NARRA FABIEN —Entre más tela tengan y más tapados y flojos sean, mucho mejor será —le indiqué a la mujer que me estaba atendiendo en la tienda de ropa de damas a la que había ido a comprar ropa para la princesita—. Es que mi esposa y yo somos muy religiosos y nuestra religión no permite que ella muestre demasiado su cuerpo. La mujer frunció el ceño y observó los tatuajes en mi cuerpo. Me ví como un reverendo imbécil diciendo que era religioso, cuando lucía como un demonio enviado del infierno. Me importó una mierda y de todos modos la mujer hizo lo que le pedí. Me mostró varios vestidos largos, pero a mí me continuaban pareciendo muy reveladores. —Que no tengan escote —objeté—. De hecho, si él cuello llega hasta aquí —cerré mi mano alrededor de mi barbilla—, sería perfecto. Y mangas la

