Gran parte de la violencia despegada de la bronca misma la volcó Nicolasa en abrir la puerta. Lo hizo como deseando de corazón y con todas sus fuerzas que la misma se desprendiera de sus goznes y quedara tirada en el suelo, para encontrarse cara a cara con el hombre que, según su interpretación, estaba provocando estos desmanes, tanto en su círculo familiar como en el ámbito laboral.
Pero algo en la estampa de Leandro hizo recular a Nicolasa después de abrir la puerta. Algo en él depuso de algún modo su actitud y esa embestida cargada de odio que estaba dispuesta a llevar a cabo cueste lo que cueste. No supo definirlo en ese preciso instante debido al vendaval que estaba azotando su cabeza, pero en sus fueros más íntimos y preciados, una mano invisible y coherente, se introdujo en las venas mismas de sus reacciones y frenó la desbandada.
— Buenas noches — saludó con fina amabilidad y preguntó: — ¿Nicolasa? — Estiró con caballerosidad su mano, inclinó levemente hacia adelante su cuerpo para poder hacer contacto con ella y finalmente se estrecharon en un saludo. Melisa había quedado detrás de su abuela y Leandro sólo podía apreciar parte de su cabello y sus ojos. Le siguió: — Me da un gusto muy grande conocerla — le expresó a Nicolasa mientras ésta parecía regresar con suma lentitud a una postura menos recta. Leandro prosiguió: —Me presento: soy Leandro, un cliente asiduo de la panificadora en donde trabaja Melisa — dijo todavía tomado de la mano de Nicolasa. Leandro continuó: —Imagino que su nieta le habrá comentado sobre la invitación que, junto con mi esposa, ideamos para pasar una noche agradable como parte nomás de un agradecimiento fervoroso por su esmerada atención, por la manera en que se desempeña, por haber tenido esa capacidad innata de acaparar nuestra atención y hacernos clientes infaltables de ese comercio.
— Sí, señor, estoy al tanto de todo esto — dijo Nicolasa retrayéndose notoriamente. Pero continuó: — Quisiera ser absolutamente franca con usted: yo le agradezco éstas palabras vertidas, el gran concepto que ustedes tienen hacia ella y el hecho de haber planificado una cena de agradecimiento por algo que ella debe y está obligada a hacer que es brindarles a sus clientes una atención como corresponde. Pero mi honestidad no termina allí y quisiera que usted comprenda, señor Leandro, que mi nieta es una nena de quince años todavía, una chica que recién está asomándose a este mundo. Con mi esposo hemos puesto la vida al servicio de ella después de la muerte de mi hija, y no estamos dispuestos a que todo ese trabajo y todo ese sacrificio de días y noches enteras, para que ella pudiera escaparle a esa sombra de crecer sin madre, se derrumbe por tomar malas decisiones o equivocar el camino. Sé también que tarde o temprano deberemos soltarla para que se eche a volar en esta vida, y que se caerá, así como se levantará, pero si nosotros podemos ayudarla a que esos tropiezos sean lo menos dañinos posible, lo haremos sin lugar a dudas.
— Realmente es usted una abuela como pocas, una mujer sabia con un corazón que no le cabe dentro del pecho — dijo atónito Leandro y prosiguió: — Melisa se llena la boca de usted cada vez que nuestras charlas emergen, y todo lo que hasta ahora me ha ido contando, lo termino de corroborar esta noche aquí frente a usted. Nicolasa, así como usted me ha sido infinitamente sincera — cosa que agradezco profundamente y que comparto a rajatabla — déjeme comportarme del mismo modo y decirle que nuestras intenciones para con su nieta son las mejores. Yo también lo tengo a Ariel, mi único y amado hijo, y sé perfectamente, como padre, lo que es el amor, la devoción y el cuidado extremo hacia un hijo, por lo que deduzco que el que se tiene hacia una nieta, más con todo ese historial triste que usted acaba de verter, es inmensamente superlativo y merece éstas palabras que usted acaba de tener conmigo.
— Me alegro entonces, señor Leandro, que lo haya entendido — dijo Nicolasa y siguió: — Si he sido medio torpe o no he tenido sutileza para expresarme, le ruego me disculpe, pero cuando mi nieta está en el medio, por lo general suelo perder los estribos.
— Y es totalmente entendible —respondió Leandro poniéndose del lado de la nona: — Yo me tomé el atrevimiento de llegar hasta aquí porque mi esposa se preocupó por la tardanza de Melisa, y me sugirió que, por la hora y los peligros que acechan en la calle, lo mejor sería darle tranquilidad a usted, a ella y también quedar tranquilos nosotros.
