Descansó. Se aventó al sillón como si un desmayo lo hubiese esperado cruzado de piernas, abrió sus brazos, los dejó caer hacia los costados y echó su cabeza hacia atrás, pero después volvió en sí, llevó lentamente su mano izquierda hacia su rostro, se quitó los anteojos y se quedó dormido luego de refregarse sus bolas celestes agrietadas por el cansancio.
Entre sueños, alcanzó a darse cuenta de que un barullo estaba gestándose por las inmediaciones de la casa. Dejó el control remoto sobre la mesita del living con el cuidado que se apoya un cristal venerado, y sin dejar de usar su vista como un radar, fue levantándose como si la palabra ruido no existiese en el diccionario. La algarada se intensificaba conforme él daba pasos mudos para encontrarse vaya a saber con qué cosa. Sentía miedo porque él sabía que su esposa dormía a pesar de no saber que él había regresado y que se había instalado cómodamente en el sillón a ver su serie favorita, y esa confirmación lo llevaba a meterse en la cabeza cualquier imaginación, como la de hacerse a la idea de alguien merodeando por la casa, husmeando, o peor aún, la desechable posibilidad de que alguien esté lastimando a su mujer o que esté terminando con ella. Sus pasos lo llevaban de la mano a través de un silencio demoledor, su cuerpo temblaba, pero era un temblor bien camuflado y escondido detrás de la necesidad imperiosa de dar con aquel objetivo y destruirlo para siempre. Esa ansia era lo que disfrazaba a la perfección ese estremecimiento natural ante un peligro acechante que Romeo estaba viviendo a sólo algunos metros de lo que también podía ser un peligro para él o su final definitivo. Pero dentro de toda la confusión y de toda la basura que de un segundo a otro se formó dentro de su cabeza, una pequeña celda no se llenó y esa celda fue su única carta para pensar y no caer en realidades absurdas o en pensamientos ficticios y sin sentido, y lo que al principio apareció como una alarma paralizante que lo llevó a divagar por mundos insospechados, ahora, a un suspiro de la verdad, esa alarma empezaba a tomar otra tonalidad que, si bien ponía los pelos de punta, ya no provocaba esa sensación de muerte como hacía unos minutos atrás. Tomó coraje, se sostuvo de la intrepidez y arremetió contra lo que se le interpusiera en su camino, porque sabía que, del otro lado, Carla se hallaba indefensa y sólo él – que gracias a los designios de la vida regresó seis horas antes de lo que había prometido – podía erigirse en su salvador. El golpe con su hombreo izquierdo, echando todo el peso en él, fue certero, e hizo abrir violentamente la puerta del dormitorio. Ver a su mujer sentada en la boca de su amante, con sus piernas abiertas y sus pies casi rozando ambas mesitas de luz, sus pechos transpirados, su cabello revuelto por el éxtasis y su cama prácticamente desarmada con su colchón a punto de caer al suelo, ese colchón que pertenecía a su intimidad con ella, a su historia de amor y a esas noches de pasión que él creía que sólo le pertenecían, lo dejó sepultado sobre sus dos piernas, siendo él el único espectador de esa escena que pareció sufrir una pausa puesta por el índice de su mano. El caliente olor a pasión desenfrenada comenzaba a descender y a querer asentarse y a desparramarse por el piso para desaparecer detrás de las paredes. Romeo sólo movía sus ojos y aguardaba; esperaba aún puesto en sus dos piernas separadas levemente entre sí, tenso, sin elasticidad, y con sus manos enrojecidas, en donde podía verse que las venas iban tomando una forma y un color harto peculiares, acción que, paralelamente, le iba transformando esas manos con sus dedos apuntando hacia el suelo en dos puños gruesos y duros como una roca. El amante se percató velozmente de la hecatombe que estaba llegando y que irremediablemente iba a castigar sobre su cabeza, tomó sus pertenencias, aprovechó que el envenenado sólo apuntaba sus radares y su odio hacia su esposa, y como una vil cucaracha, se escabulló y escapó sin dejar rastro alguno. El golpe final de la puerta de la casa lo trajo a Romeo de ese mundo en donde sólo habitan los heridos del corazón y le devolvió su verdadera personalidad sin poderle quitar la ira que parecía comérselo sin piedad. Carla decidió entregarse a lo que para ella sería una muerte segura, pero de pronto no vio más a su esposo, se cubrió con una de las sábanas, se levantó con precaución y salió detrás de él intentando detenerlo si por las dudas osaba cometer una locura. Pero sólo advirtió el mismo golpe en la puerta de entrada que había dado su amante en el instante de desaparecer. Ella se apoyó contra la puerta y recién ahí, el desahogo se manifestó de todas maneras posibles, derrumbando y tirando de a poco a Carla hasta quedar sentada sobre el piso envuelta en un mar de lágrimas y de desesperación que la tuvieron atrapada en ese sitio por más de dos horas.
