Después de decirlo, Soledad reacomodó su cabello, estiró sus brazos y se levantó del sofá con rumbo a la cocina.
— ¿Un refresco? ¿Una cerveza? — preguntó a través de un hueco a modo de ventana que separaba la cocina del living comedor.
— No me vendría nada mal una cerveza — respondió Romeo mientras intentaba masticar y tragar los dichos de Soledad.
— Bueno, mi querido vecino, ¿de qué se trata todo esto? — preguntó ella acomodándose nuevamente en el sofá cerca de él.
— No es fácil, Soledad, lo que debo plantearte — arrancó diciendo Romeo y continuó: —Esto no es nada personal con vos. Simplemente se trata de algo que viene ocurriendo, mínimamente, desde que yo llegué al edificio, motivo por el cual, estoy padeciendo desde esa época constantes trastornos a nivel convivencia. He tenido mil caminos para llegarme hasta acá, o cuando te cruzo en la entrada, y conversar el tema con vos, pero, a pesar de mi chapa de abogado, cuando se trata de personas con las cuales convivo directa o indirectamente, las palabras no me fluyen y entro en una pendiente que me tira para atrás a la hora de sentarme seriamente a resolver la situación.
— No te estoy comprendiendo, Romeo — dijo ciertamente confundida Soledad.
— ¿Ves? Esto es lo que me sucede cuando al frente mío se encuentra alguien que no está ligado a lo meramente profesional.
— Bueno, calmate y decime en qué puedo ayudarte, en qué puedo colaborar…
— No voy a decir que el edificio completo está agotado porque, sinceramente, no he tenido suerte y no he podido comprobar sus hartazgos también, sencillamente porque nunca están. Este edificio parece un condominio fantasma, y sólo vos y yo parecemos habitarlo — dijo a modo de preámbulo Romeo y continuó: — Son tus hijos, tu perro y tu marido, Soledad. Por ellos vengo a hablarte.
— ¡Mis hijos, mi perro, mi marido!… ¡Ay, por Dios, Romeo!, cada vez entiendo menos — respondió notoriamente desencajada Soledad.
— Desde que llegué aquí mi vida se ha transformado en un infierno, Soledad. Se me terminó la paz, se me esfumó la calma y la sobriedad, pasé las peores vacaciones de mi vida, el descanso se hizo añicos, no puedo invitar a mis amigos, todo se me ha hecho realmente dificultoso. Llevo días ya sin poder pegar un ojo y hasta he hablado, en los momentos en que vos no estás, con el resto de los vecinos con el objetivo final de armar una reunión para poner las cosas en claro y para que, vos principalmente, acomodes todo este barullo y así podamos hacer mejor nuestra convivencia — Soledad había perdido toda compostura sobre el sofá. Aparecía obnubilada y aturdida, desencajada sobremanera, y una ansiedad molesta comenzó a poblarle la mirada y los movimientos corporales.
— Romeo, yo tengo mucha estima por vos, y lo sabés, te darás cuenta, pero si no vas al grano, voy a empezar a mirarte desde otro ángulo, porque lo que estás diciendo hasta ahora, me suena a delirio, a que estoy sentada frente a un sicópata en su más alto nivel.
— Ya no puedo vivir más con el infierno que desatan tus hijos, tu perro y tu marido día tras día, segundo a segundo, a cada instante, sin parar. Vivir en donde yo vivo es volverse loco, Soledad, con el desastre que provocan a cada paso tus hijos, con sus tropeles enloquecidos, con sus gritos desaforados, aventando cosas al aire y rompiéndolo todo, secundados por esa bestia que tenés escondida en alguna de las habitaciones para que no te la vea y sellado y lacrado por la inoperancia de tu esposo que se la pasa todo el día sentado en su computadora gritando y vociferando y hasta maltratando a esas pobres criaturas que parecen no vivir en paz con ellos mismos, mientras vos te matás doce horas encerrada en tu clínica mano a mano con la muerte y el dolor — Soledad quedó aprisionada al respaldar del sillón como si, en frente, un sicario acabara de amenazar de muerte a toda su familia. Lo observaba como quien observa una rareza jamás imaginada ante sus ojos, mientras Romeo, descansaba de su proeza, la cual, lo había desequilibrado en contados minutos, con su mirada hacia el suelo, seguramente arrepentido por haberse referido así a Soledad, pero desprovisto ya de aquellos gusanos que venían atormentando su alma toda. Soledad, con una calma y un sigilo sospechoso, se levantó y se dirigió hacia la cocina, abrió la heladera y sacó dos cervezas más, cerró la puerta y regresó hacia donde Romeo la seguía en su accionar. Nuevamente se sentó con una tranquilidad misteriosa y le acercó a Romeo una de las cervezas.
