Se dejó llevar por los brazos de la furia, pero en la base misma de la escalera que conducía al primer piso, las palabras de Carla se le vinieron como un vendaval y lo detuvieron en su loca carrera hacia un encuentro que sólo iba a provocar desmanes y complicaciones a futuro. Regresó a su departamento despojado de toda esa locura que lo había invadido minutos atrás, levantó el pote de helado que había quedado destrozado cerca de una de las paredes y había manchado gran parte de la pintura de ésta, recogió los almohadones del sillón, que en la demencia ignoró haber aventado también, y se sentó con tranquilidad (mientras los desaforados más el perro y el padre) continuaban con su circo como si supieran el veneno que le inyectaban a Romeo, como si quisieran – con sus alaridos y sus desmanes – echarlo a las patadas del edificio.
Mágicamente, y como si se tratara de una burla macabra, un silencio de sepultura envolvió al edificio y metió a los niños, al padre y al perro dentro de una bolsa enorme y le hizo un nudo de mariposa, preciso, ajustado, para que se licuen un buen rato ahí dentro y les den paz a los vecinos. Fue el momento que Romeo necesitaba, el instante más esperado de su vida. Fue tomando forma en el sillón a medida que descreía de esta pausa enviada por los ángeles y su cabeza entró en un laberinto menos oscuro y caótico, tejiendo otras posibilidades que debía poner en marcha de manera inmediata. Sin pensarla tanto se arregló un poco frente al espejo del baño y aprovechó la volada para darle una visita al resto de los vecinos y convocar urgente a una reunión de consorcio. El edificio contaba con dos pisos y dos departamentos en cada uno de ellos, y Helena, era la vecina inmediata de Soledad en el primer piso. Ella lo recibió con mucha cordialidad y hablaron sentados en el living para evitar que, de haberlo hecho en la puerta, Pablo o los chicos, pudieran hacerse eco de su conversación.
Pero Helena ignoraba totalmente los desmanes a los que Romeo hacía referencia, aduciendo que ella no estaba en todo el día por tener un trabajo que le consumía la mayor parte de su tiempo. Helena vivía sola, y cinco de los siete días de la semana, prefería pasarla con sus padres o su hermana para no sentirse tan sola en su casa. Así mismo no tuvo ningún reparo en anotarse para una futura reunión entre los vecinos del edificio o para colaborar en lo que hiciese falta con el fin de proporcionar, al menos desde su lugar, una mejor calidad de vida para todos.
Jan y Virginia, eran los vecinos de los dos departamentos del segundo piso. Juan era un inmigrante holandés que sólo venía a instalarse un tiempo en el país para luego regresar. Su español no era efectivo, pero podía comunicarse tranquilamente si se le tenía una paciencia especial. Virginia era una mujer joven pero oscura, y desde afuera Romeo pudo notar su forma de vivir y su filosofía, con cuadros que reflejaban la decadencia total y las paredes pintadas de lila. Ambos parecían estar pagando un alquiler en vano porque, salvo ese instante de suerte en donde Romeo los encontró a todos, Jan sólo usaba su departamento para llegar cerca de las tres de la mañana y levantarse a las ocho para volver a regresar a las tres de la mañana. Su afán por conocer las hermosuras, los paisajes y fotografiar todo lo que se pusiera por delante, lo llevaba a desaparecer y sólo volver deshecho para reponer un poco de fuerzas y, cinco horas más tarde, prepararse otra vez para seguir aprovechando su estadía. Virginia, por su parte, contaba con un taller de pintura y otro de danzas que le consumían casi todo el día, y así mismo, ninguno de los dos había caído en la cuenta a cerca de los despropósitos que se desataban en el primer piso con Soledad y sus secuaces. Jan y Virginia, a pesar de sus complicaciones, prometieron comprometerse y adjuntar lo que sea para esta causa que Romeo se había cargado sobre sus hombros para presentar la moción como una mera reunión con el fin de conocerse y dejar sentadas pautas de convivencia. De todos modos, llegado el momento y si se presentaba la ocasión de poner en vereda los comportamientos anti naturales de Soledad y los suyos, Romeo, usando su lenguaje por su envestidura, lo haría sin ningún reparo.
Mientras compraba sus galletas predilectas, Carla sonrió para sí misma, al ver a Romeo sentado en el mismo cantero que la vez pasada esperando por ella, pero esta vez, luciendo una bicicleta muy moderna y un traje adaptado a la ocasión, como si, luego de su vista, lo esperara un tour por las calles de francia.
— Perdón — dijo Carla y siguió: — ¿Me podría regalar un autógrafo antes de comenzar su carrera? — Romeo se asustó, pero al verla a Carla y analizar lo que dijo, comenzó a despanzarse de risa sentado todavía en el cantero.
— Es que necesitaba hacer un poco de ejercicio, y antes de que comience a trabajar, me compré este equipo para salir todos los días un poco a quemar grasas.
— Me parece una excelente idea. Yo debería hacer lo mismo.
— Pero vos estás bárbara, no te hace falta. Y contás con algo muy importante: tu naturaleza. Ya tu genética está de tu lado y eso es algo que tenés que agradecer. Yo, en cambio, estoy propenso a llenarme de rollitos.
— ¿Venís a buscar más cosas?
— Sí, y quisiera ver si ya me llevo todo antes de comenzar de nuevo el infierno y, al mismo tiempo, no te molesto más con mis cosas.
— ¿Por qué me decís eso? — dijo con seriedad Carla mientras se quitaba sus gafas. Ella siguió: — ¿Acaso te he hecho sentir que me molestabas?
— No, Carla, no lo analices de esa manera. Es sólo una expresión. De todos modos, te agradezco no ser un bulto.
— ¿Almorzamos juntos?
— Me encantaría — respondió Romeo y continuó: — Me va a venir bien una charla con vos. Hoy fue uno de esos días.
Carla, aportando a la causa de Romeo, decidió preparar algo sabroso pero liviano, y no tuvo mejor idea que coger uno de sus enormes bowls y despacharse con una suculenta ensalada de repollo, tomates, huevo duro y remolacha, sazonada como sólo ella solía hacerlo y acompañando el almuerzo con una fresca limonada con mucho hielo. ‘Esto ha sido una locura’, soltó Romeo mientras ella parecía disfrutar del placer de él.
— Ya hablé con todos los vecinos — abrió el diálogo Romeo al tiempo que él levantaba la mesa y Carla, con su velocidad inusitada, lavaba los platos y los cubiertos.
— ¿Cafecito? — preguntó ella interrumpiendo brevemente el comienzo del relato de aquel.
— Por supuesto — respondió Romeo como un niño a punto de recibir su regalo de navidad. Él siguió: — Me tomé mi tiempo y decidí llegarme a cada uno de los departamentos para explicar lo que estaba sucediendo y convocar a una reunión de consorcio. Mi idea era que, en principio, tengamos esa reunión con el fin de conocernos y poner pautas de convivencia como debe hacerse en cada uno de estos edificios, y si se presentaba la posibilidad de ajustar las desobediencias de los hijos de Soledad, el perro y el marido, obviamente, aunados entre todos para llevar a cabo eso, lo haría sin ningún problema. Pero hay una traba demasiado grande, misteriosa y difícil de entender.
— ¿Qué traba? ¿A qué te referís? — preguntó Carla mientras secaba sus manos y tomaba asiento.
— Ninguno de los vecinos sabe nada.
— Esperá, por favor, ¿cómo que no saben nada? ¿qué me estás queriendo decir? — preguntó algo irritada Carla.
— Todos, por una cosa o por otra, ignoran que las locuras y los desmanes que se están desatando en lo de Soledad, existan. Pero dejame explicarte: Helena, Jan y Virginia no están nunca en sus departamentos. Helena trabaja todo el día y en lo poco que está en su departamento, no ha sentido nada, y eso que la tiene pegada a su casa. Jan es un holandés aventurero que duerme cinco horas escasamente, y luego desaparece del edificio para recorrer la ciudad. Y Virginia es una jipi volada que vive todo el día fuera de su casa por tener a cargo dos negocios que le comen las horas.
— Pero que ellos tengan ocupaciones que los mantengan fuera de sus hogares la mayor parte del día, no significa que ignoren lo que está sucediendo con esos mocosos, el perro de mierda y su estúpido padre — dijo indignada Carla y continuó: —Vos me has comentado que las mañanas, las tardes, las noches y hasta las madrugadas resultan iguales para estos niños descontrolados, entonces, no entiendo cómo Helena, Jan y Virginia, no han sentido, al menos, una minúscula parte de todo lo que a vos te ha tocado vivir — Romeo quedó adherido a los barrotes de la silla, sus manos puestas detrás de su cabeza y sus ojos clavados en la mirada enrojecida de Carla, que aventaba al aire una bufada gigantesca buscando hallarle una lógica a las actitudes de los vecinos de Romeo.