Los treinta días de vacaciones pasaron como una ráfaga maligna para Romeo, un mes distinto, cuatro semanas que le sirvieron de muy poco, con escaso descanso, un nivel muy por debajo de lo deseado y establecido de gozo, y un vendaval de tormentos soportados debido a sus vecinos de arriba. Al final de cuentas nada le cerró, nada estuvo ni cerca de lo que el pretendió, y sólo haber recompuesto a medias un diálogo ameno con Carla, confrontaciones más pacíficas y algunos almuerzos teñidos de buena energía, fue lo que rescató como aire bienaventurado en esta etapa de pausa en su trabajo.
Pero su paz y su espíritu parecían vivir con cierta incomodidad dentro de él, porque si bien era un tipo destacado en su área laboral, de a poco y sin notarlo acaso, comenzó a sentir que no daba ciertamente en el blanco con las tareas a cumplir dentro de su función, teñidas éstas por el constante y permanente pensamiento de saber a la perfección, que llegaría molido a palos a su casa para comenzar a soportar el infierno de los de arriba hasta altas horas de la noche. Ese pensamiento persecutor lo tenía a mal traer, y ejercer su costado legal dentro del edificio, pasó a ser el último recurso al que quería echar mano.
Desde que regresó a su estudio descubrió que Soledad y él solían coincidir en la llegada al edificio pasada las ocho de la noche, y esos diálogos hasta obligados que surgían y que llenaban la caminata desde la puerta principal hasta la base de la escalera, en donde ambos se dividían, la pintaban a ella destrozada después de otra ardua jornada laboral. Y más allá de su condición de abogado, con todo lo que eso significaba, un costado más humano lo poseía a la hora de querer entablar una conversación con ella que derivara en los conflictos que acaecían en su departamento con sus hijos perturbados, su perro desquiciado y su marido desinteresado. Y una vez dentro, puñeteaba la mesada de mármol de la cocina mientras preparaba su cena y se maldecía una vez más por no haber tenido el valor de enfrentarla directamente, y así, tener un poco más de tranquilidad para enfrentar los avatares del próximo día laboral. Los días y las semanas corrían y lentamente unas bolsas negruzcas comenzaban a perfilarse en el rostro de Romeo debido a la falta de descanso que le provocaba el insomnio incitado por los chiflados del piso superior.
Esta vez fue Carla la que decidió darle una sorpresa a Romeo esperando dentro de su auto por la llegada de aquel. Pasadas las ocho de la noche giró en la esquina con su bicicleta profesional, su casco de competencia y una mochila en donde traía bien dobladito su uniforme de trabajo. Las primeras luces de la noche no le permitieron darse cuenta de que Carla aguardaba por él dentro de su auto, bajó de su rodado, buscó las llaves en su mochila para abrir la puerta principal y alcanzó a divisar que Soledad también estacionaba su coche. Ambas parecieron haber tenido un pacto entre ellas y descendieron de sus vehículos para llegar a donde él estaba al mismo tiempo.
— Hola, vecino — dijo bufando de cansancio Soledad. De inmediato, Romeo giró su cuerpo y se asustó con la presencia de alguien, sin saber que detrás de él, Carla hacía su arribo también.
— ¡Carla, qué sorpresa! — dijo ciertamente emocionado Romeo al verla parada junto a él. Y continuó: —Hola, Soledad, ¿cómo estás?
— Muerta… —respondió notoriamente cansada su vecina.
— ¡Qué sorpresa, Carla! — dijo mientras terminaba de abrir el portón del edificio. Él siguió: — Carla, ella es Soledad, la vecina que vive justo encima de mí —Ambas se saludaron cordialmente, pero Carla, pícara e incisiva como era, le dejó un mensaje demasiado subliminal: ‘Lo bueno de estar muerto es que definitivamente hallás una paz que aquí, en tu hogar, ni por más que pagaras’. Soledad quedó adherida al suelo con una leve mueca sonriente intentando aterrizar, aunque sea violentamente, para tratar de descifrar el jeroglífico que esputó la boca de Carla. Los nervios de Romeo para disuadir el encuentro y que cada uno tome el rumbo que debía tomar le hacían transpirar las manos y reírse de cualquier cosa. En la base de la escalera se separaron y Carla, a sabiendas de haber sido demasiado cruel, la despidió con un saludo cordial y un beso en la mejilla muy amistoso, devolviéndole la inocencia que caracterizaba a Soledad.
— No debiste ser tan cruel — dijo Romeo ubicando su bicicleta en forma vertical en el desván del departamento.
— Perdoname, Romeo, pero estas cosas me indignan — respondió Carla y continuó: —Sé que no es mi jurisdicción, como dicen ustedes en su lenguaje de oficina, y que debería haberme mantenido al margen, pero ¿hace cuánto que venís soportando este infierno? Alguien debe decírselo; alguien debe hacer la punta porque si no, esta mujer y esos enfermos que viven con ella, se van a tomar de sus inacciones y van a hacer de este edificio un trastorno que, al menos a vos, te va a llevar a cometer alguna locura. Mirá cómo estás, mirá esas manchas que te han salido debajo de los ojos. No es justo.
— Tenés toda la razón del mundo Carla, pero preferiría manejarlo yo porque vos después te vas y quedás limpia de todo, pero el que se queda soy yo y ya me conocés cómo soy en estos casos.
— Éstas son algunas de las cosas que nos llevaron a fracasar como matrimonio, Romeo. Yo no soy perfecta y sé que muchas de mis cosas, también colaboraron para que lo nuestro se acabe, pero debemos aprender porque estamos condenados a seguir fracasando si no mejoramos esas cuestiones. La otra es quedarte solo y morirte en tu vinagre, pero ¿vale la pena vivir así? — Una vez más, como aquella vez en la casa de Carla, Romeo quedó masticando la nada perdido en las palabras de ella. Carla siguió: — Está bien, te pido mil disculpas, no quise sacar el tema. Sólo quiero que estés bien y que nadie te pase por encima — terminó diciendo mientras se acercaba a él casi maternalmente.
— ¿Me dejás prepararte una linda cena? —dijo Romeo pegándole un manotazo a la escena anterior y haciendo cuenta nueva.
— ¡Bueno, bueno!, ¿hemos venido con el arte culinario colgado en la bicicleta?
— En tu casa siempre sos vos la que ofrece la sorpresa, creo que es justo que, al menos una vez, te agasaje yo.
— ¡Qué hermoso es eso que decís! —respondió Carla notoriamente asombrada por las palabras de Romeo.
— Siempre fui igual con vos, Carla, no sé qué es lo que te conmueve…
— Es que no me conmueve ahora: me conmovió siempre. Ese fue un costado tuyo que me costó y que hasta el día de hoy me cuesta que no me lastime — La reacción de permanecer como baleado contra una pared volvió a asaltar a Romeo, pero la misma reacción de Carla, de pedirle perdón por tocar un tema que ciertamente los conmovía, también se hizo presente.
Minutos antes Romeo cortó todo lo agrio proponiéndole a Carla sorprenderla con una cena espectacular y así continuar con el carro e intentar que no se desbarranque otra vez. Ahora, nada salía de ninguno de los dos para frenar la estampada contra el suelo, y de pronto, la insania desmedida de los hijos de Soledad fue el elixir mágico que reemplazó cualquier atributo para detener la caída del carro. Comenzó ese raid interminable de corridas, gritos y desmanes que daba la sensación de que, en cualquier momento, un hoyo se abriría en el techo, o en el piso de ellos, y toda la familia, con sus muebles incluidos más el perro de mierda, caerían sin atenuantes sobre la mesa en donde Romeo y Carla estaban cenando.
— ¡Por Dios y la virgen! —abrió Carla cubriéndose la boca con sus dos manos mientras su comportamiento corporal daba a entender que sólo estaba esperando que el techo se le viniera encima.
— Esto es todos los días desde que me instalé acá — dijo Romeo y un dejo de resignación parecía olerse en sus palabras.
— Romeo, está bien, te entiendo, y tenés razón cuando me decís que no me meta y que preferís manejarlo vos — respondió ella obligada a elevar su volumen. Ella siguió: — Si no querés, por el motivo que fuere, enfrentar esta situación y hasta poner tu chapa de abogado, hablá con la inmobiliaria y explícales la situación, y si te tienen que cobrar un adicional por no respetar el contrato en su totalidad, yo te ayudo a abonarlo, pero escapá de este tormento te lo ruego —El silencio de Romeo, adornado por las alteraciones que desde arriba venían, fue una postal que desarticuló a Carla en su silla al ver la nula reacción en él. Ella siguió: — No busco que te enfades ni que me odies por lo que estoy opinando, pero creo no estar tan equivocada, Romeo — De repente, sin gritos aparentes y sin una orden impartida de por medio, la tropelía pareció esconderse en el parqué del piso del departamento de Soledad. La paz total, como un verdadero acto de locura extrema, se instaló en la noche y lo dejó todo como si un mal sueño hubiese asaltado a Carla y a Romeo sin piedad. Se miraron sin comprender absolutamente nada, adheridos aún a la mesa como si sus uñas estuviesen incrustadas en ella y, esta vez, sin reacción en ninguno de los dos.