Capítulo 14

3034 Palabras
Jamás me dejaré intimidar por Damon Walsh. O por lo menos no permitiré que él lo note. Nos adentramos a un camino menos pavimentado, el chofer reduciendo la velocidad. En el horizonte aparece un portón alto y de diseño intrincado con una letra “W” justo en el centro, n***o y brillante. El auto hizo una breve pausa mientras las rejas se abrían, y Damon alzó la mirada de su Tablet para estudiar el exterior, suspirando. No está haciendo esto porque así lo haya decidido, lo que con toda seguridad le estresa muchísimo. Cuando cayó en cuenta de que pasaría su cumpleaños aquí, recluido hasta que Madeleine lo considerara apropiado, armó otro drama que todos tuvimos que soportar de camino a su aeropuerto privado. Consiguió serenarse una vez nos detuvimos frente a su jet, diciendo que pretendía salir a todas las fiestas que se le atravesaran y que nadie podría impedírselo. Madeleine ni siquiera intentó discutirlo. Yo casi me reí. ¿Con qué derecho insinúa que yo soy la caprichosa?, pero me arrepentí en último minuto, sospechando que en casos así es mejor no atraer su atención hacia mí. Desde su lugar, Elizabeth admiró el movimiento automático del portón con la ilusión brillando en sus ojos. Nos estacionamos pocos metros más adelante, saliendo del camino. Detrás de nosotros pararon otros cuatro autos más, en donde viajan todas las personas que se encargarán de que nuestra estadía aquí vaya según lo planteado por Madeleine. Alguien abrió la puerta para Damon, que puso una mueca como si en realidad esperara demorar el momento en el que tuviera que bajarse hasta que la cuestión se convirtiera en algo de vida o muerte. Y luego también hicieron lo mismo con la pelirroja. Un chico joven le extendió la mano para ayudarla a bajar, pero a mí me miró con el ceño fruncido cuando dudé, tras ella, de si debería esperar algún tipo de cortesía por su parte. Damon pareció darse cuenta de la extraña e incómoda situación. —¿Vas a quedarte ahí toda la tarde? Encárgate de las maletas. El chico dio un respingo antes de disculparse en italiano, bajar levemente la cabeza y marcharse. Me volví hacia Damon con los ojos entornados. —¿Hacía falta que te comportaras como un imbécil? —Estaba viéndote como si te hubieras colado en el auto. —Pues probablemente es porque eso parece. No debe tener ni idea de quién soy. —¿Y? Si estás conmigo tiene que tratarte mejor que eso—replicó, extendiéndome un brazo. Tardé más de lo esperado en reaccionar, un tanto sorprendida por su comentario. En cuanto envolví mis dedos en torno a los suyos ajustó el agarre, tirando de mí hasta que estuve de pie justo en frente, percibiendo a ráfagas intensas el olor de su perfume. —No necesito que seas grosero con tus empleados por mí, y mucho menos si no están haciendo nada malo. Damon blanqueó los ojos. —Precisamente, Roux, no les pago para que hagan nada, así que ya veré yo cómo me dirijo hacia ellos. Una chica se acercó deprisa con dos chaquetas polares, agitada y con las mejillas rosadas por el frío. —¿Necesitan abrigarse? Damon negó con la cabeza, pero yo tomé la que me ofrecieron casi de inmediato. Lo curioso del caso es que ella parecía más preparada para verme que el chico de hace un rato, aunque, cuando echo un vistazo hacia atrás y descubro que Elizabeth no se colocó nada más encima, concluyo que a lo mejor sólo me pasó la prenda que la pelirroja rechazó. Dudo que Madeleine le haya mencionado a alguien mi existencia, tomando en cuenta que reiteró muchas veces que no debo ser exactamente vinculada a Damon. Todas las personas que tienen un trato más cercano con el castaño han firmado un acuerdo de confidencialidad en algún punto de sus vidas, pero siempre está la posibilidad de que cierta información importante se filtre. En cualquier caso, lo que Madeleine necesita es asegurarse de que nadie siga diciendo que él y yo tenemos algo, lo demás le da bastante igual. Elizabeth se reunió con nosotros, formando un pequeño grupo de cuatro, y entonces una mujer esbelta y con el cabello atrapado en un moño tirante se puso a la delantera, dándonos la bienvenida y una pequeña introducción como si en realidad hubiéramos