Rápidamente, Romeo se llevó sus manos a su rostro nuevamente y, al sentirse sin sus gafas, se descontracturó hasta que notó que se le había escapado de su mano mientras ésta colgaba del sillón. Continuó un tiempo más en él, pero esta vez pensaba despierto en Carla perdido en algún punto recóndito del techo. Y si bien su cuerpo estaba relajado después de semejante mudanza y su respiración parecía estar dentro de los parámetros normales, sólo una pequeña y delgada lágrima se asomó remolona y resbaló sin apuro hasta desaparecer bajo el mentón. De inmediato volvió a la realidad, dejó de lado su tristeza, se despojó de la melancolía y, cacheteando sus piernas, se paró y se encontró cara a cara con una realidad no menos lacerante: el horror de la mudanza. Decenas de cajas y bolsas, muebles y más muebles, cuadros, más cajas y más bolsas. Apoyó sus manos sobre sus caderas, tomó demasiado aire en sus pulmones, hizo un último suspiro largo y se puso a darle forma a su nueva vida después de su divorcio con Carla.
Desde su habitación que daba a la calle principal, mientras acomodaba obsesiva y detalladamente su placar, podía sentir los zapateos y los gritos delirados de algunos niños en el piso de arriba, justo encima de su departamento, y en el acto de acomodar su ropa, se recriminaba a sí mismo, casi murmurante y apenas despegando sus labios, la decisión de haber arrendado esta vivienda y de no haber tenido en cuenta este punto importante de contar con niños como vecinos. Pero inmediatamente sacudía su cabeza buscando despagarse de esos pensamientos, concentrarse en aprovechar sus vacaciones para darle forma a su nueva guarida y no perder tiempo en algo que podía estar sucediendo en ese preciso instante más allá de ser una vivienda con niños.
- Hola, ¿cómo estás? - dijo Romeo algo alejado de la puerta.
- Hola – saludó con una mezcla de cordialidad y vergüenza Carla: - Pasá por favor, disculpame, justo estaba cocinando.
- Permiso – dijo Romeo mientras secaba las suelas de sus zapatos.
- Sí, por favor, adelante, ponete cómodo.
- Gracias, Carla, pero son sólo diez minutos, busco algunas cosas más y sigo mi camino.
- ¿No querés quedarte a comer? – preguntó Carla secando sus manos.
- No, te lo agradezco mucho, pero tengo que seguir.
- Estás de vacaciones, Romeo, ¿tan ocupado podés estar? – Él se quedó sin palabras. Ella lo conocía como nadie en este mundo y notaba que él necesitaba desaparecer de ese lugar.
- No es eso, Carla, pero el departamento es un desastre y ya sabés cómo soy con esas cosas.
- Entiendo, pero por ser como sos imagino que no dejarás, entre otras cosas, de comer… - Ella se quedó mirándolo con ese mensaje mudo que cualquiera podía interpretar.
- ¡Qué poder de convicción tenés! – dijo Romeo bajo una sonrisa burlona. Él siguió: - Traigo algunas cosas más, las junto en el living y me quedo a almorzar.
- ¿Romeo? – dijo Carla deteniéndolo a mitad de camino: - No sigas siendo así de cruel conmigo.
Después de un almuerzo en paz, en donde prevaleció la tranquilidad y aquellas buenas y educativas charlas entre ellos, Romeo aprovechó la hora de la siesta para terminar de comprar algunas cosas decorativas para su departamento, elementos de limpieza y algunos ornamentos que le dieran una vitalidad diferente. Llegando, estacionó su auto, bajó con sus bultos y camino hasta la entrada de su departamento sin quitarle los ojos de encima al de la vecina de arriba, que muy amablemente, mientras ponía unas prendas al sol, lo saludó.
- ¡Mucho gusto!, es un placer conocerte – dijo en un tono alto mientras se calzaba el resto de las prendas a colgar sobre su hombro derecho. Ella siguió: - Cualquier cosa que precises, acá estoy, Laura es mi nombre.
