Damon.
—Madeleine va a odiarme por esto. Estoy rompiendo, por lo menos, cinco de las siete reglas que me impuso.
Frené en una esquina, mirando a la calle siguiente en pro de asegurar que estuviera tan desierta como esta. Media hora después de habernos escapado de casa, finalmente estoy arrepintiéndome de haber tomado tal decisión. Hace un par de minutos atrás Abigail fue incapaz de seguir tolerando el maravilloso y cómodo silencio que había, por lo que empezó a hablar sin cesar de múltiples cosas que, sinceramente, me traen sin cuidado. Por respeto al trato de ser “amigos” no le he pedido directamente que se calle, si bien es algo que haría sin dudar con cualquier persona que considere mínimamente cercana a mí. Supongo que para ella sería otro motivo más para despreciarme, pero es que, Dios, no cierra la boca…
Necesito poner en una balanza si es peor tenerla de enemiga o soportarla por el bien de una sana convivencia.
—Probablemente lo que más la enfadará será saber que salimos sin seguridad, o puede que sea la posibilidad de que nos vean juntos.
Blanqueé los ojos, avanzando sin detenerme a comprobar que se hubiera movido para seguirme. La peor parte es que yo ni siquiera me molesto por responder, de modo que la conversación la desarrolla ella solita. ¿No es ese indicativo suficiente de que debe hacer silencio?
—O quizás sea, en realidad, que no estás descansando como exigió…
—Madeleine no va a enterarse de esto. Y si ese fuera el caso, ¿por qué actúas como si te importara? A ti no puede hacerte nada; ni siquiera a mí, así que, por favor, ¿podrías superarlo?
Desde que aparcamos a cinco cuadras de aquí, aproximadamente, el tema que discutía consigo misma se desvió bruscamente hacia la potencial reacción de mi manager si supiera que decidí hacer exactamente lo que me plazca. No necesito que Abigail repita lo que ya sé. En general, no necesito que sea una acompañante aburrida que sólo puede centrarse en las consecuencias horribles de un acto que se supone es divertido.
—De acuerdo, ya no hablo más, si tanto te molesta.
—No fue eso lo que quise decir.
Pero me alegro de que así lo haya interpretado. Asumí que no diría nada más hasta que, cerca de la entrada a nuestro destino, me agarró el brazo con fuerza en lo que se acercaba para soltar una muy innecesaria exclamación en mi oído.
—¡Espera!
—¿Qué?
—No me digas que tu brillante plan de reforzar la amistad consiste en meternos a un club lleno de gente.
—Es un bar—corregí—, y aquí nadie va a reconocernos.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
—Porque no es la primera vez que vengo. Esa puerta no la cruza alguien que pueda interesarse mínimamente por las r************* , o algún medio de comunicación que no sea la radio.
—¿Y por qué la atravesaríamos nosotros?
—Pues precisamente por eso; es zona segura.
—Pero no podemos beber. Tú tienes una sesión importante mañana, y yo no quiero pasar mi primer día oficial en Italia con una resaca de muerte.
La verdad, poco me importa ponerme ebrio, pero ese no es exactamente el plan. Sólo quería llevar a Abigail a un ambiente en el que no se sintiera sobrepasada por la imponencia de mi dominio, por la influencia de mi presencia o por la cantidad de pequeños detalles que probablemente siempre la hacen pensar en todo aquello que nos diferencia. Si bien no me trata con el respeto suficiente como para creer que mi fortuna le afecta, no creo que podamos llegar a algo si sigue sintiéndose como si viviera a mi costa.
—Entonces no lo hagamos.
—¿Y qué nos queda? ¿Hablar?
—Básicamente.
—Hace menos de cinco minutos estabas hartándote de mi voz.
—Sí, y si continuas por ese camino volverá a pasar. Limítate a seguirme la corriente, te prometo que esto no será una completa tortura.
—¿Sólo en parte?
Dios, ¿por qué es tan molesta?
—Sí, Roux, sólo en parte.
Logré que me soltara el brazo, pero ni bien puse un pie dentro del local se adhirió a mí como si intentara protegerse algo, medio oculta por mi cuerpo. Nadie se inmutó ante nuestra llegada, pese a eso Abigail se acurrucó un poco más contra mí.
