Leandro se transformó en un comprador compulsivo, un cliente que no dejaba de pisar la panadería y no sólo una vez al día, sino, hasta dos o tres veces. Y a medida que los días pasaban su presencia en el local parecía ser cada vez más punzante, motivo que llevó a Don Ernesto, el dueño del comercio, a agudizar los sentidos y a tomar ciertos recaudos extrañado de la compulsión con que Leandro, bastantes años mayor que Melisa, iba a visitarla.
Emilia era una de las tantas empleadas que en ‘La nueva independencia’ trabajaba, y la mejor amiga de Melisa, la que prácticamente asomó la cabeza a este mundo junto a ella, su confidente, su hermana. Ella notaba, como lo advertían todos, que entre Leandro y Melisa un lenguaje distinto danzaba entre ellos, pero prefirió mantenerse a distancia hasta comprobar si sus sentidos le estaban jugando sucio, o si, por el contrario, la estaban guiando por el camino seguro.
Un viernes caluroso, casi rozando lo agobiante, como cada día, Melisa y Emilia terminaron su jornada laboral y partieron rumbo a sus hogares. En la mismísima estación de trenes hacían su ritual de quedarse media hora más descociendo los chismeríos que no habían podido hablar durante las horas de trabajo, y luego cada una tomaba el rumbo que le correspondía. Pero esta vez, Emilia necesitaba hablar con ella, y el tiempo debió prolongarse.
— Meli, necesito que hablemos de algo que está sucediendo y que noto, tenés muy guardado dentro tuyo — abrió Emilia.
— ¿De qué? ¿A qué te referís? — respondió ciertamente desubicada Melisa.
— Es a cerca de ese hombre que desde hace dos semanas no para de venir compulsivamente al negocio y se la pasa todo el tiempo hablando con vos.
— ¡Ah!, sí — contestó Melisa recordando a quién se refería su amiga. Ella prosiguió: — Se llama Leandro, sí ¿y qué sucede con él?
— No, nada, no es algo del otro mundo, sólo que me parece demasiado incisivo — Emilia hizo una pausa buscando la palabra correcta y finalmente la halló: — Pesado, no sé si me explico.
— ¿Pesado? — luego de decirlo Melisa soltó una carcajada que contagió a Emilia, teniéndolas a ambas cerca de treinta segundos presa de la risa. Melisa siguió: — Es sólo un buen cliente que le gusta charlar y me ha escogido a mí porque dice que tengo una luz especial y todas esas cosas que los hombres dicen, pero nada más.
— Te cuento que a Don Ernesto ya no le está agradando la pesadez de este hombre — agregó seria esta vez Emilia.
— No te preocupes, ya hablaré con él e intentaré solucionarlo.
— Te parecerá tonto y exagerado lo que voy a decirte, pero el sólo hecho de que un hombre de la edad de ese tipo busque tener un contacto como el que él está intentando con vos, a mí me asusta.
— ¡Tampoco es para tanto! — respondió Melisa intentando bajar los decibeles de su amiga. Ella siguió: — Cada vez que llega al local me cuenta cosas bonitas, me habla de su único hijo al que ama con toda su alma, me cuenta de su esposa que es un ejemplo de mamá y de mujer para él, me pregunta cosas a las que respondo y que me hacen sentir bien… Eso nada más. Creo que no es algo raro ni alguien a quien Don Ernesto deba ponerle un límite, si es lo que él quiere.
— No lo sé, Meli, pero seguramente el viejo va a querer hablar con vos porque hace días que vienen así — contestó Emilia algo preocupada y continuó: — Yo te conozco, Melisa, somos como hermanas, nos hemos criado juntas, sabemos lo que queremos decir y se nos nota hasta en el pestañeo. Yo observo cada día cómo ese hombre te mira y me doy cuenta de que no es la mirada de un tipo que necesita ir a una panadería para contarle a la empleada que ama a su hijo y que su esposa es la mejor del mundo. Y me doy cuenta también de cómo tus ojos adquieren un brillo distinto cuando los ojos de él penetran en los tuyos hasta hacerte sentir el ser más especial de este planeta — Emilia necesito imperiosamente vomitar lo que tenía atorado en su garganta más allá de estar o no cerca de la realidad y más allá de la reacción que Melisa pudiese tener.
