticados que no producen ningún ruido molesto. Me entretuve otro rato con el teléfono, sospechando que debería irme a la cama, hasta que se consumieron otras monótonas horas de mi vida. En algún punto me pregunté qué diablos estaba haciendo ahí, perdiendo el tiempo cuando podría hacer literalmente muchas cosas increíbles, sin embargo, no es que me sintiera con unas particulares ganas de existir. Ciertas imágenes incomprensibles siguen dando vueltas en el fondo de mi cabeza. Me preocupa estar olvidando algo importante. Nunca me había sentido tan superada por el alcohol. Esta mañana vomité tres veces. Al ir de regreso a la habitación advertí que ya no quedaba nadie en la sala aparte del castaño. Ahora no trae nada encima aparte de lo necesario, y el gorro de lana que se dejó sobre la cabeza. Estaba hablando por teléfono, y no parecía contento. Aunque tendría que haber seguido de largo me entretuve fingiendo que súbitamente había tenido que revisar algo en mi celular, oyendo con muy poca discreción su parte de la conversación. —¿Y?... no me jodas, Thomas, ¿de verdad no hay nada que puedas hacer?—oyó un instante y luego resopló—. Pues no me parece que lo estés intentando. Mira, olvídalo, nos vemos en dos semanas. Y lanzó el teléfono al sofá más cercano. Ahogué una sentida exclamación en lo que lo vi volar por los aires, aterrizando tan aparatosamente que casi cae al suelo. La mirada se me quedó suspendida en el sitio donde pudo haber caído, mientras tanto Damon se dirigió airado a las escaleras, o eso supuse cuando desapareció de mi campo visual. Mi reacción fue marcarle a Tom, que atendió al instante en un tono cansino. —Hola, cariño. —¿Damon estaba hablando contigo? Suspiró. —Sí, ¿por qué? —Acaba de lanzar su teléfono como si fuera una pelota de goma. —Ah, vaya, se lo tomó peor de lo que pensé. —¿Qué cosa? —No puedo ir a su fiesta de cumpleaños. —¿Qué? ¿Por qué? —Bueno, no sería muy bien visto que pidiera días libres cuando no tengo ni un mes trabajando. —Pero… es Damon. Seguro donde trabajas lo conocen. —Sí, pero no me van a enviar a su fiesta con todos los gastos pagos para ponerlo contento. —Tom, tienes que venir… no puedes dejarme sola. —¿Lo estás pasando mal? Pensé en ello. La verdad es que no. Aquí, por alguna razón, me siento con más libertad de andar a mis anchas. Se respira un ambiente menos tenso, tal vez porque el espacio es amplio. —No, pero estoy segura de que habrá un montón de personas con las que no tendré nada en común, y no quiero estar sola en un rincón. —Cariño, de verdad no hay nada que pueda hacer. Yo esperaba que la fiesta fuera aquí, en el departamento, pero esto de Italia… Escucha, si no quieres estar ahí ese día puedes regresar antes. Sé que no ha pasado nada de tiempo, pero ya te extraño. Este plan fue quizás una mierda, habríamos tenido todo este lugar para nosotros. Me mordí el labio inferior, decidiendo cómo manejar esta situación desde un punto de vista que yo consideraría adulto. Odio ser el centro de atención la mayor parte del tiempo. No quiero causar problemas o armar un drama innecesario; que Damon y Madeleine tengan que reorganizar sus asuntos por mí. —Me lo pensaré. Yo también te extraño. —¿Qué hora es allá? ¿Podemos hablar hasta que te quedes dormida? —Tú mismo deberías estar durmiendo, pero sabes que no te diría que no. Esa noche reí por todo lo que Tom decía, como es usual cuando ambos estamos relajados y felices, pero tenía la cabeza en otra parte. Creo que sólo me tranquilicé, realmente, cuando dejé de estar consciente. Damon daba la impresión de haberse despertado seis horas antes que yo, o de que directamente no durmió, cuando me lo encontré de frente al salir de mi habitación la mañana siguiente. Ambos nos quedamos estáticos al reconocernos mutuamente, pero fui yo la que decidió que era ridículo no saber si debíamos saludarnos o no. —Buenos días. —Buenos días. Hoy también optó por colocarse un sofisticado par de lentes oscuros, lo