—Hay mucha gente—susurró, de modo que apenas pude oírla gracias al bullicio.
—Sí, y a nadie le importas una mierda. Relájate.
La escuché refunfuñar, pero no fue nada que pudiera entender. De todas formas aflojó ligeramente el agarre.
La conduje entre las mesas hasta el rincón más alejado, en la pared opuesta, junto a una pequeña ventana por la que se puede ver el edificio más cercano.
Ella se dejó caer en una de las tres sillas, de cara a la salida, y yo justo enfrente. La sensación de que iba a ser muy difícil tolerarla se evaporó instantáneamente, viendo su expresión de exagerada preocupación por algo que con toda seguridad no va a pasar. Puso la misma cara cuando le propuse que saliéramos la primera vez, en cuanto descubrió que me seguían más personas de las que intuía.
—Bueno, ¿ahora qué?
Me encogí de hombros.
—No tengo un plan.
Abby arrugó la nariz en lo que sus ojos escanearon los alrededores. No demostró lo que yo diría desagrado, pero no parecía creerse que estuviéramos aquí.
—¿De verdad ya habías venido?
—Sí.
—Este lugar no pega contigo.
Volví a encogerme de hombros.
—Está relativamente cerca de la casa, y siempre ha sido el único sitio en el que me dejan beber sin importar las condiciones; incluso cuando era menor de edad.
Esta vez sí mostró disgusto.
—Eso es ilegal.
—Intenta pasar sobria todas unas vacaciones con mi padre.
Descansó el costado de su rostro sobre la palma de su mano, ladeando la cabeza al tiempo que su mirada adquiría un matiz de curiosidad.
—¿Es el típico hombre demandante que espera que sus hijos sean una copia de sí mismos?
Pensé en Ricardo Walsh; un hombre cuya familia tuvo que labrarse un camino en un país extranjero con todos los obstáculos que algo así conlleva para poder subsistir, un soñador que cree que uno debe pasarse la vida persiguiendo nuestras pasiones, sin perder el sentido de la realidad (aunque dudo que él sepa qué diablos significa eso). Un hombre cuyas tácticas de manipulación son sutiles, casi imperceptibles; que siempre consigue la manera de que todo parezca hecho “por mi bien”. Un hombre que, aunque se esfuerza por mantener la mente abierta, le cuesta aceptar que pensamos muy diferente. Alguien que me ha animado a ser yo mismo, siempre y cuando mi personalidad no resulte muy desagradable a los demás.
También pensé en todas las veces que ha sido la única persona con la que me he sentido cómodo. En cómo se ponía de mi parte cuando mamá o mi hermano comenzaba a enumerar los motivos por los que no se puede quererme. En que, pese a todo, fue quien me acompañó a todos esos primeros castings de mierda, y en su rostro inexpresivo cada vez que le decía que no había logrado gustarle a nadie.
—No exactamente.
—¿Ah, no?
—Le gusta que tengamos personalidad propia… más o menos.
—¿Alguna vez han discutido por algo en lo que no estén de acuerdo?
Aunque para Abigail carezca de sentido, no suelo pelear con las personas que considero parte de mi vida. Odio las confrontaciones, me hacen sentir vulnerable, o expuesto a la posibilidad de hablar de más.
—No.
—Entonces no puede ser tan insoportable.
Me encogí de hombros, restándole importancia. Ahora que estamos aquí, donde se supone hablaríamos, me di cuenta de sólo tengo interés en oírla. No sé si estoy listo para contarle sobre mí.
—Supongo que no.
Abigail se echó hacia adelante en la silla, mirando por encima de mi hombro.
—¿No deberíamos pedir algo? ¿Una cerveza, por lo menos?
Entorné los ojos. ¿Acaso sufrirá de bipolaridad?
—¿Qué pasó con lo de no querer beber?
—Una pequeña cantidad de alcohol no podrá hacernos daño, ¿cierto?
—Cierto.
Me apuntó al pecho con el dedo índice.
—Y pagarás tú, porque eres asquerosamente millonario.
