En el trabajo, un silencio que podía escucharse se coló en el preciso instante en que Melisa giró el picaporte para ingresar y las campanillas de la puerta emitieron su dulce sonido. De inmediato, sólo con poner en alerta su mirada, se dio cuenta de que ese murmullo previo a su ingreso estaba asociado a ella y al reguero de pólvora en que se había transformado su situación, y más aún, con la mudez que fue demasiado notoria y la huida de cada uno de los empleados buscando sus diferentes puestos. ‘Todo esto es por tu bocota’, le dijo a Emilia sin mirarla a los ojos y en una especie de tono secreto, mientras se dirigía a dejar sus pertenencias en el perchero general.
— Yo no he abierto la boca — le dijo Emilia mientras Melisa colgaba su cartera y su abrigo liviano.
— Entonces explicame este clima de mierda — preguntó sacada de contexto Melisa.
— Yo llegué hace diez minutos y ya todo estaba así — contestó su amiga con plena sinceridad. Ella siguió: —¿Acaso pensás que puedo ser tan porquería y venir justamente acá a desparramar tus problemas y que todos se hagan un festín con eso? ¿No me conocés todavía, Melisa?
— Perdón, amiga mía, te pido mil disculpas — dijo Melisa notoriamente abatida por esta recepción de sus compañeros que le provocaba un dolor que se adosaba al triste episodio de la noche anterior en lo de su abuela. Ambas se dieron un fuerte abrazo, pero Emilia no se conformó con eso solamente.
— Te juro que voy a averiguar quién movió la trucha o quién instaló el chisme — dijo ofuscada sobremanera Emilia y continuó: — Pero si alguien trajo la novedad, ¿quién se la pudo haber contado siendo nosotras dos, tu abuela y Don Ernesto, los únicos que sabíamos?
— No lo sé, Emilia, pero tener que soportar diez horas esta presión, miradas acusatorias, habladurías, susurros incómodos y saludos falsos, va a ser un infierno para mí.
Las campanillas de la puerta sonaron disonantes esta vez y Melisa, desde su posición, pudo advertir que las miradas de algunas de sus compañeras se llenaron de terror. Melisa se asomó mientras terminaba su desayuno y pudo ver que Leandro esperaba muy cerca de su puesto habitual con un enorme ramo de flores. El resto de los empleados observaron hacia donde estaba Melisa y, en sus miradas, un mensaje colmado de miedo y desesperanza, parecía salir sin reparos. En el salón, alguien quiso atender a Leandro, pero éste prefirió esperar por Melisa aduciendo que hoy su visita no estaba ligada a una compra en particular. La empleada se acercó hasta donde se encontraba Melisa y le dijo que el cliente aguardaba en el salón. Ella lavó su taza, la ubicó sobre el secador, acomodó elegantemente su atuendo y fue directo a donde se encontraba él.
— Leandro, tenga usted buen día, ¿en qué puedo servirle hoy? — dijo Melisa usando un trato demasiado señorial.
— ¡Bueno! — dijo Leandro bajo una expresión de sorpresa por el modo en que Melisa lo recibió: — ¿Quién te convenció en estas horas de que debías hablarme con un respeto que sólo se usa para ciertas embestiduras? — preguntó con sorna Leandro.
— Perdón, Leandro, pero no comprendo lo que usted está queriendo decirme — preguntó con halo inocente Melisa.
— Muy bien, seré más claro entonces — dijo mientras intentaba camuflar las flores detrás de él y adoptando una postura propia de quien va a ingresar en detalladas explicaciones: — Ayer, anteayer, el lunes, la semana pasada y hasta el primer día, estuvimos manejándonos con trato muy especial, incluso, nos tuteábamos y teníamos cierta soltura. Ahora te noto contracturada, rígida, inmóvil, seria en demasía y con un comportamiento que me da a entender que alguien te ha prohibido seguir teniendo aquel trato que veníamos sosteniendo — Melisa permanecía muda frente a él y le costaba disimular el momento, más sabiendo que todo el personal estaba al acecho detrás de ella. Para sus quince años su madurez era incuestionable, pero allá, en el fondo de sus ojos y de su alma, todavía podían sentirse los ecos de su niñez despidiéndose de ella con lágrimas en sus ojos.
— Yo creo que…. Leandro le puso una pausa sólo con inyectarle una mirada tierna.
— No digas nada — le dijo en un secreto cómplice. Él siguió: — Entiendo que este es tu lugar de trabajo y que yo no debería venir gratuitamente a interrumpirte. Sólo me llegué hoy hasta aquí para traerte estas flores en un gesto distintivo de agradecimiento por tu bien de persona y por tu exquisita forma de atender. Espero que te gusten — dijo Leandro mientras con cierto esfuerzo traía desde atrás el ramo inmenso de puras rosas blancas y rojas y se lo entregaba a Melisa.
— Son preciosas — expresó ella con lo poco de equilibrio que la sostenía para no caer desmayada irremediablemente. Ella continuó: — Yo no me merezco semejante obsequio, Leandro. Esto es demasiado para mí además de haberte costado carísimo, ¿verdad?
— Nunca nada es demasiado para alguien como vos — dijo galantemente Leandro y siguió: — Y no me gustaría que esto suene a algo confuso.
