El calor y la humedad que azotaban a la ciudad desde hacía varios días, y que se intensificó ese viernes con una temperatura de infierno y un vaho que engasaba la piel, sumado a la falta de sueño, la bronca y la impotencia, y los caminos que el propio Romeo, por iniciativa y decisión propia, había omitido para llegar a un buen puerto con la desesperante situación de Soledad y los suyos, cerraron una jornada espantosa, para el olvido, un día de malas decisiones a nivel laboral y de desencuentros en todos sentido. Pero Carla parecía tener su olfato activado más que nunca, y esa tarde, casi al cierre de sus tareas, terminando de hacer unos trámites en las cercanías del estudio de su ex marido, tomó la lanza y, como nunca antes lo había hecho, se presentó en el despacho de Romeo para ayudarlo a pechar la iniciativa que se negaba a llevar adelante.
— ¡Negra! — le dijo apenas la vio esperando afuera y siguió: — ¡Qué hermosa sorpresa! ¿qué hacés por estos lados?
— Andaba con mis trámites y decidí pasar a visitarte para que hablemos un rato, si te parece, por supuesto.
— ¡Pero cómo no! Pasá, sentate ¿un café?
— ¿Podrá ser un té de té? — preguntó Carla como averiguando si tenían entre sus cosas. De inmediato, Romeo, por el interlocutor, pidió a su secretaria un café para él y un té para Carla.
— ¡Qué lindo verte por estos lados! ¿qué andabas tramitando?
— Nada del otro mundo, cuestiones, papeles y demás verduras — respondió ella mientras dejaba su bolso en el sofá largo cerca de la puerta. Ella siguió: — Y aproveché, ya que estaba a un paso, y me vine para saber qué habías decidido con respecto a esta vida miserable que te están dando Soledad y su pandilla.
— Sos como los tiburones vos: oles la sangre a miles de kilómetros.
— Es que es un tema que me tiene realmente preocupada, Romeo, y hasta que no le halles una solución, no voy a parar, me conocés. No quiero que me tildes de curiosa o de querer meter las narices en donde no debo, pero sólo deseo ayudarte a que estés mejor, como corresponde, en un lugar sano. No es justo que andes pasado de sueño, que no puedas dormir por culpa de éstos idiotas. Tu trabajo es estresante y demandante, y no dormir, no descansar, te hace perder el eje a la hora de embarcarte en lo tuyo.
— ¿Qué es lo que proponés? — preguntó bajo una actitud casi de derrota Romeo.
— Nada que no puedas hacer, la lógica, simple y concreta. La inmobiliaria está apareciendo como un ente fantasma, nadie te responde, nadie recibe tus mensajes, nadie te admite y nadie parece quererte dar una solución. Ellos te obligaron de entrada a depositar el dinero en una cuenta bancaria y con eso se desvincularon de todo compromiso futuro. Y si adosamos estas irregularidades a lo que estás viviendo día a día con tu vecina de arriba, creo que, como abogado, sabrás que estás frente a dos cuestiones que, no sólo podrías resolver fácilmente, sino, que podrías aprovechar para obtener un buen rédito económico. Pero más allá de la plata, que no deberías dejar pasar, tu tranquilidad, tu paz y tu bienestar es lo que realmente me interesa y debería, en definitiva, interesarte a vos.
— Entiendo tu punto, Carla, y estás totalmente en lo cierto. Así he llevado siempre mi vida desde que puse este estudio, y debo reconocer que me ha costado horrores y más de un dolor de cabeza separar las cosas que resuelvo aquí dentro de las que se me presentan fuera de este lugar, como lo que me está sucediendo ahora.
— Romeo, no es difícil ¿La inmobiliaria no responde? Pues bien, tomá el otro camino y hablá con Soledad y su marido, y si no entienden razones y debes apelar a esto que te traba y te paraliza, no lo dudes, no lo pienses. Y una cosa más: no te olvides de que me tenés firme a tu lado — Carla se levantó, tomo su bolso y se despidió de Romeo con un beso tierno en la frente, mientras él permanecía con su mirada incrustada en la pared deshilachando las últimas palabras de ella.
Cuando Romeo estacionó el auto frente a la hermosa fachada de su edificio vio que las luces del departamento de Soledad brillaban por su ausencia, por lo que detectó rápidamente que, al menos, ella no había llegado o estaba a punto de hacerlo. Un par de minutos después alcanzó a divisar por el espejo retrovisor de la puerta del acompañante que su auto se acercaba lento para estacionarse detrás de él. Ella le hizo un juego de luces a modo de saludo previo y ambos descendieron de sus respectivos vehículos al mismo tiempo.
— ¿Agotada?