—Ya no te da vergüenza aprovecharte de mí ¿no?
—Considerando que fuiste tú el de la idea de ser amigos, no. Demuestra que en serio me aprecias.
Estudié su expresión un segundo. Dudo que hable en serio, pero de todas formas dije:—Eres increíble, Roux—cuando sus mejillas se enrojecieron añadí—, y no en el buen sentido.
Me puse de pie, buscando a alguien que estuviera dispuesto a hacer múltiples rondas en torno a nuestra mesa por un par de billetes. No me apetece estar cada cierto tiempo frente a la barra, luchando con otro montón de idiotas para que me tomen la orden. Un chico rubio se estampó contra mi pecho, de camino al baño.
—Eh, tú, ¿trabajas aquí?—le dije en italiano, procurando ser entendido aunque hace mucho no practico el idioma.
Elevó la mirada hacia mis ojos, mostrándose más serio de lo que estaba.
—Sí, y no quiero problemas, así que apártate.
Rodé los ojos.
—¿Quieres ganarte quinientos dólares?
Su semblante se suavizó, alternó la vista entre los trozos de tela que llevaba en las manos y mi rostro hasta que decidió pensar que no estoy tomándole el pelo.
—Hubieras empezado por ahí.
—Claro que sí. ¿Sabes inglés?
—Algo.
—Bien, ¿ves esa mesa de allá?—Abby nos observa desde su lugar con el ceño fruncido, seguramente ya a la defensiva, que es su manera preferida de estar. El chico asintió—. Quiero que le preguntes a esa chica qué quiere beber, que se lo consigas, aunque no lo tengas, y que, media hora después, pases a asegurarte de que no está necesitándote.
—¿Debo atenderla? ¿Y ya está?
—Sí, yo buscaré mi propia bebida, y al final de la noche te pagaré, ¿vale?
—Perfecto.
Estaba por irse, pero lo retuve por el hombro, repentinamente reticente a la idea de regresar a la mesa.
—¿Tienes cigarrillos?
—Dos…
—Dámelos. Y un encendedor. Puedes añadirlo a la cuenta.
—Bien.
—Si la chica pregunta, estaré afuera un rato. Dile que no se altere.
Aunque no me sorprendería tenerla siguiéndome en menos de dos minutos.
Me apoyé contra la fachada del local, alejado de la puerta, y encendí el primer cigarrillo.
No suelo fumar porque, en general, no debería hacerlo. Y tampoco es que me fascine el olor a nicotina. Pero en ocasiones es una actividad en la que concentrarse que relaja.
La primera calada se sintió como inhalar aire fresco después de haber estado conteniendo la respiración por mucho tiempo.
Las ideas que van y vienen dentro de mi mente, fastidiándome, siguieron ahí, pero de pronto dejaron de verse tan densas y potencialmente preocupantes.
¿Qué diablos estoy haciendo?
Aquí, con Abigail, cuando no debería haberla traído en primer lugar.
Me pasé una mano por la frente. Supongo que tener la piel fría es algo muy normal considerando la temperatura que hay, pero creo que, de hecho, es porque una horrible sensación está sacudiéndome desde el interior.
Las chicas no suelen provocarme demasiadas cosas, por lo menos no más de lo que es necesario para cada ocasión. Elizabeth fue la excepción más destacable; con ella podría haberme casado, aunque me perturba el compromiso, y ahora Abigail lo es.
No es que esté ansioso siempre que estoy a su lado. Pero algo incomprensible se estremeció dentro de mí la primera vez que la vi, y no puedo apartar ese recuerdo de mi cabeza. De forma recurrente siempre vuelve, en algún punto. Y aun intento darle un significado a eso.
No fue porque estuviera semidesnuda, ni nada que ver. Fue más bien la intensidad de su mirada. Esa maldita mirada que normalmente se dirige hacia mí con mucho desprecio, o disconformidad, o decepción… aquella vez me observó con cierta sorpresa, y admiración. Y nadie nunca me ha visto exactamente de esa forma sólo por existir, y por estar ahí, de pie, sin haber hecho nada meritorio.