llegado a un hotel cinco estrellas en la montaña, y no a la propiedad del castaño. El profesionalismo y el detalle a la hora de hablar sobre cualquier cosa fue bastante inesperado. Yo supuse que todos seguiríamos a Damon a la entrada y ya. —Si me permiten, los guiaré hasta sus habitaciones. ¿Les gustaría ir andando, o de otra forma? Aunque la pregunta iba dirigida a todos, sus ojos permanecieron sobre Damon al esperar por una respuesta. —Podemos caminar. —Excelente, síganme. Luché por ponerme al nivel de él, cuyas zancadas son mucho más amplias que las mías, para susurrarle al oído. —¿Nunca habías estado aquí? —Sí. —¿Y por qué ella actúa como si no te conociera? O directamente como si tú no hubieras pisado nunca este lugar. —Cada dos años el personal que trabaja para mí, cuidando mis casas y eso, es rotado. Algunos son trasladados a otros sitios y algunos son despedidos. A veces coincido con muchos de ellos, pero también pasa que, en realidad, nunca los llego a conocer a todos. Además, la última vez que estuve aquí fue hace tres años. —¿Y todo sigue como lo recuerdas? Negó con la cabeza. —Cuando estoy aburrido hago muchas cosas. Reformar mis propiedades es una de esas. Seis meses atrás remodelaron ciertos sectores de esta; el jardín, por ejemplo. —Espera, ¿estás diciéndome que un día al azar tú te sientas detrás de tu escritorio y decides cambiar por completo la imagen de una casa a la que jamás vas? —Básicamente, sí. —Dios mío, regálame tu vida. Damon no ha dejado de verse mortalmente inexpresivo. Uno pensaría que, por lo menos, se fijaría en cómo ha quedado su nuevo jardín, pero se limitó a caminar tras la mujer, llamada Anna, sin interesarse por nada más. —Toda tuya. Comencé a pasear la vista por los alrededores, maravillada al instante por la belleza de las flores, del césped, de los arbustos, las enredaderas y las estatuas de más de dos metros de altura ubicadas cada cierto tramo, distanciadas la una de la otra sólo lo suficiente para que se pueda apreciar los detalles y el significado por individual antes de tener que enfocarse en la próxima. El paisaje es precioso, con colores resplandecientes aun cuando estamos en invierno y la mayor parte de las plantas están cubiertas por unos cuantos milímetros de nieve. —Cuidado al caminar. Habíamos despejado la vía, pero me temo que no se puede luchar contra el clima. Elizabeth se metió justo en medio de Damon y yo, aprovechando que tomé distancia, y se enganchó al brazo de él, importándole muy poco que yo estuviera presente y que su cabello me golpeó un costado del rostro. Supongo que ha decido abandonar las formalidades con él y las sutilezas conmigo. Damon giró el cuello hacia ella, mirándola con el entrecejo fruncido. —¿Qué haces? —He estado a punto de caerme, el suelo está muy resbaladizo. Él endureció la expresión. —Sí, claro. Pero no la apartó. Y en silencio terminamos un recorrido de cinco minutos que nos condujo, finalmente, a la casa. El aliento se me estancó en los pulmones, mis ojos paseándose por la fachada de la mansión que se yergue en medio de toda esa vegetación. El estilo es bastante clásico, semejante a la arquitectura griega, y los dos amplios balcones ubicados justo en la cima de las cuatro plantas son, en definitiva, la cereza del pastel. Pese a ser estructuralmente similar a los edificios gubernamentales, los toques modernistas comenzaron a verse desde la escalera. Tres hombres con el uniforme típico de cualquier mayordomo promedio esperan en la entrada, firmes. Tras saludar aseguraron estar a nuestra disposición las veinticuatro horas del día, siguiéndonos al interior en lo que Anna iniciaba una explicación concisa sobre la distribución de los espacios y lo que podemos hacer aquí adentro para divertirnos. Al parecer, las habitaciones principales se encuentran en las dos últimas plantas, por lo que nos llevaron directamente hasta allí. No le presté mucha atención al interior, me distrajo la forma en la que Elizabeth pretendía adherirse al castaño a toda costa. —Ya no hay nieve—gruñó él, dándose cuenta de que no es necesario continuar soportándola. —Sí, lo sé, pero tengo mucho frío. —La calefacción está tan alta que perfectamente este podría ser el infierno—replicó, sin molestarse por bajar el tono de voz para que Anna no advirtiera que no está prestándole atención a lo que dice. —Bueno, no es así como lo percibo yo. —Elizabeth… dame espacio, ¿sí? Ella bufó, pero terminó soltándole el brazo. Justo entonces Damon aceleró el paso y rebasó a Anna, quien se interrumpió bruscamente al notar, por fin, que prácticamente estaba hablando para sí misma. —Me sé el camino, muchas gracias. Ocúpate de que la habitación de Roux esté cerca de la mía. Y llámame para la cena; antes de eso no estoy disponible. —¿Quién es Roux?