— Triste…
— ¿Qué sucedió? ¿Tito?
— No, Cleo… Un volcán de lágrimas se desparramó por los ojos de Soledad como vomitando una bola grande de sensaciones y sentimientos atorados desde hacía mucho tiempo. Cleotilde Matas se erigió en la madre que Soledad había perdido treinta y cinco años atrás y estaba siendo un dolor que la tenía sumida en un fango profundo de tristeza. Y en ese caminar hacia la entrada del edificio la presencia de Carla parecía ser una sombra acechándolo, instigándolo a no ceder una vez más tomándose del dolor que hoy aquejaba a su vecina. Algunas palabras de aliento que salieron realmente sentidas desde lo más profundo de su corazón, le dieron a Soledad un poco de tranquilidad llegando a la base de la escalera.
— Gracias, Romeo, tus palabras mitigan un poco este dolor que me va a tener a mal traer por un tiempo largo — A Romeo le costaba sangre, pero finalmente se aventó y empezó el plan que debía haber comenzado hacía un tiempo ya.
— Soledad ¿podré llegarme a tu departamento en un rato? Necesito tener una charla con vos.
— Por supuesto, Romeo — respondió con agrado Soledad y continuó: — Sólo dame un par de horas para ponerme cómoda y darme un buen baño que lo necesito más que respirar ¿Qué será? ¿De qué se trata o en qué puedo ayudarte? — preguntó con un dejo de preocupación Soledad.
— Lo hablamos bien cuando me avises que puedo llegarme, ¿te parece?
Romeo necesitaba urgente una ducha que lo repusiera después de un trajinar agobiante bajo un día extenuante de calor y humedad. Mientras terminaba de ponerse algo cómodo su teléfono vibró y un mensaje de Soledad le decía que subiera apenas él estuviera preparado. Los nervios al rojo vivo de Romeo lo hicieron sudar como si estuviese varado en pleno desierto a una temperatura de cien grados, cuestión que lo hizo despojarse de sus ropas y lo condujo nuevamente a la ducha del baño para sacarse ese veneno que lo estaba matando.
Ya con la certidumbre de saber que debía subir nomás, se calzó algo más liviano, tomó las llaves y antes de abrir la puerta le rogó a su madre que lo iluminara en ésta incursión, en este desafío que estaba a punto de enfrentar, para que todo transitara por los carriles más saludables y sea lo menos turbador para ambos, su prosecución como vecinos, y para el resto de los que ahí habitaban. Resopló como los toros, infló su pecho y puso la llave en la cerradura, mientras la demencia de los hijos de Soledad empezaba a echar sus primeros alaridos con sus zapateos clásicos y sus corridas infernales. Subió las escaleras y se dio cuenta de que, a medida que trepaba, la enajenación parecía ir perdiendo fuerza y forma. Llegó y se paró por primera vez frente a la puerta del departamento de Soledad, y como si ésta lo hubiese sentido o hubiese adivinado que Romeo estaba subiendo las escaleras, hizo callar a los chicos munida de ese método infalible que poseía para sepultarlos por un instante en el silencio total. Presionó el timbre y desde adentro un ‘ya voy’, lo hizo ingresar en una situación de nervios que rápidamente plumereó y aventó al suelo. Debía estar tranquilo, pensante y sosegado, porque de otra forma, el objetivo no sería logrado y sólo obtendría el odio y la espalda definitiva de Soledad y su familia. La llave giró y Romeo se armó del personaje que debía atender estos asuntos.
— Perdón — dijo Soledad y siguió: — Estaba intentando acomodar un poco para que no pienses que soy una sucia enmarañada. Los chicos dejan todo por ahí y, sinceramente, o no tengo tiempo, o no tengo ganas de ponerme a acomodar sus desquicios.
— Descuidá, Soledad, todos los hogares con niños funcionan de la misma manera — contestó Romeo mientras ingresaba al departamento con su mirada atenta. Él siguió: — Ya desde que nosotros éramos chicos estas cosas pasaban, así que no me sorprende que sigan sucediendo.
— Es que a vos te debe suceder también: lo único que deseas es llegar a tu casa después de una jornada mortal, bañarte, comer lo que encuentres por ahí y echarte a dormir como una marmota.
— Sí, es real, a mí también me sucede lo mismo. De todos modos, pienso que tu trabajo es mentalmente más agotador que el mío, y hasta te diría físicamente — dijo Romeo y siguió: — Pero bueno, cuando hay hijos en una casa, estas cosas suceden.
—Eso es verdad — dijo asertivamente Soledad y continuó: — Pero cuando no viven hijos en la casa y sólo vienen una vez por semana, es preocupante.