También me intriga mucho que me odie sin razón, me hace pensar que oculta algo. Lo que es una mierda, porque también me produce la constante y ansiosa necesidad de descubrir el qué.
Y la verdad es que ella debería darme completamente igual, como supuse que sería cuando le propuse a Thomas que se quedara conmigo. Más allá de que hace feliz a mi mejor amigo… ¿ella qué? No tendría que sentirme tentado con la idea de acercarme. Si es obvio que no hemos tenido lo que se dice una amistad espontánea y verdadera, para este punto debería limitarme a darle los buenos días.
Aplasté la mitad del segundo cigarrillo contra el suelo nevado, empezando a congelarme. Abigail seguía en el mismo sitio, encogida sobre sí misma mientras le daba un largo sorbo a la que luce como una cerveza barata. Cuando la bajó, devolviéndome la mirada, noté que sus ojos brillan con más fervor. ¿Es posible que esté ebria ya?
Casi se me desencaja la mandíbula al descubrir que junto a sus pies hay unas cuatro botellas vacías, de la misma marca.
—¿Esa es la quinta?
Inmediatamente me arrepentí de haberla dejado sola, ni siquiera creo haber demorado demasiado. Y ella, como si no fuera la gran cosa, asintió con cierto orgullo.
—Tenía sed.
—¿Por qué…? ¿Acaso tienes resistencia al alcohol?
Arrastró una sonrisa por su rostro. No necesité una respuesta.
—¿Te preocupa la cuenta? Yo pago.
Me sostuve el puente de la nariz, irritado. Ella se terminó lo que le sobraba en un segundo trago. Entonces, como salido de la nada, el tipo rubio se apareció para ofrecerle otra botella ya destapada. Abby se la arrebató antes de que yo pudiera impedirlo.
—¿Y tú qué?—le gruñí. El chico torció los labios.
—Pues… he estado haciendo lo que me pediste.
Señalé a la lunática de Abigail, que se bebe el contenido de la cerveza como si fuera agua.
—No te pedí que la emborracharas.
—Y no lo hice.
—Van seis putas botellas en menos de una hora, ¿tú qué piensas que pasará?
—Bueno… se supone que yo tendría que traerle lo que pidiera, no es mi culpa que su plan sea beber hasta la inconsciencia—contestó, tan a la defensiva que automáticamente quise arrojarlo por la diminuta ventana.
—¿Qué tiene esa porquería?
De pronto pareció ofendido.
—¿Cómo?
Rodé los ojos.
—Ya me oíste, imbécil, ¿qué tan fuerte es?
Abigail cerró los ojos, dando la impresión de que se mareó, y luego siguió bebiendo.
—Es una bebida local. Suelen subestimarla porque su sabor es suave y afrutado, pero tiene un efecto contundente.
—¿Y es automático?
Empezó a asustarme la posibilidad de que fuera como una de esas drogas que te dejan fuera de combate casi de inmediato, en especial porque a pesar de la música Abby tiene que estar escuchándonos hablar de ella, y no ha hecho, como mínimo, un comentario.
Si de pronto se cae de la silla… j***r, no sé qué voy a hacer.
—No del todo… igual sería bueno que dejara de beber.
Apreté los labios, viéndolo con severidad.
—Sí, sería bueno, así que lárgate.
Entonces alzó los muros otra vez.
—Sólo hice mi trabajo, no tienes por qué tratarme así. Yo he sido muy respetuoso, y…
Casi visualicé la escena de su cuerpo volando a través del cristal, y cuando asimilé que esa no era exactamente una imagen mental saludable, o el tipo de pensamiento que mi psicólogo de hace un año querría que tuviera, decidí deshacerme de él.
Generalmente no traigo dinero encima, alguien como Madeleine se ocupa de pagar por mí si hace falta, pero esta noche tomé un fajo de billetes y lo embutí dentro del abrigo porque no conseguí nada en donde pudiera colocarlo. Así que extraje unos seis billetes y los puse contra el pecho del chico, sabiendo que por mucho estaba dándole de más.
—Ten esto y vete.
Lo sujetó, maravillado, sin detenerse a contarlo.
Lo retuve por la camiseta del uniforme en cuanto se giró, atrayendo su atención.