- Gracias, sos muy amable – dijo ciertamente gustoso Romeo y prosiguió: - Por ahora me las estoy arreglando bien, pero si llegara a necesitar una mano o una visión más femenina, te voy a tener que molestar – Ambos esbozaron una sonrisa y así quedó sellada la presentación entre ellos: ‘¡Siempre yo con ese deseo de ser conflictivo!’, se dijo murmurante Romeo, mientras dejaba sobre la mesa las cosas recién compradas y maldiciendo ese costado suyo que solía traerle más de un dolor de cabeza.
Cuando Soledad ingresaba al hospital, un ‘sol’ inmenso, como las tres primeras letras de su nombre iluminaba la recepción y los corredores del mismo. Los pacientes y la gente en general tenían una admiración especial por ella y ella se lo retribuía con su candor y su energía bienhechora a flor de piel, además de ser una profesional responsable y dedicada que se brindaba por completo a la asistencia de su gente. La oncología era toda su vida y trabajar con enfermos terminales, en donde la gran mayoría eran niños por elección propia, terminaba siendo una pasión inagotable, una entrega y una consagración inclusive poco vista hasta por sus propios colegas. Tal vez, dedicarse por completo a algo tan particular, era lo que la hacía una mujer especial, alegre y le impregnaba esa aura dorada que pocos poseían. Parecía cosa juzgada, pero a pesar de sus cuarenta y cinco años, era la persona y la profesional más buscada en el Hospital Santa Gertrudis, no sólo por su bien de persona y su tendencia a estar presente en cualquier acontecimiento en donde ella pudiese dar una mano o hallar una solución a los problemas internos de sus compañeros, incluidas sus vidas privadas, sino, por sus conocimientos generales, no sólo en lo que respectaba a su materia, sino, en las demás áreas también. Soledad era la pieza fundamental del motor del hospital, y cuando por los motivos que fuera, no asistía, las luces de la clínica parecían estallar en mil pedazos, y los pacientes entristecían, y las enfermeras se hallaban perdidas y las paredes lloraban su ausencia.
- ¿Me permitís que te ayude? – le dijo Romeo a Soledad viendo que ésta no podía con la puerta de entrada.
- Hola, vecino nuevo – dijo agitada y ciertamente contrariada: - Hace diez minutos que estoy peleando con esta cerradura y no puedo abrirla.
- ¿Querés que lo intente? – dijo Romeo.
- Por favor, porque la voy a derribar a patadas a esta cosa – En breves segundos, y como si se tratase de un acto de magia, Romeo abrió la puerta.
- Me vas a tener que enseñar cómo hiciste eso porque no estoy dispuesta a verme parada aquí de nuevo luchando con esta porquería.
- Deberías hacerte un juego nuevo de esta llave. Puede ser que esté fallando.
- En el bargueño tengo un juego nuevo de cada una de las llaves, pero, obviamente, no salgo con ellas.
- Les hubieras pedido a tus hijos que te la alcancen.
- Mis hijos están en lo de su abuelo y no creo que tengan ganas de venirse hasta acá a darme una mano, y Pablo es un bueno para nada que sólo vive sentado frente a la computadora. Dejame así, prefiero valerme por mí misma – Detalles demasiados reveladores para ser la primera conversación entre ellos, pero también, detalles demasiados reveladores como para empezar a conocer más en profundidad quiénes vivían sobre la cabeza de Romeo.
- ¿Por qué te decidiste a venir a vivir aquí? – preguntó Soledad una vez adentro del consorcio.
- Aunque te parezca un motivo insignificante, la fachada fue lo que me hizo decidir. Debo reconocer que no es el departamento que buscaba, pero para arrancar está bien.
- ¿La fachada? – dijo Soledad escondiéndose en una risa que buscaba escapar y ser oída en todo el planeta.
- ¡Sabía que lo tomarías de esta manera! – dijo entregado Romeo.
- Es que nunca nadie en ninguno de los edificios que he vivido me respondió algo semejante.
- Bueno, pero yo soy especial – dijo Romeo provocando una carcajada.
- ¿A qué te dedicás? – preguntó Soledad un poco más seria.
- Soy abogado – respondió él.
- ¡Ah, bueno!, ya tenemos en el edificio alguien que nos defienda – Nuevamente las risas contagiosas llenaron el espacio de charla entre ellos dos. Ella siguió: - Es un chiste, no lo tomes a mal.
- No te hagas problema, en todos lados me dicen lo mismo.