—cuestionó Anna, dubitativa. Asumí que mi respuesta me expondría, aunque no fuera dirigida a ella. —¿Por qué tiene que estar cerca? —Porque Thomas quiere que te cuide, y toda esa mierda de novio preocupado que consiste en vigilarte. —No necesito ni quiero a un niñero—dije, muy seria, y él se volteó un instante. Mis deseos no podrían importarle menos, por lo que se ve. —Me da igual. Anna se volteó hacia mí en cuanto él desapareció por completo. —La verdad es que no te esperaba, pero podemos cambiar cualquier detalle que no te guste. ¿Preferirías ubicarte a la izquierda o a la derecha de Damon? ¿Quizás enfrente? Le sonreí, cortésmente. Preferiría no haber venido, ya que estamos. ****** El viaje no fue lo que yo definiría como agotador, pero todos los del personal de la casa dijeron en reiteradas ocasiones que podíamos descansar en nuestros cuartos hasta la noche. A pesar del jet lag, yo me siento más alerta que nunca, pero no quise llevarles la contraria. Así que me encerré en mi amplia, perfecta y comodísima habitación, que es dos veces más grandes que la del departamento, a explorar cada rincón. Al final no me quedó más remedio que tomar el cuarto que enfrenta al de Damon, lo que no sé por qué me inquieta tanto, e intento decidir si sería buena idea ir a tocar su puerta o no. Quiero preguntarle qué fue lo que mi novio le dijo exactamente antes de marcharnos. Aun no me creo que a Tom esta idea le pareciera brillante. Pero, al mismo tiempo, no estoy segura de que deba buscarlo para algo que no sea sumamente importante. Al final opté por quemar el poco tiempo que me quedaba tomando una ducha de agua caliente, deshaciendo una de las maletas que alguien trajo y combinando ciertas prendas para crear un outfit apropiado. Anna me pasó un teléfono nuevo con el que, al parecer, podría llamar a quien quisiera en donde sea que estuviera, y dijo que no debía preocuparme por pagar nada. A las siete de la noche nadie me había llamado todavía para ir a cenar, por lo que intenté marcarle a Thomas, pero no atendió. Le dejé un mensaje larguísimo contándole todo lo que ha pasado desde que lo vi por última vez y otro menos extenso preguntándole por qué creyó que yo tendría que permanecer siempre bajo el radar de Damon, como si no pudiera defenderme por mi cuenta en una casa de la que probablemente ni saldría. Lo imaginé en la cama, durmiendo plácidamente, sin percatarse de que en otro continente su prometida no sabe si sucumbir ante un potencialmente irracional colapso nervioso o no. Justo cuando terminé de escribirle a Olive, quien a lo mejor sí está despierta, alguien llamó afuera. Me puse de pie y recorrí los metros que separan mi propia cama de la puerta descalza, con el teléfono en la mano. Damon irrumpió en la habitación apenas se abrió una pequeña r*****a, haciéndome a un lado sin nada de delicadeza. Eché un vistazo al pasillo, como si tuviera que averiguar si alguien le vio, y luego, al notarlo desierto, cerré con cuidado. Al voltearme me encontré con que él está mirándome, estudiando cada uno de mis movimientos con las cejas enarcadas. —¿Qué? —¿Por qué actúas así? —Así ¿cómo? —Como si yo fuera a pasarte una bolsa de cocaína y nadie pudiera enterarse. —Se supone que no deben vernos juntos… demasiado. —¿En serio te importa eso? Ocultarnos es una estupidez. Por lo menos aquí. Todo ese rollo de que crean que estamos juntos… para empezar, ya da igual. —Tal vez para ti, pero yo sigo sin querer recibir ese tipo de atención, especialmente porque ese rumor no podría estar más lejos de la realidad. —Lo