—Ni una palabra de esto a nadie ¿ok? Nunca. O te demando.
—Sí, vale, no te preocupes.
Se marchó, contento, y Abigail frunció el ceño hacia mí.
—¿Por qué la amenaza?
—Porque cualquier medio podría decir que Damon Walsh estaba emborrachando a una chica en un bar remoto de Italia.
—¿Y no es así?
Le quité la botella antes de que pudiera ponerle los labios, derramando el contenido sobre el piso.
—Por supuesto que no. No tienes ni idea del problema que te has ganado por esto.
Protestó, y como no me inmuté se echó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Castigarme?
Esperé resumir todo lo que su comentario me produjo en una profunda mirada de odio.
—Ya, ponte de pie. Nos vamos a casa.
—Pero si no hemos hecho nada…
—Para mí fue suficiente.
—No quiero irme.
—Triste.
¿Y si soy yo el que se arroja por la ventana?
Abigail no hace el más mínimo esfuerzo por levantarse. Y los tipos de la mesa más cercana comienzan a vernos. Genial.
—Los amigos pasan tiempo de calidad juntos. Siéntate, cuéntame de ti.
—No creo que quieras hacer una escena…
—A mí me da bastante igual, pero a ti no te conviene, ¿o sí?—apreté la mandíbula, su sonrisa tornándose maliciosa—, que te vean discutiendo conmigo… no puede ser buena publicidad.
Qué dolor de cabeza. ¿Por qué Thomas la soporta sin esperar nada a cambio?
—¿Qué harás si te quedas? Ya nadie va a traerte ninguna bebida porque no voy a pagarlas, y si me obligas a acompañarte ¿qué? ¿Crees que estaré muy contento y receptivo? ¿Que será una linda velada?
Empezó a rebuscar en sus bolsillos, pero dentro de su monedero sólo hay una factura vieja. Ni siquiera trajo su teléfono. Supongo que, cuando se apareció frente a mi habitación, trató de improvisar cada uno de sus movimientos para no arrepentirse.
Me miró con los ojos entornados, como si yo le hubiera robado el dinero y la felicidad.
—Bien, tú ganas.
Y se levantó. Tuve que atraparla para que no se fuera de cara contra el suelo. Ah, claro, pero ella quería continuar tomándose esa cosa horrible que podría ser el combustible de algo. Puse el monedero en mi abrigo y la coloqué delante de mí para estar seguro que no fuera a caerse de repente.
La caminata de regreso al auto se me hizo eterna. Casi suelto un auténtico lamento en cuanto noté que Abigail se había tropezado tres veces.
—Elizabeth es un poco extraña, ¿no crees? Porque cuando tú estás es muy amable y todo el rollo, pero cuando nos quedamos a solas estoy completamente segura de que desearía tirarme por las escaleras… aunque, pensándolo mejor, probablemente ese es un pensamiento recurrente, sólo que se contiene por respeto a ti o algo así.
—No es necesario que hablemos…
—Pero hay que hacerlo. ¿Y si mi vida corre peligro?
—No seas dramática.
Me vi en la obligación de tomarla por un brazo, impidiendo que siguiera caminando como si tuviera piernas de alambre.
Pensé que había ganado la lotería cuando nos subimos al auto sin que emitiera ni una palabra más. No obstante, apenas cerré la puerta de su lado y apoyé la espalda contra mi asiento volvió a abrir la boca. Contuve el impulso de estrellar la cabeza contra el volante.
—Sé que ella es tu ex—dijo, tímidamente.
No me sorprende, en realidad, porque hoy en día las personas saben mucho más sobre mi vida que yo mismo. No pretendía ocultarlo, de todas formas. Simplemente no es un tema que me encante discutir.
—Lo es.
—¿Y sigues sin creer que me odia?
Encendí el motor, negándome a responder. Elizabeth es un asunto que sigo sin saber cómo tratar. En cuanto a ella no dejo de tomar malas decisiones, y prefiero hacer como que no es un problema respirándome al oído.
—Me ha pedido que me aleje de ti.
Apreté los dientes. Sí, eso es algo que ella suele hacer con todas las chicas que pasan más de cinco minutos dentro de la misma habitación que yo.