— Emilia, está todo bien — dijo Melisa mientras tomaba las manos de su amiga para darle un poco de tranquilidad. Ella siguió: — Es un simple cliente, nada más. Además, es un hombre mucho más grande que yo, con familia, con hijo y con una esposa que ama y que debe respetar seguramente. En todos estos días hemos tenido conversaciones hasta tontas, te diría. Jamás me faltó el respeto, nunca me dijo algo fuera de lugar, ni yo sentí que viniera con un doble discurso. Leandro, como algún otro, será una de esas personas que le cae bien alguien y precisa, por alguna razón, contar sus cosas natural e inocentemente, es sólo eso, amiga mía, no tengas miedo ni te preocupes.
Nicolasa terminaba de hacer un estofado de esos que a ella solamente le salía cuando Melisa llegó de su trabajo. Tomás se había encerrado en su habitación como buen adolescente que era y Héctor brillaba por su ausencia totalmente dormido en su cama, esperando levantarse a las tres de la mañana para preparase y estar a las cuatro en la cuadra de la panadería.
Melisa tiró un saludo al aire, pero su abuela pareció no recepcionarlo. Igual se metió en su dormitorio, se quitó la ropa y fue derecho a darse un baño reconfortante. Ya en pijamas, y mientras secaba su cabello largo, notó que Nicolasa le daba la espalda todo el tiempo y que las cosas que compartía con ella parecían caer en un costal sin fondo. Apagó el secador, lo guardó en su estuche correspondiente y se apoyó en la mesada de la cocina para estar cerca de su abuela y averiguar los motivos de su silencio sospechoso.
— ¿Te sucede algo, nona? — abrió Melisa sin dar tantas vueltas.
— ¿En qué andás vos? — aventó Nicolasa mientras les ponía una pausa a sus manos en la prosecución del preparado de la cena.
— ¿De qué estás hablando, abuela? — preguntó algo contrariada Melisa.
— No te hagas la que la virgen te habla — dijo incrédula Nicolasa de la pregunta de su nieta.
— Juro, abuela, que no entiendo qué es lo que me estás queriendo decir — contestó Melisa buscando la mirada de su nona.
— ¿Sabés quién me habló esta tarde? — preguntó Nicolasa abandonando definitivamente el cuchillo sobre la mesada.
— No, ¿quién?
— Ernesto, tu jefe, y el jefe de tu abuelo — respondió Nicolasa con sus ojos agrietados y continuó: — ¿Qué estás haciendo? ¿quién es ese cliente al que le estás prestando tanta atención? ¿No te das cuenta acaso de qué es un tipo mucho más grande que vos y que viene armado de malas intenciones?
— Abuela, eso no es así, te lo juro.
— Escuchame bien una cosa, Melisa: Ernesto no es ningún mentiroso, lo conozco de toda la vida. Es un hombre respetable, con una familia honorable, y si él me dice que su olfato de zorro viejo lo está alertando de algo, es porque es así. Ernesto nos adora a todos y sabés cómo te quiere a vos, chiquita mía. Sos apenas una nena de quince años y no tenés la más pálida idea de lo que es capaz un hombre mayor cuando se le cruza por la cabeza una nena como vos.
— Leandro es un hombre normal como cualquier otro, nona — respondió Melisa buscando que Nicolasa logre comprenderla: — Él es un cliente que compra muy bien y sólo tiene conversaciones banales conmigo, cosas de todos los días, tonterías de su hijo y cosas por el estilo. Yo le agradezco a Don Ernesto la preocupación, pero él nunca me ha faltado el respeto ni mucho menos.
— ¿Sabés cuál es el problema, hija mía? — preguntó apoyando su mano sobre el hombro de su nena: — Que vos no tenés maldad, sos muy ingenua e inocente, y el mundo, hija de mi corazón, está plagado de hijos de puta que andan oliendo sangre buscando víctimas inocentes, sumado a que sos una enorme responsabilidad para Ernesto ahí dentro. El juró por su vida que te cuidaría como si fueses su propia nieta y no va a faltar a su palabra.
— ¿Sabés una cosa? — preguntó ofuscada por tanta persecución — Me tienen podrida, vos y el viejo de mierda ese. Vos, porque me seguís cuidando como si yo fuera una nena de cuatro años sin darte cuenta de que ya soy bastante grande para percatarme si alguien me está engañando o no. No soy tonta, abuela, y me molesta tremendamente esta falta de confianza que tenés para conmigo. Jamás te fallé, jamás hice algo para que te llenaras la boca malamente con respecto a mí. He sido una buena persona y una nieta dedicada que se cargó al hombro a sus abuelos sólo por amor y devoción, y resulta que ahora descubro que la confianza te la perdés por el culo… Nicolasa le dio vueltas la cara de una cachetada y de inmediato quiso retractarse, pero Melisa se quitó y escapó hacia su habitación bajo un torrente desesperante de lágrimas.