- Y, perdón por la pregunta, ¿estás separado? – preguntó con cierta pulcritud Soledad.
- Nuevamente te respondo que no te hagas problema – dijo Romeo encuadrado en una sonrisa liviana. Él siguió: - Recientemente separado. Flamante. Nuevito, nuevito – Y las risas parecían ser el común denominador de este encuentro entre ellos.
- ¿Infidelidad? ¿Hartazgo? ¿Qué fue? – preguntó Soledad como aunándose a una incomodidad de él.
- Creo que no es un tema para tocarlo en el zaguán de un edificio – contestó coherentemente Romeo y siguió: - Es un tema para un café, pero eso sería meterme en un terreno pedregoso y peligroso con vos.
- ¿Por qué lo decís? – preguntó Soledad arrugando su ceño.
- Creo, por lo poco que me has dicho, que no estás en condiciones de salir a tomar un café libremente por ahí.
- Eso no tiene por qué preocuparte – dijo Soledad volviendo a su estado natural y siguió: - La libertad es el arma más poderosa que tiene un ser humano y no debe ser interceptada por nada ni por nadie. Tengo mil amigos con los cuales salgo a tomar algo y por eso no soy una persona que anda faltándole el respeto a medio mundo. Soy amiga de la libertad, pero también del respeto.
- ¡Epa!, eso es muy bueno y muy educativo. Buenas palabras – dijo Romeo mientras la recorría entera.
- ¿Tenés hijos?, preguntó Soledad.
- Era la idea. En un principio, cuando recién nos casamos, decidimos darle continuidad a nuestros estudios e intentar posicionarnos, y cuando lo logramos, nos encontramos con que nuestras profesiones no nos daban el lugar que nos merecíamos, y eso fue abriendo una brecha imperceptible entre nosotros que, a medida que el tiempo fue pasando, fue incrementado su apertura hasta que cayó por su propio peso. Después vino lo inevitable y el plan de un hijo quedó para ambos con alguien más en cada una de nuestras vidas.
- Yo tengo tres hijos, dos varones y una nena que es la más chica, y Pablo, como te dije hace un instante, es un ser que vive de su trabajo a la silla de la computadora. Pero gracias a Dios, ya sea por inacción de los hijos o porque él es un cero a la izquierda, he aprendido a manejarme sola y lo estoy haciendo demasiado bien.
Los días de vacaciones de Romeo parecían estar pasando más rápido de lo normal, y su parsimonia para poner en marcha la casa, le estaba jugando una carta demasiado dura. Sólo quedaban un puñado de días para el regreso y no tenía ni la mitad terminada y arreglada, sumado a su falta de sueño por los delirios desatados en el departamento de Soledad, con sus tres hijos y el patético de su marido. No tenía un minuto de descanso, acaso una breve franja de calma, porque cuando no eran sus hijos endemoniados, eran sus dementes y peligrosas discusiones, desinteresados totalmente de las preocupaciones de sus vecinos de piso y del resto del edificio. Por las mañanas, las corridas de los niños, arrastrando las mesas y las sillas y todo mueble que se les cruzara arrastrar, perseguidos por el perro de ladrido fuerte que parecía entender las locuras de los chicos y se enganchaba en consecuencia, lo volvían loco hasta cerca de las tres de la tarde en que parecía que Soledad, o quién fuera que estuviera con ellos, los sumía en un sueño profundo sólo para descanso propio y no por una cuestión de amabilidad con el resto de los vecinos. Pero ese bienestar se rompía un par de horas después cuando comenzaban otra vez con sus juegos agresivos, sus peleas sistemáticas secundadas por el ladrido del animal, y los gritos y maltratos verbales de un padre que – como decía Soledad – no despegaba el culo de la silla frente a la computadora.
Pasadas las ocho de la noche, Romeo advertía la llegada de su vecina. Ella tenía una especie de ritual cada vez que entraba al edificio, coreando siempre la misma estrofa de ‘Canción para mi muerte’, diciendo, ‘Te encontraré una mañana dentro de mi habitación…’, además de subir las escaleras como si en cada paso aplastara una cucaracha con todo el asco del mundo. Eso sólo sucedía cuando Soledad llegaba a casa con ese aire bienhechor y esa energía desbordante que parecía ser el verdadero y único motor de su existencia. Pero todo se volvía n***o y decadente cuando sentía que las llaves cerraban su puerta y el infierno se desataba hasta cerca de las dos de la mañana, con sus hijos descontrolados, su perro enloquecido y Pablo jugando en su computadora.