— No te entiendo, dijo Melisa intentando dar con lo que él quiso hacerle comprender.
— Melisa, yo soy un hombre mayor que vos, con una familia hermosa, un hijo espectacular y una esposa increíble. Y justamente ella fue la que me convenció de hacerte este presente sólo como un gesto alentador y genuino, para que te sientas bien y para que esa fuerza, ese poder y esa luz, que es tu compañía en cada paso que das, no deje nunca de ser tu más fiel compañera y brille siempre en vos.
— No tengo palabras, Leandro, no sé qué decir, estoy atónita con este presente y con esas palabras tan sinceras y tan cálidas que salen de tu boca y de tu corazón — dijo Melisa, descontracturada y en una postura más de ella que empresarial: — Anoche tuve una noche negra y prácticamente no pegué un ojo, y hoy, al llegar acá, mis propios compañeros me recibieron con un silencio y una actitud que me provocó otro mazazo hiriente. Pero recibir esto inmediatamente después de esos golpes, ha curado mis heridas y me ha cambiado el día.
— Bueno, me alegro entonces que el ser supremo me haya hablado al oído para decirme que hoy debía venir aquí a darte un poco de aire fresco para que tu día sea un poco mejor — respondió Leandro más en una actitud paternal: — Ahora, ¿puedo hacerte una pregunta?
— Sí, por favor, te escucho.
— ¿Cómo puede ser posible que una persona tan especial como vos tenga una noche negra que no te permita dormir? ¿Qué le pudo haber sucedido a un ser iluminado para que su descanso se interrumpa de ese modo?
— Mi abuela… Leandro volvió a silenciarla, pero esta vez con el índice apoyado en los labios de Melisa.
— Te propongo algo estupendo — dijo él mientras le quitaba lentamente el dedo de la boca.
— ¿Qué? — preguntó Melisa arropada de un gesto casi infantil.
— Te invitamos a cenar en casa, ¿qué te parece?
— Pero yo… De nuevo la interrupción por parte de él.
— No se habla más — dijo seguro de sus palabras y siguió: — De aquí me voy al mercado y te espero a las nueve de la noche en el ingreso de la estación de trenes. Voy a prepararte una cena espectacular, y der paso quiero que conozcas a mi esposa y a mi hijo.
— Yo te agradezco de mil amores este nuevo gesto que estás teniendo, pero comprenderás que sólo tengo quince años y que la gran mayoría de las cosas que hago, las termino efectuando con la autorización de mi abuela.
— Muy bien, no hay problema — dijo Leandro como hallando una solución a los dichos de Melisa: — Yo ahora me voy, y más tarde, la hablás por teléfono y le pedís ese permiso que tanto necesitás. Cerca de las seis de la tarde yo regreso y me comunicás lo que tu abuela te ha respondido, ¿te parece buena idea?
— Sí, me parece una idea excelente — respondió Melisa casi al borde de saltar sobre sus dos pies.
Esta vez, Melisa puso la llave en la puerta y entró con un gesto distinto, grácil, con sus cachetes rosados y sus ojos poblados de una luminosidad particular. Antes de darle un saludo, Nicolasa fue con velocidad a abrazarla y a pedirle que la perdone por haberse comportado como una salvaje la noche anterior. Melisa y su abuela tuvieron una charla franca y amena, comprendiendo cada una de ellas el punto en cuestión de la otra. Como siempre, como cada vez que un asunto las ponía en esa situación de conflicto, un abrazo eterno y gigantesco terminaba condecorando la escena y promoviendo una mejor relación de cara al futuro. Pero Melisa sabía que debía enfrentar a Nicolasa para solicitarle el permiso de dejarla acudir a la invitación que Leandro le había ofrecido, y eso la hacía temer por otra agarrada con su abuela después de haber hecho las paces.
— Abuela, tenemos que hablar, pero quisiera que todo lo que hemos prometido recién, lo podamos aplicar en esta nueva charla — dijo Melisa apoyada como siempre en la mesada de la cocina.
— ¿De qué se trata ahora?
— Leandro me invitó a cenar a su casa para conocer a su esposa y a su hijo — Nicolasa sintió que el demonio se le despertaba en el fondo de su estómago y que se pondría al hombro la interpretación del papel frente a los dichos de Melisa.
— ¡Y no escarmentás! ¿Qué tenés en la cabeza, hija mía? — dijo desencajada la nona.
— Abuela, Leandro no es una mala persona — dijo con serenidad y siguió: — Es un hombre bueno, un hombre común como cualquier otro. Él siente mucho respeto y admiración por mí, por lo que soy y por mi actitud en el trabajo, pero yo siento que él tiene el aprecio que se le puede tener a un hijo.
— Olvidate, Melisa, no voy a comulgar con esta locura.
El timbre pálido y agrietado sonó en la noche y rompió el clima entre ellas. ‘¿Esperás a alguien?’, preguntó Nicolasa sorprendida por el llamado. Melisa le hizo un gesto de no aguardar por nadie con un movimiento leve de su cabeza y ambas se dirigieron a la puerta presas del desconcierto.
— ¿Quién llama? — preguntó Nicolasa algo alejada de la puerta, pero con una voz segura.
— Buenas noches, Nicolasa — se escuchó con claridad en el silencio de la noche: — Soy Leandro —.