—Dice que es por mi bien, o una mierda parecida. A ver, en un primer momento le creí, parecía preocupada por mí. Pero ahora pienso que sólo está celosa porque no me tratas como un tapete.
—A ella tampoco la trato así.
—Es evidente que no te cae bien, por lo que no tiene sentido que viva en tu casa.
¿Acaso importa si le cuento? Mañana no recordará nada de esto, debería dejar de preocuparme por lo que digo y lo que no.
—Elizabeth era el amor de mi vida. Me creí todo el cuento de las almas gemelas por su culpa. Hasta que jodió la relación, yéndose con aquel idiota que definitivamente no es mejor que yo… y luego, cuando se dio cuenta de que había arruinado todo, se arrepintió. Pero era tarde. Descubrí lo que había hecho y me fue imposible perdonarla. Por supuesto que le pedí que se fuera, pero insistió tanto en quedarse… al final ella solita llegó al acuerdo de que me trataría como si trabajara para mí, si eso me hacía sentir menos incomodo, para que yo accediera…
—Aguarda, ¿Todo eso de “Señor” lo impuso ella misma?
—Sí. Me rogó que no la echara, para no meterse en problemas con su papá, o con la sociedad en general. Así que decidió poner una barrera profesional entre nosotros. Y la verdad es que yo ya no supe cómo deshacerme de ella, por lo que acepté la propuesta.
—Y aquí estamos.
—Hasta que descubra cómo mandarla a casa sin armar un escándalo, sí.
Abigail se masajeó las sienes.
—Deberías decírselo y ya, ¿has sido honesto con tus sentimientos?
Una punzada de amargura me asaltó. Para mi desgracia, con ella lo fui siempre. Pensé que eso era suficiente, deseé que lo fuera. Pero ni siquiera las cosas que normalmente me ayudan a atraer a otras personas, como el dinero y mi físico, bastaron para satisfacerla.
—Sí.
Y supongo que, pese a su estado, Abby entendió que ya no me sentía preparado para seguir por ahí, porque por fin dejó de hablar. De reojo advertí que se quitaba la chaqueta, el abrigo y la bufanda, probablemente agobiada por la calefacción del auto.
Ingresar a la mansión fue un poco más complejo que salir. Por lo menos todo el equipo de seguridad se enteró de que me había fugado, y me preparé mentalmente para recibir el sermón de Madeleine que no tarda en llegar. Dejé el auto en la entrada, pidiéndole a alguien que se encargara de guardarlo, y cargué a una somnolienta Abigail.
La subí por las escaleras sobre mi hombro, agradecido de haberme sometido por años a rutinas de ejercicios que jamás pensé me servirían para algo como esto, tirándola sobre el colchón con menos delicadeza de la recomendada. Por un segundo tuve miedo de que rebotara y cayera contra el piso, porque si se parte la nariz no sabría explicarlo luego. Pero me miró con los ojos entornados y una sonrisita en los labios, como si no hubiera pasado nada.
Suficiente por hoy.
Me di la vuelta, pensando en si debería irme directo a la cama, y la cadena de pensamientos fue bruscamente interrumpida por el tirón inesperado que me llevó hacia atrás. Me tambaleé, con algo firme y asfixiante enredado en torno a mi cuello, y tuve que anclar los pies para no irme de bruces contra el cuerpo cálido de Abigail que reconocí al instante.
Oí que soltaba una risita cerca de mi oído, erizándome la piel.
—¿Tú no estabas casi dormida?
—Te ibas a caer.
—Sí, porque estás ahorcándome… ¿cuál es tu problema?
Llevé mis brazos a los suyos, soltándome. Cuando me giré choqué de lleno con una sonrisa más amplia, y vaya que no es insoportable cuando sonríe así. Casi se me olvida que estoy harto de ella.
—Sólo estaba pensando que hoy no me caes tan mal…
—Escucharte decir eso es lo mejor que me ha pasado en el mes.
—¿Tu sarcasmo nunca se apaga?
Bufé. Si hubiera tenido que oírse a sí misma toda la noche ahora no se querría ni un poco.