que sigue sin tener sentido para mí. —¿Cómo dormiste? Ladeó levemente la cabeza. —¿Y a ti eso qué te importa? —Preguntaba por cortesía, idiota. Se recostó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho. —Ahórratelo, no necesito tu gentileza fingida. Le imité, en serio esforzándome por lucir igual de intimidante. —Como quieras. ¿Hay algo que deba saber sobre el guía turístico? —Bueno, pues que probablemente no te deje salir en shorts. Me miré las piernas, descubiertas en su mayor parte, y luego le fruncí el ceño. —Lo que yo use no es su problema. —Lo será si vas a salir con él en pleno invierno. En lo que a mí respecta, puedes hacer lo que te dé la gana, pero no me haré cargo si mueres congelada. Rodé los ojos, y como no se me ocurrió nada ingenioso u ofensivo que decirle decidí ir a desayunar. Pronto percibí que se me unía. Como me he dado cuenta es común aquí, las personas encargadas de cocinar preparan varios platillos para que podamos escoger qué nos apetece comer en el momento. Yo generalmente tomo lo primero que está a mi alcance, feliz porque absolutamente todo lo que hacen es una delicia. Y Damon, por el contrario, inspecciona cada opción con ojo analítico, quizás prueba un bocado de alguna y al final pide que alguien prepare cualquier otra cosa que no estaba en el menú. He visto que le obedecen sin chistar, casi con emoción, pero a mí me parece una falta de respeto. Me da la sensación de que lo hace sólo por molestar. Pero, al mismo tiempo, se muestra increíblemente satisfecho cuando le traen exactamente lo que exigió. Luego de servir nos dejan a solas, probablemente ocupándose de otros asuntos, y la magnitud del comedor se siente aún más sobrecogedora con Damon adentro, siendo la única otra persona sobre la que, además, mis ojos no se pueden posar. Ambos comimos en silencio, y justo cuando terminé mi vaso de jugo Anna apareció de pronto, deteniéndose junto a mí. —Vinieron por ti. Te espera un día emocionante—sonrió con fuerza, intentando transmitirme su entusiasmo. Pero tampoco es que hiciera falta. No mentiré; siempre he querido tener la oportunidad de hacer turismo, e ir a dos localidades reconocidas e importantes en menos de un mes es un sueño cumplido. Aunque suene un poco tonto, hice una lista durante el vuelo sobre las cosas que me gustaría hacer una vez aterrizáramos. Ahora tendré la oportunidad de llevarlas a cabo. Me levanté y asentí, saliendo de la habitación. Entonces Damon habló, logrando que frenara de golpe. —Consíguele ropa abrigada. Corto y preciso, Anna comprendió el mensaje. —De acuerdo. Yo me giré hacia él, con el ceño fruncido porque no esperaba que siguiera insistiendo. —Pensé que te daba igual lo que me pusiera—no cayó en la provocación, pasando de mirarme o prestarme la más mínima atención—. No puedes tomar ese tipo de decisiones por mí—continué, incapaz de contenerme. Damon se dirigió directamente a Anna, sin observarla tampoco. —En caso de que se oponga a usar lo que le des, no podrá salir de esta casa. —Pero… no puedo… no puedo prohibirle que se vaya. —Yo sí, es mi maldita casa y decido qué entra y qué sale; cómo y cuándo—dijo, pero tan en calma que el tono autoritario adoptó un matiz amenazante—. Y llamaré al equipo de seguridad si hace falta. Yo lo miré con los ojos muy abiertos, incrédula. ¿Cómo se atreve a tratarme como si yo fuera otro de sus candelabros, o una pared que puede vestir y revestir a su antojo? Volví a odiarlo, pero deseé con mucha más fuerzas salir en esa estúpida excursión para poder alejarme de él. Anna asintió, mirándome apenada antes de salir. —Vuelvo en un minuto. Apenas la oí. Estaba segura de que debía replicar, quejarme o imponerme, pero no sabía qué decir. De pronto no comprendía cuáles son sus motivaciones; si su preocupación porque de verdad me expusiera al frío o sus ganas de fastidiar. Alzó la vista al percibir que seguía en el mismo sitio, viéndolo, y pareció más irritado de lo normal. —¿Qué? Sacudí