La casa de Leandro se encontraba a pocos kilómetros del final de Batar, alejado del centro, en una especie de barrio residencial. Un imponente chalet, rodeado de pinos y con una iluminación que invitaba a recorrer el parque que rodeaba la casa, apareció frente a los ojos de Melisa. Cordialmente, Leandro abrió su puerta y tomó a Melisa de la mano para ayudarla en su descenso. ‘¡Papi, papi!, vociferaba Ariel mientras corría desesperado hacia los brazos de su padre y Elcira, su mamá, lo acompañaba por detrás intentando que no se tumbe en el suelo por la descontrolada carrera.
Fue una cena agradable y plagada de historias que Leandro vertió sobre la mesa provocando la carcajada permanente de Melisa y su esposa, haciendo que aquella, se terminara descomprimiendo definitivamente luego de un comienzo que la tuvo ensimismada, lejos de esa Melisa ataviada con una presencia arrolladora, una mirada penetrante y una actitud envidiable. De a poco ella fue tomando confianza y, pasada la medianoche, ya se asemejaba más a la Melisa que Leandro solía ver cada día en su visita a la panificadora.
El ladrido permanente y nervioso de Beethoven, el San Bernardo gordo y bonachón que permaneció tirado toda la noche encima del sofá del living, alertó a Leandro y su esposa. ‘Es raro, no suele ladrar de esa manera’, dijo Elcira mientras veía que su esposo se asomaba decidido al ventanal junto a la puerta y con su mano intentaba decir que todo estaba bien, que no había porqué preocuparse.
— Es una mujer, pero no entiendo qué hace parada frente a nuestra casa — comentó Leandro intentando descifrar con los movimientos de su cuerpo quién era esa persona.
— ¿Me permiten tomarme una atribución? — dijo Melisa con un gesto elocuente en su mirada y un tono sospechoso en su voz.
— Sí, Melisa, por supuesto — dijo Elcira y le dio la derecha para lo que Melisa tenía en mente. Ella caminó hasta el ventanal en donde se encontraba Leandro, asomó un poco nada más su cabeza y dijo: ‘Es mi abuela, me lo imaginaba’.
Nicolasa aguardaba del otro lado de los ligustros, oscura como ella misma, bajo un haz débil que la envolvía y que provenía del otro lado de la calle, quieta, inmóvil, sombría y peligrosamente en silencio. Leandro no la conocía, pero su instinto y su experiencia, sumado a la actitud nerviosa de Melisa, le daban a entender que se avecinaba una tormenta de proporciones, mínimamente, un aguacero importante. Leandro salió bajo el papel de haber tenido que lidiar con la oscuridad para poderla reconocer y caminó hasta el ingreso mismo de la casa con efusivos saludos que brotaban como el agua de su boca.
— ¡Nicolasa, que sorpresa! — dijo Leandro mientras corría el cerrojo. Él continuó: — Pase, por favor, no se quede acá afuera porque a estas horas todo se pone medio peligroso — le dijo mientras la tomaba levemente del brazo y la conducía hacia el interior, todavía en el parque de la casa.
— Es usted muy amable, Leandro — dijo Nicolasa con cierta reticencia y prosiguió: — Sólo vine a buscar a Melisa porque me pareció demasiado tarde y ustedes deben tener cosas que hacer mañana — Mientras Nicolasa se despachaba con sus ideales, Melisa y Elcira se fueron acercando lentamente hasta donde se encontraban Leandro y la nona.
— Un gusto, señora — dijo Elcira estirando su mano y saludando a Nicolasa.
— El placer es mío — respondió sin mirarla a los ojos y en un saludo fugaz. Nicolasa continuó: — ¿Acaso no tenés noción de la hora, Melisa? ¿Así de desubicada te hemos criado con tu abuelo? ¿No pensás acaso que ellos son una familia y que deben tener sus quehaceres mañana, y vos importunando a estas horas?
— Pero, abuela… — Nicolasa la cortó de cuajo.
— Vamos, por favor — dijo todavía bajo ese tono de indignación y continuó: — No te interesa si yo puedo moverme o no, si estoy bien o si estoy mal. Sabés perfectamente que, para mí, moverme es un suplicio, y así mismo, me hacés venir hasta acá a molestar a esta gente — Melisa se había transformado en un mar incontenible de lágrimas, y sólo la suave caricia de Elcira, pasando su mano por el hombro de ella, le brindaba un poco de aire fresco frente a este espectáculo que Nicolasa había montado.
— Señora, permítame a mí y a mi esposa decirle que hemos pasado una noche estupenda con su nieta y que para nada nos está molestando ni interrumpiendo. Solemos acostarnos mucho más tarde, y a estas horas siempre sabemos compartir un café o una película en el living, por lo tanto, no se haga problema por horarios ni cosas por el estilo — dijo Leandro buscando que la paz lo escuche desde algún lugar y traiga su manto de piedad. Nicolasa tomó de la mano a Melisa, la arrancó de la contención leve que Elcira le estaba proveyendo, y salió raudamente, como llevada por el viento.
— Nicolasa, espere — dijo Leandro saliendo detrás de ellas: — Las acerco.
— Piérdase su auto donde usted ya sabe.