NARRA EVANGELINE Ahogué un gemido en su boca cuando sus manos se afianzaron en mis caderas y aplastaron mi culo contra su poderosísima y devastadora polla. Sus dedos escurridizos bajaron hasta posarse en mis nalgas y las abrieron, para que toda su longitud se pudiera restregar en mi raja húmeda y tan ardiente como las brasas de un incendio. Su boca dejó la mía, para bajar por mi cuello hasta mis hombros y morder mi carne con ahínco y angurria. Gruñí fuerte y gemí con potencia, haciendo eco entre aquellas cuatro ardientes paredes que se estaban quemando gracias al fuego de la lujuria que nuestros cuerpos desprendían. Esto ya no solamente era por ganarle aquella bendita apuesta. Esto era para saciar aquella hambre voraz que tenía de él. Jaló mis caderas hacia atrás y desprendió mi cuer