que sea, no vine a discutir sobre eso. Si no quieres que nadie te vea conmigo, bien por ti, quizás debiste pensarlo mejor antes de venir. —¿Y por qué estás aquí, entonces? —Quiero saber qué tienes pensado hacer durante estas dos semanas. Mi horario ya está definido, pero el tuyo no, y se me ocurría que a lo mejor te gustaría acompañarme a alguno de mis compromisos. Parpadeé, la pregunta “¿Que parte de no pueden relacionarnos no entiendes?” Bailando en la punta de mi lengua. —Podrías no contestarme, y ya. No es necesario que me veas como si me prefirieras cortarte el brazo—añadió luego, dándose cuenta de que había perdido la capacidad de hablar. —Lo siento, es que estoy sorprendida… ¿De verdad quieres incluirme en tus planes? —Siempre lo he hecho, Roux, desde el principio. Estaba por debatirle eso, sólo que de pronto me di cuenta de que tiene razón. —Si a ti no te molesta… supongo que podría ir contigo a un par de lugares. —Bien. —Bien. Nos miramos en silencio, hasta que la situación dejó de parecernos racional. Ambos apartamos la vista, y en ese preciso instante Anna llamó a la puerta. —¿Damon? ¿Está ahí? —Sí. —¿Y su amiga? —También. —Ah, excelente. La cena ya está servida. —De acuerdo, bajaremos en un minuto. —Bien, no esperen a que se enfríe. Pasé junto al castaño. —¿Ahora somos amigos? —“La novia insoportable de mi mejor amigo” es un título muy largo, y no me pareció práctico aclarárselo. —Muy gracioso. Giré el picaporte, con él saliendo al pasillo justo detrás de mí. —Podemos serlo. —¿Qué? —Amigos. Podemos serlo. Me frené, echándole una mirada por encima de mi hombro. —¿Podemos? Pensé que sólo estábamos tomándonos el pelo, pero de pronto su expresión se hallaba cargada de seriedad. —Si tú quisieras… —¿Es porque vivo en tu casa? ¿Porque me casaré con Tom y no te queda otra alternativa? Damon se puso a mi altura, rodeándome hasta quedar encarados. —Es porque no me resultas tan molesta como he dicho, por increíble que incluso a mí me parezca. Crucé los brazos sobre el pecho. —Me ha dado la sensación de que en realidad no te gusta tener amigos. Él pareció pensarse muy seriamente su respuesta. —No es eso, sólo… no he conseguido a muchas personas con las que me sienta cómodo. Podría tener una charla con cualquiera, pero en algún punto querría largarme, y eso es algo que no me pasa contigo. —¿Aunque soy insoportable y todo eso? —Eres un dolor de cabeza, pero al mismo tiempo siento que eres genuina, y que las cosas que has hecho por mí no han sido precisamente porque te importe mi dinero. Con esto no quiero decir que de pronto te has convertido en mi persona favorita. Es, por decirlo de una forma, otro paso hacia la tregua que te propuse. —Pues… me parece bien, pero sin esperar nada del otro, ¿de acuerdo? Frunció el ceño. —¿Y qué demonios podría esperar yo de ti? —No lo sé, ¿Que sea súbitamente agradable? Probablemente me costará seguirte el ritmo, aun no entiendo muy bien cómo funciona tu vida. —Con respecto a lo primero, si sigues buscando pelearte conmigo voy a dejarte en cualquier bosque de Italia y le diré a Thomas que te fugaste… y, por lo segundo, yo podría mostrarte que no está tan mal como crees. —No lo sé… —Si no quieres, no pasa nada. —¿Y si al final sí quisiera? Se humedeció los labios, casi como si llevara todo el rato esperando poder contestar a esa pregunta. —Después de la cena, ven a mi habitación. —¿Qué? ¿Estás loco? Rodó los ojos. —Dios, Roux, no me refiero a eso. ¿Puedes dejar de pensar lo peor de mí, un minuto? Alcé las manos en señal de rendición, un tanto avergonzada. —De acuerdo, vale, ya veremos qué hago. Y me alejé, dando un paso al costado para irme sin siquiera tocarlo. Desde el principio a su lado me he sentido en una constante lucha conmigo misma. Y creo que, a decir verdad, no hay razón para ello. Lo que él me hace sentir es variable y caótico, pero ya no quiero seguir en una guerra que yo me inventé. Sólo es un amigo de mi prometido. Sin más. Al final esto es menos dramático de lo que yo lo he hecho ver. Todo lo que duró la cena no lo miré, pero ya había decidido darle, por fin, una oportunidad.
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