la cabeza, retrocediendo para terminar de irme. La respuesta es fácil de adivinar. Dos horas después, tras las presentaciones y una breve charla sobre lo que haríamos durante el día, me encontraba en el auto de Giorgio, el guía, mirando por la ventanilla. Honestamente no puedo quejarme ni del outfit que Anna eligió para mí, que es más elegante de lo que esperaba, ni de la personalidad de Giorgio. —¿Tus recorridos siempre son con tantas personas? Él me explicó que nos encontraríamos en un punto con todos los demás que se inscribieron en su programa, y que había querido tomarse el tiempo de venir personalmente por mí. Yo tengo la sensación de que Damon pagó una suma extra por esa atención personalizada. —En realidad, trato de personalizar de acuerdo a las preferencias de algunos clientes. Damon comentó que tú te sentirías más cómoda si no nos quedábamos a solas. Dijo que así es más probable que te enfoques de verdad en lo que importa. Arrugué las cejas. No entiendo de dónde sacó eso, pero acertó. En ocasiones me resulta imposible relajarme cuando hay pocas personas a mi alrededor; me vuelvo muy consciente de ellos, de la cercanía y de si debo causar cierto tipo de impresión. —Ah, vaya… supongo que ahora mismo soy esa cliente, ¿no? Asintió levemente, mirándome de reojo. —¿No lo eres siempre? —No. Digamos que todos estos… privilegios sólo existen porque conozco a Damon. Giorgio puso una cara que sugería que deseaba hacer más preguntas, pero que es lo bastante profesional como para contenerse. —De acuerdo. ¿Tienes alguna petición antes de comenzar? ¿Un sitio al que te gustaría ir primero? Sacudí la cabeza. —Por mí no te preocupes, puedes apegarte a lo que ya tengas planificado, me gustaría sorprenderme. Mi respuesta pareció gustarle, y dedicó el resto del camino a contarme datos curiosos sobre el país, su cultura y los habitantes. Cuando nos reunimos con el resto descubrí que eran un puñado de turistas entusiastas, justo como yo. Giorgio y su equipo nos llevaron a Venecia para iniciar con algo que no pudiéramos olvidar, y apenas puse un pie en ese escenario tan espectacular que sólo había podido ver a través de una pantalla se instaló en mi rostro una sonrisa que duró todo el día. Nos condujeron a ciertos puntos clave, dándonos el típico tour al tiempo que pretendían volverlo algo mucho más personal. Nos tomaron fotos, nos dieron comida y nos repartieron camisetas de recuerdo. Por la noche nos trasladaron a un club, y luego se tomaron el trabajo de dejar a cada persona en su respectivo destino. Giorgio se ofreció a llevarme a casa, a eso de las once treinta, y fui la única que no viajó en una de las tres camionetas suburbanas que teníamos a nuestra disposición. Esta vez no hablamos, cosa que agradecí. Me sentía feliz, pero sumamente exhausta, y quería perderme en mis pensamientos. Anna estaba en la entrada, justo después del portón metálico, como si hubiera intuido la llegada. Sujetó mi bolso, a pesar de que le aseguré que no era necesario, y comenzó a preguntar por mi día. Intenté contarle sobre aquello que más me impactó, lo que fue difícil en cuanto los recuerdos aparecieron dentro de mi cabeza, preguntándome cómo es posible que ella esté en todas partes. Es eficiente, extremadamente útil y muy agradable. Se esfuerza por hacerme sentir parte de esto aunque no tenía ni idea de mi existencia hasta que llegué. Me condujo al comedor, ayudándome a despojarme de las prendas que gracias a la calefacción van sobrando y poniéndome al corriente sobre los alimentos a mí disposición. Lo primero que noté fue que Elizabeth pincha un trozo de carne con fuerza, sus labios apretados y las cejas arrugadas, enojada. Luego, al otro lado de la mesa, Damon corta con movimientos diestros el suyo, alzando los codos al tiempo que parece ajeno a la furia silenciosa que emana de la pelirroja. Ella me miró primero, tensando la mandíbula, y él mucho después, cuando Anna me indicó que tomara