— Hace cinco años que vivo acá — abrió Soledad bajo un tono apaciguado mientras le quitaba el seguro a su lata. Ella siguió: — Hace cinco años que vivo acá y vivo sola, Romeo —. Un tono azul oscuro pareció envolver el living de la casa de Soledad. Una escenografía dentro de la gama de la palidez cubrió el clima del instante y enfrió la habitación como si de pronto un inmenso hielo se hubiese hecho presente. Romeo no alcanzó a dar su primer sorbo y se quedó paralizado ante la confesión de ella. Soledad decidió calmarse y proseguir: — Podría pedirte muy amablemente que te retires de mi casa, pero me preocupa más lo que has estado viviendo en todo este tiempo que tu manera agraviante de haberte dirigido. No tenés el perfil de una persona desequilibrada ni mucho menos, al contrario, puedo oler la clase de humano que sos y ese costado bienhechor que te caracteriza, pero necesité levantarme e ir a buscar dos cervezas más para paladear todo este vómito que ha salido de tu boca, y me he quedado muy preocupada, porque no sé si el del problema sos vos, o soy yo y esta casa.
— ¿A qué te referís? — preguntó confundido Romeo esta vez.
— Yo me divorcié de Pablo hace exactamente cinco años y me vine a vivir aquí. Fueron quince años de soportar un infierno a su lado y no pude más. Me costó porque yo tenía muy arraigada la filosofía de la familia, pero mi matrimonio se había transformado en un calvario difícil de sostener, y como el trabajo me consumió siempre la mayor parte de mi tiempo, y las guardias eran eternas y de nunca acabar, decidimos, en buenos términos, que los chicos se quedaran con él a vivir en lo de mis suegros. Y así fue, ellos cuatro viven con los padres de él desde hace cinco años a esta parte. Una o dos veces por semana vienen y se quedan un par de horas conmigo, pero mi cansancio es de tal magnitud, que Pablo sabe que dos horas después de dejarlos, debe regresar a buscarlos porque mi paciencia y mis energías se agotan y no puedo seguir al frente con ellos. Y te imaginarás que, debido a mis ausencias, largas y profundas, no puedo darme el lujo de tener una mascota por más grande o pequeña que sea.
— Me dejás totalmente desorientado, Soledad — dijo desencajado Romeo y continuó: — He vivido todo este tiempo al borde de la locura con las corridas que desde mi departamento se escuchaban y hasta he tenido esa sensación se ver desplomarse el techo encima de mi cabeza. Y no sólo yo, Soledad: mi ex lo sintió y fue ella la que, en definitiva, me terminó empujando a esta quijotada de venir a enfrentarte y a ponerte en vereda para terminar con toda esta demencia. Soledad, ¿cómo puedo creer lo que me estás diciendo? ¿Cómo sé que tu demora para atenderme, ni bien llamé a tu puerta, no fue para esconder al animal? ¿Cómo sé yo que no tenés amenazados y escondidos debajo de la cama a los chicos? ¿Cómo sé si Pablo está o no está? ¿Cómo hago para creer toda esta historia conmovedora que me has escupido en la cara?
— Seis meses antes de que te instalaras, Jorge, un tipo de tu edad, separado recientemente de su esposa, se vino a vivir a ese departamento. Duró tres meses, ¿querés saber por qué? Porque vivió las mismas experiencias que has vivido vos, y al igual que vos, después de un tiempo, vino a verme para explicarme lo mismo que vos me has explicado a mí, exactamente lo mismo, calcado, una verdadera fotocopia de tu historia hoy aquí frente a mí. Tiempo después de que se fue, harto de la vida que llevaba, nos enteramos que, debido a todo este pandemónium que experimentó aquí, regresó con su ex mujer y hoy por hoy han vuelto a ser un matrimonio súper feliz. Alguna vez ellos supieron pasar por acá y nos tomamos unas cervezas sentados en este mismo lugar y realmente me sentí elevada de ver que ellos habían podido reponerse de una ruptura que parecía no tener vuelta atrás.
— Sinceramente, Soledad, no alcanzo a entender tu punto — dijo todavía impactado Romeo.
— Yo bauticé a este condominio como ‘El edificio de las almas del amor’, porque evidentemente habitan aquí entes que huelen el amor que se sostiene en aquellos matrimonios que decidieron marcar una distancia entre ellos y obran en consecuencia para que ese amor vuelva a armarse y no se pierda en esta vida. Y con esta segunda comprobación, quedo totalmente convencida de que debés volver con Carla. Perdonala, ella se equivocó, pero te ama más que a su vida, y te lo demuestra a cada paso.
— ¿Y vos, Soledad? — preguntó algo acongojado Romeo y siguió: —¿Por qué estos entes del amor no te hacen desaparecer de este lugar y volver a donde está Pablo y tus hijos?
— Simple, Romeo: porque el amor ya no existe.