—Quédate quieta y duérmete, si vuelves a hacer algo estúpido le pediré a Anna que te amarre a la cama, ¿bien? Y no estoy bromeando, no tengo ganas de lidiar contigo, así que…
Y, entonces, pasó.
En un parpadeo Abigail se inclinó hacia el frente, eclipsando mis sentidos con su típico aroma a Lavanda y la mezcla que se formó gracias a la cerveza. Lo siguiente que supe fue que estaba presionando sus labios contra los míos.
Así, sin más.
Maldición.
El contacto es suave, inesperado y sobrecogedor. Una leve caricia. Y dura mucho menos de lo que parece, quizás unos tres segundos. Ni siquiera hace ruido al alejarse, lo que me hace pensar que a lo mejor empecé a delirar de repente. Y yo quedo ahí, atónito, con la boca entreabierta por la impresión.
—¿Ves que sí puedes hacer silencio?—dijo—. Te he dejado sin palabras.
¿Sin palabras? Podría darme un infarto.
Ella, más licor que persona, se mostró extrañamente victoriosa.
Estudió mi expresión, corroborando que no me encuentro en posición de decir nada, y su semblante fue volviéndose serio. Intercambió la mirada entre mis labios y mis ojos, y yo preví lo que haría antes de que se atreviera. Pese a eso, no logré detenerla. Me había congelado, con todas mis extremidades rígidas e inútiles.
Me besó de nuevo. Esta vez de verdad. Con todo el entusiasmo y la pasión que besar implica. Enlazando los brazos tras mi cuello y acercándose tanto que por un segundo todo lo que pude percibir fue a ella. Abigail y su tacto, Abigail y su calor, Abigail y sabor, Abigail y su olor… reaccioné cuando su lengua se paseó por mi labio inferior con lentitud, como invitándome a participar y a volverlo algo más profundo.
La tomé por los hombros y la alejé, retrocediendo al mismo tiempo que mi empujón la movía varios centímetros hacia atrás, con la respiración agitada a pesar de que yo no le devolví el gesto.
Su rostro se encuentra sonrojado a más no poder.
La miré como si nunca hubiera estado frente a mí antes. La desconozco, de verdad que sí. Pero no sé si en el sentido que debería.
Pese a tener la garganta seca, me esforcé por hablar cuando transcurrieron unos dos minutos sin que ninguno dijera nada.
—Thomas te ama.
Se llevó las manos a la boca, como si recién recordara ese pequeño detalle.
—Thomas me ama.
—Y tú a él.
No sé por qué eso último me surgió en forma de pregunta. Nunca siento el pecho oprimido, por nada, como está pasando ahora mismo.
Cayó de rodillas sobre el colchón, tan descolocada como yo. Era probable que su cerebro intoxicado apenas asimilara lo que esto representa.
Y como si la cosa no pudiera ponerse peor, la pantalla de su teléfono se encendió gracias a una llamada entrante. Ambos desviamos la atención hacia la mesita en la que descansa, pero fui yo el que se acercó.
Por supuesto, el que llama es Thomas.
Cerré los ojos una milésima de segundo, con fuerza para ver si con eso podía borrar las últimas dos horas de mi vida. Cuando los abrí de nuevo íbamos por la segunda llamada perdida.
—¿Quién es?
La voz de Abby fue un susurro temeroso. En realidad no quiere conocer la respuesta. Yo me obligué a pensar con la cabeza fría.
El nivel de ebriedad de ella es altísimo, y él se encuentra a kilómetros de aquí. Al final, yo soy el único que realmente sabe lo que ha pasado. Y puedo manipular eso a mi antojo.
—No lo sé, el número no está registrado.
—¿No es…?
—No.
—Bien.
Ahora se abraza las piernas contra el pecho.
—Quiero dormir.
—Hazlo.
—¿Puedes quedarte, mientras tanto?
—No.
Inhaló hondo, acostándose de costado.
—De acuerdo.
Puse el teléfono con la pantalla hacia abajo y la observé medio minuto antes de salir, desde la puerta.
Como muchas otras cosas en mi vida, esta noche sería enterrada en lo más profundo de mis recuerdos.