asiento, absurdamente, a su lado. El castaño no trae lentes, pero sus ojos son tan inexpresivos como el par que cargaba esta mañana. Me examinó el rostro como si esperara encontrar algo, y pronto perdió el interés, volviendo la vista a su plato. Anna dijo que alguien traería mi comida y luego se marchó. Elizabeth no pudo contenerse otro segundo. —¿Te divertiste? Le fruncí el ceño, confundida porque me dio la impresión de que desea oír que se me quebró el tobillo. —Sí… —Qué bueno—a mi lado, Damon inspiró con fuerza—. Es lo menos que podrías hacer. —¿De acuerdo? —Porque estás disfrutando de todas estas comodidades sin pagar por ello. Erguí la espalda. ¿Qué demonios trama? —Pues sí, justo como tú. Sonríe sin mostrar los dientes. —Por supuesto que no. A mí nadie me incluyó en ningún tour. —Dios mío, Elizabeth, basta—intervino Damon, hablando con una severidad mucho mayor a la usual. —Sólo digo que… —A nadie le interesa si estás contenta o no con la situación. Ahórrate esta mierda. La conversación ya fue zanjada. Y si sigues enfadada con el mundo y conmigo por no cumplir con tus caprichos, entonces toma un maldito avión y lárgate. Su mandíbula se desencajó, y no pudo disimular que el golpe fue contundente. Observé cómo se le cristalizaban los ojos, pero la expresión de enojo superó cualquier otro sentimiento. Me quedé paralizada en mi asiento, viéndola ponerse de pie mientras hacía malabares para no llorar. Desde que la conozco, nunca había mirado a Damon con auténtica aversión. —Vete a la mierda. Damon no se alteró, ni siquiera cuando ella salió de la habitación con sus hombros empezando a sacudirse. A mí se me oprimió el corazón. Para este punto, no podría decir que ella me agrada, pero eso fue horrible en todos los sentidos. Y una parte de mí no termina de asimilar que una relación en la que una vez hubo amor se convirtiera en esto. El castaño debió percibir que lo miraba, porque se volteó hacia mí sin dejar de masticar. —¿Qué? —Eso fue… —No me interesa. Ella es libre de irse, si me odia. Siempre lo ha sido. Y tú también. —No se trata de eso, Damon. Incluso si ella no tiene motivos para tolerarte, tú deberías poder ser más amable. —Me fue jodidamente infiel, Roux, de tal manera que todo el mundo se enteró. A veces ni siquiera quiero verla. Y no sé de qué otra forma hacérselo entender. Me da igual herir sus sentimientos, no le debo nada, y no seré un puto ángel servicial con alguien que no tiene razones para exigirme nada. Soltó el tenedor sobre su plato. El estrépito me sobresaltó, pero no más que la desolación en su mirada oculta tras toda esa furia. Entendí que, pese a todo, la herida sigue doliéndole. Y quise abrazarlo. Me mordí el labio inferior, inclinándome hacia él para alcanzarlo, pero me detuvo mucho antes de que mis dedos pudieran rozarlo, echándose hacia atrás. El rechazo fue evidente, y me quedé ahí, intentando asimilarlo, a la par que él se ponía de pie. Me miró desde lo alto, con el semblante nuevamente desprovisto de emociones. Yo fingí que me alisaba las arrugas de la ropa, buscando algo que hacer con mis brazos. —Ángeles y demonios. Me tomó un segundo descubrir que estaba hablándome a mí. —¿Ah? —Es la temática de la fiesta. Decide cuál serás. Sus ojos centellearon de repente, y noté que la trayectoria de su mirada se desviaba ligeramente hacia mis labios antes de volver a sostener el contacto visual. Me tensé, pero el intercambio fue fugaz. Damon suspiró, retrocediendo para alejarse. Pensé en decirle algo, ¿pero qué? De pronto la mente se me había quedado en trance. Ángeles y demonios. —¿Intentas darme a entender algo?—pregunté al fin. Él no se giró, continuando su camino a la salida. —No. Intento averiguar qué es lo que quieres. Fruncí el ceño. ¿Lo que quiero? ¿Lo que quiero de qué? En cambio, la pregunta que me salió de alguna u otra forma le siguió el juego. —¿Para qué? —Porque, si lo descubro, quizás pueda dártelo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR