UN INFIERNO DE NUNCA ACABAR

1577 Palabras
Carla tenía sus horarios estipulados y había decidido – desde hacía un tiempo ya -  cerrar su estudio cerca de la una y media de la tarde, llegar a casa, darse un buen baño, almorzar y recuperar fuerzas físicas y mentales para afrontar el resto del día a partir de las cuatro y media. Desde el abastecimiento de Don Pedro, unos cincuenta metros antes de su casa, en donde hacía una parada cada día para comprar sus galletas predilectas, podía ver sentado a Romeo en uno de los canteros de las flores que rodeaban el edificio seguramente aguardando por ella con su clásica mochila azul y gris. Ella salió del almacén y caminó hacia donde él se encontraba, se paró frente a Romeo y se quedó esperando a que vuelva de algún mundo lejano con su mirada perdida en el césped espléndido que tenía el condominio a modo de jardín. - Puedo estar horas aquí parada y no me vas a ver – le dijo Carla al tiempo que lo arrastró de un brazo de ese mundo sólo de él. - Hola – le dijo Romeo regresando a su estado natural. Él continuó: - Te estaba esperando con esto – Romeo alzó del cantero un paquete que había puesto junto a él y se lo ofreció mientras hacía rechinar los huesos de sus piernas y de sus brazos para emprender la levantada. - ¿Qué es? Mmmm… ¡qué rico huele! – expresó ella mientras intentaba adivinar lo que en el paquete había. - Sé lo que te da placer, así que me arriesgué – dijo él inflando su pecho. - ¡No me digas…! – dijo Carla mientras llevaba una de sus manos a la boca para tapar la sorpresa. - Sí te digo… - ¿Lasagna? – aventó ella como si se tratara de una adivinanza de niños. - ¡Muy bien!, que olfato… - ¿O sea que te quedás a comer? – preguntó ella con un tono esperanzador. - La idea era dejártelo para que tengas en el almuerzo y en la cena. Es bastante como verás, pero si no te molesta… - No seas tonto, ¿cómo me va a molestar?, al contrario, me encantaría tener tu compañía todos los días para no sentirme tan sola – Un espacio - que sólo fue llenado por los bocinazos y el murmullo de la gente, grande y largo -  quedó flotando entre los dos. Ambos buscaron hallar algo de qué agarrarse, o en quién descansar, o en dónde resguardarse, con tal de no volverse a mirar a los ojos en los segundos siguientes. El divorcio aún estaba muy fresco, palpable. Todo sonaba a aguas movedizas todavía, y si bien, los resquemores y los malos recuerdos persistían como golpes en la memoria, ellos, con mucha valentía e intentando hacer menos trabajosa esta cuesta arriba, estaban intentando remar contra estos vientos fuertes que parecían más pesados. La lasagna resultó ser el manjar de los Dioses, un poema de Becker, una sinfonía suave y delicada de Bach y una pintura deliciosamente inentendible de Kafka. Ambos estiraron sus piernas y encendieron un cigarrillo a modo de té digestivo y se quedaron contemplando el humo y haciendo argollitas y adivinando dibujos inexistentes en el aire. - Te noto preocupado – abrió Carla y siguió: - Y no lo digo por lo nuestro: noto otra preocupación en vos, ¿estoy equivocada? - No, en lo absoluto – respondió Romeo sin quitarle la vista a las últimas tres argollas. Él prosiguió: - No estoy cómodo en donde vivo, es decir, me gusta el departamento, es muy moderno, tiene sus comodidades, no me puedo quejar. - ¿Entonces? – preguntó inquieta Carla. - Son los vecinos de arriba. Hace unos días estuve cruzando unas palabras con Soledad… - ¿Quién es Soledad? – interrumpió Carla. - Es la chica que vive justo en el departamento que está sobre el mío. Es una mujer hermosa, inteligente, culta, con un carisma único, alegre y muy cordial. Ella es oncóloga, y la mayoría de sus pacientes son niños, así que imaginate el espíritu arrollador que emana esa mujer. - Pero sigo sin entender – aplicó Carla sensiblemente curiosa y ansiosa. - Ella no está en todo el día, se va muy temprano y regresa pasadas las ocho de la noche, pero en su casa quedan los tres hijos, dos varones y una nena, un perro enorme que ruge, no ladra, y el demente estrafalario de Pablo, su marido. En dos días se me terminan las vacaciones y no llevo ni la mitad de lo que quería hacer, no puedo dormir, me cuesta descansar, y cuando intento ponerme a hacer las cosas, debo soportar las corridas de los niños que se sienten como si un tropel de búfalos me asaltara