Romeo tocó la puerta con cierta vehemencia esta vez porque en los dos intentos anteriores — presionando el timbre sin oírlo ciertamente — nadie salió a atenderlo. Entonces se retiró unos metros hacia la calle, oteó el panorama, hizo un exhaustivo paneo de la situación y se quedó atónito al ver que la inmobiliaria olía a estructura desierta, a un lugar fantasma. Luego de breves instantes aventó una puteada al aire maldiciendo las suertes del dueño y sus empleados, y regresó a su estudio. Desde él, horas más tarde, comenzó una seguidilla de llamados que terminaron en el contestador del teléfono, dejándolo al final del día, anímicamente peor de lo que estaba en las primeras horas.
Un calor agobiante secundado por una humedad incómoda y penetrante se instaló por la noche. Romeo llegó a casa y abrió los ventanales de la cocina para que ésta cambie el aroma de encierro después de tantas horas. Mientras preparaba la cena su cabeza no dejaba de trabajar y de planificar estrategias, ya sea para aplicar con los demás vecinos del edificio, o para emplear una vez que pudiese dar con los dueños de la inmobiliaria, o en su defecto, directamente con Soledad, su marido y los niños. Y mientras cenaba, solo como una ostra, perdido en algún punto de la pared de enfrente, se maldecía por haberse guiado sólo por la fachada del edificio a la hora de elegir en dónde vivir, y recordaba la sonrisa camuflada de Soledad, esa sonrisa que intentó enmascarar que lo que Romeo pensaba era una ridiculez al oir que su decisión de venir a vivir a este edificio se debía a su fascinación por la fachada del mismo, y se le hacía un eco permanente muchas de las opiniones y consejos vertidos por Carla. Las cuevas de su garganta parecieron irse cerrando sin que él lo notara hasta que cayó en la cuenta de que no le seguiría pasando bocado debido al cierre definitivo de su apetito. No era justo seguir de esta manera. Su cepillo de dientes era una automatización que él no controlaba y el enjuague de los mismos pasó a ser un recuerdo lejano porque toda su cabeza estaba centrada y compenetrada en un sólo asunto: Soledad.
Cleotilde, Doña Cleo como ella le decía, en pocos meses se transformó en la madre que Soledad perdió un día después de su cumpleaños número diez. El amor y la devoción por sus pacientes eran dignos de ser coronados, como era digno de ser puesto en una gran placa de bronce su dedicación por estos enfermos terminales que parecían no quererse despedir de esta vida gracias al amor y a la veneración que recibían de parte de Soledad. Pero Cleo pasó a ser algo especial e intocable para ella, como lo era Tito, el flacucho de la habitación ciento uno que contaba con la misma edad que tenía Soledad cuando perdió a su madre un 30 de agosto, exactamente un día después de su cumpleaños.
Las rondas matinales eran exhaustivas, duras y pesadas, y el temple ajustado en su exacta proporción, era el factor número uno para mantener la alegría, la esperanza y sostener un clima ameno y llevadero, para que las ruedas del tren no descarrilen y la jornada tenga nuevamente un final feliz, a pedir de los deseos de Soledad.
A Cleo la conservaba su amor desmedido hacia la vida y hacia sus nietos que eran unos hombres hechos y derechos, pero también su necesidad de dar una mano desde su cama sufriente para que todos los niños internados como ella pudiesen darle batalla a la enfermedad y vencerla estoicamente, era un elixir que brotaba desde su corazón y que la sostenía en esta vida, sumado al inmenso y puro amor que ella también sentía por Soledad, así como alguna vez supo tenerlo por Eleonora, su hija más chica, el bebé de la familia, aquella que no estaba en los planes y que llegó a este mundo diez años después del segundo varón, y que se fue tan joven, cavando un hueco profundo en el alma de todos, despertando en Cleotilde el padecimiento que pronto la llevará al lado de su hija.
— Se te ve cansada, nena — le dijo Cleo a Soledad ya cerca del final del día, en uno de los pocos momentos que se le presentó para tomar un breve respiro.
— Y a vos se te ve espléndida, mamita — reaccionó Soledad acompañada de esa sonrisa que sólo ella poseía.
— Gracias, hija ¿Ya nos traen la cena? — preguntó mientras se enderezaba en su cama.
— En breve, mamita, creo que en unos minutos llega.
— ¡Ay, hija mía! Encima tenés que llegar a tu casa y ponerte con los niños.
— Los chicos están lo de sus abuelos, Cleo.
— Sí, ya sé, me lo dijiste, pero el hecho de salir de acá, tener que buscarlos, volver a tu casa, hacerles de comer, bañarlos, que hagan las cosas de la escuela...
— Bueno, bueno, Cleo, no empieces porque te ponés loquita con todo lo que a mí respecta y se te va la tensión por las nubes — dijo suavemente y con criterio Soledad.
— ¿Él te ama?
— ¿Quién? — preguntó algo confundida Soledad.
— Pablo — respondió Cleo con gesto de circunstancia.
— Y me debe amar, qué sé yo, mamita — contestó casi tentada de una carcajada Soledad.
— ¿Y vos a él? —
— ¡Ay, Cleo! Basta por hoy. Ya está. No empieces con esas cosas que se te ponen en la cabeza.
— Por eso los matrimonios están como están hoy en día — expresó Cleotilde y prosiguió: — Matrimonios eran los de mi época. Esos sí que lo eran. Nos respetábamos, nos toleráramos, nos amábamos y éramos el uno para el otro, ¿no es cierto Tito? —Ya hacía unos cuántos días que Cleotilde le había confesado a Soledad que Tito, su esposo, pasaba por la clínica y le daba una visita para hacerle compañía, y que muchas veces se quedaba a mirarla horas y horas sentado en la silla a su derecha, en silencio, y que esas miradas entre ellos reafirmaban el amor que se habían jurado en la Parroquia de los Milagros. La situación de Cleotilde estaba atravesando un período decisivo, y podía olerse su final de acuerdo a la experiencia de los profesionales.
— Bueno, mamita, vos te lo buscaste — dijo Soledad a modo de reprimenda suavizada. Ella siguió: — Tendré que ponerte la dosis de todas las noches para que te calmes un poquito y dejes de retarme como si fuese tu bebé — Cleotilde sonrió y acarició el pelo largo y sedoso de Soledad. Cenó su puré de calabazas con pollo asado, se deglutió su compota de manzana, y como emulando a un recién nacido, giró su cuerpo y se durmió sin saludar a Soledad, que de a poquito se despegó de la cama para dirigirse a su oficina, recoger sus cosas y volver a su casa.
Esta vez Romeo llegó y no se cruzó con ella, y mientras abría el portón, tuvo la leve sospecha (o deseo) de ver estacionada a Carla esperando por él para compartir una noche más esas comidas exquisitas que Romeo solía prepararle. Pero una vez dentro, la alienación parecía estar en su máximo esplendor, con los hijos de Soledad enloquecidos, como si esa insania los hiciera perder el rumbo de la vida y quisieran despedazar todo a su paso, detestando a sus padres por haberlos traídos a este mundo injusto. Hasta ese momento sagrado del baño había perdido Romeo, y sólo se dedicaba a pensar en la pobre de Soledad que debía lidiar con estos anormales más el abnegado de su esposo, después de una jornada intensa, pesada y destructiva como la que generalmente ella tenía. Y el tropel daba señales de que en cualquier momento todo se vendría abajo, de que en un abrir y cerrar de ojos, Soledad, su marido, los chicos y el perro de mierda, estarían aventados, heridos, sangrados o muertos encima de la mesa del comedor de él. Romeo salió al patio con el objetivo de ver si algunos de los restantes departamentos estarían soportando lo mismo que él, pero para su sorpresa, ninguno de ellos tenía al menos una luz encendida, porque a Helena le faltaba un buen rato para llegar, porque Jan todavía estaría fotografiando hasta las lombrices de la tierra y porque Virginia debería estar fumándose unas buenas hierbas con sus amigos luego de una jornada larga que , seguramente, ameritaba un poco de quietud, llegando más tarde, o fotografiando el aire de la ciudad, o en su defecto, quemándose la cabeza con un poco de chala.
Romeo ya no renegaba por no poder pegar sus ojos y descansar como Dios mandaba: Romeo apoyaba su cuerpo sobre la cama y sólo temía por que el techo de su habitación o el piso de la casa de Soledad se le viniera encima de un segundo a otro, y en cualquier lugar o rincón del departamento en donde quisiera acostarse para, al menos, mantenerse estirado sin poder dormir, ese miedo lo asaltaba y lo tenía con el Jesús en la boca hasta que la mañana le hablaba al oído y le decía que debía volver a su trabajo.