Cuando Nicolasa advirtió la forma en que el doctor Ardiles acomodó su cuerpo para cerrar las puertas de la sala de operaciones, supo en ese preciso momento que las noticias que vendrían con él y que despegarían de sus labios, no iban a ser nada buenas. Ella deseaba con todas sus fuerzas que ese pasillo se estirara un metro más por cada paso de esa longitud que daba el médico, como en un sueño, en donde ese encuentro entre dos personas no llega a darse porque siempre están, cada uno de ellos, en el mismo lugar.
Ardiles había tomado un suspiro profundo antes de apoyar su mano sobre el picaporte y le pidió en dos segundos a su Dios amado que lo colmara de fuerzas para observar hacia el lugar en donde él sabía perfectamente que Nicolasa se encontraba junto a Héctor, su marido. Pero esos treinta años de vivir en el mismo pueblo, de cruzarse en los almacenes, de compartir las grandes fiestas populares, de llevar los hijos y los nietos a la escuela para después regresar caminando un trecho largo hablando de bueyes perdidos y de recibir en su casa a los pacientes que eran sus vecinos de toda la vida para atenderlos como atendía a su propia familia, pesaban como dos enormes rocas en la espalda del médico ¿Para qué disimular? ¿Para qué disfrazar lo que en definitiva perdería su camuflaje veinte pasos más adelante? Por eso le pidió previamente a su Dios que lo embriague de poder para enfrentar lo que rutinariamente debía confrontar y con lo que convivía más a menudo: la muerte. Levantó su mirada y vio que Nicolasa tenía apretadas sus manos entre sus rodillas, su cuerpo laxo y sus ojos cristalizados y anunciando el diluvio; y vio a Héctor como si aguardara una guadaña sobre su cabeza por un crimen que no cometió.
Y Nicolasa rápidamente cayó en la cuenta de que esto no era ningún sueño, que todo era parte de una realidad tan latente como los golpeteos agudos de su corazón y que las palabras que en segundos saldrían de la boca de Ardiles, iban a ser tan verídicas como lo estaba siendo ese pasillo del hospital, los azulejos blancos puestos en sus paredes, las luces y los murmullos que reinaban por ahí. Y en el primer paso que dio el doctor la punta de la daga cerró sus ojos de placer extremo y se incrustó con esa suavidad de la muerte en el centro de pecho de Nicolasa y de Héctor, y cada paso dado por aquel, el hundimiento del arma en busca de su cena favorita, era una certeza matemática inexorable.
Las piernas le pesaban a Ardiles dándole esa sensación de ignorar cómo iba a llegar a donde se encontraban los padres de Claudia o si, en su defecto, claudicaría frente a ellos como un mortal más. Esta vez debía ser el médico, el profesional, el hombre ataviado en un vestido quirúrgico, mascarilla en mano y un gorro verde. Ni bien llegó a donde ellos aguardaban, Nicolasa se quebró en mil pedazos y sólo los brazos paternos del doctor le sirvieron para no despedazarse sobre el suelo, mientras Héctor se tragaba todo el dolor para respetar los momentos de pesar de los demás pacientes y sus familiares. Ese silencio cargado de un mensaje claro y estremecedor fueron suficientes para informarles sobre la muerte de su hija.
— Hicimos hasta lo que no debíamos hacer, Nicolasa — dijo Ardiles.
— Era una simple cesárea, Pancho…
— Pero su estado era muy delicado, Nicolasa — intentó aclarar el médico y siguió: — Ella sabía que no podía quedar embarazada, que era un riesgo grande más allá de que la cesárea sería su única opción. Se lo dijimos muchas veces y vos fuiste testigo de esas alertas que le dábamos.
— Sí, es real — asintió entre lágrimas Nicolasa. Ella prosiguió: — Y la bebé, ¿cómo se encuentra?
— La bebé está en perfectas condiciones. Ahora la están preparando para ponerla hermosa y luego te van a llamar para entregártela.
— Melisa, Pancho, ella se va a llamar Melisa.
A pesar de haber transitado por una infancia en donde las penas y las alegrías se iban alternando, Melisa pudo pasar esa etapa de su vida viviendo junto a sus abuelos y a Tomás, su hermano mayor. Nicolasa y sus eternos dolores óseos y musculares no le permitían moverse con la agilidad de otros tiempos, y Melisa se erigió en la mandataria de la casa y se cargó sobre sus hombros la responsabilidad, junto a su hermano, de llevar adelante el hogar y el destino de sus abuelos. La relación con su padre fue salteando buenas y malas, y debido a la distancia que los separaba y al trabajo de aquel, sus encuentros no solían ser los mejores y poco a poco, y a medida que fue creciendo, ese minúsculo gusto por viajar casi cien kilómetros y visitar a su padre, se fue desvaneciendo, sumado al poco interés de su progenitor porque las cosas tomaran un rumbo diferente. En definitiva, Melisa decidió a muy temprana edad, tomar el toro por las astas y entregarse por completo al cuidado de sus abuelos y a hacer pequeños trabajos para ayudar en la economía familiar.