irremediablemente y los ladridos descomponedores de un perro que debe tener el tamaño de un toro y el desinterés asqueroso de un padre que se pasa la mayor parte del tiempo gritando y vociferando como un caníbal desde la comodidad de su silla frente a la computadora. Es realmente un infierno y ya no sé cómo seguir. - Bueno, Romeo, sos abogado y, mejor que vos, no hay nadie para saber qué debe hacerse en estos casos. - Estás en lo cierto, Carla, pero no quiero ejercer mi profesión en el lugar donde vivo y no busco ganarme el odio de nadie por algo que debería solucionarse con un poco de sentido común, ¿no te parece? - Sí, es verdad lo que decís, pero si ya has hablado con Soledad y todo sigue igual… - Es que no hablé con Soledad todavía – interrumpió Romeo. - Hace unos minutos me comentaste que tuviste una charla con ella, que es una excelente mujer, que es una oncóloga dedicada… - Sí, pero eso fue sólo a modo de presentación – volvió a interrumpir él y siguió: - Tuve la intención esa vez de plantearle la situación, pero la vaga esperanza de que esos ajetreos sean pasajeros, se me esfumó casi de inmediato, y cuando Soledad llega, parece que en realidad llegara un tanque de nafta que enciende aún peor el incendio. Luego, un breve espacio de calma y silencio – como si los matara por un instante – se crea en el ambiente, y es allí cuando comienza la segunda etapa del descontrol, con ellos dos matándose a golpes y a insultos, diciéndose las peores barbaridades que puedas escuchar, recriminándose la vida del otro, maldiciendo el nacimiento de los niños y todo esto con el satanás de animal correteando por la casa enloquecido de tanta locura. - Has dejado pasar mucho tiempo por lo que me estás contando, Romeo – dijo ella asertivamente. Continuó: - Noto que, así como ellos son la locura en su más alto rango, vos te has erigido en la paralización humana. Deberías intentar formar una reunión entre todos los vecinos del edificio y sentar leyes con claridad, porque me imagino que el resto de los que allí viven, deben estar tan hartos como vos. - Supongo que sí – respondió Romeo estrechando simbólicamente la mano de Carla en forma de aceptación por sus dichos anteriores. Él siguió: - Deberé entonces convocar a una reunión entre los vecinos, incluida ella por supuesto, y plantear juntos este caos que se ha desatado, buscarle la vuelta y tratar de llegar a un acuerdo entre todos para una mejor convivencia. - Creo que es por donde hay que empezar antes de violentarte o tomar otras acciones. Hablando se entiende la gente. Lo que me preocupa es la falta de sentido común de esta mujer con la profesión que tiene. Hay algo que no me estaría cerrando.       Romeo estacionó su auto frente al edificio y mientras daba los toques finales antes de descender, miraba hacia el departamento de Soledad como si en él viviese una calamidad. Faltaban unas cuatro horas para que ella llegara, y desde afuera, al menos, parecía haber demasiada tranquilidad dentro de la vivienda. Por un instante a Romeo lo asaltó una vez más aquella esperanza que solía venir a visitarlo y sólo deseaba entrar a su casa, prepararse unos ricos mates y ponerse a ordenar para tratar de tener todo listo antes del lunes. Abrió la puerta del hall central y la paz reinaba en medio de un aroma exquisito dejado por la señora de la limpieza. Una vez adentro, se acordó de que había dejado un pequeño pote de helado la noche anterior, lo busco, halló una cuchara tirada al azar sobre la mesada, y se sentó cómodamente en su sillón a terminarlo. Y la furia se desató. Parecía cosa de mandinga, olía a algo señalado y se sentía como una burla de la vida. Ni bien llegaba Romeo, aquellos niños, como enviados por su padre, tal vez creído de que su madre coqueteaba con el vecino, arrancaban con su locura de saltos y corridas, gritos estremecedores y delirios imparables, secundados por el animal que olía más a furia que a juego. Desde su sillón, y embriagado por la ira, Romeo aventó el pote de helado sin terminar y lo estrelló contra una de las paredes: ‘¡Pendejos hijos de mil putas!’, aventó por el aire sin importar quién lo pudiese escuchar. Se levantó pasado de rosca, pateó el pote de helado y con las venas del cuello a punto de explotar, tomó las llaves y escapó con dirección incierta. 
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