Batar era un pueblo pequeño y acogedor, un lugar ideal para instalarse a vivir y tener un buen empleo, con un puñado de vecinos que a lo largo de la historia decidieron ser como verdaderas familias entre ellos, cuidándose unos a otros y promoviendo siempre la buena convivencia. Ya en la rotonda de ingreso, en donde un enorme cartel rezaba la frase ‘Bienvenidos a Batar’, era una muestra gratis do lo que vendría, un largo camino de dos kilómetros, que conducía directo al centro del pueblo, en donde el primer avistamiento era la imponente estación de trenes, con sus flamantes cochemotores, una estructura deliciosa y gigantesca y una luminaria sorprendente que, no sólo era el ornamento de la estación, sino, que parecía darle vida a los alrededores en donde se hallaban los comercios más lujosos, bares y restaurantes de gran nivel. Ese era el primer impacto luego de ese recorrido largo que parecía no decir absolutamente nada, pero que dejaba la boca abierta a más de uno, después de la última cuesta arriba, hecha como a propósito, para que sus visitantes se encontraran cara a cara con la majestuosidad. El verde era el color predominante en Batar, y sus calles se caracterizaban por sus árboles formando techos perfectos entrelazando sus ramas en las alturas, que se prolongaban por cuadras y cuadras, árboles perfectos, como plantados matemáticamente, con sus canteros permanentemente blancos y su follaje cuidadosamente emprolijado. Las noches de Batar parecían constantes fiestas, como si cada día una nueva navidad despertara y adornara todo el pueblo, haciendo que sus habitantes se predispusieran para un nuevo festejo, festejo que finalmente llegaba porque el espíritu festivo parecía interceder en las almas y lograr su objetivo de conmemoración por las noches en los distintos lugares.
Y Melisa no podía estar ausente dentro de todo ese marco increíble que rodeaba a Batar. La gran panadería ‘La nueva independencia’, estaba, sin lugar a dudas, dentro de los cinco comercios más visitados periódicamente, una estructura envidiable y surrealista que enloquecía con su fachada deslumbrante, inentendible y seductora, y un interior que llevaba a sus visitantes a caer en una especie de hechizo, provocándolos e instándolos a adquirir de manera compulsiva. Allí, Melisa — entre otros empleados — era la cara visible de la empresa con apenas quince años de edad. Melisa era una muñequita de cristal, hermosa y elegante, con un cabello largo que no le faltaba mucho para besarse con el suelo, con un cutis trigueño y suave y unos ojos color almendra rodeados de unas pestañas negras y largas, además de una sonrisa cautivadora que fundía lo inocente con lo femenino. Los compradores ingresaban y, no sólo quedaban atónitos por la espectacularidad del lugar y por lo ofrecido, sino, por saber que Melisa, con sus atributos a flor de piel y su carisma natural e inocente, podía llegar a venderle hielo a un esquimal. Sin lugar a dudas era el centro de atención, el eje principal, amén de ser una de las personas más queridas en Batar por todo lo que la rodeaba: excelente vecina y una nieta por una devoción por sus abuelos, una devoción que parecía querer pagar en algún momento de su vida.
— Hola, ¿vos sos Melisa? — Ella giró rápidamente su cuerpo y abandonó por un instante sus quehaceres.
— Sí, soy yo, ¿en qué puedo servirlo, señor?
— En realidad entré porque todo el mundo habla de vos, de este lugar y de la atención que brindás, pero jamás pensé que era para tanto. Lo creí una exageración, pero me acabo de dar cuenta de que no es así.
— Bueno, es usted muy amable por sus palabras — dijo emocionada y ciertamente ruborizada Melisa. Ambos quedaron mirándose de una manera muy especial sin poder despegar esas miradas a pesar de los esfuerzos que hacían.
— En un abrir y cerrar de ojos puedo darme cuenta de que sos muy especial — agregó el cliente y siguió: — Las demás chicas también son preciosas y los muchachos, muy galanes, pero ninguno de ellos tiene esa luz que veo en vos y que, seguramente, ven todos los que vienen aquí. Ahora entiendo que las habladurías de la gente no eran meros chismes ¿Cómo te llamás?
— Melisa — respondió dulcemente incrédula de lo que estaba oyendo.
— Leandro, es el mío — contestó casi lascivamente y siguió: — Y el tuyo no me lo olvidaré jamás.